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"clamando" poems
Soy un alma desnuda en estos versos, Alma desnuda que angustiada y sola Va dejando sus pétalos dispersos. Alma que puede ser una amapola, Que puede ser un lirio, una violeta, Un peñasco, una selva y una ola. Alma que como el viento vaga inquieta Y ruge cuando está sobre los mares, Y duerme dulcemente en una grieta. Alma que adora sobre sus altares, Dioses que no se bajan a cegarla; Alma que no conoce valladares. Alma que fuera fácil dominarla Con sólo un corazón que se partiera Para en su sangre cálida regarla. Alma que cuando está en la primavera Dice al invierno que demora: vuelve, Caiga tu nieve sobre la pradera. Alma que cuando nieva se disuelve En tristezas, clamando por las rosas(*) con que la primavera nos envuelve. Alma que a ratos suelta mariposas A campo abierto, sin fijar distancia, Y les dice: libad sobre las cosas. Alma que ha de morir de una fragancia De un suspiro, de un verso en que se ruega, Sin perder, a poderlo, su elegancia. Alma que nada sabe y todo niega Y negando lo bueno el bien propicia Porque es negando como más se entrega. Alma que suele haber como delicia Palpar las almas, despreciar la huella, Y sentir en la mano una caricia. Alma que siempre disconforme de ella, Como los vientos vaga, corre y gira; Alma que sangra y sin cesar delira Por ser el buque en marcha de la estrella.
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Alma desnuda
Mi tristeza es un mar; tiene su bruma Que envuelve densa mis amargos días; Sus olas son de lágrimas; mi pluma Está empapada en ellas, hijas mías. Vosotras sois las inocentes flores Nacidas de ese mar en la ribera; La sorda tempestad de mis dolores Sirve de arrullo a vuestra edad primera. Nací para luchar; sereno y fuerte Cobro vigor en el combate rudo; Cuando pague mi audacia con la muerte, Caeré cual gladiador sobre mi escudo. Llévenme así a vosotras; de los hombres Ni desdeño el poder ni el odio temo; Pongo todo mi honor en vuestros nombres Y toda el alma en vuestro amor supremo. Para salir al mundo vais de prisa. ¡Ojalá que esa vez nunca llegara! Pues hay que ahogar el llanto con la risa, Para mirar al mundo cara a cara. No me imitéis a mí: yo me consuelo con abrir más los bordes de mi herida; Imitad en lo noble a vuestro abuelo: ¡Sol de virtud que iluminó mi vida! Orad y perdonad; siempre es inmensa Después de la oración la interna calma, Y el ser que sabe perdonar la ofensa Sabe llevar a Dios dentro del alma. Sea vuestro pecho de bondades nido, No ambicionéis lo que ninguno alcanza, Coronad el perdón con el olvido Y la austera virtud con la esperanza. Sin dar culto a los frívolos placeres Que la pureza vuestra frente ciña, Buscad alma de niña en las mujeres Y buscad alma de ángel en la niña. Nadie nace a la infamia condenado, Nadie hereda la culpa de un delito, Nunca para ser siervas del pecado Os disculpéis clamando: estaba escrito. ¡Existir es luchar! No es infelice Quien luchando, de espinas se corona; Abajo, todo esfuerzo se maldice, Arriba, toda culpa se perdona. Se apaga la ilusión cual lumbre fatua Y la hermosura es flor que se marchita; La mujer sin piedad es una estatua Dañosa al mundo y del hogar proscrita. No fijéis en el mal vuestras pupilas Que víbora es el mal que todo enferma, Y haced el bien para dormir tranquilas Cuando yo triste en el sepulcro duerma. Nunca me han importado en este suelo Renombre, aplausos, oropeles, gloria: Procurar vuestro bien, tal es mi anhelo; Amaros y sufrir tal es mi historia. Cuando el sol de mi vida tenga ocaso Recordad mis consejos con ternura, Y en cada pensamiento, en cada paso, Buscad a Dios tras de la inmensa altura. Yo anhelo que, al morir, por premio santo, Tengan de vuestro amor en los excesos: Las flores de mi tumba vuestro llanto, Las piedras de mi tumba vuestros besos.
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A mis hijas
Mi tristeza es un mar; tiene su bruma Que envuelve densa mis amargos días; Sus olas son de lágrimas; mi pluma Está empapada en ellas, hijas mías. Vosotras sois las inocentes flores Nacidas de ese mar en la ribera; La sorda tempestad de mis dolores Sirve de arrullo a vuestra edad primera. Nací para luchar; sereno y fuerte Cobro vigor en el combate rudo; Cuando pague mi audacia con la muerte, Caeré cual gladiador sobre mi escudo. Llévenme así a vosotras; de los hombres Ni desdeño el poder ni el odio temo; Pongo todo mi honor en vuestros nombres Y toda el alma en vuestro amor supremo. Para salir al mundo vais de prisa. ¡Ojalá que esa vez nunca llegara! Pues hay que ahogar el llanto con la risa, Para mirar al mundo cara a cara. No me imitéis a mí: yo me consuelo con abrir más los bordes de mi herida; Imitad en lo noble a vuestro abuelo: ¡Sol de virtud que iluminó mi vida! Orad y perdonad; siempre es inmensa Después de la oración la interna calma, Y el ser que sabe perdonar la ofensa Sabe llevar a Dios dentro del alma. Sea vuestro pecho de bondades nido, No ambicionéis lo que ninguno alcanza, Coronad el perdón con el olvido Y la austera virtud con la esperanza. Sin dar culto a los frívolos placeres Que la pureza vuestra frente ciña, Buscad alma de niña en las mujeres Y buscad alma de ángel en la niña. Nadie nace a la infamia condenado, Nadie hereda la culpa de un delito, Nunca para ser siervas del pecado Os disculpéis clamando: estaba escrito. ¡Existir es luchar! No es infelice Quien luchando, de espinas se corona; Abajo, todo esfuerzo se maldice, Arriba, toda culpa se perdona. Se apaga la ilusión cual lumbre fatua Y la hermosura es flor que se marchita; La mujer sin piedad es una estatua Dañosa al mundo y del hogar proscrita. No fijéis en el mal vuestras pupilas Que víbora es el mal que todo enferma, Y haced el bien para dormir tranquilas Cuando yo triste en el sepulcro duerma. Nunca me han importado en este suelo Renombre, aplausos, oropeles, gloria: Procurar vuestro bien, tal es mi anhelo; Amaros y sufrir tal es mi historia. Cuando el sol de mi vida tenga ocaso Recordad mis consejos con ternura, Y en cada pensamiento, en cada paso, Buscad a Dios tras de la inmensa altura. Yo anhelo que, al morir, por premio santo, Tengan de vuestro amor en los excesos: Las flores de mi tumba vuestro llanto, Las piedras de mi tumba vuestros besos.
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Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte, al borde del abismo, estoy clamando a Dios. Y su silencio, retumbando, ahoga mi voz en el vacío inerte. Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando solo. Arañando sombras para verte. Alzo la mano, y tú me la cercenas. Abro los ojos: me los sajas vivos. Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas. Esto es ser hombre: horror a manos llenas. Ser -y no ser- eternos, fugitivos. ¡Ángel con grandes alas de cadenas!
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Hombre
Tu és um milhão de coisas; Desejos, pesadelos, alucinações que nem bálsamos aplacam Olho ao meu redor, e lá estás, Porém, em meu ser, não te sinto. A voz do povo, como um roubo de opiniões, revela a lógica E o absurdo, Pois o verbo é o que é, E também o que não pode ser. Antigas poesias, Clamando às estrelas e à lua, Mais um divertimento fugaz. Sentimentos que não encontram sentido em tua mente turvada, Como uma epiléptica a observar um estroboscópio sem fim. Tu fizeste flores brotarem em meus pulmões E em meu peito; Embora formosas sejam, Não consigo respirar. Arrancaria tais flores e te as entregaria, Um ramo de “eu te amo” que jamais foram ditos. Teu nome, como gelo, cala meu coração. Espero, aguardo, pela próxima mensagem, Risadas que me impelirem ao retorno, Ansiedade que confunde o pensamento, Sofrendo por males que não ocorreram… ou ainda ocorrerão? Na minha sepultura, portas se fecham, Meu corpo se desfaz, As flores se tornam parte de mim, Pouco chegam a mim as vozes que falam De uma fantasia. Resta, enfim, a solidão.
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Jan 14, 2025
Jan 14, 2025 at 4:59 PM UTC
Átomos Que Nunca Se Tocaram
Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron dos y repitiéronle: «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando «¡Tanto amor y no poder  nada contra la muerte!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Le rodearon millones de individuos, con un ruego común: «¡Quédate hermano!» Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Entonces todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar...
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Xii