"ambigua" poems
i. Arc.tic Eur.ope mark.ings wo.ven to lea.ves –
8 Salix Boloria nails whisper the
rocky, submarginal dark –
triangles of Alberta and most wide –
arctic willow (except, occasionally,
other spots of Discal cell) Numero Uno, we've parallel branch
( n. )
with basal spot
invaded by the darker
adjacent colors or silvery white;
ii. Fo.od pl.ants l.ight Ka.nsa.s
defined Oakland or the apex clasp
inner face of Valva
Texola Higgins. Food?
Brooded multiple orange
various species, obsolete cells
Yellowed cast; transverse lines..............(...)
9 Chlosyne wings; dark Maculation
Virginia portion
iii. re.d ex.tend.ing
multiple orange (except Vesta Millicta)
Athalia Ambigua
Callophrys south
brooded flowers
connected wing
tooth like line
but central gray
new Juniperus
Feb 26, 2012
Feb 26, 2012 at 3:02 AM UTC
Los circos trashumantes,
de lamido perrillo enciclopédico
y desacreditados elefantes,
me enseñaron la cómica friolera
y las magnas tragedias hilarantes.
El aeronauta previo,
colgado de los dedos de los pies,
era un bravo cosmógrafo al revés
que, si subía hasta asomarse al Polo
Norte, o al Polo Sur, también tenía
cuestiones personales con Eolo.
Irrumpía el payaso
como una estridencia
ambigua, y era a un tiempo
manicomio, niñez, golpe contuso,
pesadilla y licencia.
Amábanlo los niños
porque salía de una bodega mágica
de azúcares. Su faz sólo era trágica
por dos lágrimas sendas de carmín.
Su polvorosa apariencia toleraba
tenerlo por muy limpio o por muy sucio,
y un cónico bonete era la gloria
inestable y procaz de su occipucio.
El payaso tocaba a la amazona
y la hallaba de almendra,
a juzgar por la mímica fehaciente
de toda su persona
cuando llevaba el dedo temerario
hasta la lengua cínica y glotona.
Un día en que el payaso dio a probar
su rastro de amazona al ejemplar
señor Gobernador de aquel Estado,
comprendí lo que es
Poder Ejecutivo aturrullado.
¡Oh remoto payaso: en el umbral
de mi infancia derecha
y de mis virtudes recién nacidas
yo no puedo tener una sospecha
de amazonas y almendras prohibidas!
Estas almendras raudas
hechas de terciopelos y de trinos
que no nos dejan ni tocar sus caudas...
Los adioses baldíos
a las augustas Evas redivivas
que niegan la migaja, pero inculcan
en nuestra sangre briosa una patética
mendicidad de almendras fugitivas...
Había una menuda cuadrumana
de enagüilla de céfiro
que, cabalgando por el redondel
con azoros de humana,
vencía los obstáculos de inquina
y los aviesos aros de papel.
Y cuando a la erudita
cavilación de Darwin
se le montaba la enagüilla obscena,
la avisada monita
se quedaba serena.
como ante un espejismo,
despreocupada lastimosamente
de su desmantelado transformismo.
La niña Bell cantaba:
«Soy la paloma errante»;
y de botellas y de cascabeles
surtía un abundante
surtidor de sonidos
acuáticos, para la sed acuática
de papás aburridos,
nodriza inverecunda
y prole gemebunda.
¡Oh memoria del circo! Tú te vas
adelgazando en el frecuente síncope
del latón sin compás;
en la apesadumbrada
somnolencia del gas;
en el talento necio
del domador aquel que molestaba
a los leones hartos, y en el viudo
oscilar del trapecio...
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Habitas un bosque de vidrio. El mar de labios delgados, el mar de las cinco de la mañana centellea a las puertas de tu dormir. Cuando
lo rozan tus ojos, su lomo metálico brilla como un cementerio de corazas. El mar amontona a tus pies espadas, azagayas, picas,
ballestas, dagas. Hay rnoluscos resplandecientes, hay plantaciones de joyas vivas en tus alrededores. Hay una pecera de ojos en tu alcoba.
Duermes en una cama hecha de un solo fulgor. Hay miradas entrelazadas en tus dominios, hay una sola mirada fija en tus umbrales. En cada uno
de los caminos que conducen hacia ti hay una pregunta sin revés, un hacha, una indicación ambigua en su inocencia, una copa que
contiene fuego, otra pregunta que es un solo tajo, muchas viscosidades lujosas, una espesura de alusiones entretejidas y falaces. En tu alcoba
de telarañas dictas edictos de sal. Te sirves de las claridades, manejas bien las armas frías. En otoño vuelves a los salones.
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Como radiosa evocación lejana,
En marfil, cuyo brillo ya amortigua
La edad, se ve la miniatura antigua,
Entre un círculo oval de viva grana.
La diadema en airón que la engalana,
De su raza los timbres atestigua,
Y aun se percibe bajo luz ambigua
Su belleza ideal de sevillana.
¡Noches de la Colonia!... La imagino
Ante el Virrey Solís, en reverencia,
Con su donaire y su perfil divino,
Cuando entre níveas blondas, como espumas,
De los minués marcaba la cadencia
Con su abanico de carey y plumas.
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Con qué ternura escucha mi oído los adioses
de aquel ayer fragante a niños y manzana.
Era como de mundos naciente la mañana,
en la noche cantaban las angélicas voces.
Todavía me llegan los cereales roces
ascendiendo del surco a la luz meridiana;
copa de ardiente sangre la amapola temprana;
relámpago curvado la luna de las hoces.
Ni la ciudad ambigua ni el filo de los días
harán de ese recuerdo veladas agonías.
El maíz y los pólenes, los higos ya maduros,
todos los años vienen a la sagrada cita.
A la mujer despierta vuelve la Salamita
y jóvenes chispean los minutos oscuros.
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