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"fecunda" poems
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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Oda a la cebolla
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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La calle se llenó de tomates, mediodía, verano, la luz se parte en dos mitades de tomate, corre por las calles el jugo. En diciembre se desata el tomate, invade las cocinas, entra por los almuerzos, se sienta reposado en los aparadores, entre los vasos, las mantequilleras, los saleros azules. Tiene luz propia, majestad benigna. Debemos, por desgracia, asesinarlo: se hunde el cuchillo en su pulpa viviente, es una roja víscera, un sol fresco, profundo, inagotable, llena las ensaladas de Chile, se casa alegremente con la clara cebolla, y para celebrarlo se deja caer aceite, hijo esencial del olivo, sobre sus hemisferios entreabiertos, agrega la pimienta su fragancia, la sal su magnetismo: son las bodas del día, el perejil levanta banderines, las papas hierven vigorosamente, el asado golpea con su aroma en la puerta, es hora! vamos! y sobre la mesa, en la cintura del verano, el tomate, astro de tierra, estrella repetida y fecunda, nos muestra sus circunvoluciones, sus canales, la insigne plenitud y la abundancia sin hueso, sin coraza, sin escamas ni espinas, nos entrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura.
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Oda al tomate
El agua la manda el cielo, la tierra la puso dios. Viene el amo y me la quita, ¡la p...ita que se partió! A ver, respóndame, hermano: si esta fue tierra ´e los incas ¿de donde hay dueños de fincas con títulos en la mano? Pa mí que al pobre serrano le vienen tomando el pelo. Acequia, puquio, riachuelo todo en títulos se fragua. ¿De ´onde tiene dueño l´agua? ¡el agua la manda el cielo! Y por último, los incas no han sido los más primeros; antes los huancas ´stuvieron y antes que ellos los mochicas. Ora hay haciendas tan ricas pa sólo un dueño o pa dos y gritan a toda voz que heredaron de su padre... ¡Que no me vengan, compadre, la tierra la puso Dios! Donde no hay minas de gringos hay tierras de gamonales, pagan míseros jornales y te andan a los respingos. Se trabaja los domingos Más pior que en tiempo ´e la mita. Y hasta si tengo cholita para mi pobre querer, por el gusto de ...poder viene el amo y me la quita. Creo que, ultimadamente, debiera ser propietario quien fecunda el suelo agrario con el sudor de su frente. Así espera nuestra gente y así mesmo espero yo. Y así ha de ser, pues si no a gringos y gamonales vamo a recontrasacarle ¡la p... ita que se partió!
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Cantares campesinos
um encantador de mentira/Im lovely lie ****************************************************** Sou um encantador de mentira De mente fecunda e alma tristonha Aquele que diante da flor suspira E por um grande amor sonha. O que a morte, enquanto delira, Busca sem medo ou vergonha, Mas por mais que a ela prefira Tu insistes em dar-me vida enfadonha. Meu caderno de pueris rimas está cheio Talvez seja hora de puxar o freio, Pois solidão atada a mim segue. Oh! Senhor tire do peito o medo De um fim agora a este enredo Por favor, a morte não mais me negue. http://www.poetafernandes.com.br/search/label/poesias
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Apr 30, 2012
Apr 30, 2012 at 10:23 PM UTC
um encantador de mentira/ Im lovely lie
El placer inherente Y adictivo de mirarte cierro los ojos y apareces Y mi mente te besa entre silencios Y en tus ojos de miel Hay un brillo adorado Y el sabado llega rapido Pues tus ojos hablan de ese brillo de saberte Entenderte y reconocerte y tus labios rojos y fecundos Me roban las miradas besarlos y volverlos mios Lentamente, Y a mi pecho conectaste esa Fecunda mirada Tus ojos y los mios En una frecuencia que te vuelve amada Y los lunares de tu espalda Marcan un rastro Un sendero, el camino En un viaje compartido Y los de tu estomago y Tu pecho, mi sendero al Paraíso Mi cuerpo brilla al notar Que fuiste violentamente Amada Tierna y violentamente Nos unimos en silencio Tu alma brilla en la oscuridad d tu cama Y de tus labios salen besos Silentes, de mujer enamorada Y de tu cuerpo sale el mar Mientras te abres Y mis besos beben de tus Labios, d lis y miel Mientras tus ojos sienten la verdad, y ves el todo Y tus rios y tu selva, calman La sensual llamarada Una llama que tu enciendes Con tus ojos y tu cuerpo luego apagas, con tus labios De mujer enamorada Mi cuerpo huele al tuyo Y te recuerda en silencios en sielncios que tu rompes Al pensarme desde lejos Y el placer de mirarte Sin cadenas ni lazos, Solo el que usas al amarme Eres libre y adorada Y como una gran leona, eres violentamente amada Y te muerdo suavemente Mientras te amo en silencios Silencios que se rompen, con Tu labios rojos Y de ellos mana tu tonada, El rugido de una leona, fuerte Completa y adorada.
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May 21, 2018
May 21, 2018 at 6:51 PM UTC
Placer de una mirada
El placer inherente Y adictivo de mirarte cierro los ojos y apareces Y mi mente te besa entre silencios Y en tus ojos de miel Hay un brillo adorado Y el sabado llega rapido Pues tus ojos hablan de ese brillo de saberte Entenderte y reconocerte y tus labios rojos y fecundos Me roban las miradas besarlos y volverlos mios Lentamente, Y a mi pecho conectaste esa Fecunda mirada Tus ojos y los mios En una frecuencia que te vuelve amada Y los lunares de tu espalda Marcan un rastro Un sendero, el camino En un viaje compartido Y los de tu estomago y Tu pecho, mi sendero al Paraíso Mi cuerpo brilla al notar Que fuiste violentamente Amada Tierna y violentamente Nos unimos en silencio Tu alma brilla en la oscuridad d tu cama Y de tus labios salen besos Silentes, de mujer enamorada Y de tu cuerpo sale el mar Mientras te abres Y mis besos beben de tus Labios, d lis y miel Mientras tus ojos sienten la verdad, y ves el todo Y tus rios y tu selva, calman La sensual llamarada Una llama que tu enciendes Con tus ojos y tu cuerpo luego apagas, con tus labios De mujer enamorada Mi cuerpo huele al tuyo Y te recuerda en silencios en sielncios que tu rompes Al pensarme desde lejos Y el placer de mirarte Sin cadenas ni lazos, Solo el que usas al amarme Eres libre y adorada Y como una gran leona, eres violentamente amada Y te muerdo suavemente Mientras te amo en silencios Silencios que se rompen, con Tu labios rojos Y de ellos mana tu tonada, El rugido de una leona, fuerte Completa y adorada.
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A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó. A mí me encanta la transmigración. Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar. Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato. ¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace cosquillas! Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho? Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa "tirar el carro"?... Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo. Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores. Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas. ¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos.... y de los camaleones!... ¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los de las madreselvas? Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto y un mismo **** Cuando la vida es demasiado humana -¡únicamente humana!- el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra? Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
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Untitled
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó. A mí me encanta la transmigración. Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar. Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato. ¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace cosquillas! Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho? Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa "tirar el carro"?... Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo. Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores. Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas. ¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos.... y de los camaleones!... ¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los de las madreselvas? Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto y un mismo **** Cuando la vida es demasiado humana -¡únicamente humana!- el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra? Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
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Y fui después un numen transitorio, sombra y canción en la embriagante tierra, un sino raro y un deleite raro. Ya el crepúsculo estivo el día cierra y lejos brilla un tenebroso faro. La dama de cabellos encendidos fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos. Y una inquietud frenética y gozosa mi paz, mi sueño, mi vigor consume, y un huracán mi plenitud doblega. ¡Soy esa sombra que cruzó el camino, en sangre tinta… de lujuria ciega! Soy esa sombra pávida, cautiva de un gran misterio en el Misterio oculto. Huella la flor azul pata lasciva de cabrón ***** y el divino himnario sella Satán con sellos de su culto. Mi pena errante con mi vino loco en el turbión del vicio la sepulto. Soy huésped de garitos y tabernas. Disputo al "puede ser" un pan ingrato; y dejo que mi carne, ruïn loba de lúgubres anhelos arrecida, se me abandone al logro del deleite, desnuda en la impudicia de la vida. Entúrbiase la clara inteligencia. La idea afluye en nieblas ondulantes. Es el goce monótona frecuencia: igual en el deliquio y el suspiro... ¡Dadme un beso, un contacto y una esencia, una sensualidad de nuevo giro!
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Acuarimántima vi
Señora: llego a Ti desde las tenebrosas anarquías del pensamiento y la conducta, para aspirar los naranjos de elección, que florecen en tu atrio, con una nieve nupcial... Y entro a tu Santuario, como un herido a las hondas quietudes hospicianas en que sólo se escucha el toque saludable de una esquila. Vestida de luto eres, Nuestra Señora de la Soledad, un triángulo sombrío que preside la lúcida neblina del valle; la arboleda que se arropa de las cocinas en el humo lento; la familiaridad de las montañas; el caserío de estallante cal; el bienestar oscuro del rebaño, y la dicha radiante de los hombres. Señora: cuando ingreso a la comarca que riges con tus lágrimas benévolas, y va la diligencia fatigosa sobre la sierra, y van los postillones cantando bienandanza o desamor, súbita surge la lección esbelta y firme de tus torres, y saludo desde lejos tu altar. Tú me tienes comprado en alma y cuerpo. Cuando la pesarosa dueña ideal de mi primer suspiro, recurre desolada a tus plantas, y llora mansamente, nunca has dejado de envolverla en el descanso de tus hijas predilectas. Me acuerdo de una tarde en que, como una reina que acaba de abdicar, salía por el atrio de naranjos y llevaba en la frente el lucero novísimo de tu consolación. Confortándola a Ella, Tú me obligas como si con la orla dorada de tu manto, agitases un soplo del Paraíso a flor de mi conciencia. Porque siempre un lucero va a nacer de tus manos para la hora en que Ella te implore, Tú me tienes comprado en cuerpo y alma. En las noches profanas de novenario (orquestas difusas, y cohetes vívidos, y tertulias de los viejos, y estrados de señoritas sobre la regada banqueta) hay en tus torres ágiles una policromía de faroles de papel, que simulan en la tiniebla comarcana un tenue y vertical incendio. Y yo anhelo, Señora, que en mi tiniebla pongas para siempre una rojiza aspiración, hermana del inmóvil incendio de tus torres, y que me dejes ir en mi última década a tu nave, cardíaco o gotoso, y ya trémulo, para elevarte mi oración asmática junto al mismo cancel que oyó mi prez valiente, en aquella alborada en que soñé prender a un blanco pecho una fecunda rama de azahar.
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A la patrona de mi pueblo
Señora: llego a Ti desde las tenebrosas anarquías del pensamiento y la conducta, para aspirar los naranjos de elección, que florecen en tu atrio, con una nieve nupcial... Y entro a tu Santuario, como un herido a las hondas quietudes hospicianas en que sólo se escucha el toque saludable de una esquila. Vestida de luto eres, Nuestra Señora de la Soledad, un triángulo sombrío que preside la lúcida neblina del valle; la arboleda que se arropa de las cocinas en el humo lento; la familiaridad de las montañas; el caserío de estallante cal; el bienestar oscuro del rebaño, y la dicha radiante de los hombres. Señora: cuando ingreso a la comarca que riges con tus lágrimas benévolas, y va la diligencia fatigosa sobre la sierra, y van los postillones cantando bienandanza o desamor, súbita surge la lección esbelta y firme de tus torres, y saludo desde lejos tu altar. Tú me tienes comprado en alma y cuerpo. Cuando la pesarosa dueña ideal de mi primer suspiro, recurre desolada a tus plantas, y llora mansamente, nunca has dejado de envolverla en el descanso de tus hijas predilectas. Me acuerdo de una tarde en que, como una reina que acaba de abdicar, salía por el atrio de naranjos y llevaba en la frente el lucero novísimo de tu consolación. Confortándola a Ella, Tú me obligas como si con la orla dorada de tu manto, agitases un soplo del Paraíso a flor de mi conciencia. Porque siempre un lucero va a nacer de tus manos para la hora en que Ella te implore, Tú me tienes comprado en cuerpo y alma. En las noches profanas de novenario (orquestas difusas, y cohetes vívidos, y tertulias de los viejos, y estrados de señoritas sobre la regada banqueta) hay en tus torres ágiles una policromía de faroles de papel, que simulan en la tiniebla comarcana un tenue y vertical incendio. Y yo anhelo, Señora, que en mi tiniebla pongas para siempre una rojiza aspiración, hermana del inmóvil incendio de tus torres, y que me dejes ir en mi última década a tu nave, cardíaco o gotoso, y ya trémulo, para elevarte mi oración asmática junto al mismo cancel que oyó mi prez valiente, en aquella alborada en que soñé prender a un blanco pecho una fecunda rama de azahar.
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Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo; que su sien decore Lauro apolíneo. Musa del bardo que cantó las hondas Selvas y ríos de la patria... Musa Libre del Ande, que a su tumba vienes, ¡Pliega las alas! Ara intocada de su ardiente culto Fue siempre el Arte; y con unción votiva Dio, como ofrenda a los eternos Númenes, Ánforas bellas. Arcade nuevo, de la selva andina Hizo, en sus cantos, a los dioses templo; Y ellos oyeron, de su lira acorde, Clásicos ritmos Himnos los suyos armoniosos fueron, Cantos de hosanna, que cual triunfo vibran Hoy, cuando extraños ¡Poesía sacra! Ajan tu veste; Veste que siempre fulguró distante, Peplo de diosa en consagrado plinto, Y hora, arambeles que en el hombro lleva Vulgo profano. Frentes se inclinan a su paso. El cielo Radia en fulgores, y el silencio crece; Y óyese, lejos, en azul de altura Vuelo de águilas. Raudo desfile sobre erial galopa... ¡Potros salvajes que cantó! Las crines Sueltas al aire... y al tropel de cascos Tiembla la pampa. Potros pamperos... ¿Los oís? De polvo Nubes levantan, y al tocar la cumbre Rápido el viento, retrasado vuela, Vuela tras ellos. Rojas corolas cual la sangre suya, Ecos de bosques y armonías altas, Fueron de su alma, segador de ensueños, Lírica siega. Frente a sus ojos se extendió anchurosa Selva de siglos, con inmensas aguas; Tierra fecunda, y el azul cortando Fúlgido el Huila. Toda la tierra tropical; e inmenso Campo a su vista, con hervir de savia; Y ávido entonces de laureles, hizo Suya la selva. Sueña una garza en su visión de bosque, Tiende a las ondas el nevado cuello, Y alza en el pico, destellando en iris, Vivida escama. Fue claro río que en radiantes días Ceibas y palmas contempló en sus ondas, Y albo de espumas, reflejó de noche Rubias estrellas. Diáfano el cielo palpitó en su canto, Alas de cimas por sus versos se oyen, Y álzase de ellos, cual de vasos níveos, Hálito eterno. Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo, y que su sien decore Lauro apolíneo.
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Elegía
Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo; que su sien decore Lauro apolíneo. Musa del bardo que cantó las hondas Selvas y ríos de la patria... Musa Libre del Ande, que a su tumba vienes, ¡Pliega las alas! Ara intocada de su ardiente culto Fue siempre el Arte; y con unción votiva Dio, como ofrenda a los eternos Númenes, Ánforas bellas. Arcade nuevo, de la selva andina Hizo, en sus cantos, a los dioses templo; Y ellos oyeron, de su lira acorde, Clásicos ritmos Himnos los suyos armoniosos fueron, Cantos de hosanna, que cual triunfo vibran Hoy, cuando extraños ¡Poesía sacra! Ajan tu veste; Veste que siempre fulguró distante, Peplo de diosa en consagrado plinto, Y hora, arambeles que en el hombro lleva Vulgo profano. Frentes se inclinan a su paso. El cielo Radia en fulgores, y el silencio crece; Y óyese, lejos, en azul de altura Vuelo de águilas. Raudo desfile sobre erial galopa... ¡Potros salvajes que cantó! Las crines Sueltas al aire... y al tropel de cascos Tiembla la pampa. Potros pamperos... ¿Los oís? De polvo Nubes levantan, y al tocar la cumbre Rápido el viento, retrasado vuela, Vuela tras ellos. Rojas corolas cual la sangre suya, Ecos de bosques y armonías altas, Fueron de su alma, segador de ensueños, Lírica siega. Frente a sus ojos se extendió anchurosa Selva de siglos, con inmensas aguas; Tierra fecunda, y el azul cortando Fúlgido el Huila. Toda la tierra tropical; e inmenso Campo a su vista, con hervir de savia; Y ávido entonces de laureles, hizo Suya la selva. Sueña una garza en su visión de bosque, Tiende a las ondas el nevado cuello, Y alza en el pico, destellando en iris, Vivida escama. Fue claro río que en radiantes días Ceibas y palmas contempló en sus ondas, Y albo de espumas, reflejó de noche Rubias estrellas. Diáfano el cielo palpitó en su canto, Alas de cimas por sus versos se oyen, Y álzase de ellos, cual de vasos níveos, Hálito eterno. Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo, y que su sien decore Lauro apolíneo.
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Vierte el humo doméstico en la aurora su sabor a rastrojo; y canta, haciendo leña, la pastora un salvaje aleluya!                                         Sepia y rojo. Humo de la cocina, aperitivo de gesta en este bravo amanecer. El último lucero fugitivo lo bebe, y, ebrio ya de su dulzor, ¡oh celeste zagal trasnochador! se duerme entre un jirón de rosicler. Hay ciertas ganas lindas de almorzar, y beber del arroyo, y chivatear! Aletear con el humo allá, en la altura; o entregarse a los vientos otoñales en pos de alguna Ruth sagrada, pura, que nos brinde una espiga de ternura bajo la hebraica unción de los trigales! Hoz al hombro calmoso, acre el gesto brioso, va un joven labrador a Irichugo. Y en cada brazo que parece yugo se encrespa el férreo jugo palpitante que en creador esfuerzo cuotidiano chispea, como trágico diamante, a través de los poros de la mano que no ha bizantinado aún el guante. Bajo un arco que forma verde aliso, ¡oh cruzada fecunda del andrajo! pasa el perfil macizo de este Aquiles incaico del trabajo. La zagala que llora su yaraví a la aurora, recoge ¡oh Venus pobre! frescos leños fragantes en sus desnudos brazos arrogantes esculpidos en cobre. En tanto que un becerro, perseguido del perro, por la cuesta bravía corre, ofrendando al floreciente día un himno de Virgilio en su cencerro! Delante de la choza el indio abuelo fuma; y el serrano crepúsculo de rosa, el ara primitiva se sahúma en el gas del tabaco. Tal surge de la entraña fabulosa de epopéyico huaco, mítico aroma de broncíneos lotos, el hilo azul de los alientos rotos!
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Mayo
Vierte el humo doméstico en la aurora su sabor a rastrojo; y canta, haciendo leña, la pastora un salvaje aleluya!                                         Sepia y rojo. Humo de la cocina, aperitivo de gesta en este bravo amanecer. El último lucero fugitivo lo bebe, y, ebrio ya de su dulzor, ¡oh celeste zagal trasnochador! se duerme entre un jirón de rosicler. Hay ciertas ganas lindas de almorzar, y beber del arroyo, y chivatear! Aletear con el humo allá, en la altura; o entregarse a los vientos otoñales en pos de alguna Ruth sagrada, pura, que nos brinde una espiga de ternura bajo la hebraica unción de los trigales! Hoz al hombro calmoso, acre el gesto brioso, va un joven labrador a Irichugo. Y en cada brazo que parece yugo se encrespa el férreo jugo palpitante que en creador esfuerzo cuotidiano chispea, como trágico diamante, a través de los poros de la mano que no ha bizantinado aún el guante. Bajo un arco que forma verde aliso, ¡oh cruzada fecunda del andrajo! pasa el perfil macizo de este Aquiles incaico del trabajo. La zagala que llora su yaraví a la aurora, recoge ¡oh Venus pobre! frescos leños fragantes en sus desnudos brazos arrogantes esculpidos en cobre. En tanto que un becerro, perseguido del perro, por la cuesta bravía corre, ofrendando al floreciente día un himno de Virgilio en su cencerro! Delante de la choza el indio abuelo fuma; y el serrano crepúsculo de rosa, el ara primitiva se sahúma en el gas del tabaco. Tal surge de la entraña fabulosa de epopéyico huaco, mítico aroma de broncíneos lotos, el hilo azul de los alientos rotos!
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En el verdoso flanco de la montaña, Siendo altar y refugio del campesino, Y a cortesanas pompas viviendo extraña, Hallé la solitaria cruz del camino. Clavada en una roca, sin más rumores, Que aquellos de las ramas que agita el viento; Formada con dos troncos, llena de flores, Alza sus negros brazos al firmamento. Los arroyos que bajan de las colinas, Del pedestal agreste mojan la planta, Y revolando en torno las golondrinas Saludan al sol nuevo que se levanta. En las serenas tardes de abril y mayo, Allí reza el viajero triste y sumiso, Porque la cruz silvestre, de la fe al rayo, Le señala las puertas del paraíso. ¿Qué mano fue a plantarla? ¡Misterios graves! ¿Quién sembró tantas flores en toscas piedras? ¿Por qué nunca se apartan de allí las aves Ni mueren en su tronco mirtos y yedras? Es gala de una huerta sin hortelano; Joya de un jardín fértil, sin jardinero, Que fecunda y cultiva la misma mano Que dió flores y frutos al mundo entero. Cuando más nos combate la suerte impía; Cuando en todo se encuentra duelo y enojos, Y la verdad asoma desnuda y fría Lo mismo en nuestros sueños que en nuestros ojos; Cuando anidan, cual hienas sobre los montes, En el pecho las hidras de la venganza, O vemos enlutados los horizontes En el mar sin riberas de la esperanza; Cuando ya no pudiendo luchar rendido, El corazón se vuelve como de roca, Y la sonrisa junta con el gemido Miel y ponzoña vierten en nuestra boca; Entonces no en el templo de mármol y oro Ni en el dosel lujoso de armiño y grana, Buscamos impacientes aquel tesoro De paz que sólo vierte la fe cristiana. Lo buscamos en sitio solo y callado Donde no sufre el alma, ni el labio miente, Ni se esquiva la mano del hombre honrado, Ni la vergüenza asoma sobre la frente. ¡Que para el pecho triste que sólo sueña En el fulgor eterno de un sol divino, No hay altar tan hermoso como la peña Do está la solitaria cruz del camino!
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La cruz del camino
En el verdoso flanco de la montaña, Siendo altar y refugio del campesino, Y a cortesanas pompas viviendo extraña, Hallé la solitaria cruz del camino. Clavada en una roca, sin más rumores, Que aquellos de las ramas que agita el viento; Formada con dos troncos, llena de flores, Alza sus negros brazos al firmamento. Los arroyos que bajan de las colinas, Del pedestal agreste mojan la planta, Y revolando en torno las golondrinas Saludan al sol nuevo que se levanta. En las serenas tardes de abril y mayo, Allí reza el viajero triste y sumiso, Porque la cruz silvestre, de la fe al rayo, Le señala las puertas del paraíso. ¿Qué mano fue a plantarla? ¡Misterios graves! ¿Quién sembró tantas flores en toscas piedras? ¿Por qué nunca se apartan de allí las aves Ni mueren en su tronco mirtos y yedras? Es gala de una huerta sin hortelano; Joya de un jardín fértil, sin jardinero, Que fecunda y cultiva la misma mano Que dió flores y frutos al mundo entero. Cuando más nos combate la suerte impía; Cuando en todo se encuentra duelo y enojos, Y la verdad asoma desnuda y fría Lo mismo en nuestros sueños que en nuestros ojos; Cuando anidan, cual hienas sobre los montes, En el pecho las hidras de la venganza, O vemos enlutados los horizontes En el mar sin riberas de la esperanza; Cuando ya no pudiendo luchar rendido, El corazón se vuelve como de roca, Y la sonrisa junta con el gemido Miel y ponzoña vierten en nuestra boca; Entonces no en el templo de mármol y oro Ni en el dosel lujoso de armiño y grana, Buscamos impacientes aquel tesoro De paz que sólo vierte la fe cristiana. Lo buscamos en sitio solo y callado Donde no sufre el alma, ni el labio miente, Ni se esquiva la mano del hombre honrado, Ni la vergüenza asoma sobre la frente. ¡Que para el pecho triste que sólo sueña En el fulgor eterno de un sol divino, No hay altar tan hermoso como la peña Do está la solitaria cruz del camino!
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Yo alabo al cielo porque me brindó en sus amores, para mi fondo gemas, para mi margen flores; porque cuando la roca me muerde y me maltrata hay en mi sangre (espuma) filigrana de palta; porque cuando al abismo ruedo en un cataclismo, adorno de arco-iris triunfales el abismo, y el rocío que salta de mis espumas blancas riega las florecitas que esmaltan las barrancas; porque a través del cauce llevando mi caudal, soy un camino que anda, como dijo Pascal; porque en mi gran llanura donde la brisa vuela; deslízanse los élitros nevados de la vela; porque en mi azul espalda que la quilla acuchilla mezo, aduermo y soporto la audacia de la quilla, mientras que no conturba mis ondas el Dios fuerte, a fin de que originen catástrofes de muerte, y la onda que arrulla sea la onda que hiere... ¡Quién sabe los designios de Dios que así lo quiere! Yo alabo al cielo porque en mi vida errabunda Soy Niágara que truena, soy Nilo que fecunda, maelstrom de remolino fatal, o golfo amigo; porque, mar di la vida, y, diluvio, el castigo. Docilidad inmensa tengo para mi dueño: El me dice: "Anda", y ando; "Despéñate", y despeño mis aguas en la sima de roca que da espanto; y canto cuando corro, y al despeñarme canto, y cantando, mi linfa tormentas o iris fragua, fiel al Señor...                               -¡Loemos a Dios, hermana Agua!
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El agua que corre sobre la tierra
En su llama mortal la luz te envuelve. Absorta, pálida doliente, así situada contra las viejas hélices del crepúsculo que en torno a ti da vueltas. Muda, mi amiga, sola en lo solitario de esta hora de muertes y llena de las vidas del fuego, pura heredera del día destruido. Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro. De la noche las grandes raíces crecen de súbito desde tu alma, y a lo exterior regresan las cosas en ti ocultas, de modo que un pueblo pálido y azul de ti recién nacido se alimenta. Oh grandiosa y fecunda y magnética esclava del círculo que en ***** y dorado sucede: erguida, trata y logra una creación tan viva que sucumben sus flores, y llena es de tristeza.
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Poema 2
Fuensanta, dulce amiga, blanca y leve mujer, dueña ideal de mi primer suspiro y mis copiosas lágrimas de ayer; enlutada que un día de entusiasmo soñé condecorar, prendiendo, en la alborada de las nupcias, en el gro mobiliario de tu pecho una fecunda rama de azahar; dime: ¿es verdad que ha muerto mi quimera, y el idólatra de tu palidez no volverá a soñar con el milagro de la diáfana rosa de tu tez? (Así interrogo en la profunda noche mientras las nubes van cual pesadillas lóbregas, y gimen, a distancia, unos huérfanos sin pan). De las cercanas torres bajo el fúnebre son de un toque de difuntos, y Fuensanta clama en un gesto de desolación: «¿No escuchas las esquilas agoreras? »¡Tocan a muerto por nuestra ilusión! Me duele ser crüel y quitar de tus labios la última gota de la vieja miel. »Mas el cadáver del amor con alas con que en horas de infancia me quisiste, yo lo he de estrechar contra mi pecho fiel, y en una urna presidirá los lutos de mi hogar». (Hemos callado porque nuestras almas están bien enclavadas en su cruz. Me despido... Ella guía, llevando, en un trasunto de Evangelio, en las frágiles manos una luz. Pero apenas llegados al umbral -suspiro de alma en pena o soplo del Espíritu del mal-, un golpe de aire mata la bujía... Aúlla un perro en la calma sepulcral). Fue así como Fuensanta y el idólatra nos dijimos adiós en las tinieblas de la noche fatal...
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El adiós