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Subía entonces a tu Casa la Juventud.                           Labios de frutas, semillas de cánticos, pétalos de luz, magnolias de hermosura. Lo que no hablaban las palabras lo decía su sola música. Para qué cantas. Para qué cantar. (Entonces, a la altura de tu frente, trepaban yedras de juventud). Para qué apuras el vino. Déjalo que duerma ensombreciéndose en las uvas. Cielo poniente, del color de los panales; frías plumas de alba. Columnas donde apoya el mediodía azul su cúpula. Para qué cantas. Para qué te entusiasmas. Para qué apuras el vino. Todo cuanto es tuyo, no es tuyo. Todo lo que endulza, amarga. Todo cuanto aroma, hiede. Es el día noche oscura. Te ciñes flores: son las mismas flores que llevas a tu tumba. Subía entonces a tu Casa la Juventud. (Para qué apuras el vino.) Y abrías tus ríos, tu paisaje arrastraba espumas ilusorias, pétalos de oro del estío, la boca púrpura del poniente, el óxido pálido del mar, los nidos que la lluvia habita...               Dime, por lo menos: «lo sé, lo sé: bajo la luna sólo hay respuestas; más allá de la luna, sólo hay preguntas». Di, por lo menos: «sé que vivo caminando y cantando a oscuras, que lloraré de pesadumbre, no de sorpresa...».                       Hasta la altura de tu frente, suben las yedras su vegetal carne desnuda. Cantaba entonces en tu Casa la Juventud (para qué apuras el vino ...), entraban por las puertas luminosas, las criaturas del paraíso del instante, las enigmáticas volutas del azul, las bocas candentes del trigo, el germen de la música: lo eternamente jubiloso sobre la tierra o las espumas. Lo que trenzaba tallo a tallo de risa, su noche futura.
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Subía entonces a tu Casa la Juventud.                           Labios de frutas, semillas de cánticos, pétalos de luz, magnolias de hermosura. Lo que no hablaban las palabras lo decía su sola música. Para qué cantas. Para qué cantar. (Entonces, a la altura de tu frente, trepaban yedras de juventud). Para qué apuras el vino. Déjalo que duerma ensombreciéndose en las uvas. Cielo poniente, del color de los panales; frías plumas de alba. Columnas donde apoya el mediodía azul su cúpula. Para qué cantas. Para qué te entusiasmas. Para qué apuras el vino. Todo cuanto es tuyo, no es tuyo. Todo lo que endulza, amarga. Todo cuanto aroma, hiede. Es el día noche oscura. Te ciñes flores: son las mismas flores que llevas a tu tumba. Subía entonces a tu Casa la Juventud. (Para qué apuras el vino.) Y abrías tus ríos, tu paisaje arrastraba espumas ilusorias, pétalos de oro del estío, la boca púrpura del poniente, el óxido pálido del mar, los nidos que la lluvia habita...               Dime, por lo menos: «lo sé, lo sé: bajo la luna sólo hay respuestas; más allá de la luna, sólo hay preguntas». Di, por lo menos: «sé que vivo caminando y cantando a oscuras, que lloraré de pesadumbre, no de sorpresa...».                       Hasta la altura de tu frente, suben las yedras su vegetal carne desnuda. Cantaba entonces en tu Casa la Juventud (para qué apuras el vino ...), entraban por las puertas luminosas, las criaturas del paraíso del instante, las enigmáticas volutas del azul, las bocas candentes del trigo, el germen de la música: lo eternamente jubiloso sobre la tierra o las espumas. Lo que trenzaba tallo a tallo de risa, su noche futura.
José Hierro
1922 - 2002/Male/Spanish