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Bien venga, cuando viniere, la Muerte: su helada mano bendeciré si hiere... He de morir como muere un caballero cristiano. Humilde, sin murmurar, ¡oh Muerte!, me he de inclinar cuando tu golpe me venza; ¡pero déjame besar, mientras expiro, su trenza! ¡La trenza que le corté y que, piadoso guardé (impregnada todavía del sudor de su agonía) la tarde en que se me fue! Su noble trenza de oro: amuleto ante quien oro, ídolo de locas preces, empapado por mi lloro tantas veces..., tantas veces... Deja que, muriendo, pueda acariciar esa seda en que vive aún su olor: ¡Es todo lo que me queda de aquel infinito amor! Cristo me ha de perdonar mi locura, al recordar otra trenza, en nardo llena, con que se dejó enjugar los pies por la Magdalena...
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V. su trenza
Bien venga, cuando viniere, la Muerte: su helada mano bendeciré si hiere... He de morir como muere un caballero cristiano. Humilde, sin murmurar, ¡oh Muerte!, me he de inclinar cuando tu golpe me venza; ¡pero déjame besar, mientras expiro, su trenza! ¡La trenza que le corté y que, piadoso guardé (impregnada todavía del sudor de su agonía) la tarde en que se me fue! Su noble trenza de oro: amuleto ante quien oro, ídolo de locas preces, empapado por mi lloro tantas veces..., tantas veces... Deja que, muriendo, pueda acariciar esa seda en que vive aún su olor: ¡Es todo lo que me queda de aquel infinito amor! Cristo me ha de perdonar mi locura, al recordar otra trenza, en nardo llena, con que se dejó enjugar los pies por la Magdalena...