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"cegar" poems
Diciembre ha congelado su aliento de dos filos, y lo resopla desde los cielos congelados, como una llama seca desarrollada en hilos, como una larga ruina que ataca a los soldados. Nieve donde el caballo que impone sus pisadas es una soledad de galopante luto. Nieve de uñas cernidas, de garras derribadas, de celeste maldad, de desprecio absoluto. Muerde, tala, traspasa como un tremendo hachazo, con un hacha de mármol encarnizado y leve. Desciende, se derrama como un deshecho abrazo de precipicios y alas, de soledad y nieve. Esta agresión que parte del centro del invierno, hambre cruda, cansada de tener hambre y frío, amenaza al desnudo con un rencor eterno, blanco, mortal, hambriento, silencioso, sombrío. Quiere aplacar las fraguas, los odios, las hogueras, quiere cegar los mares, sepultar los amores: y se va elevando lentas y diáfanas barreras, estatuas silenciosas y vidrios agresores. Que se derrame a chorros el corazón de lana de tantos almacenes y talleres textiles, para cubrir los cuerpos que queman la mañana con la voz, la mirada, los pies y los fusiles. Ropa para los cuerpos que pueden ir desnudos, que pueden ir vestidos de escarchas y de hielos: de piedra enjuta contra los picotazos rudos, las mordeduras pálidas y los pálidos vuelos. Ropa para los cuerpos que rechazan callados los ataques más blancos con los huesos más rojos. Porque tienen el hueso solar estos soldados, y porque son hogueras con pisadas, con ojos. La frialdad se abalanza, la muerte se deshoja, el clamor que no suena, pero que escucho, llueve. Sobre la nieve blanca, la vida roja y roja hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve. Tan decididamente son el cristal de roca que sólo el fuego, sólo la llama cristaliza, que atacan con el pómulo nevado, con la boca, y vuelven cuanto atacan recuerdos de ceniza.
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El soldado y la nieve
Diciembre ha congelado su aliento de dos filos, y lo resopla desde los cielos congelados, como una llama seca desarrollada en hilos, como una larga ruina que ataca a los soldados. Nieve donde el caballo que impone sus pisadas es una soledad de galopante luto. Nieve de uñas cernidas, de garras derribadas, de celeste maldad, de desprecio absoluto. Muerde, tala, traspasa como un tremendo hachazo, con un hacha de mármol encarnizado y leve. Desciende, se derrama como un deshecho abrazo de precipicios y alas, de soledad y nieve. Esta agresión que parte del centro del invierno, hambre cruda, cansada de tener hambre y frío, amenaza al desnudo con un rencor eterno, blanco, mortal, hambriento, silencioso, sombrío. Quiere aplacar las fraguas, los odios, las hogueras, quiere cegar los mares, sepultar los amores: y se va elevando lentas y diáfanas barreras, estatuas silenciosas y vidrios agresores. Que se derrame a chorros el corazón de lana de tantos almacenes y talleres textiles, para cubrir los cuerpos que queman la mañana con la voz, la mirada, los pies y los fusiles. Ropa para los cuerpos que pueden ir desnudos, que pueden ir vestidos de escarchas y de hielos: de piedra enjuta contra los picotazos rudos, las mordeduras pálidas y los pálidos vuelos. Ropa para los cuerpos que rechazan callados los ataques más blancos con los huesos más rojos. Porque tienen el hueso solar estos soldados, y porque son hogueras con pisadas, con ojos. La frialdad se abalanza, la muerte se deshoja, el clamor que no suena, pero que escucho, llueve. Sobre la nieve blanca, la vida roja y roja hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve. Tan decididamente son el cristal de roca que sólo el fuego, sólo la llama cristaliza, que atacan con el pómulo nevado, con la boca, y vuelven cuanto atacan recuerdos de ceniza.
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¿Qué me va a doler la muerte? ¿Y es que no duele la vida? ¿Por qué he de ser más osado para el vivir esterior que para el hondo morir? La tierra ¿qué no es que el aire? ¿Por qué nos ha de asfixiar, por qué nos ha de cegar, por qué nos ha de aplastar, por qué nos ha de callar, si es atmósfera del muerto? ¿Por qué el morir ha de ser lo que decimos morir, y el vivir, sólo el vivir, lo que callamos vivir? ¿Por qué el morir verdadero (lo que callamos morir) no ha de ser bueno y gustoso como el vivir verdadero (lo que decimos vivir)?
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Lo que decimos morir
Você consegue enxergar a luz Através da escuridão? Dei-me suas mãos e vamos voar Sonhando juntos chegaremos longe. A solidão é um presente para os fracos Pois só os covardes não admitem que precisam de amor. E no meio do caminho percebe-se que está perdido e algo precisa mudar em você mesmo. As estrelas não chocaram-se para que se fique no meio da estrada. Vá ela será seu guia que pode te ferir ou até te cegar.
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Nov 18, 2015
Nov 18, 2015 at 1:20 PM UTC
Horizonte de Eventos
Los que ya no te ven sueñan en verte desde sus soterrados soñaderos, -lindes de tierra por los cuatro lados, cuna del esqueleto-, Sed tienen, no en las bocas, ni de agua; sed de visiones, esas que tu cielo proyecta -azules tenues- en su frente, y tú realizas en azul perfecto. Este afán de mirar es más que mío. Callado empuje, se le siente, ajeno, subir desde tinieblas seculares. Viene a asomarse a estos ojos con los que miro. ¡Qué sinfín de muertos que te vieron me piden la mirada, para verte! Al cedérsela gano: soy mucho más cuando me quiero menos. Que estos ojos les valgan a los pobres de luz. No soy su dueño. ¿Por cuánto tiempo -herencia- me los fían? ¿Son más que un miradero que un cuerpo de hoy ofrece a almas de antes? Siento a mis padres, siento que su empeño de no cegar jamás, es lo que bautizaron con mi nombre. Soy yo. Y ahora no ven, pero les quedo para salvar su sombra de la sombra. Que por mis ojos, suyos, miren ellos; y todos mis hermanos anteriores, sepultos por los siglos, ciegos de muerte: vista les devuelvo. ¡En este hoy mío, cuánto ayer se vive! Ya somos todos unos en mis ojos, poblados de antiquísimos regresos. ¡Qué paz, así! Saber que son los hombres, un mirar que te mira, con ojos siempre abiertos, velándote: si un alma se les marcha nuevas almas acuden a sus cercos. Ahora, aquí, frente a ti, todo arrobado, aprendo lo que soy: soy un momento de esa larga mirada que te ojea, desde ayer, desde hoy, desde mañana, paralela del tiempo. En mis ojos, los últimos, arde intacto el afán de los primeros, herencia inagotable, afán sin término, Posado en mí está ahora; va de paso. Cuando de mí se vuele, allá en mis hijos -la rama temblorosa que le tiendo- hará posada. Y en sus ojos, míos, ya nunca aquí, y aquí, seguiré viéndote. Una mirada queda, si pasamos. ¡Que ella, la fidelísima, contemple tu perdurar, oh Contemplado eterno! Por venir a mirarla, día a día, embeleso a embeleso, tal vez tu eternidad, vuelta luz, por los ojos se nos entre. Y de tanto mirarte, nos salvemos.
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Variación final
Los que ya no te ven sueñan en verte desde sus soterrados soñaderos, -lindes de tierra por los cuatro lados, cuna del esqueleto-, Sed tienen, no en las bocas, ni de agua; sed de visiones, esas que tu cielo proyecta -azules tenues- en su frente, y tú realizas en azul perfecto. Este afán de mirar es más que mío. Callado empuje, se le siente, ajeno, subir desde tinieblas seculares. Viene a asomarse a estos ojos con los que miro. ¡Qué sinfín de muertos que te vieron me piden la mirada, para verte! Al cedérsela gano: soy mucho más cuando me quiero menos. Que estos ojos les valgan a los pobres de luz. No soy su dueño. ¿Por cuánto tiempo -herencia- me los fían? ¿Son más que un miradero que un cuerpo de hoy ofrece a almas de antes? Siento a mis padres, siento que su empeño de no cegar jamás, es lo que bautizaron con mi nombre. Soy yo. Y ahora no ven, pero les quedo para salvar su sombra de la sombra. Que por mis ojos, suyos, miren ellos; y todos mis hermanos anteriores, sepultos por los siglos, ciegos de muerte: vista les devuelvo. ¡En este hoy mío, cuánto ayer se vive! Ya somos todos unos en mis ojos, poblados de antiquísimos regresos. ¡Qué paz, así! Saber que son los hombres, un mirar que te mira, con ojos siempre abiertos, velándote: si un alma se les marcha nuevas almas acuden a sus cercos. Ahora, aquí, frente a ti, todo arrobado, aprendo lo que soy: soy un momento de esa larga mirada que te ojea, desde ayer, desde hoy, desde mañana, paralela del tiempo. En mis ojos, los últimos, arde intacto el afán de los primeros, herencia inagotable, afán sin término, Posado en mí está ahora; va de paso. Cuando de mí se vuele, allá en mis hijos -la rama temblorosa que le tiendo- hará posada. Y en sus ojos, míos, ya nunca aquí, y aquí, seguiré viéndote. Una mirada queda, si pasamos. ¡Que ella, la fidelísima, contemple tu perdurar, oh Contemplado eterno! Por venir a mirarla, día a día, embeleso a embeleso, tal vez tu eternidad, vuelta luz, por los ojos se nos entre. Y de tanto mirarte, nos salvemos.
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¿Que me vas a doler, muerte? ¿Es que no duele la vida? ¿Por qué he de ser más osado para el vivir esterior que para el hondo morir? La tierra ¿qué es que no el aire? ¿Por qué nos ha de asfixiar, por qué nos ha de cegar, por qué nos ha de aplastar, por qué nos ha de callar? ¿Por qué morir ha de ser lo que decimos morir, y vivir sólo vivir, lo que callamos vivir? ¿Por qué el morir verdadero (lo que callamos morir) no ha de ser dulce y suave como el vivir verdadero (lo que decimos vivir?)
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La muerte bella
Estábase la Efesia cazadora Dando en aljófar el sudor al baño, En la estación ardiente, cuando el año Con los rayos del Sol el Perro dora. De sí (como Narciso) se enamora; (Vuelta pincel de su retrato extraño), Cuando sus ninfas, viendo cerca el daño, Hurtaron a Acteón a su señora. Tierra le echaron todas por cegalle, Sin advertir primero que era en vano, Pues no pudo cegar con ver su talle. Trocó en áspera frente el rostro humano, Sus perros intentaron de matalle, Mas sus deseos ganaron por la mano.
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Diana y acteón