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"abiertas" poems
Spanish ¡Oh, tú que duermes tan hondo que no despiertas! Milagrosas de vivas, milagrosas de muertas, Y por muertas y vivas eternamente abiertas, Alguna noche en duelo yo encuentro tus pupilas Bajo un trapo de sombra o una blonda de luna. Bebo en ellas la Calma como en una laguna. Por hondas, por calladas, por buenas, por tranquilas Un lecho o una tumba parece cada una. English O you who sleep so deep you cannot wake! Every night in mourning I come upon your pupils, Miraculous in life, miraculous in death, And in life and death eternally open. Beneath a remnant of shade or silk lace of moon, I drink their calm as I would a lagoon. For depth, for silence, for goodness, for peacefulness. Each one seeming a bed or a tomb.
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Inextinguibles (Immutable)
*Siento tu ternura allegarse a mi tierra, acechar la mirada de mis ojos, huir, la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora de mi silencio absorto y de mi afán de ti. Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan. Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha. Siento que se me suben los musgos de tu pena y me crecen a tientas en el alma infinita. Era esto el abandono, y lo sabías, era la guerra oscura del corazón y todos, era la queja rota de angustias conmovidas, y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir, y era eso mi vida, era eso que el agua de tus ojos llevaba, era eso que en el hueco de tus manos cabía. Ah, mariposa mía y arrullo de paloma, ah vaso, ah estero, ah compañera mía! Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba, en las abiertas noches de estrellas frías ahora, en el otoño, en el baile amarillo de los vientos hambrientos y las hojas caídas? Dímelo, te llegaba, aullando o cómo, o sollozando, en la hora de la sangre fermentada cuando la tierra crece y se cimbra latiendo bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar? Dímelo, me sentiste trepar hasta tu forma por todos los silencios, y todas las palabras? Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde. Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana? Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos y ruedan las estrellas antes de mi mirada. Siento que soy la aguja de una infinita flecha, y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca, tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno, goteando en cada tierra sollozos y preguntas. Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío, lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda, hela aquí que me llena los miembros de abandono, hela aquí, tu ternura, amarrándose a las mismas raíces, madurando en la misma caravana de frutas, y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos como el licor del vino del centro de la uva.* ― Pablo Neruda
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May 22, 2014
May 22, 2014 at 9:20 PM UTC
Siento tu ternura allegarse a mi tierra
*Siento tu ternura allegarse a mi tierra, acechar la mirada de mis ojos, huir, la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora de mi silencio absorto y de mi afán de ti. Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan. Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha. Siento que se me suben los musgos de tu pena y me crecen a tientas en el alma infinita. Era esto el abandono, y lo sabías, era la guerra oscura del corazón y todos, era la queja rota de angustias conmovidas, y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir, y era eso mi vida, era eso que el agua de tus ojos llevaba, era eso que en el hueco de tus manos cabía. Ah, mariposa mía y arrullo de paloma, ah vaso, ah estero, ah compañera mía! Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba, en las abiertas noches de estrellas frías ahora, en el otoño, en el baile amarillo de los vientos hambrientos y las hojas caídas? Dímelo, te llegaba, aullando o cómo, o sollozando, en la hora de la sangre fermentada cuando la tierra crece y se cimbra latiendo bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar? Dímelo, me sentiste trepar hasta tu forma por todos los silencios, y todas las palabras? Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde. Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana? Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos y ruedan las estrellas antes de mi mirada. Siento que soy la aguja de una infinita flecha, y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca, tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno, goteando en cada tierra sollozos y preguntas. Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío, lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda, hela aquí que me llena los miembros de abandono, hela aquí, tu ternura, amarrándose a las mismas raíces, madurando en la misma caravana de frutas, y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos como el licor del vino del centro de la uva.* ― Pablo Neruda
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LAS MANOS Ellas son las que saben las que conocen el tamaño de la vida las que palpan el origen y la tierra las que conocen la textura de la verdad Ellas jamas miran de lejos la bondad del mundo Sopesan la ternura como quien da forma al sueño abiertas mecen las fatigas Moldean la esperanza y hacen los días desde la mañana a la noche Cerradas guardan la rabia o como animales heridos se doblan y golpean derrotadas, y salvajes adoran la piel de los besos se posan como si todas las aves y adoran el pan el vaso los alimentos que ellas tallan, anónimas renuncian al alboroto de los ojos y siempre echan una mano a veces matan y golpean y cuentan con los dedos para las perdidas los adioses escavados por ellas en la tierra o en el aire si regresan Son furtivas y se adelantan a la lengua en las incursiones húmedas en las tupidas oquedades del deseo y retozan con sus cinco sentidos cuando alcanzan las charquitas y sus vocales jamas olvidan el camino que las lleva a las fuentes de tu nilo escondido Este poema los escribo sin manos y soy funambulista por un momento para que descansen leyendo este poema y disfruten de su sagrado insomnio. Y vosotros no olvidéis que como dioses tenemos la vida en nuestras manos.
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Jan 6, 2014
Jan 6, 2014 at 6:31 PM UTC
manos
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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La desesperación
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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No soy de aquí. Yo nunca fuera de aquí. Es tiempo para regresar a casa. Mirando a las paredes Un grupo de bailarines Bailando hasta que el mundo terminará Sus pies en forma perfecta Y sus manos abiertas ¿Por qué ellas no bailan por mi? El mundo está bailando La gente está cantando Pero siento cómo mi vida está terminando. Esta noche, Siento un poco mal Soy cómo un animal Con mi cabeza colgando de las ventanas Es tiempo para regresar a casa. Esta es mi canción final, Mi canción final. Pensamientos profundos Y bailando... ...hasta que el mundo terminará.
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Sep 24, 2014
Sep 24, 2014 at 10:27 AM UTC
Mi Canción Final
La pata gris del Malo pisó estas pardas tierras, hirió estos dulces surcos, movió estos curvos montes, rasguñó las llanuras guardadas por la hilera rural de las derechas alamedas bifrontes. El terraplén yacente removió su cansancio, se abrió como una mano desesperada el cerro, en cabalgatas ebrias galopaban las nubes arrancando de Dios, de la tierra y del cielo. El agua entró en la tierra mientras la tierra huía abiertas las entrañas y anegada la frente: hacia los cuatro vientos, en las tardes malditas, rodaban -ululando como tigres- los trenes. Yo soy una palabra de este paisaje muerto, yo soy el corazón de este cielo vacío: cuando voy por los campos, con el alma en el viento, mis venas continúan el rumor de los ríos. A dónde vas ahora? -Sobre el cielo la greda del crepúsculo, para los dedos de la noche. No alumbrarán estrellas... A mis ojos se enredan aromos rubios en los campos de Loncoche.
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Aromos rubios en los campos de loncoche
A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna, para ángel indiferente de una escala sin cielo... Mirad. Conteneos la sangre, los ojos. A sus pies, él mismo, sin vida.   No aliento de farol moribundo, ni jadeada amarillez de noche agonizante, sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica, clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola. Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente, juzgándose.   Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente. Carbunclo hueco, ***** desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna, para límite entre la muerte y la nada. Tú: yo: niño.   Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo a la sorpresa de la luz en los ojos de los reciennacidos, al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres. Niño.   Una cuna de llamas de norte a sur, de frialdad de tiza amortajada en los yelos, a fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía; una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos. Niño.   Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie, en el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines, devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento. Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera. Niño. Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles, de su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros, desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines. 4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J. Niño. En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos, de mapas confundidos y desiertos barajados, atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo, a una memoria extraviada entre nombres y fechas. Niño. Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules, entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas, cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca, en el rubor tardío de las azoteas voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma. Niño. Y como descendiste al fondo de las mareas, a las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos, tener honores de vida, a la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo. Niño. Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos, derribada en tu corazón y sola su primera silla, no creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos. ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne. Niño. Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.
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Muerte y juicio
A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna, para ángel indiferente de una escala sin cielo... Mirad. Conteneos la sangre, los ojos. A sus pies, él mismo, sin vida.   No aliento de farol moribundo, ni jadeada amarillez de noche agonizante, sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica, clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola. Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente, juzgándose.   Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente. Carbunclo hueco, ***** desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna, para límite entre la muerte y la nada. Tú: yo: niño.   Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo a la sorpresa de la luz en los ojos de los reciennacidos, al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres. Niño.   Una cuna de llamas de norte a sur, de frialdad de tiza amortajada en los yelos, a fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía; una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos. Niño.   Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie, en el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines, devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento. Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera. Niño. Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles, de su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros, desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines. 4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J. Niño. En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos, de mapas confundidos y desiertos barajados, atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo, a una memoria extraviada entre nombres y fechas. Niño. Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules, entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas, cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca, en el rubor tardío de las azoteas voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma. Niño. Y como descendiste al fondo de las mareas, a las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos, tener honores de vida, a la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo. Niño. Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos, derribada en tu corazón y sola su primera silla, no creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos. ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne. Niño. Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.
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Llegué a la pobre cabaña en días de primavera; la niña triste cantaba, la abuela hilaba en la rueca. -¡Buena anciana, buena anciana, bien haya la niña bella, a quien desde hoy amar juro con mis ansias de poeta! La abuela miró a la niña. La niña sonrió a la abuela. Fuera volaban gorriones sobre las rosas abiertas. Llegué a la pobre cabaña cuando el gris otoño empieza. Oí un ruido de sollozos y sola estaba la abuela. -¡Buena anciana, buena anciana! Me mira y no me contesta. Yo sentí frío en el alma cuando vi sus manos trémulas, su arrugada y blanca cofia, sus fúnebres tocas negras. Fuera, las brisas errantes llevaban las hojas secas.
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Rima - vii
Tenías un rebozo en que lo blanco iba sobre lo gris con gentileza para hacer a los ojos que te amaban un festejo de nieve en la maleza. Del rebozo en la seda me anegaba con fe, como en un golfo intenso y puro, a oler abiertas rosas del presente y herméticos botones del futuro. (En abono de mi sinceridad séame permitido un alegato: entonces era yo seminarista sin Baudelaire, sin rima y sin olfato). ¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo de maleza y de nieve, en cuya seda me adormí, aspirando la quintaesencia de tu espalda leve?
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Tenías un rebozo de seda...
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo. El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres. Los años de abundancia, la saciedad, la hartura eran sólo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos. Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento. Años del hambre han sido para el pobre sus años. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes. Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices y heridas, señales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos. Por haber engordado tan baja y brutalmente, más abajo de donde los cerdos se solazan, seréis atravesados por esta gran corriente de espigas que llamean, de puños que amenazan. No habéis querido oír con orejas abiertas el llanto de millones de niños jornaleros. Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas a pedir con la boca de los mismos luceros. En cada casa, un odio como una higuera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca, y os destruye a cornadas, perros agonizantes.
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El hambre
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo. El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres. Los años de abundancia, la saciedad, la hartura eran sólo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos. Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento. Años del hambre han sido para el pobre sus años. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes. Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices y heridas, señales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos. Por haber engordado tan baja y brutalmente, más abajo de donde los cerdos se solazan, seréis atravesados por esta gran corriente de espigas que llamean, de puños que amenazan. No habéis querido oír con orejas abiertas el llanto de millones de niños jornaleros. Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas a pedir con la boca de los mismos luceros. En cada casa, un odio como una higuera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca, y os destruye a cornadas, perros agonizantes.
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Sus ventanas floridas, que miran al oriente, llevan buena amistad con las auroras que, como primicias fúlgidas, esmaltan al campo de victorias de su frente. Aquella madrugada apareció el Amor tras de su reja y la dejó lavada con el cristal cerúleo de su pozo... ¡Y todavía, adentro de mi alma, hay un gozo fluido, de mujer madrugadora que riega su ventana y la decora! Ventanas que rondé en la alborada de mis mocedades; rejas con caracoles en que Ella gusta de escuchar el sordo fragor de las marinas tempestades; rejas depositarias de aquellos soliloquios de noctívago y de mi donjuanismo adolescente; que yo os mire de nuevo ¡oh ventanas abiertas al oriente!
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Sus ventanas
Flor el pantano, vertiente la roca: tu alma embellece lo que toca. La carne pasa, tu vida queda toda en mi verso de sangre o de seda. Hay que ser dulce sobre todas las cosas: más que un chacal vale una mariposa. Eres gusano que labra y opera: para ti crecen las verdes moreras. Para que tejas tu seda celeste la ciudad parece tranquila y agreste. Gusano que labras, de pronto eres viejo: ¡el dolor del mundo crispa tus artejos! A la muerte tu alma desnuda se asoma, ¡y le brotan alas de águila y paloma! Y guarda la tierra tus vírgenes actas, hermano gusano, tus sedas intactas. ¡Vive en el alba y el crepúsculo, adora el tigre y el corpúsculo, comprende la polea y el músculo! Que se te vaya la vida, hermano, no en lo divino sino en lo humano, no en las estrellas sino en tus manos. Que llegará la noche y luego serás de tierra, de viento o de fuego. Por eso deja que todas tus puertas se cimbren, a todos los vientos abiertas. Y de tu huerta al viajero convida: ¡dale al viajero la flor de tu vida! Y no seas duro, ni parco, ni terco: ¡sé una frutaleda sin garfios ni cercos! Dulce hay que ser y darse a todos, para vivir no hay otro modo de ser dulces. Darse a las gentes como a la tierra las vertientes. Y no temer. Y no pensar. Dar para volver a dar. Que quien se da no se termina porque hay en él pulpa divina. ¡Como se dan sin terminarse, hermano mío, al mar las aguas de los ríos! Que mi canto en tu vida dore lo que deseas. Tu buena voluntad torne en luz lo que miras. Que tu vida así sea. -¡Mentira, mentira, mentira!
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El estribillo del truco
Flor el pantano, vertiente la roca: tu alma embellece lo que toca. La carne pasa, tu vida queda toda en mi verso de sangre o de seda. Hay que ser dulce sobre todas las cosas: más que un chacal vale una mariposa. Eres gusano que labra y opera: para ti crecen las verdes moreras. Para que tejas tu seda celeste la ciudad parece tranquila y agreste. Gusano que labras, de pronto eres viejo: ¡el dolor del mundo crispa tus artejos! A la muerte tu alma desnuda se asoma, ¡y le brotan alas de águila y paloma! Y guarda la tierra tus vírgenes actas, hermano gusano, tus sedas intactas. ¡Vive en el alba y el crepúsculo, adora el tigre y el corpúsculo, comprende la polea y el músculo! Que se te vaya la vida, hermano, no en lo divino sino en lo humano, no en las estrellas sino en tus manos. Que llegará la noche y luego serás de tierra, de viento o de fuego. Por eso deja que todas tus puertas se cimbren, a todos los vientos abiertas. Y de tu huerta al viajero convida: ¡dale al viajero la flor de tu vida! Y no seas duro, ni parco, ni terco: ¡sé una frutaleda sin garfios ni cercos! Dulce hay que ser y darse a todos, para vivir no hay otro modo de ser dulces. Darse a las gentes como a la tierra las vertientes. Y no temer. Y no pensar. Dar para volver a dar. Que quien se da no se termina porque hay en él pulpa divina. ¡Como se dan sin terminarse, hermano mío, al mar las aguas de los ríos! Que mi canto en tu vida dore lo que deseas. Tu buena voluntad torne en luz lo que miras. Que tu vida así sea. -¡Mentira, mentira, mentira!
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El problema es el presente, no el pasado ni el futuro, los ojos abrir y el darme cuenta que las puertas abiertas se encuentran, pero ignorar lo coloquial y distinto actuar, no saber que hacer sin saber pensar, difícil mi vida, nada sencillo, querer escapar y sentir cadenas atadas al tobillo, una oportunidad se que me puedes dar, pero no sabré aprovechar esa bendición y quedarme en el vacío sin poder amar, sentir que no soy lo que buscaba y en desesperacion caer toda tu alma, permíteme solo un minuto de tu tiempo y poder explicar toda mi majadería de vida, como quisiera estar a tu lado pero se que no sientes lo mismo, y no culpo tus sentimientos culpó a los míos y principalmemte a mi corazón que inocentemente se enamoro, bien por mi cerebro al intentar olvidarte pero mal que mi corazón es más grande.
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Jul 30, 2017
Jul 30, 2017 at 4:46 AM UTC
Untitled
Besos que te sobraban en los bolsillos, caricias que hace tiempo expiraron, tus ojos y tus labios que soltaban cantos de sirena me fueron guiando al pantano donde me ahogo. Volví a lanzarme sin pensarlo dos veces y fue lindo mientras duró gracias por las heridas de guerra, algún día seré más fuerte, es hora de volver a mi caparazón, tocar la retirada, entrar en un letargo y lamer las heridas abiertas de par en par.
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Nov 12, 2019
Nov 12, 2019 at 11:43 AM UTC
Sobras
Me senti completa Te mostre mi lado mas fragil Sin ninguna mascara Feliz, explosiva, triste, misteriosa Sincera Pues contigo Dejarse llevar fue natural Recien se encendia la llama Y tu decides apagarla? Tu y yo nos ivamos a incendiar A que le tienes miedo? Dices que no es lo correcto Pero que lo es? Estas lleno de excusas El miedo nos arranca de tantas oportunidades Y que crees? El miedo jamas se ir Hay que arriesgarse Si, te viy a herir O quiza tu a mi Pero asi como pasa lo malo Tambien lo bueno vendra Y quiza yo sea la ecepcion Lo llegastes a pensar? Tengo el kit para reconstruirte O almenos Para darte pedazos de mi y acompletarte Las puertas de mi alma, Abiertas estan Por si decides volver Pero quiza No por siempre Todo es un proceso Ojala si no vuelves Te encuentres Sanes Y te reconstruyas dia con dia Cuidate
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May 23, 2018
May 23, 2018 at 2:00 PM UTC
A que temes?
En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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Códice antiguo
En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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La niña de madera no llegó caminando: allí de pronto estuvo sentada en los ladrillos, viejas flores del mar cubrían su cabeza, su mirada tenía tristeza de raíces. Allí quedó mirando nuestras vidas abiertas, el ir y ser y andar y volver por la tierra, el día destiñendo sus pétalos graduales. Vigilaba sin vernos la niña de madera. La niña coronada por las antiguas olas, allí miraba con sus ojos derrotados: sabía que vivimos en una red remota de tiempo y agua y olas y sonidos y lluvia, sin saber si existimos o si somos su sueño. Ésta es la historia de la muchacha de madera.
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Soneto lxviii
es curioso cómo hablamos de amor propio sólo cuando nos dejan de querer sólo de vez en cuando pienso para siempre en cuánto nos cuesta querernos cuando alguien más nos quiere más si nos quiere mal, mas si nos quiere bien quizás nos contagie querer bien pero no me termina de pasar ¿hay alguien que quiera bien si nadie nunca nos quiso bien? ¿cómo querer aprender a querer si es más fácil desentenderse y desaparecer cuando se pone complicado? y abandonar, antes de ser abandonado despertarme absolutamente solo porque queman los abrazos y nunca dejo de pensar en que todos van a irse en cuanto puedan así que me anclo a cáscaras dejo la cartera en la puerta todas las ventanas abiertas y me dejo querer, quizás en cuotas de un mes, quizás si tenés suerte, un poco más y te digo absolutamente todo de mí para no decirte nada no preguntes si no querés darte cuenta de que no hay nada para decir o quizás sólo no me interesa que lo sepas si sólo me interesa tu lengua no me hace sangrar, pero casi después de siglos sigo verde con el cuello violeta sosteniendo tu cabeza con tus manos en mis tetas y yo pienso, guau, quizás sí te quiera pero re que no porque no sabés quién soy y no me interesa lo que sos afuera de mi imaginario y sabé que yo estoy siempre pero nunca estoy porque no me necesitás si yo no te necesito y lo que necesito no me lo podés dar eventualmente voy a estar bien voy a saberme conocer y puede ser que un día te la presente cuando nazca y tenga nombre hasta ahora soy un cuerpo y un conjunto de recuerdos así que tratame como tal y no esperes mucho más de mí ¿no es acaso lo que todos somos en el fondo? ¿está mal no ser nada? bts - buenas tardes soco
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Apr 28, 2019
Apr 28, 2019 at 11:31 AM UTC
documento sin titulo
es curioso cómo hablamos de amor propio sólo cuando nos dejan de querer sólo de vez en cuando pienso para siempre en cuánto nos cuesta querernos cuando alguien más nos quiere más si nos quiere mal, mas si nos quiere bien quizás nos contagie querer bien pero no me termina de pasar ¿hay alguien que quiera bien si nadie nunca nos quiso bien? ¿cómo querer aprender a querer si es más fácil desentenderse y desaparecer cuando se pone complicado? y abandonar, antes de ser abandonado despertarme absolutamente solo porque queman los abrazos y nunca dejo de pensar en que todos van a irse en cuanto puedan así que me anclo a cáscaras dejo la cartera en la puerta todas las ventanas abiertas y me dejo querer, quizás en cuotas de un mes, quizás si tenés suerte, un poco más y te digo absolutamente todo de mí para no decirte nada no preguntes si no querés darte cuenta de que no hay nada para decir o quizás sólo no me interesa que lo sepas si sólo me interesa tu lengua no me hace sangrar, pero casi después de siglos sigo verde con el cuello violeta sosteniendo tu cabeza con tus manos en mis tetas y yo pienso, guau, quizás sí te quiera pero re que no porque no sabés quién soy y no me interesa lo que sos afuera de mi imaginario y sabé que yo estoy siempre pero nunca estoy porque no me necesitás si yo no te necesito y lo que necesito no me lo podés dar eventualmente voy a estar bien voy a saberme conocer y puede ser que un día te la presente cuando nazca y tenga nombre hasta ahora soy un cuerpo y un conjunto de recuerdos así que tratame como tal y no esperes mucho más de mí ¿no es acaso lo que todos somos en el fondo? ¿está mal no ser nada? bts - buenas tardes soco
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«Eres lo que se sueña y no se alcanza, Visión no más inaccesible altura»... Así te dije en días de amargura Al mirarte en remota lontananza. Hoy todo es flores do mi planta avanza, Y en mi senda feliz el sol fulgura, Y ya viene hacia mí, radiante y pura, Con sus alas abiertas la esperanza. La fe muerta renace de sus ruinas, Y la corona que creí de espinas Hoy es laurel y triunfo y aureola; Toda tormenta resistir podremos, Y unidos para siempre, formaremos Un solo corazón y un alma sola.
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Lux
A la hora del rocío, de la niebla salen sierra blanca y prado verde. ¡El sol en los encinares!   Hasta borrarse en el cielo, suben las alondras. ¿Quién puso plumas al campo? ¿Quién hizo alas de tierra loca?   Al viento, sobre la sierra, tiene el águila dorada las anchas alas abiertas.   Sobre la picota donde nace el río, sobre el lago de turquesa y los barrancos de verdes pinos; sobre veinte aldeas, sobre cien caminos...   Por los senderos del aire, señora águila, ¿dónde vais a todo vuelo tan de mañana?   Ya había un albor de luna en el cielo azul. ¡La luna en los espartales, cerca de Alicún! Redonda sobre el alcor, y rota en las turbias aguas del Guadiana menor.   Entre Ubeda y Baeza -loma de las dos hermanas; Baeza, pobre y señora; Ubeda, reina y gitana -, Y en el encinar ¡luna redonda y beata, siempre conmigo a la par!   Cerca de Ubeda la grande, cuyos cerros nadie verá, me iba siguiendo la luna sobre el olivar, una luna jadeante, siempre conmigo a la par.   Yo pensaba: ¡bandoleros de mi tierra!, al caminar en mi caballo ligero. ¡Alguno conmigo irá!   Que esta luna me conoce y, con el miedo, me da el orgullo de haber sido alguna vez capitán.   En la sierra de Quesada hay un águila gigante, verdosa, negra y dorada, siempre las alas abiertas. Es de piedra y no se cansa.   Pasado Puerto Lorente, entre las nubes galopa el caballo de los montes. Nunca se cansa: es de roca.   En el hondón del barranco se ve al jinete caído, que alza los brazos al cielo. Los brazos son de granito.   Y allí donde nadie sube hay una virgen risueña con un río azul en brazos. Es la Virgen de la Sierra.
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Viejas canciones
A la hora del rocío, de la niebla salen sierra blanca y prado verde. ¡El sol en los encinares!   Hasta borrarse en el cielo, suben las alondras. ¿Quién puso plumas al campo? ¿Quién hizo alas de tierra loca?   Al viento, sobre la sierra, tiene el águila dorada las anchas alas abiertas.   Sobre la picota donde nace el río, sobre el lago de turquesa y los barrancos de verdes pinos; sobre veinte aldeas, sobre cien caminos...   Por los senderos del aire, señora águila, ¿dónde vais a todo vuelo tan de mañana?   Ya había un albor de luna en el cielo azul. ¡La luna en los espartales, cerca de Alicún! Redonda sobre el alcor, y rota en las turbias aguas del Guadiana menor.   Entre Ubeda y Baeza -loma de las dos hermanas; Baeza, pobre y señora; Ubeda, reina y gitana -, Y en el encinar ¡luna redonda y beata, siempre conmigo a la par!   Cerca de Ubeda la grande, cuyos cerros nadie verá, me iba siguiendo la luna sobre el olivar, una luna jadeante, siempre conmigo a la par.   Yo pensaba: ¡bandoleros de mi tierra!, al caminar en mi caballo ligero. ¡Alguno conmigo irá!   Que esta luna me conoce y, con el miedo, me da el orgullo de haber sido alguna vez capitán.   En la sierra de Quesada hay un águila gigante, verdosa, negra y dorada, siempre las alas abiertas. Es de piedra y no se cansa.   Pasado Puerto Lorente, entre las nubes galopa el caballo de los montes. Nunca se cansa: es de roca.   En el hondón del barranco se ve al jinete caído, que alza los brazos al cielo. Los brazos son de granito.   Y allí donde nadie sube hay una virgen risueña con un río azul en brazos. Es la Virgen de la Sierra.
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Estoy pensando, es de noche, en el día que hará allí donde esta noche es de día. En las sombrillas alegres, abiertas todas las flores, contra ese sol, que es la luna tenue que me alumbra a mí. Aunque todo está tan quieto, tan en silencio en lo oscuro, aquí alrededor, veo a las gentes veloces -prisa, trajes claros, risa- consumiendo sin parar, a pleno goce, esa luz de ellos, la que va a ser mía en cuanto alguien diga allí «ya es de noche». La noche donde yo estoy ahora, donde tú estás junto a mí tan dormida y tan sin sol en esa noche y luna del dormir, que pienso en el otro lado de tu sueño, donde hay luz que yo no veo. Donde es de día y paseas -te sonríes al dormir- con esa sonrisa abierta, tan alegre, tan de flores, que la noche y yo sentimos que no puede ser de aquí.
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Perdida en las arenas de confines remotos, La ciudad de otros tiempos, con sus calles desiertas, Duerme el sueño postrero de las ciudades muertas, Bajo el blanco sudario de sus mármoles rotos. Sus templos resonaban con cánticos y votos, La Victoria amparábala con las alas abiertas; Todos los pueblos de Asia llegaban a sus puertas, y zarpaban sus barcos para mares ignotos. Junto a su exhausto río van cayendo una a una Las piedras de sus muros, a la luz de la luna Que de antiguas grandezas alumbra apenas rastros. Tan sólo un elefante de bronce, en la serena Quietud, sobre alto pórtico, que cubre ya la arena, Alza trágicamente su trompa hacia los astros.
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Ciudad muerta
si el viento pudiera ser aliado y soplar lejos las penurias dejo abiertas las ventanas el aire estático deja todo en su sitio y yo sueño con tornados y huracanes
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Aug 7, 2018
Aug 7, 2018 at 1:41 PM UTC
brisas frías
Pasamos por el puente de guaduas y bejucos; Surgía de las frondas un grato olor silvestre, Y risas animaban, cantares y bambucos,                           El paseo campestre. Sombreritos de caña, trajes de abiertas golas, Las muchachas del pueblo lucían con donaire, Y al son bailaban todos de tiples y bandolas,                           Y embalsamaba el aire. El mozo más garrido, quien siempre mejor danza, Con la bella entre todas, y a quien feliz corteja, Sale a bailar, y al corro, grito de pronto lanza:                           «¡Que viva mi pareja!» La suelta, y en las frondas ocúltase y se pierde, Trae, de clavelinas, para ella una guirnalda, Y al brillo de la tarde luce el campo más verde                           Su verde de esmeralda. Al pueblo por el puente de guaduas y bejucos Volvimos, las parejas por entre calles solas, Y uníase a las risas el son de los bambucos                           De tiples y bandolas.
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El paseo