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...y las muchachas andan con las piernas desnudas: ¿por qué las utilizan para andar? Mentalmente repaso oficios convincentes para ellas -las piernas-, digamos: situaciones más útiles al hombre que las mira despacio, silbando entre los dientes una canción recuperada apenas           -ese oficio no me gusta...- en el acantilado del olvido. Si bien se mira, bien se ve que todas son bellas: las que pasan llevando hacia otro sitio cabellos, voces, senos, ojos, gestos, sonrisas; las que permanecen cruzadas, dobladas como ramas bajo el peso de la belleza cálida, caída desde el dulce abandono de los cuerpos sentados; las esbeltas y largas; las tersas y bruñidas; las cubiertas de leve vello, tocadas por la gracia de la luz, color miel, comestibles y apetitosas como frutas frescas; y también -sobre todo- aquellas que demoran su pesado trayecto hasta el tobillo en el curvo perfil que delimita las pueriles, alegres, inocentes, irreflexivas, blancas pantorrillas. Pensándolo mejor, duele mirarlas: tanta gracia dispersa, inaccesible, abandonada entre la primavera, abruma el corazón del conmovido espectador que siente la humillante quemadura de la renuncia, y maldice en voz baja, y se apoya en la verja del estanque, y mira el agua, y ve su propio rostro, y escupe distraído, mientras sigue con los ojos los círculos que trazan en la tensa superficie su soledad, su miedo, su saliva.
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Jardín público con piernas particulares
...y las muchachas andan con las piernas desnudas: ¿por qué las utilizan para andar? Mentalmente repaso oficios convincentes para ellas -las piernas-, digamos: situaciones más útiles al hombre que las mira despacio, silbando entre los dientes una canción recuperada apenas           -ese oficio no me gusta...- en el acantilado del olvido. Si bien se mira, bien se ve que todas son bellas: las que pasan llevando hacia otro sitio cabellos, voces, senos, ojos, gestos, sonrisas; las que permanecen cruzadas, dobladas como ramas bajo el peso de la belleza cálida, caída desde el dulce abandono de los cuerpos sentados; las esbeltas y largas; las tersas y bruñidas; las cubiertas de leve vello, tocadas por la gracia de la luz, color miel, comestibles y apetitosas como frutas frescas; y también -sobre todo- aquellas que demoran su pesado trayecto hasta el tobillo en el curvo perfil que delimita las pueriles, alegres, inocentes, irreflexivas, blancas pantorrillas. Pensándolo mejor, duele mirarlas: tanta gracia dispersa, inaccesible, abandonada entre la primavera, abruma el corazón del conmovido espectador que siente la humillante quemadura de la renuncia, y maldice en voz baja, y se apoya en la verja del estanque, y mira el agua, y ve su propio rostro, y escupe distraído, mientras sigue con los ojos los círculos que trazan en la tensa superficie su soledad, su miedo, su saliva.
Ángel González
1925 - 2008/Male/Spanish