"disparan" poems
EL AGUA.
Alba circulatoria deposita en boca fresadora
incontroladas gotas trazándose en el radio corporal
y flores comestibles en acueducto curvo disparan
las aguas como fuente dividida a la desembocadura
de la boca
que sonora diamantada graba en caricias de regadío
y sumerge en hábitat de lago la reunión química que eres.
Desandada en los abrigos inunda
labial esqueje,
en el sol del secano, espiga cerrándose
que expande granada con el humo breve
en camino recortado ajardinado hasta observatorio umbilical.
Solar verde con fondo marítimo
y el sol crudo penetra
efectuando fotosíntesis de lupa en las gotas.
Cadena floral circunvala
el artificio de la leche protectora
y pule suavidad sentada.
En un hilo laberíntico se construye
flor de los algodones nuevos
y vuelve el agua al juego de los brillos
a flote,
a fondo anclada en peso emerge cerámica náutica
que removiendo visualiza celosía de la seda
y transparencia de ala delta ante el beso de diluvio
indudable.
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John Desde*
Jun 8, 2013
Jun 8, 2013 at 2:16 PM UTC
La necesidad de un cambio,
casi desgarrador,
que promete una revolución
a nivel interior.
La palabrería
ha nublado toda la razón,
sin lógica alguna
ahora seguís al corazón.
Te lleva a situaciones
donde te disparan a quemarropa.
Ya deberías haber aprendido
a cerrar un poco la boca.
Aunque hay luz
por encontrar
todavía no sabes bien
dónde buscar.
Pero estás creciendo,
ya casi lo logras.
Cuando encuentres a tu gente
no te paran más.
Oct 24, 2018
Oct 24, 2018 at 1:11 PM UTC
Los mendigos pelean por España
mendigando en París, en Roma, en Praga
y refrendando así, con mano gótica, rogante,
los pies de los Apóstoles, en Londres, en New York, en Méjico.
Los pordioseros luchan suplicando infernalmente
a Dios por Santander,
la lid en que ya nadie es derrotado.
A1 sufrimiento antiguo
danse, encarnízanse en llorar plomo social
al pie del individuo,
y atacan a gemidos, los mendigos,
matando con tan solo ser mendigos.
Ruegos de infantería,
en que el arma ruega del metal para arriba,
y ruega la ira, más acá de la pólvora iracunda.
Tácitos escuadrones que disparan,
con cadencia mortal, su mansedumbre,
desde un umbral, desde sí mismos, ¡ay! desde sí mismos.
Potenciales guerreros
sin calcetines al calzar el trueno,
satánicos, numéricos,
arrastrando sus títulos de fuerza,
migaja al cinto,
fusil doble calibre: sangre y sangre.
¡El poeta saluda al sufrimiento armado!
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Está lloviendo
Y ellos disparan
No es un juego
Nos disolvemos
Todos tienen miedo
Los bebes y los niños lloran
Hombres y mujeres están disgustados
Donde todos mueren
En las calles infestadas de idiotas y bandidos
Ellos son nuestros enemigos
Ellos no son nuestros amigos
Ellos disparan como locos
Las balas caen como granos de lluvia
Los gánsteres no son amables
Ellos son terroristas
Ellos son malos turistas
Ellos son robots criminales
No tienen corazón, alma, ni mente
Están eternamente condenados
En el infierno
Sus órganos están hechos de hierro
No son humanos
Sus manos están empapadas de sangre
Ellos son matones
Ellos son villanos de Satanás.
Está lloviendo
Y ellos matan
Nos retiramos
En el centro
De todo lo que es malo
El mundo no está en paz
Es toda la tierra en guerra
Al fondo del cementerio
No fabricamos armas
En nuestro lugar
Solo tenemos lágrimas
En nuestro lugar
Nosotros lloramos
En nuestro lugar
Fabricamos demasiadas armas en otros lugares
Demasiadas personas están muriendo
Todos tienen miedo
Hay demasiada miseria e infelicidad.
Copyright © noviembre de 2024, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados
Hébert Logerie es autor de varios libros de poesía.
Nov 30, 2024
Nov 30, 2024 at 8:57 PM UTC
Si a una parte miraran solamente
vuestros ojos, ¿cuál parte no abrasaran?
Y si a diversas partes no miraran,
se helaran el ocaso o el Oriente.
El mirar zambo y zurdo es delincuente;
vuestras luces izquierdas lo declaran,
pues con mira engañosa nos disparan
facinorosa luz, dulce y ardiente.
Lo que no miran ven, y son despojos
suyos cuantos los ven, y su conquista
da a l'alma tantos premios como enojos.
¿Qué ley, pues, mover pudo al mal jurista
a que, siendo monarcas los dos ojos,
los llamase vizcondes de la vista?
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La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece.
Llovizna. El viento airado la floresta estremece.
Del cazador furtivo la casa está cerrada.
El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada
Han ido a cacería, y están allá en acecho.
Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho
Donde tranquilamente duerme también la abuela,
Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela.
Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante,
Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante
Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra,
Y el oro del cabello que ata una cinta negra.
De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita?
¿Será temor acaso? ¿Será acaso una cita?...
La puerta que da al campo se abre pausadamente,
Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente
Le tiende ella los brazos y le dice al oído:
«Podría la abuelita despertar... No hagas ruido».
En silencio se sientan, y parece el murmullo
Vago de sus palabras, como si fuera arrullo.
«¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante
Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante.
-«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida:
-«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».
Luego exclama:
«Qué triste que seas tú, bien mío,
Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío
Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca?
¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca!
Si esta pasión mi padre sospechara algún día,
Si mi amor descubriera, de dolor moriría».
El la interrumpe:
«¡Calla, calla, no digas eso!»
Y los azules ojos le cierra con un beso.
Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia...
De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia;
Otro gallo contesta, y el cielo se colora
Con los albores trémulos de la naciente aurora.
Parte el enamorado y al bosque se encamina.
El campo está cubierto por húmeda neblina;
Y al hogar, fatigados y ateridos de frío,
Los cazadores vuelven con el morral vacío.
Ven moverse las hojas del matorral. Se paran,
Y al matorral apuntan, y todos tres disparan...
«No perdimos la noche», dicen con alegría,
Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!»
Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza,
Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza
Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira
Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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