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Este concurso de células, unánimes en su intento misterioso de que dure la intensa vida en mi cuerpo; esos miles de millones de pequeñitos cerebros, que, con disciplina admirable en el esfuerzo, se dividen el trabajo de mis órganos diversos, y mantienen el fenómeno de mi existir en el tiempo, un día, quizá cercano (mañana, tal vez hoy mesmo), han de declararse en huelga, porque en el reloj eterno sonó  el instante...                               ¡Qué júbilo entonces el del colegio aquel, más de cuarenta años a mi espíritu sujeto! ¡Qué alegría en el cotarro innúmero y turbulento! Cada grupo ha de tirar por su lado, con estruendo: -¡Vuelvo a la rosa!, dirá uno; y otro: ¡Al aire vuelvo! y otro: ¡Al agua!; y otro: ¡Al barro! y otro: ¡Al carbón!; y otro: ¡Al hierro!; y otro: ¡Al la cal!; y otro: ¡Al fósforo!; y otro: ¡Al la mar!; y otro: ¡Al cielo! Y mi espíritu entretanto, verá feliz, sonrïendo, la disociación bendita que restituye al Acervo lo prestado...                       Mas de pronto, movido por el recuerdo más hondo, más persuasivo, más amante, más inmenso, se preguntará a sí mismo: -Bien, y yo, ¿adónde me vuelvo? -¡A mis brazos!-gritará en la eternidad tu acento... Y cuando los dos, fundidos en una sola alma estemos, el océano infinito nos absorberá en silencio...
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Viii. huelga de células
Este concurso de células, unánimes en su intento misterioso de que dure la intensa vida en mi cuerpo; esos miles de millones de pequeñitos cerebros, que, con disciplina admirable en el esfuerzo, se dividen el trabajo de mis órganos diversos, y mantienen el fenómeno de mi existir en el tiempo, un día, quizá cercano (mañana, tal vez hoy mesmo), han de declararse en huelga, porque en el reloj eterno sonó  el instante...                               ¡Qué júbilo entonces el del colegio aquel, más de cuarenta años a mi espíritu sujeto! ¡Qué alegría en el cotarro innúmero y turbulento! Cada grupo ha de tirar por su lado, con estruendo: -¡Vuelvo a la rosa!, dirá uno; y otro: ¡Al aire vuelvo! y otro: ¡Al agua!; y otro: ¡Al barro! y otro: ¡Al carbón!; y otro: ¡Al hierro!; y otro: ¡Al la cal!; y otro: ¡Al fósforo!; y otro: ¡Al la mar!; y otro: ¡Al cielo! Y mi espíritu entretanto, verá feliz, sonrïendo, la disociación bendita que restituye al Acervo lo prestado...                       Mas de pronto, movido por el recuerdo más hondo, más persuasivo, más amante, más inmenso, se preguntará a sí mismo: -Bien, y yo, ¿adónde me vuelvo? -¡A mis brazos!-gritará en la eternidad tu acento... Y cuando los dos, fundidos en una sola alma estemos, el océano infinito nos absorberá en silencio...