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"destierro" poems
¿Mi tierra? Mi tierra eres tú. ¿Mi gente? Mi gente eres tú. El destierro y la muerte para mi están adonde no estés tú. ¿Y mi vida? Dime, mi vida, ¿qué es, si no eres tú?
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Contigo
De su corazón salvaje arrancando notas de violin el oleaje me beso las manos saboreando el otoño y los años. Saboreando tu ir y venir en aras de partir a tu territorio de dragones y miedos irrisorios. Entrelazo tus dedos en mi pelo en destierro de sentimiento, escalando por tus lunares te veo como mi Venecia con esos canales que son tus ojos de chocolate impetuoso y labios color rojo.
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May 19, 2014
May 19, 2014 at 6:11 PM UTC
Untitled
En santa Águeda de Burgos,   do juran los hijosdalgo, le toman jura a Alfonso   por la muerte de su hermano; tomábasela el buen Cid,   ese buen Cid castellano, sobre un cerrojo de hierro   y una ballesta de palo y con unos evangelios   y un crucifijo en la mano. Las palabras son tan fuertes   que al buen rey ponen espanto; -Villanos te maten, Alonso,   villanos, que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo,   que no sean castellanos; mátente con aguijadas,   no con lanzas ni con dardos; con cuchillos cachicuernos,   no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas,   que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas,   no de contray ni frisado; con camisones de estopa,   no de holanda ni labrados; caballeros vengan en burras,   que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel,   que no cueros fogueados. Mátente por las aradas,   que no en villas ni en poblado, sáquente el corazón   por el siniestro costado; si no dijeres la verdad   de lo que te fuere preguntando, si fuiste, o consentiste   en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes   que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero   que del rey es más privado: -Haced la jura, buen rey,   no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor,   ni papa descomulgado. Jurado había el rey   que en tal nunca se ha hallado; pero allí hablara el rey   malamente y enojado: -Muy mal me conjuras, Cid,   Cid, muy mal me has conjurado, mas hoy me tomas la jura,   mañana me besarás la mano. -Por besar mano de rey   no me tengo por honrado, porque la besó mi padre   me tengo por afrentado. -Vete de mis tierras, Cid,   mal caballero probado, y no vengas más a ellas   dende este día en un año. -Pláceme, dijo el buen Cid,   pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa   que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno,   yo me destierro por cuatro. Ya se parte el buen Cid,   sin al rey besar la mano, con trescientos caballeros,   todos eran hijosdalgo; todos son hombres mancebos,   ninguno no había cano; todos llevan lanza en puño   y el hierro acicalado, y llevan sendas adargas   con borlas de colorado. Mas no le faltó al buen Cid   adonde asentar su campo.
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Romance del juramento que tomó el cid al rey don alonso
En santa Águeda de Burgos,   do juran los hijosdalgo, le toman jura a Alfonso   por la muerte de su hermano; tomábasela el buen Cid,   ese buen Cid castellano, sobre un cerrojo de hierro   y una ballesta de palo y con unos evangelios   y un crucifijo en la mano. Las palabras son tan fuertes   que al buen rey ponen espanto; -Villanos te maten, Alonso,   villanos, que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo,   que no sean castellanos; mátente con aguijadas,   no con lanzas ni con dardos; con cuchillos cachicuernos,   no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas,   que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas,   no de contray ni frisado; con camisones de estopa,   no de holanda ni labrados; caballeros vengan en burras,   que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel,   que no cueros fogueados. Mátente por las aradas,   que no en villas ni en poblado, sáquente el corazón   por el siniestro costado; si no dijeres la verdad   de lo que te fuere preguntando, si fuiste, o consentiste   en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes   que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero   que del rey es más privado: -Haced la jura, buen rey,   no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor,   ni papa descomulgado. Jurado había el rey   que en tal nunca se ha hallado; pero allí hablara el rey   malamente y enojado: -Muy mal me conjuras, Cid,   Cid, muy mal me has conjurado, mas hoy me tomas la jura,   mañana me besarás la mano. -Por besar mano de rey   no me tengo por honrado, porque la besó mi padre   me tengo por afrentado. -Vete de mis tierras, Cid,   mal caballero probado, y no vengas más a ellas   dende este día en un año. -Pláceme, dijo el buen Cid,   pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa   que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno,   yo me destierro por cuatro. Ya se parte el buen Cid,   sin al rey besar la mano, con trescientos caballeros,   todos eran hijosdalgo; todos son hombres mancebos,   ninguno no había cano; todos llevan lanza en puño   y el hierro acicalado, y llevan sendas adargas   con borlas de colorado. Mas no le faltó al buen Cid   adonde asentar su campo.
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Fue la pasada primavera, hace ahora casi un año, En un salón del viejo Temple, en Londres, Con viejos muebles. Las ventanas daban, Tras edificios viejos, a lo lejos, Entre la hierba el gris relámpago del río. Todo era gris y estaba fatigado Igual que el iris de una perla enferma. Eran señores viejos, viejas damas, En los sombreros plumas polvorientas; Un susurro de voces allá por los rincones, Junto a mesas con tulipanes amarillos, Retratos de familia y teteras vacías. La sombra que caía Con un olor a gato, Despertaba ruidos en cocinas. Un hombre silencioso estaba Cerca de mí. Veía La sombra de su largo perfil algunas veces Asomarse abstraído al borde de la taza, Con la misma fatiga Del muerto que volviera Desde la tumba a una fiesta mundana. En los labios de alguno, Allá por los rincones Donde los viejos juntos susurraban, Densa como una lágrima cayendo, Brotó de pronto una palabra: España. Un cansancio sin nombre Rodaba en mi cabeza. Encendieron las luces. Nos marchamos. Tras largas escaleras casi a oscuras Me hallé luego en la calle, Y mi lado, al volverme, Vi otra vez a aquel hombre silencioso, Que habló indistinto algo Con acento extranjero, Un acento de niño en voz envejecida. Andando me seguía Como si fuera solo bajo un peso invisible, Arrastrando la losa de su tumba; Mas luego se detuvo. «¿España?», dijo. «Un nombre. España ha muerto.» Había Una súbita esquina en la calleja. Le vi borrarse entre la sombra húmeda.
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Impresión de destierro
Sobre las aguas, sobre el desierto de las horas pobladas sólo por el sol sin nombre y la noche sin rostro, van los maderos tristes, van los hierros, la sal y los carbones, la flor del fuego, los aceites. Con los maderos sollozantes, con los despojos turbios y las verdes espumas, van los hombres. Los hombres con su tos, sus venenos lentísimos y su sangre en destierro de ese lugar de pinos, agua y rocas desde su nacimiento señalado como sepulcro suyo por la muerte. Van los hombres partidos por la guerra, empujados de sus tierras a otras, hombres que sólo llevan ya a la muerte su diminuta muerte, vagos semblantes sementeras, deslavadas colinas y descuajados árboles. La guerra los avienta, campesinos de voces de naranja, pechos de piedra, arroyos, torrenteras, viejos hermosos como el silencio de altas torres, torres aún en pie, indefensa ternura hundida en las bodegas. Al terrón cejijunto lo ablandaron sus manos, sus anchos pies danzantes alzaron los sonidos nupciales del viñedo, la tierra estremecida bajo sus pies cantaba como tambor o vientre delirante, tal la pradera bajo los toros ciegos y violentos, de huracanado luto rodeados. A la borda acodados, por los pasillos, la cubierta, sacos de huesos o racimos negros. No dicen nada, callan, oyen a sus mujeres (brujas de afiladas miradas alfileres, llenas de secretos ya secos como añosos armarios, historias que se sacan del pecho entre suspiros) contar con voz rugosa las minucias terribles de la guerra. Los hombres son la espuma de la tierra, la flor del llanto, el fruto de la sangre; hijos de la ternura son de llanto, son de piedra y estrella, son de sol, son planetas que cantan mientras viven. ¿No hay agua, llanto, oh ramo de soles apagados? Los hombres son la espuma de la tierra. Hijos de la ternura son de llanto y renacen del llanto, diluviales, y se esparcen por siglos como campos. Bebe del agua de la muerte, bebe del agua sin memoria, deja tu nombre, olvídate de ti, bebe del agua, el agua de los muertos ya sin nombre, el agua de los pobres. En esas aguas sin facciones también está tu rostro. Allí te reconoces y recobras, allí pierdes tu nombre, allí ganas tu nombre y el poder de nombrarlos con su nombre más cierto.
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Los viejos
Sobre las aguas, sobre el desierto de las horas pobladas sólo por el sol sin nombre y la noche sin rostro, van los maderos tristes, van los hierros, la sal y los carbones, la flor del fuego, los aceites. Con los maderos sollozantes, con los despojos turbios y las verdes espumas, van los hombres. Los hombres con su tos, sus venenos lentísimos y su sangre en destierro de ese lugar de pinos, agua y rocas desde su nacimiento señalado como sepulcro suyo por la muerte. Van los hombres partidos por la guerra, empujados de sus tierras a otras, hombres que sólo llevan ya a la muerte su diminuta muerte, vagos semblantes sementeras, deslavadas colinas y descuajados árboles. La guerra los avienta, campesinos de voces de naranja, pechos de piedra, arroyos, torrenteras, viejos hermosos como el silencio de altas torres, torres aún en pie, indefensa ternura hundida en las bodegas. Al terrón cejijunto lo ablandaron sus manos, sus anchos pies danzantes alzaron los sonidos nupciales del viñedo, la tierra estremecida bajo sus pies cantaba como tambor o vientre delirante, tal la pradera bajo los toros ciegos y violentos, de huracanado luto rodeados. A la borda acodados, por los pasillos, la cubierta, sacos de huesos o racimos negros. No dicen nada, callan, oyen a sus mujeres (brujas de afiladas miradas alfileres, llenas de secretos ya secos como añosos armarios, historias que se sacan del pecho entre suspiros) contar con voz rugosa las minucias terribles de la guerra. Los hombres son la espuma de la tierra, la flor del llanto, el fruto de la sangre; hijos de la ternura son de llanto, son de piedra y estrella, son de sol, son planetas que cantan mientras viven. ¿No hay agua, llanto, oh ramo de soles apagados? Los hombres son la espuma de la tierra. Hijos de la ternura son de llanto y renacen del llanto, diluviales, y se esparcen por siglos como campos. Bebe del agua de la muerte, bebe del agua sin memoria, deja tu nombre, olvídate de ti, bebe del agua, el agua de los muertos ya sin nombre, el agua de los pobres. En esas aguas sin facciones también está tu rostro. Allí te reconoces y recobras, allí pierdes tu nombre, allí ganas tu nombre y el poder de nombrarlos con su nombre más cierto.
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En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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Romance ** es el de la jura de santa gadea
En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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Mi bien nacido de mis propios males, retrato celestial de mi Belisa, que en mudas voces y con dulce risa, mi destierro y consuelo hiciste iguales; Ciego, llorando, niña de mis ojos, segunda vez de mis entrañas sales, mas pues tu blanco pie los cielos pisa, ¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa quebranta tus estrellas celestiales? sobre esta piedra cantaré, que es mina donde el que pasa al indio en propio suelo, hallé más presto el oro en tus despojos, las perlas, el coral, la plata fina; mas, ¡ay!, que es ángel y llevólo al cielo.
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A la sepultura de teodora de urbina
Buscad, buscadlos: en el insomnio de las cañerías olvidadas, en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras. No lejos de los charcos incapaces de guardar una nube, unos ojos perdidos, una sortija rota o una estrella pisoteada.   Porque yo los he visto: en esos escombros momentáneos que aparecen en las neblinas. Porque yo los he tocado: en el destierro de un ladrillo difunto, venido a la nada desde una torre o un carro. Nunca más allá de las chimeneas que se derrumban, ni de esas hojas tenaces que se estampan en los zapatos.   En todo esto. Más en esas astillas vagabundas que se consumen sin fuego, en esas ausencias hundidas que sufren los muebles desvencijados, no a mucha distancia de los nombres y signos que se enfrían en las paredes.   Buscad, buscadlos: debajo de la gota de cera que sepulta la palabra de un libro o la firma de uno de esos rincones de cartas que trae rodando el polvo. Cerca del casco perdido de una botella, de una suela extraviada en la nieve, de una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio.
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Los ángeles muertos
Llévate, frío, de un zarpazo mi dolor. Llévate las lágrimas, los gritos, los insultos y las dudas. Dile a tus ángeles que vengan por esto que fue mío. Pistola, pastilla, cuchilla o ventana, cualquiera cumple su objetivo. Pero queda después muy poco de lo que fui. Las risas, los recuerdos, mis amigos, los abrazos y los besos. ¿Todo eso quién se lo lleva? Manda a tus demonios. Que todo se lo roben, que lo escupan y que lo violen, porque no fueron más que regalos de Dios a su Adán ateo que después del destierro se creyó serpiente.
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May 24, 2016
May 24, 2016 at 10:54 PM UTC
Qué curiosidad me da
Perdóname. No volverá a ocurrir. Ahora quisiera meditar, recogerme, olvidar: ser hoja de olvido y soledad. Hubiera sido necesario el viento que esparce las escamas del otoño con rumor y color. Hubiera sido necesario el viento. Hablo con la humildad, con la desilusión, la gratitud de quien vivió de la limosna de la vida. Con la tristeza de quien busca una pobre verdad en que apoyarse y descansar. La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor don gratuito, porque nada merecí. ¡Y la verdad! ¡Y la verdad! Buscada a golpes, en los seres, hiriéndolos e hiriéndome; hurgada en las palabras; cavada en lo profundo de los hechos -mínimos, gigantescos, qué más da: después de todo, nadie sabe qué es lo pequeño y qué lo enorme; grande puede llamarse a una cereza («hoy se caen solas las cerezas», me dijeron un día, y yo sé por qué fue), pequeño puede ser un monte, el universo y el amor. Se me ha olvidado algo que había sucedido. Algo de lo que yo me arrepentía o, tal vez, me jactaba. Algo que debió ser de otra manera. Algo que era importante porque pertenecía a mi vida: era mi vida. (Perdóname si considero importante mi vida: es todo lo que tengo, lo que tuve; hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos, colgado en el vacío, sin esperanza). Pero se me ha borrado la historia (la nostalgia) y no tengo proyectos para mañana, ni siquiera creo que exista ese mañana (la esperanza). Ando por el presente y no vivo el presente (la plenitud en el dolor y la alegría). Parezco un desterrado que ha olvidado hasta el nombre de su patria, su situación precisa, los caminos que conducen a ella. Perdóname que necesite averiguar su sitio exacto. Y cuando sepa dónde la perdí, quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale tanto como la vida para mí, que es su sentido. Y entonces, triste, pero firme, perdóname, te ofreceré una vida ya sin demonio ni alucinaciones.
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Cae el sol
Perdóname. No volverá a ocurrir. Ahora quisiera meditar, recogerme, olvidar: ser hoja de olvido y soledad. Hubiera sido necesario el viento que esparce las escamas del otoño con rumor y color. Hubiera sido necesario el viento. Hablo con la humildad, con la desilusión, la gratitud de quien vivió de la limosna de la vida. Con la tristeza de quien busca una pobre verdad en que apoyarse y descansar. La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor don gratuito, porque nada merecí. ¡Y la verdad! ¡Y la verdad! Buscada a golpes, en los seres, hiriéndolos e hiriéndome; hurgada en las palabras; cavada en lo profundo de los hechos -mínimos, gigantescos, qué más da: después de todo, nadie sabe qué es lo pequeño y qué lo enorme; grande puede llamarse a una cereza («hoy se caen solas las cerezas», me dijeron un día, y yo sé por qué fue), pequeño puede ser un monte, el universo y el amor. Se me ha olvidado algo que había sucedido. Algo de lo que yo me arrepentía o, tal vez, me jactaba. Algo que debió ser de otra manera. Algo que era importante porque pertenecía a mi vida: era mi vida. (Perdóname si considero importante mi vida: es todo lo que tengo, lo que tuve; hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos, colgado en el vacío, sin esperanza). Pero se me ha borrado la historia (la nostalgia) y no tengo proyectos para mañana, ni siquiera creo que exista ese mañana (la esperanza). Ando por el presente y no vivo el presente (la plenitud en el dolor y la alegría). Parezco un desterrado que ha olvidado hasta el nombre de su patria, su situación precisa, los caminos que conducen a ella. Perdóname que necesite averiguar su sitio exacto. Y cuando sepa dónde la perdí, quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale tanto como la vida para mí, que es su sentido. Y entonces, triste, pero firme, perdóname, te ofreceré una vida ya sin demonio ni alucinaciones.
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Si grande ser deseas, erige en alta cumbre Tu fortaleza, y hazla para ti solamente... Que a sus muros no pueda llegar la muchedumbre, Que se alce inaccesible sobre la roca ingente. Álzala en el orgullo de la cima inviolada, En las rutas azules del águila y del trueno, Reina de mármol blanco que mira a la hondonada, Albo lirio de piedra sobre el azul sereno. Que fulgure tan lejos en la roca bravía, Tan lejos, que los hombres, absortos en su anhelo, Crean mirar un nuevo resplandor en el día, y no sepan si viene de la tierra o del cielo. Haz tú solo el santuario de tu alma, el santuario Donde la luz empieza, donde la sombra acaba; y para que florezca tu ensueño solitario, Esta palabra mágica: «YO», sobre el muro graba. Después, duros cerrojos echa sobre la vida, Aíslate y la puerta cierra al viento que pasa, y si el techo te ahoga, busca al cielo salida Para que venga el alma del cielo hasta tu casa. Y allí en lo más recóndito de tu mansión secreta, Altar de hierro y oro para tu fe levanta, y ante ese altar, adora tu ideal de poeta, y con tu vida a solas y con tu Ensueño, canta. Canta el amor sagrado que tus entrañas quema; Canta para que arrulles tu alma en la luz absorta, Canta para los astros radiosos tu poema, y si los hombres no oyen tus himnos, ¡nada importa! Solo, divinamente solitario en tu encierro... La soledad es fuerza y el mayor de los bienes, Es el vuelo del alma que sube del destierro, El umbral encontrado de perdidos Edenes. Sólo una patria es tuya sobre el mundo: ¡tú mismo! Canta, y cuando tu espíritu se hunda en la eterna calma, Lleva el supremo orgullo, de la muerte al abismo, De que vivir supiste la vida de tu alma.
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La fortaleza
Si grande ser deseas, erige en alta cumbre Tu fortaleza, y hazla para ti solamente... Que a sus muros no pueda llegar la muchedumbre, Que se alce inaccesible sobre la roca ingente. Álzala en el orgullo de la cima inviolada, En las rutas azules del águila y del trueno, Reina de mármol blanco que mira a la hondonada, Albo lirio de piedra sobre el azul sereno. Que fulgure tan lejos en la roca bravía, Tan lejos, que los hombres, absortos en su anhelo, Crean mirar un nuevo resplandor en el día, y no sepan si viene de la tierra o del cielo. Haz tú solo el santuario de tu alma, el santuario Donde la luz empieza, donde la sombra acaba; y para que florezca tu ensueño solitario, Esta palabra mágica: «YO», sobre el muro graba. Después, duros cerrojos echa sobre la vida, Aíslate y la puerta cierra al viento que pasa, y si el techo te ahoga, busca al cielo salida Para que venga el alma del cielo hasta tu casa. Y allí en lo más recóndito de tu mansión secreta, Altar de hierro y oro para tu fe levanta, y ante ese altar, adora tu ideal de poeta, y con tu vida a solas y con tu Ensueño, canta. Canta el amor sagrado que tus entrañas quema; Canta para que arrulles tu alma en la luz absorta, Canta para los astros radiosos tu poema, y si los hombres no oyen tus himnos, ¡nada importa! Solo, divinamente solitario en tu encierro... La soledad es fuerza y el mayor de los bienes, Es el vuelo del alma que sube del destierro, El umbral encontrado de perdidos Edenes. Sólo una patria es tuya sobre el mundo: ¡tú mismo! Canta, y cuando tu espíritu se hunda en la eterna calma, Lleva el supremo orgullo, de la muerte al abismo, De que vivir supiste la vida de tu alma.
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¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño es un estado de divinidad. El que duerme es un dios... Yo lo que tengo, amigo, es gran deseo de dormir. El sueño es en la vida el solo mundo nuestro, pues la vigilia nos sumerge en la ilusión común, en el océano de la llamada «Realidad». Despiertos vemos todos lo mismo: vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego, las criaturas efímeras... Dormidos cada uno está en su mundo, en su exclusivo mundo: hermético, cerrado a ajenos ojos, a ajenas almas; cada mente hila su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!) Ni el ser más adorado puede entrar con nosotros por la puerta de nuestro sueño. Ni la esposa misma que comparte tu lecho y te oye dialogar con los fantasmas que surcan por tu espíritu mientras duermes, podría, aun cuando lo ansiara, traspasar los umbrales de ese mundo, de tu mundo mirífico de sombras. ¡Oh, bienaventurados los que duermen! Para ellos se extingue cada noche, con todo su dolor el universo que diariamente crea nuestro espíritu. Al apagar su luz se apaga el cosmos. El castigo mayor es la vigilia: el insomnio es destierro del mejor paraíso... Nadie, ni el más feliz, restar querría horas al sueño para ser dichoso. Ni la mujer amada vale lo que un dormir manso y sereno en los brazos de Aquel que nos sugiere santas inspiraciones. .. «El día es de los hombres; mas la noche, de los dioses», decían los antiguos. No turbes, pues, mi paz con tus discursos, amigo: mucho sabes; pero mi sueño sabe más...  ¡Aléjate! No quiero gloria ni heredad ninguna: yo lo que tengo, amigo, es un profundo deseo de dormir...
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Dormir
¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño es un estado de divinidad. El que duerme es un dios... Yo lo que tengo, amigo, es gran deseo de dormir. El sueño es en la vida el solo mundo nuestro, pues la vigilia nos sumerge en la ilusión común, en el océano de la llamada «Realidad». Despiertos vemos todos lo mismo: vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego, las criaturas efímeras... Dormidos cada uno está en su mundo, en su exclusivo mundo: hermético, cerrado a ajenos ojos, a ajenas almas; cada mente hila su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!) Ni el ser más adorado puede entrar con nosotros por la puerta de nuestro sueño. Ni la esposa misma que comparte tu lecho y te oye dialogar con los fantasmas que surcan por tu espíritu mientras duermes, podría, aun cuando lo ansiara, traspasar los umbrales de ese mundo, de tu mundo mirífico de sombras. ¡Oh, bienaventurados los que duermen! Para ellos se extingue cada noche, con todo su dolor el universo que diariamente crea nuestro espíritu. Al apagar su luz se apaga el cosmos. El castigo mayor es la vigilia: el insomnio es destierro del mejor paraíso... Nadie, ni el más feliz, restar querría horas al sueño para ser dichoso. Ni la mujer amada vale lo que un dormir manso y sereno en los brazos de Aquel que nos sugiere santas inspiraciones. .. «El día es de los hombres; mas la noche, de los dioses», decían los antiguos. No turbes, pues, mi paz con tus discursos, amigo: mucho sabes; pero mi sueño sabe más...  ¡Aléjate! No quiero gloria ni heredad ninguna: yo lo que tengo, amigo, es un profundo deseo de dormir...
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Junto al ***** palacio del rey de la isla de Hierro -(¡Oh, cruel, horrible, destierro!)- ¿Cómo es que tú, hermana armoniosa, haces cantar al cielo gris, tu pajarera de ruiseñores, tu formidable caja musical? ¿No te entristece recordar la primavera en que oíste a un pájaro divino y tornasol   en el país del sol? En el jardín del rey de la isla de Oro -(¡oh, mi ensueño que adoro!)- fuera mejor que tú, armoniosa hermana, amaestrases tus aladas flautas, tus sonoras arpas; tú que nacistes donde más lindos nacen el clavel de sangre y la rosa de arrebol,   en el país del sol! O en el alcázar de la reina de la isla de Plata -(Schubert, solloza la Serenata...)- pudieras también, hermana armoniosa, hacer que las místicas aves de tu alma alabasen, dulce, dulcemente, el claro de luna, los vírgenes lirios, la monja paloma y el cisne marqués. La mejor plata se funde en un ardiente crisol,   en el país del sol! Vuelve, pues a tu barca, que tiene lista la vela -(resuena, lira, Céfiro, vuela)- y parte, armoniosa hermana, a donde un príncipe bello, a la orilla del mar, pide liras, y versos y rosas, y acaricia sus rizos de oro bajo un regio y azul parasol,   en el país del sol!
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El país del sol
Faltar pudo a Scipión Roma opulenta, Mas a Roma Scipíón faltar no pudo; Sea Blasón de su envidia, que mi escudo, Que del Mundo triunfó, cede a su afrenta. Si el mérito Africano la amedrenta, De hazañas y laureles me desnudo; Muera en destierro en este baño rudo, Y Roma de mi ultraje esté contenta. Que no escarmiente alguno en mí quisiera, Viendo la ofensa que me da por pago, Porque no falte quien servirla quiera. Nadie llore mi ruina ni mi estrago, Pues será a mi Ceniza cuando muera, Epitafio Aníbal, Urna Cartago.
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Desterrado scipión a una rústica casería suya, recuerda consigo la gloria de sus hechos y de su posteridad
¡Qué bien me parecéis, jarcias y entenas, Vistiendo de naufragios los Altares, Que son peso glorioso a los pilares, Que esperé ver tras mi destierro apenas! Símbolo sois de ya rotas cadenas Que impidieron mi vuelta en largos mares; Mas bien podéis, santísimos Lugares, Agradecer mis Votos en mis penas. No tanto me alegrárades con hojas En los robles antiguos, remos graves, Como colgados en el Templo, y rotos. Premiad con mi escarmiento mis congojas; Usurpe al Mar mi nave muchas naves; Débanme el desengaño los Pilotos.
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Agradece, en alegoría continuada, a sus trabajos su desengaño, y su escarmiento
Vengo del fondo oscuro de una noche implacable y contemplo los astros con un gesto de asombro. Al llegar a tu puerta me confieso culpable y una paloma blanca se me posa en el hombro. Mi corazón humilde se detiene en tu puerta con la mano extendida como un viejo mendigo; y tu perro me ladra de alegría en la huerta, porque, a pesar de todo, sigue siendo mi amigo. Al fin creció el rosal aquel que no crecía y ahora ofrece sus rosas tras la verja de hierro: Yo también he cambiado mucho desde aquel día, pues no tienen estrellas las noches del destierro. Quizás tu alma está abierta tras la puerta cerrada; pero al abrir tu puerta, como se abre a un mendigo, mírame dulcemente, sin preguntarme nada, y sabrás que no he vuelto... ¡porque estaba contigo!
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Poema del regreso
Es un horror sin nombre y un silencio profundo el día del pecado se amortajaba el mundo; y Adán, tras de cerrarse la puerta del Edén, viendo que Eva lloraba, dijo: -«No temas, ven, acércame tus labios y penetra en mi amor, y ofrécele a mi carne toda tu carne en flor. Ven y oprime mi pecho con tu pecho agitado, y aprende a amar la vida renovando el pecado. »¿Ves? Todo nos rechaza. Toda la creación repudia nuestro crimen, vibra de indignación: Dios retuerce los árboles con cólera funesta, como un vaho de fuego que cruza la floresta, y hace brotar volcanes y desborda los ríos; los astros se estremecen llenos de escalofríos, y el trueno y el relámpago turban la paz del cielo. Vamos... ¿Qué importa? Desata como un velo sobre el cuerpo desnudo tu hermosa cabellera; que arda el bosque a tu paso, que la espina te hiera, que el sol queme tu espalda, que te injurien los nidos, que el animal salvaje te acuse con rugidos, y que al ver como sangras en el zarzal, después se enmarañen serpientes hambrientas a tus pies… »Y no importa, no importa, pues si el amor te llena se ilumina el destierro, se perfuma la arena; y yo no puedo nada con este Edén perdido, pues me lo llevo todo con tu cuerpo querido. »Y aunque Dios destruyera la flor, el viento, el mar, todo renacería cantando en tu mirar; todo; rosas y estrellas; árboles y montañas, pues la vida infinita florece en tus entrañas; y, si las cosas mueren en torno a tu belleza, tú eres más poderosa que la Naturaleza, ahora que ya pecaste, ahora que eres mujer. »Bendito aquel momento cuando vi amanecer la vida en tu pecado y el amor en tu crimen. Ahora que Dios nos odia, los besos nos redimen; y, al amarte en la tierra, y al besarnos los dos, ¡la Tierra es más que el Cielo y el Hombre es más que Dios!»
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La alborada del amor
Es un horror sin nombre y un silencio profundo el día del pecado se amortajaba el mundo; y Adán, tras de cerrarse la puerta del Edén, viendo que Eva lloraba, dijo: -«No temas, ven, acércame tus labios y penetra en mi amor, y ofrécele a mi carne toda tu carne en flor. Ven y oprime mi pecho con tu pecho agitado, y aprende a amar la vida renovando el pecado. »¿Ves? Todo nos rechaza. Toda la creación repudia nuestro crimen, vibra de indignación: Dios retuerce los árboles con cólera funesta, como un vaho de fuego que cruza la floresta, y hace brotar volcanes y desborda los ríos; los astros se estremecen llenos de escalofríos, y el trueno y el relámpago turban la paz del cielo. Vamos... ¿Qué importa? Desata como un velo sobre el cuerpo desnudo tu hermosa cabellera; que arda el bosque a tu paso, que la espina te hiera, que el sol queme tu espalda, que te injurien los nidos, que el animal salvaje te acuse con rugidos, y que al ver como sangras en el zarzal, después se enmarañen serpientes hambrientas a tus pies… »Y no importa, no importa, pues si el amor te llena se ilumina el destierro, se perfuma la arena; y yo no puedo nada con este Edén perdido, pues me lo llevo todo con tu cuerpo querido. »Y aunque Dios destruyera la flor, el viento, el mar, todo renacería cantando en tu mirar; todo; rosas y estrellas; árboles y montañas, pues la vida infinita florece en tus entrañas; y, si las cosas mueren en torno a tu belleza, tú eres más poderosa que la Naturaleza, ahora que ya pecaste, ahora que eres mujer. »Bendito aquel momento cuando vi amanecer la vida en tu pecado y el amor en tu crimen. Ahora que Dios nos odia, los besos nos redimen; y, al amarte en la tierra, y al besarnos los dos, ¡la Tierra es más que el Cielo y el Hombre es más que Dios!»
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¿de este destierro subo a tu hermosura? / ¿entras en mí como contento? / ¿lágrimas de contento o congoja? / ¿por qué aprietan al corazón? / ¿tu mano es? / ¿apretando?/ ¿acariciando moviendo? / ¿tus labios besándome son? / ¿tu calor? / ¿tu pura pasión donde me quiebro la cabeza? / ¿torpe? / ¿lágrimas o deseos? / ¿altos en la humildad que das? / ¿bondad que sos? / ¿y qué es amar? / ¿o son señales del amor lo que se ve? / ¿amar muchísimo? / luz que bañas el apretado sueño / meditación que vuela como pájaro desatándome el cuerpo / corazón que entendés en silencio / corazón / como la tortolita del pensar
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Cita xvi
A los pies de tu cama, como un perro, se echó mi corazón.                     Noche tras noche gime calladamente su reproche y sufre injustamente su destierro. Allí está. Nada importa que lo aparte tu pie pequeño y cruel.                   Allí, en la sombra, calla el grito de amor con que te nombra, para no despertarte. Noche tras noche, hasta que llega el día, gime un reproche y sufre su destierro. Tú no lo sabes, -nadie lo sabría. Y a los pies de tu cama, como un perro, mi corazón espera todavía.
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Canción nocturna
Las playas, parameras Al rubio sol durmiendo, Los oteros, las vegas En paz, a solas, lejos; Los castillos, ermitas, Cortijos y conventos, La vida con la historia, Tan dulces al recuerdo, Ellos, los vencedores Caínes sempiternos, De todo me arrancaron. Me dejan el destierro. Una mano divina Tu tierra alzó en mi cuerpo y allí la voz dispuso Que hablase tu silencio. Contigo solo estaba, En ti sola creyendo; Pensar tu nombre ahora Envenena mis sueños. Amargos son los días De la vida, viviendo Sólo una larga espera A fuerza de recuerdos. Un día, tú ya libre De la mentira de ellos, Me buscarás. Entonces ¿Qué ha de decir un muerto?
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Un español habla de su tierra
En su hierro perdura el hombre fuerte, hoy polvo de planeta, que en las guerras de ásperos mares y arrasadas tierras lo esgrimió, vano al fin, contra la muerte. Vana también la muerte. Aquí está el hombre blanco y feral que de Noruega vino, urgido por el épico destino; su espada es hoy su símbolo y su nombre. Pese a la larga muerte y su destierro, la mano atroz sigue oprimiendo el hierro y soy sombra en la sombra ante el guerrero cuya sombra está aquí. Soy un instante y el instante ceniza, no diamante, y sólo lo pasado es verdadero.
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A una espada en york minster