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"conmueven" poems
Pequeña del amor, tú no lo sabes, tú no puedes saberlo todavía, no me conmueve tu voz ni el ángel de tu boca fría, ni tus reacciones de sándalo en que perfumas y expiras, ni tu mirada de virgen crucificada y ardida. No me conmueve tu angustia tan bien dicha, ni tu sollozar callado y sin salida. No me conmueven tus gestos de melancolía, ni tu anhelar, ni tu espera, ni la herida de que me hablas afligida. Me conmueves toda tú representando tu vida con esa pasión tan torpe y tan limpia, como el que quiere matarse para contar: soy suicida. Hoja que apenas se mueve ya se siente desprendida: voy a seguirte queriendo todo el día.
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Pequeña del amor
LETRAS, PALABRAS, CARTAS DE AMOR. EXPECTATIVAS SE CONMUEVEN DE LA SITUACIÓN. DERRAMA ESA MIEL SOBRE LOS OJOS, QUIÉNES EN BUSCA DE ATENCIÓN, CIEGOS SON. VENTANA EMPAÑADA, ANGUSTIA DE NO VERCLARO, ?QUE DICE MI CORAZÓN?
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Mar 9, 2013
Mar 9, 2013 at 1:40 PM UTC
Ese Romeo
Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz. Sus manos enseñaban a amar los lirios y sus sienes a desear el oro de las estrellas. En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas. Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla, suave y fragante y musical. Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos, parecían temblar las alas de un ángel. Emiliano Atehortúa era muy sencillo y traía una infantilidad inagotable. Su adolescencia láctea, meliflua y floreal, fluía por las escarpas de mi madurez como fluye por el cielo la leche del alba. Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida me pareció que me envolvía el rumor de una selva y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas. Hay almas tan melódicas como si fueran ríos o bosques en las orillas de los ríos! Guillermo Valderrama era indolente y apasionado. Como un licor de bajo precio, la vida le produjo una embriaguez innoble. Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe. Había en su voz un glú-glú redentor y su amante le llamó una vez "el Príncipe de las hablas de agua". Leonel Robledo era muy tímido bajo una apariencia llena de majestad. En el recóndito espejo de su ternura se le reflejaba la imagen de una mujer. Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación. Le vi llorar una vez por males de ausencia y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío, y, sin embargo, no se conmueven los luceros... Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino, como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen. Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico. Se le veía como marchando de las playas de ensueño que rozaron las quillas de Simbad el Marino, hacia las vagas latitudes por donde erró Sir John de Mandeville. Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea, y por la noche soñé en el misterio de las espigas. ¡Evanaam! ¡Evanaam! Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía como los roncos ecos del monte a los pinos. Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario. Sus ilusiones fructificaban como una floresta oculta por los tules del "todavía-no". Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad, y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.
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Los desposados de la muerte
Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz. Sus manos enseñaban a amar los lirios y sus sienes a desear el oro de las estrellas. En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas. Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla, suave y fragante y musical. Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos, parecían temblar las alas de un ángel. Emiliano Atehortúa era muy sencillo y traía una infantilidad inagotable. Su adolescencia láctea, meliflua y floreal, fluía por las escarpas de mi madurez como fluye por el cielo la leche del alba. Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida me pareció que me envolvía el rumor de una selva y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas. Hay almas tan melódicas como si fueran ríos o bosques en las orillas de los ríos! Guillermo Valderrama era indolente y apasionado. Como un licor de bajo precio, la vida le produjo una embriaguez innoble. Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe. Había en su voz un glú-glú redentor y su amante le llamó una vez "el Príncipe de las hablas de agua". Leonel Robledo era muy tímido bajo una apariencia llena de majestad. En el recóndito espejo de su ternura se le reflejaba la imagen de una mujer. Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación. Le vi llorar una vez por males de ausencia y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío, y, sin embargo, no se conmueven los luceros... Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino, como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen. Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico. Se le veía como marchando de las playas de ensueño que rozaron las quillas de Simbad el Marino, hacia las vagas latitudes por donde erró Sir John de Mandeville. Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea, y por la noche soñé en el misterio de las espigas. ¡Evanaam! ¡Evanaam! Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía como los roncos ecos del monte a los pinos. Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario. Sus ilusiones fructificaban como una floresta oculta por los tules del "todavía-no". Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad, y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.
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Pienso en vos cuando muero de frío, pienso en vos cuando me puede el hastío de un amor sin sentido, de un amor sin latidos. Y es que preferiría estar en tus brazos que en la miseria de este eterno ocaso. Y es que me conmueven tus caricias y tu calor, cuando acá sólo parece haber dolor. Lágrimas sin secar y noches en vela, cómo si mí amor por él fuese una maldita condena. Por eso me escapo a tu recuerdo, con tu voz en mí mente, finalmente, me duermo. Y es que el cuerpo a mí lado ya duerme hace rato, y es que en su curiosidad perdió la última vida el gato. Y todavía sigo acá con una compañía ausente. Y todavía sigo acá, siempre al pendiente. Otra noche más pensándote. Otra noche más diciéndo que me iré.
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May 27, 2021
May 27, 2021 at 8:19 AM UTC
Todavía sigo acá.
Altos muros del agua, torres altas, aguas de pronto negras contra nada, impenetrables, verdes, grises aguas, aguas de pronto blancas, deslumbradas. Aguas como el principio de las aguas, como el principio mismo antes del agua, las aguas inundadas por el agua, aniquilando lo que finge el agua. El resonante tigre de las aguas, las uñas resonantes de cien tigres, las cien manos del agua, los cien tigres con una sola mano contra nada. Desnudo mar, sediento mar de mares, hondo de estrellas si de espumas alto, prófugo blanco de prisión marina que en estelares límites revienta, ¿qué memorias, qué rocas, yelos, islas, informe confusión de aguas y nada, qué mares, encendidos prisioneros, dentro de ti, bajo tu pecho, cantan? ¿Qué violencias recónditas, qué labios, conmueven a tu piel de verdes llamas?, ¿qué desoladas aguas, costas solas, qué mares invisibles, mar, alías?, ¿dónde principias, mar, dónde te viertes?, ¿dónde principias, tiempo, vida mía, ejército de humo y de mentira, adónde vas, latido, carne, sueño? ¿Dónde te viertes, avidez de nada? No soy la piedra que se precipita, soy su caída, y más, soy el abismo, el círculo de sombra en que se ahonda. Tiempo que se congela, mar y témpano, vampiro de la luna -o se despeña: madre furiosa, inmensa res hendida, mar que te comes vivas las entrañas.
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Mar por la tarde