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Qué otro final ha de esperarse
Cuando a andar se decide
Que no sea el suave extravío
De todo aquello considerado propio
De todo aquello por lo cual cruzamos
De todo lo sido en ocasión alguna

Un viento nómada surge como una lengua
Suyo es el mundo por quien se hace presente

Nos es dada la palabra
            para cobijar de nombre a lo imposible
Nos es dada la voz
            para imantar de presencia al silencio
Nos es dado el pensamiento
            para sabernos derrotados por lo divino
Largo es el aliento de quien anda
Puro su extravío
Nítida su reconciliación

Que cada una de estas pisadas
Sea guiada por una luz
Igual a la que hace a la tierra
Reverdecer desde sus vetas:
Por haber raíz es que hay camino
¡No hay cielo que no sea tránsito!

Qué otra tierra ha de esperarse
Sino la virgen e inacabable
Tierra entera del exilio

Qué otra visión ha de brotarnos
Sino la de quien viaja
Atento por su propia soltura

Qué otra intuición ha de movernos
Sino la de quien libra
A sus vislumbres de certeza

                     (Pobreza careciendo de miseria)

Que no nos deje marcas la distancia
Ni se acepten las sendas de atajo
No habrá territorio que retenga
Ni signo que nos lleve a guarecer

Resistencia:
            Que sea por esta sed de errancia
            Por quien ha de ganársele
            Metros a la casa.
(a Tomás Segovia (2012))
No saben.
¡Perdonadlos!
No saben lo que han hecho,
lo que hacen,
por qué matan,
por qué hieren las piedras,
masacran los paisajes...
No saben.
No lo saben...
No saben por qué mueren.

Se nutren,
se han nutrido
de hediondas imposturas,
de cancerosos miasmas,
de vocablos sin pulpa,
sin carozo,
sin jugo,
de negras reses de humo,
de canciones en pasta,
de pasionales sombras con voces de ventrílocuo.

Viven
entre lo fétido,
una inquietud de orzuelo,
de vejiga pletórica,
de urticaria florida que cultiva el ayuno,
el sudor estancado,
la iniquidad encinta.

No creen.
No creen en nada
más que en el moco hervido.
en el ideal,
chirriante,
de las aplanadoras,
en las agrias arcadas
que atormentan al éter,
en todas las mentiras
que engendran las matrices de plomo derretido
el papel embobado
y en bobina.

Son blandos,
son de sebo,
de corrompido sebo triturado
por engranajes sádicos,
por ruidos asesinos,
por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo,
para hundirles sus uñas de raíces cuadradas
y dotarlos de un alma de trapo de cocina.

Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos,
en sacarle provecho hasta a sus excrementos.
Escupen las veredas,
escupen los tranvías,
para eludir las horas
y demostrar que existen.

No pueden rebelarse.
Los empuja la inercia,
el terror,
el engaño,
las plumas sobornadas,
los consorcios sin **** que ha parido la usura
y que nunca se sacian de fabricar cadáveres.

Se niegan al coloquio del agua con las piedras.
Ignoran el misterio del gusano,
del aire.
Ven las nubes,
la arena,
y no caen de rodillas.
No quedan deslumbrados por vivir entre venas.
Sólo buscan la dicha en las suelas de goma.
Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo.
Son capaces de todo con tal de no escucharse,
con tal de no estar solos.

¿Cómo,
cómo sabrían
lo que han hecho,
lo que hacen?

¿Algo tiene de extraño
que deserten del asco,
de la hiel,
del cansancio?

Sólo puede esperarse
que defiendan el plomo,
que mueran por el guano,
que cumplan la proeza
de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo,
para que el hambre extienda sus tapices de esparto
y desate su bolsa ahíta de calambres.

Son ferozmente crueles.
Son ferozmente estúpidos...
pero son inocentes.

¡Hay que compadecerlos!

— The End —