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Andad con paso leve por las hojas marchitas: Sabed que ella quedó bajo la nieve y está oyendo crecer las margaritas... Sabed, sabed que era su juvenil tesoro el oro ardiente de su cabellera, y que es ceniza, todo aquel oro. Sabed que era su frente como el nacer del día; y sabed que vivió tan dulcemente, que era mujer, y apenas lo sabía. Su nombre, en esa losa, su ataúd de madera, están diciendo que con una rosa puede morir también la primavera, Pero esa tumba huraña es su tumba y la mía: mi corazón, sabedlo, la acompaña, y habrá que echar más tierra todavía...
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Poema de oscar wilde
Andad con paso leve por las hojas marchitas: Sabed que ella quedó bajo la nieve y está oyendo crecer las margaritas... Sabed, sabed que era su juvenil tesoro el oro ardiente de su cabellera, y que es ceniza, todo aquel oro. Sabed que era su frente como el nacer del día; y sabed que vivió tan dulcemente, que era mujer, y apenas lo sabía. Su nombre, en esa losa, su ataúd de madera, están diciendo que con una rosa puede morir también la primavera, Pero esa tumba huraña es su tumba y la mía: mi corazón, sabedlo, la acompaña, y habrá que echar más tierra todavía...