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"enerva" poems
Cuando tango la zampoña cuando tango el sacabuche, jamás pienso en quien me escuche ni en quien me allane la moña. 1 Y así la zampoña taño, 2 pizzico así la vihuela cantando mi cantinela como trovero de antaño... Yo no pienso en quién me escuche. Yo no pienso en quien me loe ni en quien el talón me roe cuando tango el sacabuche, cuando soplo en el obóe, cuando tango la zampoña. Ni en buscar el sortilegio -con glisado tal o arpegioque embelece a daifa o doña, cuando tango el sacabuche... Cuando soplo en el obóe, cuando soplo en la dulzaina, no pienso en boina ni en vaina; ni en Burdeos o en Borgoña cuando tango la zampoña- Cuando soplo en la dulzaina y si percuto el adufe no pienso en que vozne o bufe ni el cretino ni el tontaina ni el doctorado en Lovaina. Cuando tango la zampoña, si pizzico en la bandurria no me importa ni la murria que me enerva y emponzoña. Cuando tango el sacabuche, cuando raspo el bandolín ni cuando froto el violín, yo no pienso en quien me escuche. Si resoplo en el fagote, si taño la cornamusa, cuando tango la zampoña, cuando soplo en la ocarina no pienso en daifa ni en doña (si me alabe o me abomina, si se enfada o se alborote...) Si taño la cornamusa, laude pido o doy excusa jamás, ni a Apolo ni al zote ni a la mismísima Musa de alto copete o de moña, ni a Luis de Góngora Argote, si resoplo en el fagote, cuando tango la zampoña.
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Són
Llevo la justicia entre las piernas, un par de caricia en las venas, un beso juguetón, y una sedienta necesidad de amarte; que me enferma, que me enerva, que me exacerba, que me escurre la vergüenza. Es que, quiero besarte sobria, y que tus flujos me embriaguen la memoria, mientras chorreo esta catarata de pasión despacio en tus adentros, y, agitadamente en las madrigueras de tu boca descargar todo este ensueño que seria, quedar completamente libertada en tus regazos. LeydisProse 5/31/2017 //https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Jun 1, 2017
Jun 1, 2017 at 10:42 AM UTC
LIBERANDO DESEOS
¡Alta selva, morada de la sombra! Cual se solaza el alma en tu frescura, Sobre tu muelle alfombra, Bajo tu dombo inmenso de verdura. En ti el génesis late, en ti se agita La savia creadora; Eres arpa salvaje, vibradora, Donde la vida universal palpita. Los árboles, pilastra de tu arcada, Se retuercen leprosos, En la inmensa hondonada; Y muestran vigorosos Sus blancas barbas, que remece el viento, Cual guerreros pendones De gigantes en ancho campamento. Y el río entre los antros pavorosos Donde ruedan las aguas turbulentas, Al chocar en los altos pedrejones Salta en recios turbiones, Y ruge cual si fuera las Tormentas Cabalgando en los negros Aquilones. En la orilla, debajo de las frondas, Se ve el plumaje de las garzas blancas Y allá, del pasto entre las verdes ondas, Los toros muestran sus lucientes ancas. En la cálida hora del bochorno; Abrasa el sol y enerva; Se inclina mustia la naciente yerba, Y arroja el suelo un hábito de horno. Se ven del tigre en el fangal las marcas; Y en la vaga penumbra, entre las quiebras, Junto a las negras charcas Yacen aletargadas las culebras. Trasciende el aura a  vírgenes efluvios; El humo de la roza, azul y blanco Sube de la montaña por el flanco, Y alzan las cañas sus airones rubios, Del sol de los fulgores, Como penachos de indios vencedores; Y traen a la vega, bulliciosos, Los vientos tropicales, El ruido de los plátanos hojosos Y el lejano rumor de los maizales. Y en la playa desierta, Sobre la seca arena, perezosos, Cual negros troncos, con la jeta abierta, Descansan los caimanes escamosos. En la cercana loma, En un recodo del camino, asoma Feliz pareja de labriegos.                                                       Ella, Núbil, fornida y bella, De ojos negros y ardientes, y de roja Boca virgínea, y de apretado seno Que forma curva en la camisa floja; Y él, atlético y lleno De juventud y vida, musculoso, Con muñecas de recia contextura, Hechas como muñecas de coloso De alguna raza extraña, Para domar el potro en la llanura, Para tumbar el roble en la montaña. Y la feliz pareja al fin se pierde, Entre la selva enmarañada y verde. Pan jadea, de lúbricos ardores Henchido el pecho, bajo el cielo urente Y pasa un soplo sensual, ardiente, Fecundando los nidos y las flores.
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Selva tropical
¡Alta selva, morada de la sombra! Cual se solaza el alma en tu frescura, Sobre tu muelle alfombra, Bajo tu dombo inmenso de verdura. En ti el génesis late, en ti se agita La savia creadora; Eres arpa salvaje, vibradora, Donde la vida universal palpita. Los árboles, pilastra de tu arcada, Se retuercen leprosos, En la inmensa hondonada; Y muestran vigorosos Sus blancas barbas, que remece el viento, Cual guerreros pendones De gigantes en ancho campamento. Y el río entre los antros pavorosos Donde ruedan las aguas turbulentas, Al chocar en los altos pedrejones Salta en recios turbiones, Y ruge cual si fuera las Tormentas Cabalgando en los negros Aquilones. En la orilla, debajo de las frondas, Se ve el plumaje de las garzas blancas Y allá, del pasto entre las verdes ondas, Los toros muestran sus lucientes ancas. En la cálida hora del bochorno; Abrasa el sol y enerva; Se inclina mustia la naciente yerba, Y arroja el suelo un hábito de horno. Se ven del tigre en el fangal las marcas; Y en la vaga penumbra, entre las quiebras, Junto a las negras charcas Yacen aletargadas las culebras. Trasciende el aura a  vírgenes efluvios; El humo de la roza, azul y blanco Sube de la montaña por el flanco, Y alzan las cañas sus airones rubios, Del sol de los fulgores, Como penachos de indios vencedores; Y traen a la vega, bulliciosos, Los vientos tropicales, El ruido de los plátanos hojosos Y el lejano rumor de los maizales. Y en la playa desierta, Sobre la seca arena, perezosos, Cual negros troncos, con la jeta abierta, Descansan los caimanes escamosos. En la cercana loma, En un recodo del camino, asoma Feliz pareja de labriegos.                                                       Ella, Núbil, fornida y bella, De ojos negros y ardientes, y de roja Boca virgínea, y de apretado seno Que forma curva en la camisa floja; Y él, atlético y lleno De juventud y vida, musculoso, Con muñecas de recia contextura, Hechas como muñecas de coloso De alguna raza extraña, Para domar el potro en la llanura, Para tumbar el roble en la montaña. Y la feliz pareja al fin se pierde, Entre la selva enmarañada y verde. Pan jadea, de lúbricos ardores Henchido el pecho, bajo el cielo urente Y pasa un soplo sensual, ardiente, Fecundando los nidos y las flores.
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Con la cántara llena de agua, Y la boca de moras teñida, Y crujiente de espinas la enagua, Y en el moño una rosa prendida, De la fuente retorno, abismada En el dulce evocar de la cita. Y se hermana la tarde dorada Con la luz que en mis ojos palpita. Una extraña fragancia me enerva, Y en verdad yo no sé si es que sube Del jugoso frescor de la hierba, O se eleva de mi alma a la nube. Y, despierta sonámbula, sigo Balanceando mi cántara llena, Entre el oro alocado del trigo Y el temblor de los tallos de avena.
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Retorno
La noche tiene una Torva y caliginosa dulcedumbre. Sobre el cielo de estaño dá la luna La impresión de un lunar lleno de herrumbre. La brisa, como un gato, entre el ramaje De los árboles negros, juega y salta. Sobre el lomo del campo es un tatuaje La alberca que de líquenes se esmalta. Y es cada cosa un avisor oído Que se alarga atisbando la tormenta. Flota un olor de surco removido               Y de tierra sedienta. ¡Ah, qué larga pereza nos enerva Y con sus grillos nuestros piés sujeta! ¡ Qué ganas de dormir sobre esta hierba               Esponjada y discreta! Y así hasta que la lluvia nos despierte Con sus cien dedos de frescor salobre, Y el viento a nuestro lado agite fuerte, Sus campanillas de cristal y cobre. ¡Qué alocado retorno hacia la aldea, Ceñidos por los hilos de la lluvia, Mientras el vendaval peina y orea Mi testa negra y tu cabeza rubia!
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Noche de tormenta