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"cardos" poems
Cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca.. y para el cruel que me aranca el corazon cardos ni ortigas, cultivo una rosa blanca jose marti
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Feb 24, 2014
Feb 24, 2014 at 12:43 AM UTC
cultivo una rosa blanca
Un cielo de oro y de brasas Un río de plata fina Y Fray Bentos de esperanza, Crece que crece en la orilla. La paz jovial es su rosa De Jericó, en la cintura. Cantan antiguos bambúes Bajo sus claros de luna. Y canta el viento costeño Coplas de islas y peces Mientras el río jocundo Deshila azules y verdes. En la fragua de su ocaso La noche se purifica Tan leve y tan silenciosa Como un racimo de lilas. Fray Bentos lleno de duende ¡Qué buena para mi alma Tu dulce vida perfecta! ¡Qué buena que en tí ha de ser La riqueza de una casa Y de un jardín de rosales Hasta la orilla del agua! Un crepúsculo me diste En añiles y agapantos Como yo nunca había visto Si no en gladiolos y cardos. Quizá Blanes lo soñaba Y Cúneo tal vez un día, Lo vea y ponga en sus cielos De lunas y Tres Marías. Guárdame, ciudad de gracia. Un hueco para mi sueño, En tu playa de bambúes En tu placita de encuentros. Un día yo iré a pedirte Un vaso de agua una tarde de magnolias y duraznos De cielo en oro y jades. ¡No tengo más que un romance Para tu arcángel del aire! ¡Fray Bentos: tómamelo Como si fuera un diamante!
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Romance de fray bentos
Igual que el ballestero tahúr de la cantiga, tuviera una saeta el hombre ibero para el Señor que apedreó la espiga y malogró los frutos otoñales, y un «gloria a ti» para el Señor que grana centenos y trigales que el pan bendito le **** mañana.       «Señor de la ruïna, adoro porque aguardo y porque temo: con mi oración se inclina hacia la tierra un corazón blasfemo.       »¡Señor, por quien arranco el pan con pena, sé tu poder, conozco mi cadena!       »¡Oh dueño de la nube del estío que la campiña arrasa, del seco otoño, del helar tardío, y del bochorno que la mies abrasa!       »¡Señor del iris, sobre el campo verde donde la oveja pace, Señor del fruto que el gusano muerde y de la choza que el turbión deshace,       »tu soplo el fuego del hogar aviva, tu lumbre da sazón al rubio grano, y cuaja el hueso de la verde oliva, la noche de San Juan, tu santa mano!       »¡Oh dueño de fortuna y de pobreza, ventura y malandanza, que al rico das favores y pereza y al pobre su fatiga y su esperanza!       »¡Señor, Señor: en la voltaria rueda del año he visto mi simiente echada, corriendo igual albur que la moneda del jugador en el azar sembrada!       »¡Señor, hoy paternal, ayer cruento, con doble faz de amor y de venganza, a ti, en un dado de tahúr al viento va mi oración, blasfemia y alabanza!»       Este que insulta a Dios en los altares, no más atento al ceño del destino, también soñó caminos en los mares y dijo: es Dios sobre la mar camino.       ¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra más allá de la suerte, más allá de la tierra, más allá de la mar y de la muerte?       ¿No dio la encina ibera para el fuego de Dios la buena rama, que fue en la santa hoguera de amor una con Dios en pura llama?       Mas hoy... ¡Qué importa un día! Para los nuevos lares estepas hay en la floresta umbría, leña verde en los viejos encinares.       Aún larga patria espera abrir al corvo arado sus besanas; para el grano de Dios hay sementera bajo cardos y abrojos y bardanas.       ¡Qué importa un día!  Está el ayer alerto al mañana, mañana al infinito, hombres de España, ni el pasado ha muerto, no está el mañana -ni el ayer- escrito.       ¿Quién ha visto la faz al Dios hispano? Mi corazón aguarda al hombre ibero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda.
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El dios ibero
Igual que el ballestero tahúr de la cantiga, tuviera una saeta el hombre ibero para el Señor que apedreó la espiga y malogró los frutos otoñales, y un «gloria a ti» para el Señor que grana centenos y trigales que el pan bendito le **** mañana.       «Señor de la ruïna, adoro porque aguardo y porque temo: con mi oración se inclina hacia la tierra un corazón blasfemo.       »¡Señor, por quien arranco el pan con pena, sé tu poder, conozco mi cadena!       »¡Oh dueño de la nube del estío que la campiña arrasa, del seco otoño, del helar tardío, y del bochorno que la mies abrasa!       »¡Señor del iris, sobre el campo verde donde la oveja pace, Señor del fruto que el gusano muerde y de la choza que el turbión deshace,       »tu soplo el fuego del hogar aviva, tu lumbre da sazón al rubio grano, y cuaja el hueso de la verde oliva, la noche de San Juan, tu santa mano!       »¡Oh dueño de fortuna y de pobreza, ventura y malandanza, que al rico das favores y pereza y al pobre su fatiga y su esperanza!       »¡Señor, Señor: en la voltaria rueda del año he visto mi simiente echada, corriendo igual albur que la moneda del jugador en el azar sembrada!       »¡Señor, hoy paternal, ayer cruento, con doble faz de amor y de venganza, a ti, en un dado de tahúr al viento va mi oración, blasfemia y alabanza!»       Este que insulta a Dios en los altares, no más atento al ceño del destino, también soñó caminos en los mares y dijo: es Dios sobre la mar camino.       ¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra más allá de la suerte, más allá de la tierra, más allá de la mar y de la muerte?       ¿No dio la encina ibera para el fuego de Dios la buena rama, que fue en la santa hoguera de amor una con Dios en pura llama?       Mas hoy... ¡Qué importa un día! Para los nuevos lares estepas hay en la floresta umbría, leña verde en los viejos encinares.       Aún larga patria espera abrir al corvo arado sus besanas; para el grano de Dios hay sementera bajo cardos y abrojos y bardanas.       ¡Qué importa un día!  Está el ayer alerto al mañana, mañana al infinito, hombres de España, ni el pasado ha muerto, no está el mañana -ni el ayer- escrito.       ¿Quién ha visto la faz al Dios hispano? Mi corazón aguarda al hombre ibero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda.
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Los ranchos dorados cercados de cardos; chanchos en las calles; una rueda de carreta junto a un rancho, un excusado en el patio, una muchacha llenando su tinaja, y el Momotombo azul, detrás de los alegres calzones colgados amarillos, blancos, rosados.
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Acuarela
Lo que queráis, señor; y sea lo que queráis. Si queréis que entre las rosas ría hacia los matinales resplandores de la vida, que sea lo que queráis. Si queréis que entre los cardos sangre hacia las insondables sombras de la noche eterna, que sea lo que queráis. Gracias si queréis que mire, gracias si queréis cegarme; gracias por todo y por nada, y sea lo que queráis. Lo que queráis, señor; y sea lo que queráis.
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Dios de amor
No, si yo no digo que no estén bien en donde están: más aseados y atendidos que en el lugar en que nacieron, donde vivieron tantos siglos. Allí el tiempo los devoraba. El sol, la lluvia, el viento, el hielo, los hombres iban desgarrándoles la piel, los músculos de piedra y ofrendaban el esqueleto -fustes, dovelas, capiteles- al aire azul de la mañana. Atormentados por los cardos, heridos por las lagartijas, cegados por los estorninos, por las ovejas y las cabras. No, si yo no digo que no estén mejor donde están -en estos refugios asépticos- que en las tabernas de sus pueblos, ennegrecidos los pulmones por el tabaco, suicidándose con el porrón de vino tinto, o con la copa de aguardiente, oyendo coplas indecentes en el tiempo de la vendimia, rezando cuando la campana tocaba a muerto.                         No, si yo no diré nunca que no estén mucho mejor en donde están que en donde estaban...                       ¡Estos claustros...!
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Los claustros
íbamos entre cardos, por la huella. La vaca me seguía. No quise detenerme, darme vuelta. La tarde, resignada, se moría. Íbamos entre cardos, por la huella. Su sombra se mezclaba con la mía. Yo miraba los campos, también ella. La vaca, resignada, se moría.
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Atardecer
Hoy he pasado por un camino triste Donde sólo cantan los sapos y los grillos. Es un camino estéril, reseco, sin orillos De lodo, y que no viste Reborde de cicutas ni de cardos. Me asaltó la garganta un sabor de ceniza. Medrosa, entre mis labios se agazapó la risa. Vi mis dedos rosados como diez huesos pardos, Untados de penumbra, de humedad y de tierra. Y cual si me golpearan las manos del espanto, Huí de aquel camino largo del camposanto Mientras el sol de azufre se acostaba en la sierra.
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El camino del camposanto
Flota un áspero olor de hinojos y de espinos. Enfrente, la montaña se alza riscosa, agreste, Con la cresta empolvada de neblina celeste Y la planta en el borde de andariegos caminos. Frescura de agua viva, pastos altos y finos, Praderas patriarcales de esmeraldina verte, Cual serpiente negra dormida en el oeste, Un bosque susurrante de cedros y de pinos. Se ensanchan los pulmones con el vaho bravío De los cardos ceñidos de cuentas de rocío. Pasa un pastor cetrino con un blanco rebaño. Después una zagala rubia como una espiga. Y ríe la mañana placentera y amiga, Bajo el sol que madura las cosechas del año.
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Cuadro
¡Ah, fuente mía, espejo de la tarde, espejo, por la noche, de áureo cielo, espejo de mi cara en que no arde ya la encendida sangre del deseo! ¡Ah, fuente mía, gris para mi rostro tan denso de inquietud y desconsuelo, de valor de vivir, de fe que arrostro entre los ocres cardos de mi suelo! Fuente de ayer, azul; de ahora sin luces, que siempre mi alma de mujer traduces en tu líquida lámina tranquila. Sigues siendo callada, casi inerte. ¡Ay, esconde los osos de la muerte cuando avancen a herirme la pupila!
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La fuente