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"cruzamos" poems
Deambula por los barrios más oscuros de Madrid una joven de ojos claros y labios carmesí. Pregona a viva voz su mercancía variada; pócimas para el amor, felicidad enfrascada. Los clientes extasiados le suplican "¡Venid!"; su gama de productos les induce al frenesí. A mí honestamente no me interesa nada más que su sonrisa y su piel inmaculada. Cruzamos la mirada y me acerco lentamente; siento en mi interior una alegría antes carente. Compartimos un saludo, un beso, una caricia. ¿Quién podía adivinar que escondía tanta malicia? Tomamos una copa y charlamos vagamente. Reímos y lloramos. Nos besamos tiernamente. Desnudó ante mí su cuerpo y me amó sin justicia, pues ahora entiendo; su intención era fictica. Aún sin amarme me entregó lo que añoro. Su cuerpo junto al mío fue para mí un tesoro. Su **** tan dulce. Su entrega pasional. Mi mano en sus senos y un "Te quiero" banal. Al llegar el alba vi que se había marchado. Ese fue el fin de nuestro amor condenado. El vacío que causó me ha dejado malherido. Se llevó mi corazón y lo vendió al olvido.
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Feb 1, 2014
Feb 1, 2014 at 1:53 PM UTC
Traficante De Sentimientos.
¡Y pensar que pudimos no habernos conocido! ¿No meditas cuán buena nuestra fortuna ha sido para que al fin estemos uno del otro al lado, para que seas mía, para ser yo tu amado? «El uno para el otro nacimos...» Así dices. Pero ¡qué coincidencias para ser tan felices! Antes de que en la vida, con un amor profundo, la suerte unido hubiera tu corazón al mío -siendo el tiempo tan largo, siendo tan grande el mundo-; vivimos separados, solos, con hondo hastío… ¡Y pudimos entonces, por capricho del hado, en el haz de la tierra no habernos encontrado! ¿No has pensado, en el arduo sendero recorrido, en los peligros graves y azares que ha corrido nuestra dicha -esa dicha, manantial de ilusiones, que el mundo entero ahora nos hace ver hermoso- cuando el uno hacia el otro, con poder misterioso, gravitaban callados nuestros dos corazones? ¿No sabes que ese viaje no tenía certeza, el viaje hacia una noche por mí no presentida, de que un capricho apenas o un dolor de cabeza han podido apartarnos para siempre en la vida? Nunca te había dicho, ¡cosa muy rara!, que cuando por vez primera te vi, no me fijé en que eras tú bonita; lo digo francamente: te miré aquella noche con aire indiferente. Con su risa, tu amiga mi tedio distraía; fue más tarde cuando ambos cruzamos la mirada, y si algo sentí entonces que hacia ti me atraía, tú no lo comprendiste… Mas no me atreví a nada. Si esa noche tu madre te hubiera conducido más temprano a su casa, ¿qué habría sucedido? ¿Y si el rubor no hubiera de pronto, cuando el manto te coloqué en los hombros, a tu rostro subido? Porque ésa fue la causa de todo lo ocurrido. Aquella noche, aquélla de inolvidable encanto, un retardo cualquiera, cualquier inconveniente que en ese viaje hubiera surgido de repente, esta embriaguez de ahora ninguno sentiría, ni este placer sin nombre que absorbe nuestra mente. En mi alma, que es otra, tu amor no existiría, ¡y tu vida, en mi vida nada… nada sería! Corazoncito mío, que me apartas lo triste de la vida, y alegras con luz mi porvenir… Pienso en aquellos días cuando enferma estuviste y creíamos todos que te ibas a morir.
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Casualidad
¡Y pensar que pudimos no habernos conocido! ¿No meditas cuán buena nuestra fortuna ha sido para que al fin estemos uno del otro al lado, para que seas mía, para ser yo tu amado? «El uno para el otro nacimos...» Así dices. Pero ¡qué coincidencias para ser tan felices! Antes de que en la vida, con un amor profundo, la suerte unido hubiera tu corazón al mío -siendo el tiempo tan largo, siendo tan grande el mundo-; vivimos separados, solos, con hondo hastío… ¡Y pudimos entonces, por capricho del hado, en el haz de la tierra no habernos encontrado! ¿No has pensado, en el arduo sendero recorrido, en los peligros graves y azares que ha corrido nuestra dicha -esa dicha, manantial de ilusiones, que el mundo entero ahora nos hace ver hermoso- cuando el uno hacia el otro, con poder misterioso, gravitaban callados nuestros dos corazones? ¿No sabes que ese viaje no tenía certeza, el viaje hacia una noche por mí no presentida, de que un capricho apenas o un dolor de cabeza han podido apartarnos para siempre en la vida? Nunca te había dicho, ¡cosa muy rara!, que cuando por vez primera te vi, no me fijé en que eras tú bonita; lo digo francamente: te miré aquella noche con aire indiferente. Con su risa, tu amiga mi tedio distraía; fue más tarde cuando ambos cruzamos la mirada, y si algo sentí entonces que hacia ti me atraía, tú no lo comprendiste… Mas no me atreví a nada. Si esa noche tu madre te hubiera conducido más temprano a su casa, ¿qué habría sucedido? ¿Y si el rubor no hubiera de pronto, cuando el manto te coloqué en los hombros, a tu rostro subido? Porque ésa fue la causa de todo lo ocurrido. Aquella noche, aquélla de inolvidable encanto, un retardo cualquiera, cualquier inconveniente que en ese viaje hubiera surgido de repente, esta embriaguez de ahora ninguno sentiría, ni este placer sin nombre que absorbe nuestra mente. En mi alma, que es otra, tu amor no existiría, ¡y tu vida, en mi vida nada… nada sería! Corazoncito mío, que me apartas lo triste de la vida, y alegras con luz mi porvenir… Pienso en aquellos días cuando enferma estuviste y creíamos todos que te ibas a morir.
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Qué otro final ha de esperarse Cuando a andar se decide Que no sea el suave extravío De todo aquello considerado propio De todo aquello por lo cual cruzamos De todo lo sido en ocasión alguna Un viento nómada surge como una lengua Suyo es el mundo por quien se hace presente Nos es dada la palabra para cobijar de nombre a lo imposible Nos es dada la voz para imantar de presencia al silencio Nos es dado el pensamiento para sabernos derrotados por lo divino Largo es el aliento de quien anda Puro su extravío Nítida su reconciliación Que cada una de estas pisadas Sea guiada por una luz Igual a la que hace a la tierra Reverdecer desde sus vetas: Por haber raíz es que hay camino ¡No hay cielo que no sea tránsito! Qué otra tierra ha de esperarse Sino la virgen e inacabable Tierra entera del exilio Qué otra visión ha de brotarnos Sino la de quien viaja Atento por su propia soltura Qué otra intuición ha de movernos Sino la de quien libra A sus vislumbres de certeza (Pobreza careciendo de miseria) Que no nos deje marcas la distancia Ni se acepten las sendas de atajo No habrá territorio que retenga Ni signo que nos lleve a guarecer Resistencia: Que sea por esta sed de errancia Por quien ha de ganársele Metros a la casa.
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Oct 15, 2014
Oct 15, 2014 at 9:54 PM UTC
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si de lejos te veo, te mando un beso con el viento, que llegue hasta el corazón, si es posible hasta el estomago y que allí de flote mariposas. cruzamos miradas eternas, esas que son difícil de olvidar, te marcan... toda una vida
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Feb 22, 2015
Feb 22, 2015 at 9:19 AM UTC
miradas
Los nombres de Dios y en particular de su representante llamado Jesús o Cristo, según textos y bocas, han sido usados, gastados y dejados a la orilla del río de las vidas como las conchas vacías de un molusco. Sin embargo, al tocar estos nombres sagrados y desangrados, pétalos heridos, saldos de los océanos del amor y del miedo, algo aún permanece: un labio de ágata, una huella irisada que aún tiembla en la luz. Mientras se usaban los nombres de Dios por los mejores y por los peores, por los limpios y por los sucios, por los blancos y los negros, por ensangrentados asesinos y por las víctimas doradas que ardieron en ****** mientras Nixon con las manos de Caín bendecía a sus condenados a muerte, mientras menos y menores huellas divinas se hallaron en la playa, los hombres comenzaron a estudiar los colores, el porvenir de la miel, el signo del uranio, buscaron con desconfianza y esperanza las posibilidades de matarse y de no matarse, de organizarse en hileras, de ir más allá, de ilimitarse sin reposo. Los que cruzamos estas edades con gusto a sangre, a humo de escombros, a ceniza muerta, y no fuimos capaces de perder la mirada, a menudo nos detuvimos en los nombres de Dios, los levantamos con ternura porque nos recordaban a los antecesores, a los primeros, a los que interrogaron, a los que encontraron el himno que los unió en la desdicha y ahora viendo los fragmentos vacíos donde habitó aquel nombre sentimos estas suaves sustancias gastadas, malgastadas por la bondad y por la maldad.
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Gautama cristo
Los nombres de Dios y en particular de su representante llamado Jesús o Cristo, según textos y bocas, han sido usados, gastados y dejados a la orilla del río de las vidas como las conchas vacías de un molusco. Sin embargo, al tocar estos nombres sagrados y desangrados, pétalos heridos, saldos de los océanos del amor y del miedo, algo aún permanece: un labio de ágata, una huella irisada que aún tiembla en la luz. Mientras se usaban los nombres de Dios por los mejores y por los peores, por los limpios y por los sucios, por los blancos y los negros, por ensangrentados asesinos y por las víctimas doradas que ardieron en ****** mientras Nixon con las manos de Caín bendecía a sus condenados a muerte, mientras menos y menores huellas divinas se hallaron en la playa, los hombres comenzaron a estudiar los colores, el porvenir de la miel, el signo del uranio, buscaron con desconfianza y esperanza las posibilidades de matarse y de no matarse, de organizarse en hileras, de ir más allá, de ilimitarse sin reposo. Los que cruzamos estas edades con gusto a sangre, a humo de escombros, a ceniza muerta, y no fuimos capaces de perder la mirada, a menudo nos detuvimos en los nombres de Dios, los levantamos con ternura porque nos recordaban a los antecesores, a los primeros, a los que interrogaron, a los que encontraron el himno que los unió en la desdicha y ahora viendo los fragmentos vacíos donde habitó aquel nombre sentimos estas suaves sustancias gastadas, malgastadas por la bondad y por la maldad.
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