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"dicha" poems
¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen. Mi amante besóme las manos, y en ellas, ¡Oh gracia! brotaron rosas como estrellas. Y voy por la senda voceando el encanto Y de dicha alterno sonrisa con llanto Y bajo el milagro de mi encantamiento Se aroman de rosas las alas del viento. Y murmura al verme la gente que pasa: -«¿No veis que está loca? Tornadla a su casa. ¡Dice que en las manos le han nacido rosas Y las va agitando como mariposas!» ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende Un milagro de éstos y que sólo entiende, Que no nacen rosas más que en los rosales Y que no hay más trigo que el de los trigales! Que requiere líneas y color y forma, Y que sólo admite realidad por norma. Que cuando uno dice: -«Voy con la dulzura», De inmediato buscan a la criatura. Que me digan loca, que en celda me encierren, Que con siete llaves la puerta me cierren, Que junto a la puerta pongan un lebrel, Carcelero rudo, carcelero fiel. Cantaré lo mismo: -«Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen». ¡Y toda mi celda tendrá la fragancia De un inmenso ramo de rosas de Francia!
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El dulce milagro
A estos peñascos rudos, mudos testigos del dolor que siento -que sólo siendo mudos pudiera yo fiarles mi tormento, si acaso de mis penas lo terrible no infunde lengua y voz en lo insensible-, quiero contar mis males, si es que yo sé los males de que muero; pues son mis penas tales, que si contarlas por alivio quiero, le son, una con otra atropellada, dogal a la garganta, al pecho espada. No envidio dicha ajena: que el mal eterno que en mi pecho lidia, hace incapaz mi pena de que pueda tener tan alta envidia; es tan mísero estado en el que peno, que como dicha envidio el mal ajeno. No pienso yo si hay glorias; porque estoy de pensarlo tan distante, que aun las dulces memorias de mi pasado bien, tan ignorante las mira de mi mal el desengaño, que ignoro si fue bien, y sé que es daño. Esténse allá en su esfera los dichosos: que es cosa en mi sentido tan remota, tan fuera de mi imaginación, que sólo mido, entre lo que padecen los mortales, lo que distan sus males de mis males. ¡Quién tan dichosa fuera, que de un agravio indigno se quejara! ¡Quién de un desdén llorara! ¡Quién un alto imposible pretendiera! ¡Quién negara, de ausencia o de mudanza, casi a perder de vista la esperanza! ¡Quién en ajenos brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso se arrancara a pedazos del pecho ardiente el corazón celoso! Pues fuera menor mal que mis desvelos, el infierno insufrible de los celos. Pues todos estos males tienen consuelo o tienen esperanza, y los más sin iguales solicitan o animan la venganza; y sólo de mi fiero mal se aleja la esperanza, venganza, alivio y queja. Porque ¿a quién sino al cielo, que me robó mi dulce prenda amada, podrá mi desconsuelo dar sacrílega queja destemplada? Y él, con sordas, rectísimas orejas, a cuenta de blasfemias pondrá quejas. Ni Fabio fue grosero ni ingrato, ni traidor; antes, amante con pecho verdadero, nadie fue más leal ni más constante: nadie más fino supo, en sus acciones, finezas añadir a obligaciones. Sólo el cielo, envidioso, mi esposo me quitó; la Parca dura, con ceño riguroso, fue sólo autor de tanta desventura. ¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte, que tantas muertes das con una muerte! ¡Ay dulce esposo amado! ¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise, y por qué tu cuidado me hizo, con las venturas, infelice? ¡Oh dicha, fementida y lisonjera, quién tus amargos fines conociera! ¿Qué vida es esta mía, que rebelde resiste a dolor tanto? ¿Por qué, necia, porfía, y en las amargas fuentes de mi llanto atenuada, no acaba de extinguirse, si no puede en mi fuego consumirse?
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Liras
A estos peñascos rudos, mudos testigos del dolor que siento -que sólo siendo mudos pudiera yo fiarles mi tormento, si acaso de mis penas lo terrible no infunde lengua y voz en lo insensible-, quiero contar mis males, si es que yo sé los males de que muero; pues son mis penas tales, que si contarlas por alivio quiero, le son, una con otra atropellada, dogal a la garganta, al pecho espada. No envidio dicha ajena: que el mal eterno que en mi pecho lidia, hace incapaz mi pena de que pueda tener tan alta envidia; es tan mísero estado en el que peno, que como dicha envidio el mal ajeno. No pienso yo si hay glorias; porque estoy de pensarlo tan distante, que aun las dulces memorias de mi pasado bien, tan ignorante las mira de mi mal el desengaño, que ignoro si fue bien, y sé que es daño. Esténse allá en su esfera los dichosos: que es cosa en mi sentido tan remota, tan fuera de mi imaginación, que sólo mido, entre lo que padecen los mortales, lo que distan sus males de mis males. ¡Quién tan dichosa fuera, que de un agravio indigno se quejara! ¡Quién de un desdén llorara! ¡Quién un alto imposible pretendiera! ¡Quién negara, de ausencia o de mudanza, casi a perder de vista la esperanza! ¡Quién en ajenos brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso se arrancara a pedazos del pecho ardiente el corazón celoso! Pues fuera menor mal que mis desvelos, el infierno insufrible de los celos. Pues todos estos males tienen consuelo o tienen esperanza, y los más sin iguales solicitan o animan la venganza; y sólo de mi fiero mal se aleja la esperanza, venganza, alivio y queja. Porque ¿a quién sino al cielo, que me robó mi dulce prenda amada, podrá mi desconsuelo dar sacrílega queja destemplada? Y él, con sordas, rectísimas orejas, a cuenta de blasfemias pondrá quejas. Ni Fabio fue grosero ni ingrato, ni traidor; antes, amante con pecho verdadero, nadie fue más leal ni más constante: nadie más fino supo, en sus acciones, finezas añadir a obligaciones. Sólo el cielo, envidioso, mi esposo me quitó; la Parca dura, con ceño riguroso, fue sólo autor de tanta desventura. ¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte, que tantas muertes das con una muerte! ¡Ay dulce esposo amado! ¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise, y por qué tu cuidado me hizo, con las venturas, infelice? ¡Oh dicha, fementida y lisonjera, quién tus amargos fines conociera! ¿Qué vida es esta mía, que rebelde resiste a dolor tanto? ¿Por qué, necia, porfía, y en las amargas fuentes de mi llanto atenuada, no acaba de extinguirse, si no puede en mi fuego consumirse?
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*Siento tu ternura allegarse a mi tierra, acechar la mirada de mis ojos, huir, la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora de mi silencio absorto y de mi afán de ti. Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan. Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha. Siento que se me suben los musgos de tu pena y me crecen a tientas en el alma infinita. Era esto el abandono, y lo sabías, era la guerra oscura del corazón y todos, era la queja rota de angustias conmovidas, y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir, y era eso mi vida, era eso que el agua de tus ojos llevaba, era eso que en el hueco de tus manos cabía. Ah, mariposa mía y arrullo de paloma, ah vaso, ah estero, ah compañera mía! Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba, en las abiertas noches de estrellas frías ahora, en el otoño, en el baile amarillo de los vientos hambrientos y las hojas caídas? Dímelo, te llegaba, aullando o cómo, o sollozando, en la hora de la sangre fermentada cuando la tierra crece y se cimbra latiendo bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar? Dímelo, me sentiste trepar hasta tu forma por todos los silencios, y todas las palabras? Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde. Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana? Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos y ruedan las estrellas antes de mi mirada. Siento que soy la aguja de una infinita flecha, y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca, tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno, goteando en cada tierra sollozos y preguntas. Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío, lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda, hela aquí que me llena los miembros de abandono, hela aquí, tu ternura, amarrándose a las mismas raíces, madurando en la misma caravana de frutas, y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos como el licor del vino del centro de la uva.* ― Pablo Neruda
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May 22, 2014
May 22, 2014 at 9:20 PM UTC
Siento tu ternura allegarse a mi tierra
*Siento tu ternura allegarse a mi tierra, acechar la mirada de mis ojos, huir, la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora de mi silencio absorto y de mi afán de ti. Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan. Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha. Siento que se me suben los musgos de tu pena y me crecen a tientas en el alma infinita. Era esto el abandono, y lo sabías, era la guerra oscura del corazón y todos, era la queja rota de angustias conmovidas, y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir, y era eso mi vida, era eso que el agua de tus ojos llevaba, era eso que en el hueco de tus manos cabía. Ah, mariposa mía y arrullo de paloma, ah vaso, ah estero, ah compañera mía! Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba, en las abiertas noches de estrellas frías ahora, en el otoño, en el baile amarillo de los vientos hambrientos y las hojas caídas? Dímelo, te llegaba, aullando o cómo, o sollozando, en la hora de la sangre fermentada cuando la tierra crece y se cimbra latiendo bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar? Dímelo, me sentiste trepar hasta tu forma por todos los silencios, y todas las palabras? Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde. Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana? Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos y ruedan las estrellas antes de mi mirada. Siento que soy la aguja de una infinita flecha, y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca, tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno, goteando en cada tierra sollozos y preguntas. Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío, lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda, hela aquí que me llena los miembros de abandono, hela aquí, tu ternura, amarrándose a las mismas raíces, madurando en la misma caravana de frutas, y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos como el licor del vino del centro de la uva.* ― Pablo Neruda
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*Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán! Lee todo en: Rima LIII - Poemas de Gustavo Adolfo Bécquer http://www.poemas-del-alma.com/rima-liii.htm#ixzz32XxscF4bVolverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán!* ― Gustavo Adolfo Bécquer
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May 23, 2014
May 23, 2014 at 9:57 AM UTC
Volverán las oscuras golondrinas - Rima LIII
*Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán! Lee todo en: Rima LIII - Poemas de Gustavo Adolfo Bécquer http://www.poemas-del-alma.com/rima-liii.htm#ixzz32XxscF4bVolverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán!* ― Gustavo Adolfo Bécquer
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¿Dónde está la memoria de los días que fueron tuyos en la tierra, y tejieron dicha y dolor y fueron para ti el universo? El río numerable de los años los ha perdido; eres una palabra en un índice. Dieron a otros gloria interminable los dioses, inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores; de ti sólo sabemos, oscuro amigo, que oíste al ruiseñor, una tarde. Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra pensará que los dioses han sido avaros. Pero los días son una red de triviales miserias, ¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza, de que está hecho el olvido? Sobre otros arrojaron los dioses la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas, de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera; contigo fueron más piadosos, hermano. En el éxtasis de un atardecer que no será una noche, oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.
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A un poeta menor de la antología
En los paisajes de Mansiche labra imperiales nostalgias el crepúsculo; y lábrase la raza en mi palabra, como estrella de sangre a flor de músculo. El campanario dobla... No hay quien abra la capilla... Diríase un opúsculo bíblico que muriera en la palabra de asiática emoción de este crepúsculo. Un poyo con tres patas, es retablo en que acaban de alzar labios en coro la eucaristía de una chicha de oro. Más allá de los ranchos surge al viento el humo oliendo a sueño y a establo, como si se exhumara un firmamento. La anciana pensativa, cual relieve de un bloque pre-incaico, hila que hila; en sus dedos de Mama el huso leve la lana gris de su vejez trasquila. Sus ojos de esclerótica de nieve un ciego sol sin luz guarda y mutila...! Su boca está en desdén, y en calma aleve su cansancio imperial tal vez vigila. Hay ficus que meditan, melenudos trovadores incaicos en derrota, la rancia pena de esta cruz idiota, en la hora en rubor que ya se escapa, y que es lago que suelda espejos rudos donde náufrago llora Manco-Cápac. Como viejos curacas van los bueyes camino de Trujillo, meditando... Y al hierro de la tarde, fingen reyes que por muertos dominios van llorando. En el muro de pie, pienso en las leyes que la dicha y la angustia van trocando: ya en las viudas pupilas de los bueyes se pudren sueños qué no tienen cuándo. La aldea, ante su paso, se reviste de un rudo gris, en que un mugir de vaca se aceita en sueño y emoción de huaca. Y en el festín del cielo azul yodado gime en el cáliz de la esquila triste un viejo corequenque desterrado. La Grama mustia, recogida, escueta ahoga no sé qué protesta ignota: parece el alma exhausta de un poeta, arredrada en un gesto de derrota. La Ramada ha tallado su silueta, cadavérica jaula, sola y rota, donde mi enfermo corazón se aquieta en un tedio estatual de terracota. Llega el canto sin sal del mar labrado en su máscara bufa de canalla que babea y da tumbos, ahorcado! La niebla hila una venda al cerro lila que en ensueños miliarios se enmuralla, como un huaco gigante que vigila.
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Nostalgias imperiales
En los paisajes de Mansiche labra imperiales nostalgias el crepúsculo; y lábrase la raza en mi palabra, como estrella de sangre a flor de músculo. El campanario dobla... No hay quien abra la capilla... Diríase un opúsculo bíblico que muriera en la palabra de asiática emoción de este crepúsculo. Un poyo con tres patas, es retablo en que acaban de alzar labios en coro la eucaristía de una chicha de oro. Más allá de los ranchos surge al viento el humo oliendo a sueño y a establo, como si se exhumara un firmamento. La anciana pensativa, cual relieve de un bloque pre-incaico, hila que hila; en sus dedos de Mama el huso leve la lana gris de su vejez trasquila. Sus ojos de esclerótica de nieve un ciego sol sin luz guarda y mutila...! Su boca está en desdén, y en calma aleve su cansancio imperial tal vez vigila. Hay ficus que meditan, melenudos trovadores incaicos en derrota, la rancia pena de esta cruz idiota, en la hora en rubor que ya se escapa, y que es lago que suelda espejos rudos donde náufrago llora Manco-Cápac. Como viejos curacas van los bueyes camino de Trujillo, meditando... Y al hierro de la tarde, fingen reyes que por muertos dominios van llorando. En el muro de pie, pienso en las leyes que la dicha y la angustia van trocando: ya en las viudas pupilas de los bueyes se pudren sueños qué no tienen cuándo. La aldea, ante su paso, se reviste de un rudo gris, en que un mugir de vaca se aceita en sueño y emoción de huaca. Y en el festín del cielo azul yodado gime en el cáliz de la esquila triste un viejo corequenque desterrado. La Grama mustia, recogida, escueta ahoga no sé qué protesta ignota: parece el alma exhausta de un poeta, arredrada en un gesto de derrota. La Ramada ha tallado su silueta, cadavérica jaula, sola y rota, donde mi enfermo corazón se aquieta en un tedio estatual de terracota. Llega el canto sin sal del mar labrado en su máscara bufa de canalla que babea y da tumbos, ahorcado! La niebla hila una venda al cerro lila que en ensueños miliarios se enmuralla, como un huaco gigante que vigila.
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Guitarra llama a cajón, Cajón a la voz primera. Escuchen con atención, ¡aquí está la Marinera...! La Marinera de Lima tiene influencia afro-hispana, la "primera de jarana" en copla o cuarteta rima. Inicia el toque la prima pero es más lindo un bordón. Aún no entra la canción porque, como requisito, antes que el cantor dé un grito guitarra llama a cajón. Los que escuchan hacen palmas y se cuadran las parejas, por lo general son viejas -mejor aún si son zambas-. Tan sólo mueven las gamas y un poquito la cadera. Todo esto mientras se espera pues nadie baila sin canto. Sigue llamando entretanto cajón a la voz primera. El canto inicia el paseo con un saludo en el cruce, media vuelta los conduce a otro cruce y al careo. Tras lateral contoneo vuelta y trocar posición... Como dicha operación se da al fin de cada estrofa, en vez de bailar por mofa escuchen con atención. Como quien sudor enjuga un momento se reposa, prosigue la Resbalosa y viene después la Fuga: El bailarín se apechuga, ella sube la pollera. Como peruana bandera blanco y rojo, dos pañuelos dicen en airosos vuelos ¡aquí está la Marinera...!
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Guitarra llama cajón
Sumida en la ironía esboza un apático gesto y en el nicho indulgente de la discordia se encuentran sus ojos ingratos. La Dama clorótica seca sus lágrimas, ejecuta con elegancia la centímana que acoge ramales de negros liros a sus cianóticos pabellones ¡Cuan grata la dicha pérfida del desencuentro! Profesa la peste con umbría renitencia, en la lúgubre sobre-voz que estremece el canoro fúnebre en Pico de Roma que delata en cada suspiro la cólera rancia del abandono Que perfuma con néctar de Belladona el fino sosiego de un paño de seda. Fruto pródigo que espeta la terca laconia de sus nefastas palabras Porque solo un ósculo que terse el crúor de sus labios bastará para convenir su silencio. Sauzal que atraviesa su boca añeja y estéril como la yerma Y quien fuera una bella rubescente hoy besa el miasma maldito que proclama a la urdimbre. su maligno efluvio letal Mañana serás el fantasma, el fantasma de ojos velados. Mañana serás la nada y negros serán tus huesos.
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Jul 17, 2015
Jul 17, 2015 at 11:58 PM UTC
La Dama Clorótica “Alegoría a la pintura homónima de Samuel van Hoogstraten”
¡Y pensar que pudimos no habernos conocido! ¿No meditas cuán buena nuestra fortuna ha sido para que al fin estemos uno del otro al lado, para que seas mía, para ser yo tu amado? «El uno para el otro nacimos...» Así dices. Pero ¡qué coincidencias para ser tan felices! Antes de que en la vida, con un amor profundo, la suerte unido hubiera tu corazón al mío -siendo el tiempo tan largo, siendo tan grande el mundo-; vivimos separados, solos, con hondo hastío… ¡Y pudimos entonces, por capricho del hado, en el haz de la tierra no habernos encontrado! ¿No has pensado, en el arduo sendero recorrido, en los peligros graves y azares que ha corrido nuestra dicha -esa dicha, manantial de ilusiones, que el mundo entero ahora nos hace ver hermoso- cuando el uno hacia el otro, con poder misterioso, gravitaban callados nuestros dos corazones? ¿No sabes que ese viaje no tenía certeza, el viaje hacia una noche por mí no presentida, de que un capricho apenas o un dolor de cabeza han podido apartarnos para siempre en la vida? Nunca te había dicho, ¡cosa muy rara!, que cuando por vez primera te vi, no me fijé en que eras tú bonita; lo digo francamente: te miré aquella noche con aire indiferente. Con su risa, tu amiga mi tedio distraía; fue más tarde cuando ambos cruzamos la mirada, y si algo sentí entonces que hacia ti me atraía, tú no lo comprendiste… Mas no me atreví a nada. Si esa noche tu madre te hubiera conducido más temprano a su casa, ¿qué habría sucedido? ¿Y si el rubor no hubiera de pronto, cuando el manto te coloqué en los hombros, a tu rostro subido? Porque ésa fue la causa de todo lo ocurrido. Aquella noche, aquélla de inolvidable encanto, un retardo cualquiera, cualquier inconveniente que en ese viaje hubiera surgido de repente, esta embriaguez de ahora ninguno sentiría, ni este placer sin nombre que absorbe nuestra mente. En mi alma, que es otra, tu amor no existiría, ¡y tu vida, en mi vida nada… nada sería! Corazoncito mío, que me apartas lo triste de la vida, y alegras con luz mi porvenir… Pienso en aquellos días cuando enferma estuviste y creíamos todos que te ibas a morir.
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Casualidad
¡Y pensar que pudimos no habernos conocido! ¿No meditas cuán buena nuestra fortuna ha sido para que al fin estemos uno del otro al lado, para que seas mía, para ser yo tu amado? «El uno para el otro nacimos...» Así dices. Pero ¡qué coincidencias para ser tan felices! Antes de que en la vida, con un amor profundo, la suerte unido hubiera tu corazón al mío -siendo el tiempo tan largo, siendo tan grande el mundo-; vivimos separados, solos, con hondo hastío… ¡Y pudimos entonces, por capricho del hado, en el haz de la tierra no habernos encontrado! ¿No has pensado, en el arduo sendero recorrido, en los peligros graves y azares que ha corrido nuestra dicha -esa dicha, manantial de ilusiones, que el mundo entero ahora nos hace ver hermoso- cuando el uno hacia el otro, con poder misterioso, gravitaban callados nuestros dos corazones? ¿No sabes que ese viaje no tenía certeza, el viaje hacia una noche por mí no presentida, de que un capricho apenas o un dolor de cabeza han podido apartarnos para siempre en la vida? Nunca te había dicho, ¡cosa muy rara!, que cuando por vez primera te vi, no me fijé en que eras tú bonita; lo digo francamente: te miré aquella noche con aire indiferente. Con su risa, tu amiga mi tedio distraía; fue más tarde cuando ambos cruzamos la mirada, y si algo sentí entonces que hacia ti me atraía, tú no lo comprendiste… Mas no me atreví a nada. Si esa noche tu madre te hubiera conducido más temprano a su casa, ¿qué habría sucedido? ¿Y si el rubor no hubiera de pronto, cuando el manto te coloqué en los hombros, a tu rostro subido? Porque ésa fue la causa de todo lo ocurrido. Aquella noche, aquélla de inolvidable encanto, un retardo cualquiera, cualquier inconveniente que en ese viaje hubiera surgido de repente, esta embriaguez de ahora ninguno sentiría, ni este placer sin nombre que absorbe nuestra mente. En mi alma, que es otra, tu amor no existiría, ¡y tu vida, en mi vida nada… nada sería! Corazoncito mío, que me apartas lo triste de la vida, y alegras con luz mi porvenir… Pienso en aquellos días cuando enferma estuviste y creíamos todos que te ibas a morir.
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Yo canto al cielo porque mis linfas ignoradas hacen que fructifiquen las savias; las llanadas, los sotos y las lomas por mí tienen frescura. Nadie me mira, nadie; más mi corriente obscura se regocija luego que viene primavera, porque si dentro hay sombras, hay muchos tallos fuera. Los gérmenes conocen mi beso cuando anidan Bajo la tierra, y luego que son flores me olvidan. Lejos de sus raíces las corolas felices no se acuerdan del agua que regó sus raíces... ¡Qué importa! Yo alabanzas digo a Dios con voz suave. La flor no sabe nada, ¡pero el Señor sí sabe! Yo canto a Dios corriendo por mi ignoto sendero, dichosa de antemano; porqué seré venero ante la vara mágica de Moisés; porque un día vendrán las caravanas hacia la linfa mía; porque mis aguas dulces, mientras que la sed matan, el rostro beatífico del sediento retratan sobre el fondo del cielo que los cristales yerra; porque copiando el cielo lo traslado a la tierra, y así el creyente triste, que el él su dicha fragua, bebe, al beberme, el cielo que palpita en mi agua, y como en ese cielo brillan estrellas bellas, el hombre que me bebe comulga con estrellas. Yo alabo al Señor bueno porque, con la infinita pedrería que encuentro de fuegos policromos, forjó en las misteriosas grutas la estalactita, pórtico del alcázar de ensueño de los gnomos; porque en oculto seno de la caverna umbría doy de beber al monstruo que tiene miedo al día. ¡Qué importa que mi vida bajo la tierra acabe! Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe. Así me dijo el Agua que discurre por los antros, y yo: -¡Agua hermana, bendigamos a Dios!
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El agua que corre bajo la tierra
Yo canto al cielo porque mis linfas ignoradas hacen que fructifiquen las savias; las llanadas, los sotos y las lomas por mí tienen frescura. Nadie me mira, nadie; más mi corriente obscura se regocija luego que viene primavera, porque si dentro hay sombras, hay muchos tallos fuera. Los gérmenes conocen mi beso cuando anidan Bajo la tierra, y luego que son flores me olvidan. Lejos de sus raíces las corolas felices no se acuerdan del agua que regó sus raíces... ¡Qué importa! Yo alabanzas digo a Dios con voz suave. La flor no sabe nada, ¡pero el Señor sí sabe! Yo canto a Dios corriendo por mi ignoto sendero, dichosa de antemano; porqué seré venero ante la vara mágica de Moisés; porque un día vendrán las caravanas hacia la linfa mía; porque mis aguas dulces, mientras que la sed matan, el rostro beatífico del sediento retratan sobre el fondo del cielo que los cristales yerra; porque copiando el cielo lo traslado a la tierra, y así el creyente triste, que el él su dicha fragua, bebe, al beberme, el cielo que palpita en mi agua, y como en ese cielo brillan estrellas bellas, el hombre que me bebe comulga con estrellas. Yo alabo al Señor bueno porque, con la infinita pedrería que encuentro de fuegos policromos, forjó en las misteriosas grutas la estalactita, pórtico del alcázar de ensueño de los gnomos; porque en oculto seno de la caverna umbría doy de beber al monstruo que tiene miedo al día. ¡Qué importa que mi vida bajo la tierra acabe! Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe. Así me dijo el Agua que discurre por los antros, y yo: -¡Agua hermana, bendigamos a Dios!
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¿En dónde estás, por dónde te hallaré, sombra, sombra, sombra?...                     Pisé las piedras, las modelé con sol y con tristeza. Supe que había allí un secreto de paz, un corazón latiendo para mí. Y qué serías, sombra, sombra, sombra; qué nombre, y qué forma, y qué vida serías, sombra. Y cómo podías no ser vida, no tener forma y nombre Sombra: bajo las piedras, bajo tanta mudez -dureza y levedad, oro y hierba-, qué, quién me solicita, qué me dice, de qué modo entenderlo... (no encuentro las llaves). Sombra, sombra, sombra... Cómo entenderlo y nacerlo...                     De pronto, deslumbradoramente, el agua cristaliza en diamante... Una súbita revelación...                           Azul: en el azul estaba, en la hoguera celeste, en la pulpa del día, la clave Ahora recuerdo: he vuelto a Italia. Azul, azul, azul era ésa la palabra (no sombra, sombra, sombra) Recuerdo ya -con qué claridad- lo que he soñado siempre sin sospecharlo. He vuelto a Italia, a la aventura de la serenidad, del equilibrio, de la belleza, la gracia, la medida...                           Por estas plazas que el sol desnuda cada mañana, el alma ha navegado, limpia y ardiente. Pero dime, azul (¿o hablo a la sombra?), qué dimensión le prestas a esta hora mía; quién arrebató las alas a la vida. Y quién fue que yo no sé. Y quién fui el que ha vivido instantes que yo recuerdo ahora. Qué, alma mía, en qué cuerpo, que no era mío, anduvo por aquí, devanando amor, entre oleadas de piedra, entre oleadas encendidas (las olas rompían y embestían contra las torres peñas)... Entre oleadas... Olas... Gris... Olas... Sombra...He vuelto a olvidar la palabra reveladora. Playas... Olas... Sombra... Hubo algo que era armonía, un sitio donde estoy... (sombra, sombra, sombra), donde no estoy. No: la palabra no era sombra. El fulgor del cielo, la piedra rosa, han vuelto a su mudez. Están ante mí. Los contemplo, y, sin embargo, ya no están. El equilibrio, la armonía, la gracia no están. Ay, sombra, sombra (y tanta claridad). Quién disipó el lugar (o el tiempo) que me daba su sangre, el que escondía el lugar (o era el tiempo) no vivido. Y por qué recuerdo lo que ha sido vivido por mi cuerpo y mi alma. Qué hace aquí, por mi memoria, este avión roto, un viejo Junker, bajo la luna de diciembre. La niebla, la escarcha, aquel camino hasta el silencio, aquella mar que estaba anunciando este mismo momento que no es tampoco mío. Quién sabe qué decían las olas de esta piedra. Quién sabe lo que hubiera -antes- dicho esta piedra si yo hubiese acertado la palabra precisa que pudo descuajarla del futuro. Cuál era -ayer- esa palabra nunca dicha. Cuál es esa palabra de hoy, que ha sido pronunciada, que ha ardido al pronunciarla, y que ha sido perdida definitivamente
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Alucinación en salamanca
¿En dónde estás, por dónde te hallaré, sombra, sombra, sombra?...                     Pisé las piedras, las modelé con sol y con tristeza. Supe que había allí un secreto de paz, un corazón latiendo para mí. Y qué serías, sombra, sombra, sombra; qué nombre, y qué forma, y qué vida serías, sombra. Y cómo podías no ser vida, no tener forma y nombre Sombra: bajo las piedras, bajo tanta mudez -dureza y levedad, oro y hierba-, qué, quién me solicita, qué me dice, de qué modo entenderlo... (no encuentro las llaves). Sombra, sombra, sombra... Cómo entenderlo y nacerlo...                     De pronto, deslumbradoramente, el agua cristaliza en diamante... Una súbita revelación...                           Azul: en el azul estaba, en la hoguera celeste, en la pulpa del día, la clave Ahora recuerdo: he vuelto a Italia. Azul, azul, azul era ésa la palabra (no sombra, sombra, sombra) Recuerdo ya -con qué claridad- lo que he soñado siempre sin sospecharlo. He vuelto a Italia, a la aventura de la serenidad, del equilibrio, de la belleza, la gracia, la medida...                           Por estas plazas que el sol desnuda cada mañana, el alma ha navegado, limpia y ardiente. Pero dime, azul (¿o hablo a la sombra?), qué dimensión le prestas a esta hora mía; quién arrebató las alas a la vida. Y quién fue que yo no sé. Y quién fui el que ha vivido instantes que yo recuerdo ahora. Qué, alma mía, en qué cuerpo, que no era mío, anduvo por aquí, devanando amor, entre oleadas de piedra, entre oleadas encendidas (las olas rompían y embestían contra las torres peñas)... Entre oleadas... Olas... Gris... Olas... Sombra...He vuelto a olvidar la palabra reveladora. Playas... Olas... Sombra... Hubo algo que era armonía, un sitio donde estoy... (sombra, sombra, sombra), donde no estoy. No: la palabra no era sombra. El fulgor del cielo, la piedra rosa, han vuelto a su mudez. Están ante mí. Los contemplo, y, sin embargo, ya no están. El equilibrio, la armonía, la gracia no están. Ay, sombra, sombra (y tanta claridad). Quién disipó el lugar (o el tiempo) que me daba su sangre, el que escondía el lugar (o era el tiempo) no vivido. Y por qué recuerdo lo que ha sido vivido por mi cuerpo y mi alma. Qué hace aquí, por mi memoria, este avión roto, un viejo Junker, bajo la luna de diciembre. La niebla, la escarcha, aquel camino hasta el silencio, aquella mar que estaba anunciando este mismo momento que no es tampoco mío. Quién sabe qué decían las olas de esta piedra. Quién sabe lo que hubiera -antes- dicho esta piedra si yo hubiese acertado la palabra precisa que pudo descuajarla del futuro. Cuál era -ayer- esa palabra nunca dicha. Cuál es esa palabra de hoy, que ha sido pronunciada, que ha ardido al pronunciarla, y que ha sido perdida definitivamente
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Elige ¡oh, Juan! un amigo Franco, sincero y honrado, Que cuando estés a su lado No extrañes no estar conmigo. Un joven que imite a un viejo En lo juicioso y prudente, Que te conforte y aliente Siempre que te dé un consejo. Que se interese en tu bien, Que censure tus errores, Y en tus dichas y dolores Se alegre y sufra también. Que nunca te incline al mal, Que no te engañe ni adule, Y te aplauda o te estimule Con desinterés igual. No un farsante, un caballero Por hechos, no por blasones; Que sea en todas tus acciones, No un cómplice, un compañero. Que puedas darle tu mano Sin temor de que la manche; Un ser que el alma te ensanche Cuando le llames hermano. No le canse tu exigencia, Ni tu carácter le hostigue, Piensa bien cuánto consigue La mutua condescendencia. Que no ostente falsas galas, Que no oculte la verdad, Y sepa que la amistad Es sólo el amor sin alas. ¡Oh mi Juan!, yo te lo digo, Por este mundo al cruzar Es muy difícil hallar Este tesoro, un amigo. Y es tan grave su elección, Que te lo puedo decir, Compromete al porvenir, Compromete al corazón. Y tanto influye en la suerte Del necio que se descuida, Que un buen amigo es la vida Y un mal amigo, la muerte. Como tu dicha es mi afán, No busques falsos testigos, Tus libros y tus amigos, Preséntamelos, mi Juan.
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Amigos y libros
"Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche" -Extracción de la piedra de la locura, de Alejandra Pizarnik La luna riela en las olas de los gemidos de mi viento. La noche se torna amarga en el nacer del día pues su muerte llena al corazón solitario de alegría. Alejandra y yo escribimos mejor por la noche, para la noche, en la noche. Alejandra ya no está con nosotros pero su noche es eterna en mi dicha. Podríamos haber sido amigas, compartir alguna noche; pero la muerte nos separa, su muerte, su noche. Este es un canto a las almas perdidas en la noche. En nuestra noche. La noche mía y de Pizarnik y de tantos otros. Espero verte al nacer el día. // "All night I make the night. All night I write it. Word for word I write the night." -Extracting the stone of madness, by Alejandra Pizarnik. The moon shimmers on the waves of the moans of mi wind. The night is turned bitter at the birth of day for its death fills the lonely heart with joy. Alejandra and I write better at night, for the night, in the night. Alejandra is no longer with us but her night is endless in my joy. We could have been friends, sharing some night; but death does us part, her death, her night. This is a song for the souls lost in the night. In our night. This my night, and Pizarnik's and son many others'. I hope to see you at the birth of day.
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Jun 17, 2018
Jun 17, 2018 at 1:41 PM UTC
Linterna sorda, elegía a Alejandra Pizarnik // Deaf flashlight, elegy for Alejandra Pizarnik
La curva de su vientre, Pandeándose de vida. Deseo tanto ese momento, Regalarte tal dicha, Sentir el amor crecer, Pataditas de ternura. Sueño, tanto, llenarme así, Con el resultado de este amor, Sincero y puro, Y siempre tan creativo. Hacer de mi cuerpo un hogar, Hacer de nuestra casa un castillo De luz y risas de niño. Quiero ya tener en mis brazos Tierno bebé, testamento de nuestra historia, Con tus ojos y pestañas de niño, Con mis rizos alborotados rebeldes, Que tenga las piernas largas y fuertes De su papá, La curiosidad insaciable mía. Tanto amor hay dentro de mi por ti, Amor, Que amo a nuestros hijos desde hora, Desde antes de que sean posibilidades, Ahora que sólo son ese brillo en mis ojos, En los tuyos.
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Dec 30, 2013
Dec 30, 2013 at 2:09 AM UTC
Vida
Pequeña del amor, tú no lo sabes, tú no puedes saberlo todavía, no me conmueve tu voz ni el ángel de tu boca fría, ni tus reacciones de sándalo en que perfumas y expiras, ni tu mirada de virgen crucificada y ardida. No me conmueve tu angustia tan bien dicha, ni tu sollozar callado y sin salida. No me conmueven tus gestos de melancolía, ni tu anhelar, ni tu espera, ni la herida de que me hablas afligida. Me conmueves toda tú representando tu vida con esa pasión tan torpe y tan limpia, como el que quiere matarse para contar: soy suicida. Hoja que apenas se mueve ya se siente desprendida: voy a seguirte queriendo todo el día.
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Pequeña del amor
Me viene, hay días, una gana ubérrima, política, de querer, de besar al cariño en sus dos rostros, y me viene de lejos un querer demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza, al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito, a la que llora por el que lloraba, al rey del vino, al esclavo del agua, al que ocultóse en su ira, al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma. Y quiero, por lo tanto, acomodarle al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado; su luz, al grande; su grandeza, al chico. Quiero planchar directamente un pañuelo al que no puede llorar y, cuando estoy triste o me duele la dicha, remendar a los niños y a los genios. Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo y me urge estar sentado a la diestra del zurdo, y responder al mundo, tratando de serle útil en lo que puedo, y también quiero muchísimo lavarle al cojo el pie, y ayudarle a dormir al tuerto próximo. ¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial, interhumano y parroquial, proyecto! Me viene a pelo desde el cimiento, desde la ingle pública, y, viniendo de lejos, da ganas de besarle la bufanda al cantor, y al que sufre, besarle en su sartén, al sordo, en su rumor craneano, impávido; al que me da lo que olvidé en mi seno, en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros. Quiero, para terminar, cuando estoy al borde célebre de la violencia o lleno de pecho el corazón, querría ayudar a reír al que sonríe, ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca, cuidar a los enfermos enfadándolos, comprarle al vendedor, ayudar a matar al matador -cosa terrible- y quisiera yo ser bueno conmigo en todo.
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Me viene, hay días, una gana ubérrima...
Me viene, hay días, una gana ubérrima, política, de querer, de besar al cariño en sus dos rostros, y me viene de lejos un querer demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza, al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito, a la que llora por el que lloraba, al rey del vino, al esclavo del agua, al que ocultóse en su ira, al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma. Y quiero, por lo tanto, acomodarle al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado; su luz, al grande; su grandeza, al chico. Quiero planchar directamente un pañuelo al que no puede llorar y, cuando estoy triste o me duele la dicha, remendar a los niños y a los genios. Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo y me urge estar sentado a la diestra del zurdo, y responder al mundo, tratando de serle útil en lo que puedo, y también quiero muchísimo lavarle al cojo el pie, y ayudarle a dormir al tuerto próximo. ¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial, interhumano y parroquial, proyecto! Me viene a pelo desde el cimiento, desde la ingle pública, y, viniendo de lejos, da ganas de besarle la bufanda al cantor, y al que sufre, besarle en su sartén, al sordo, en su rumor craneano, impávido; al que me da lo que olvidé en mi seno, en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros. Quiero, para terminar, cuando estoy al borde célebre de la violencia o lleno de pecho el corazón, querría ayudar a reír al que sonríe, ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca, cuidar a los enfermos enfadándolos, comprarle al vendedor, ayudar a matar al matador -cosa terrible- y quisiera yo ser bueno conmigo en todo.
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¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambre de mariposas? Quizá.               En sus grutas doradas, con sus diademas de oro, allí estaban, como un coro de reinas, todas las hadas.   Las que tienen prisioneros a los silfos de la luz, las que andan con un capuz salpicado de luceros.   Las que mantos de escarlata lucen con regio donaire, y las que hienden el aire con su varita de plata.   ¿Era día o noche?                                         El astro de la niebla sobre el tul, florecía en campo azul como un lirio de alabastro.   Su peplo de oro la incierta alba ya había tendido. Era la hora en que en su nido toda alondra se despierta.   Temblaba el limpio cristal del rocío de la noche, y estaba entreabierto el broche de la flor primaveral.   Y en aquella región que era de la luz y la fortuna, cantaban un himno, a una, ave, aurora y primavera.   Las hadas -aquella tropa brillante-, Delia, que he dicho, por un extraño capricho fabricaron una copa.   Rara, bella, sin igual, y tan pura como bella, pues aún no ha bebido en ella ninguna boca mortal.   De una azucena gentil hicieron el cáliz leve, que era de polvo de nieve y palidez de marfil.   Y la base fue formada con un trémulo suspiro, de reflejos de zafiro y de luz cristalizada.   La copa hecha se pensó en qué se pondría en ella (que es el todo, niña bella, de lo que te cuento yo).   Una dijo: -La ilusión; otra dijo: -La belleza; otra dijo: -La riqueza; y otra más: -El corazón.   La Reina Mab, que es discreta, dijo a la espléndida tropa: -Que se ponga en esa copa la felicidad completa.   Y cuando habló Reina tal, produjo aplausos y asombros. Llevaba sobre sus hombros su soberbio manto real.   Dejó caer la divina Reina de acento sonoro, algo como gotas de oro de una flauta cristalina.   Ya la Reina Mab habló; cesó su olímpico gesto, y las hadas tanto han puesto que la copa se llenó.   Amor, delicia, verdad, dicha, esplendor y riqueza, fe, poderío, belleza... ¡Toda la felicidad!...   Y esta copa se guardó pura, sola, inmaculada. ¿Dónde?                     En una isla ignorada. ¿De dónde?                             ¡Se me olvidó!...   ¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambres de mariposas?   Esto nada importa aquí, pues por decirte escribía que esta copa, niña mía, la deseo para ti.
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La copa de las hadas
¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambre de mariposas? Quizá.               En sus grutas doradas, con sus diademas de oro, allí estaban, como un coro de reinas, todas las hadas.   Las que tienen prisioneros a los silfos de la luz, las que andan con un capuz salpicado de luceros.   Las que mantos de escarlata lucen con regio donaire, y las que hienden el aire con su varita de plata.   ¿Era día o noche?                                         El astro de la niebla sobre el tul, florecía en campo azul como un lirio de alabastro.   Su peplo de oro la incierta alba ya había tendido. Era la hora en que en su nido toda alondra se despierta.   Temblaba el limpio cristal del rocío de la noche, y estaba entreabierto el broche de la flor primaveral.   Y en aquella región que era de la luz y la fortuna, cantaban un himno, a una, ave, aurora y primavera.   Las hadas -aquella tropa brillante-, Delia, que he dicho, por un extraño capricho fabricaron una copa.   Rara, bella, sin igual, y tan pura como bella, pues aún no ha bebido en ella ninguna boca mortal.   De una azucena gentil hicieron el cáliz leve, que era de polvo de nieve y palidez de marfil.   Y la base fue formada con un trémulo suspiro, de reflejos de zafiro y de luz cristalizada.   La copa hecha se pensó en qué se pondría en ella (que es el todo, niña bella, de lo que te cuento yo).   Una dijo: -La ilusión; otra dijo: -La belleza; otra dijo: -La riqueza; y otra más: -El corazón.   La Reina Mab, que es discreta, dijo a la espléndida tropa: -Que se ponga en esa copa la felicidad completa.   Y cuando habló Reina tal, produjo aplausos y asombros. Llevaba sobre sus hombros su soberbio manto real.   Dejó caer la divina Reina de acento sonoro, algo como gotas de oro de una flauta cristalina.   Ya la Reina Mab habló; cesó su olímpico gesto, y las hadas tanto han puesto que la copa se llenó.   Amor, delicia, verdad, dicha, esplendor y riqueza, fe, poderío, belleza... ¡Toda la felicidad!...   Y esta copa se guardó pura, sola, inmaculada. ¿Dónde?                     En una isla ignorada. ¿De dónde?                             ¡Se me olvidó!...   ¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambres de mariposas?   Esto nada importa aquí, pues por decirte escribía que esta copa, niña mía, la deseo para ti.
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cuando raf salinger se enamoró o quiso de verdad salió de sí como de un calabozo brilló con propia luz no tuvo tacha ni defecto ni mengua como caballos como vacas al fin de la jornada raf salinger vertía sus aguas en plena soledad fulguró afuera como sol no pálido de cárcel no en guerra "cuidado que me lastimás" decía raf salinger a los hombres de manos ásperas que como niños están cubiertos de miel pero le quitan la victoria el vencedor "oh ángel que te inclinas en la primera mitad" decía raf salinger furioso cavando el viento que le envolvía la trasluz o el revés de los días malos que le comían la verdad "si el coraje consiste en ser prudente" decía raf salinger "si los vestidos significan desnudez y miseria dicha el llanto cadáver curación, te arde amor el odio" decía con gran perdones finalmente todas las ventanitas se cerraron cuando raf salinger murió un calor le creció entre amor y afuera juntándole los dos al solito "ah tiempos no distancias que hay entre mí entre mi calor y mi sol" decía raf salinger casi disuelto ya bajo la sombra que le apagaba el hubo que vivir sobre su gente subió el frecuente olvido peor raf salinger viajaba abrigado por un cuerpo desnudo encontrado o joven
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Lamento por la gente de raf salinger
¿Suspiros?... ¡Aire!... ¿Lágrimas?... ¡Agua! ¿Insomnios?... ¡Nervios! Tenéis razón: ¡Y yo no duermo, llorando penas! ¡Y yo suspiro, sintiendo amor! Seres felices los que ignoramos Que amor, ternura, dicha y pesar, Sólo son causas que determinan Las secreciones del lagrimal. Hay algo oculto, misterio santo, De nuestra vida fuerza y poder, Ignota llama, constante impulso Que todos sienten, que nadie ve. ¿La sangre acaso? ¡callad, ilusos! ¿La sangre puede reír, llorar? ¿Guardan sus globos los pensamientos, Las esperanzas, lo inmaterial? ¿Quizá los nervios? Hilos que llevan Hasta el cerebro la sensación, ¿También trasmiten los sentimientos Que nos elevan buscando a Dios? Duermo en la alcoba sola y oscura, Y no es tan negra mi soledad, Pues ya dormido, con otros ojos Miro las formas de lo ideal. ¿En qué pupilas y en qué retina Se graba el ángel que alcanzo a ver? ¿Por qué sin ojos mirarlo puedo, Y estando mudo, le hablo también? ¡Sangre! No bastas para la mente. Prestas al barro tinte y color; Y de igual modo correr podrías Dentro la estatua de Pigmalión. Mas este impulso secreto y vago Que le llamamos sentir, pensar; Que nos eleva, que nos contiene, Que deja al barro, y al cielo va; Esta secreta llama que encierra Conciencia, juicio, talento, amor; Que no se palpa, que no se mide: La fe, la gloria, la inspiración; No está en los nervios ni está en la sangre; ¡No! que si fuese materia vil, Cuando se duerme bajo la tumba, Con sangre y nervios quedara allí. Eso es eterno. La ciencia, el arte, Reflejos suyos siempre serán. Fuera del alma ¡cuán pobres somos! ¡Todo se muere! ¡Todo se va!
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Lo que no muere
¿Suspiros?... ¡Aire!... ¿Lágrimas?... ¡Agua! ¿Insomnios?... ¡Nervios! Tenéis razón: ¡Y yo no duermo, llorando penas! ¡Y yo suspiro, sintiendo amor! Seres felices los que ignoramos Que amor, ternura, dicha y pesar, Sólo son causas que determinan Las secreciones del lagrimal. Hay algo oculto, misterio santo, De nuestra vida fuerza y poder, Ignota llama, constante impulso Que todos sienten, que nadie ve. ¿La sangre acaso? ¡callad, ilusos! ¿La sangre puede reír, llorar? ¿Guardan sus globos los pensamientos, Las esperanzas, lo inmaterial? ¿Quizá los nervios? Hilos que llevan Hasta el cerebro la sensación, ¿También trasmiten los sentimientos Que nos elevan buscando a Dios? Duermo en la alcoba sola y oscura, Y no es tan negra mi soledad, Pues ya dormido, con otros ojos Miro las formas de lo ideal. ¿En qué pupilas y en qué retina Se graba el ángel que alcanzo a ver? ¿Por qué sin ojos mirarlo puedo, Y estando mudo, le hablo también? ¡Sangre! No bastas para la mente. Prestas al barro tinte y color; Y de igual modo correr podrías Dentro la estatua de Pigmalión. Mas este impulso secreto y vago Que le llamamos sentir, pensar; Que nos eleva, que nos contiene, Que deja al barro, y al cielo va; Esta secreta llama que encierra Conciencia, juicio, talento, amor; Que no se palpa, que no se mide: La fe, la gloria, la inspiración; No está en los nervios ni está en la sangre; ¡No! que si fuese materia vil, Cuando se duerme bajo la tumba, Con sangre y nervios quedara allí. Eso es eterno. La ciencia, el arte, Reflejos suyos siempre serán. Fuera del alma ¡cuán pobres somos! ¡Todo se muere! ¡Todo se va!
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Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales         jugando llamarán.   Pero aquellas que el  vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres...         ¡esas... no volverán!   Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas         sus flores se abrirán.   Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día...         ¡esas... no volverán!   Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño         tal vez despertará.   Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate,         ¡así... no te querrán!
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Rima liii
If letters spell out words: Si byzantium (si somos vampirosos y hacemos cosas dastricas, y nos pela, somos lo que somos, con cusualidad) que haremos con que simpáticos seremos, elegancia de acuerdo, nectalina y recuerdos suficientes y sufficientas que ere el ere, sin ere entiende. Ere ex: pájaro volador con tres alas y una dicha fragancia elevada de recitar con exacta voz el recuerdo de silbar.
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Jun 8, 2014
Jun 8, 2014 at 4:26 PM UTC
Byzantium
Ya se han roto las ataduras, sólo la noche me rodea, me va robando la memoria, me acuna para que me duerma. Ahora que ya no la contemplo para robarle su belleza. Ahora que siento en mí el cansancio de nuestras pobres razas viejas. Ahora que lucho y me rebelo contra su mansedumbre eterna y me acuerdo de que algún día fui tan sin tiempo como ella, ¡qué monólogo desbordado, qué soliloquio sin respuesta, qué deseo de renacerme, de entender y de que me entienda, de borrar pasado y futuro, de segar mi memoria entera! Luego, arrojar al ***** pozo lo que de mí evoca y recuerda: cojín de nieblas matinales donde apoyaba la cabeza. Repetimos las mismas cosas, recorremos aquellas sendas por donde todos los humanos dejaron gritos, ecos, huellas. Son las palabras angustiadas que un día oyó al nacer la tierra: «húmedo beso, vida, muerte, nada importa, me voy y quedas, ayer desnudos en el campo y hoy se caen solas las cerezas». Palabras viejas y cansadas que nosotros creímos nuevas, recién nacidas para el canto, para una dicha siempre nuestra. Y la noche me va matando, me acuna para que me duerma. En cada instante mío pone siglos de luna, alta y sangrienta. Nada me importa que yo siembre y que otros cojan la cosecha. Pero morirme sin rebelarme, someterme sin resistencia, ser por los siglos de los siglos sólo luz o sólo tinieblas, irme cegando de hermosura hasta dejar de ser materia, aunque mi premio sea un día mirar por dentro las estrellas... Hoja de chopo, onda de río, sangre mezclada con la tierra. Y que mi forma sea el barro que una mano mortal modela. Niño que juega desnudito, mínima brizna de la hierba, todos los peces de los mares, los animales de la tierra. Saber que vivo, que palpito, que me enloquezco en la carrera, que nado mares y anchos ríos, que escalo cimas, salto cercas, que desde el fondo de las noches hay pesadumbre que me acecha. Sentir en mí todos los soles, todos los gozos y las penas, todos los vientos que me mueven, los dolores que en mí hacen presa… Sentir, por fin, llegar el alba, su melodía limpia y fresca, y barrernos las sombras turbias que oscurecen nuestras cabezas, y beber las lejanas brisas que nos alejan de la tierra maniatados y adormecidos, sin saber a dónde nos llevan...
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Noche final
Ya se han roto las ataduras, sólo la noche me rodea, me va robando la memoria, me acuna para que me duerma. Ahora que ya no la contemplo para robarle su belleza. Ahora que siento en mí el cansancio de nuestras pobres razas viejas. Ahora que lucho y me rebelo contra su mansedumbre eterna y me acuerdo de que algún día fui tan sin tiempo como ella, ¡qué monólogo desbordado, qué soliloquio sin respuesta, qué deseo de renacerme, de entender y de que me entienda, de borrar pasado y futuro, de segar mi memoria entera! Luego, arrojar al ***** pozo lo que de mí evoca y recuerda: cojín de nieblas matinales donde apoyaba la cabeza. Repetimos las mismas cosas, recorremos aquellas sendas por donde todos los humanos dejaron gritos, ecos, huellas. Son las palabras angustiadas que un día oyó al nacer la tierra: «húmedo beso, vida, muerte, nada importa, me voy y quedas, ayer desnudos en el campo y hoy se caen solas las cerezas». Palabras viejas y cansadas que nosotros creímos nuevas, recién nacidas para el canto, para una dicha siempre nuestra. Y la noche me va matando, me acuna para que me duerma. En cada instante mío pone siglos de luna, alta y sangrienta. Nada me importa que yo siembre y que otros cojan la cosecha. Pero morirme sin rebelarme, someterme sin resistencia, ser por los siglos de los siglos sólo luz o sólo tinieblas, irme cegando de hermosura hasta dejar de ser materia, aunque mi premio sea un día mirar por dentro las estrellas... Hoja de chopo, onda de río, sangre mezclada con la tierra. Y que mi forma sea el barro que una mano mortal modela. Niño que juega desnudito, mínima brizna de la hierba, todos los peces de los mares, los animales de la tierra. Saber que vivo, que palpito, que me enloquezco en la carrera, que nado mares y anchos ríos, que escalo cimas, salto cercas, que desde el fondo de las noches hay pesadumbre que me acecha. Sentir en mí todos los soles, todos los gozos y las penas, todos los vientos que me mueven, los dolores que en mí hacen presa… Sentir, por fin, llegar el alba, su melodía limpia y fresca, y barrernos las sombras turbias que oscurecen nuestras cabezas, y beber las lejanas brisas que nos alejan de la tierra maniatados y adormecidos, sin saber a dónde nos llevan...
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Sulca del mar de Amor las rubias ondas, barco de Barcelona, y por los bellos lazos navega altivo, aunque por ellos tal vez te muestres y tal vez te escondas. Ya no flechas, Amor, doradas ondas teje de sus espléndidos cabellos; tú con los dientes no le quites dellos para que a tanta dicha correspondas. Desenvuelve los rizos con decoro, los paralelos de mi sol desata, boj o colmillo de elefante moro; y en tanto que esparcidos los dilata, forma por la madeja sendas de oro antes que el tiempo los convierta en plata.
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A un peine que no sabía el poeta si era de boj o de marfil
No envidiéis mi alegría, mi salud ni mi canto; no envidiéis lo que sueño, ni envidiéis lo que digo. Todo eso vale poco, por más que cueste tanto... Pero, eso sí: envidiadme la amistad de este amigo. Envidiadme la gloria de esta firme confianza cuyo sentir profundo ni en bien ni en mal se altera, porque yo siento mío lo que su mano alcanza, y en él es permanente mi dicha pasajera. Envidiadme este amigo que me mira de frente, pues ni lo acerca el triunfo ni lo aleja el fracaso, y él madura en espiga lo que en mí fue simiente, y yo duermo en su lecho pero él bebe en mi vaso. No importa si estoy solo, pues siempre está conmigo, y mis propias arrugas lo van haciendo viejo... Ah, sí, envidiadme todos la amistad de este amigo               que refleja mi espejo.
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El amigo