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Ardiente juventud, tú que la herencia Recoges ya del siglo diez y nueve, Y que el maduro fruto de la ciencia Llevas al porvenir con planta breve; Tú que en la edad viril, la limpia aurora Verás del nuevo siglo, en que, alentado Por el rico saber que hoy atesora, Tu espíritu esforzado, Al saludar gozosa el sol naciente, Honrarás las conquistas del presente Con las sabias lecciones del pasado: Atiende aquí a mi voz; vibre mi acento Como un canto triunfal en tus oídos; Y en noble sentimiento, Como al sonar de bélico instrumento, Los generosos pechos encendidos, Al escucharse de la lira mía Las toscas pulsaciones, La acompañen en rítmica armonía Latiendo vuestros nobles corazones. Madre es la Patria, que confiada espera, Al contemplaros, de su amor ufana, En la marcial carrera, Su porvenir, su nombre y su bandera En vuestras manos entregar mañana; Y, escudos de la ley y del derecho, La mente con la ciencia engalanada, Las patricias virtudes en el pecho, Podréis decir que irradia vuestra espada Aquella luz que en África una noche Vieron brillar de César los guerreros Como lenguas de fuego en sus aceros. Que no siempre el aliento de la guerra Fue engendro del rencor y la venganza; Ni el odio y la matanza Sobre la faz de la extendida tierra Han llevado las huestes victoriosas Que, cual fieros torrentes desbordados, Destruyeron naciones poderosas En los heroicos tiempos ya pasados. El saber, las costumbres, las ideas; El rico idioma que a mezclarse llega Con ignotos idiomas escondidos; La extraña actividad que se desplega, Al formar vencedores y vencidos Nuevos pueblos, y razas, y naciones, Con más altas tendencias, Con más nobles creencias, Y más rico caudal de aspiraciones: Esta la guerra fue. ¡Cuán grande miro, Sobre la deslumbrante Babilonia, Su poderoso imperio alzando Ciro! ¡Y al hundirse la asiría monarquía, De sus escombros de oro y alabastro Surgir una era nueva, como un astro Derramando la luz del nuevo día! El espíritu helénico ¿a quién debe Su más alto esplendor? Se alza primero Como lejana luz brillando leve; Lo trasforma en un sol la voz de Homero; Y su inmortal fulgor, grande y fecundo, Viene a alumbrar la historia, Cuando Alejandro, en alas de la gloria, Lo extiende en sus conquistas por el mundo. Predilecto del genio y la victoria, Por donde quiera que la firme planta Asienta el hijo de Filipo, un templo Para honrar el progreso se levanta. ¡Oh caudillo esforzado y sin ejemplo! Su triunfal estandarte Pueblos, reyes y obstáculos desprecia, Porque lleva con él la fe de Grecia, La voz del genio y el poder del arte. Y al calor de la lucha y de las armas, Y a la sombra del águila altanera Que hacia el Oriente sus legiones guía, Cifra imperecedera De inmensa gloria, nace Alejandría. ¡Augusto emporio del saber humano, Irguióse altiva entre la mar y el Nilo, Siguiendo el trazo que con diestra mano Supo copiar Dinócrates tranquilo Del manto militar del soberano! Ved: las romanas picas aparecen Anunciando a la tierra Que otros gérmenes crecen; Que en la ciudad de Rómulo se encierra El porvenir de cien generaciones, Que llevarán, en alas de la guerra, Fuertes y victoriosas sus legiones. Y bajo el sol ardiente de Cartago, Y en la margen del Támesis sombrío, Y del Danubio entre el murmullo vago, Y al pintoresco pie del Alpe frío, Con César y Pompeyo soberanas, Llevando al mundo entre sus garras preso, De la victoria al encendido beso, Se han de cernir las águilas romanas. Y al cruzar esas huestes, anchas vías Se abren para el viajero; Despiertan en los pueblos simpatías, Del mercader audaz rico venero; Surcan tendidos mares los bajeles, Y, nuevo Deucalión, Roma dejando Su camino regado de laureles, Fantásticas ciudades van brotando; Y, el polvo que levantan los corceles, Al disipar los vientos, Dejan ver, como huellas de su paso, Soberbios monumentos Desde do nace el sol hasta el ocaso. Después de tantos siglos de victoria Roma también inclina su bandera; Y los últimos fastos de su historia El triunfo son de muchedumbre fiera Atravesando con feroz encono Los lejanos y estériles desiertos, Y en numerosas hordas conducidos Por caminos inciertos. Cual de mares que están embravecidos, Su espuma salpicando en las arenas Las gigantescas olas, Llegan a sepultar playas serenas: Así vienen, ardientes y terribles, Hunos, godos, alanos y lombardos, Vándalos, francos, suevos, burguiñones, Galos y anglo-sajones; Y de ese hervor de muchedumbre extraña Surgen nuevas naciones: Inglaterra, Alemania, Francia, España. Del escondido seno de la Arabia Brota un incendio nuevo que devora Al mundo ya cristiano; Brilla la media luna aterradora; Lanza un grito de guerra el africano; Y Europa, en otro tiempo vencedora, Trémula mira la atrevida mano Del hijo del profeta, Que, incontrastable, vino A clavar su pendón sobre los muros De la imperial ciudad de Constantino. Su irresistible empuje Hace rodar el trono de los godos; Al paso del islam la tierra cruje, Y al cielo de la ciencia tres estrellas En tan sangrienta y trágica demanda Asoman luego espléndidas y bellas: Son Córdoba, Bagdad y Samarcanda. Y en esa larga noche tenebrosa Del espíritu humano, en la Edad Media, Esos astros de luz esplendorosa Guardan el sacro fuego Que el mundo entonces desconoce ciego, Y que otra culta edad mira asombrada, Cuando su noble admiración excita De Córdoba la arábiga Mezquita, Y la soberbia Alhambra de Granada. Siempre tras de la guerra, Más vigorosa llega la cultura: Así sobre la tierra La negra tempestad ruge en la altura; Tremenda se desata De su seno la hirviente catarata; El formidable rayo serpentea; El relámpago incendia el horizonte; El huracán los ámbitos pasea, Infundiendo el terror del prado al monte Y aquella confusión que, estremecida Y acobardada ve Naturaleza, Es nueva fuente de vigor y vida, Y manantial de amor y de belleza. Recordadlo vosotros, cuyo pecho Desde temprana edad honra la insignia Del soldado del pueblo y del derecho; Y no olvidéis jamás, si acaso un día, Siguiendo con valor vuestra bandera. Lleváis o resistís la guerra impía De nación extranjera, Sin consentir jamás infame yugo, Que la espada esgrimís del ciudadano, No el hacha del verdugo: Que el pendón que enarbola vuestra mano, Es la antorcha de luz, y no la tea Del incendiario vil: que los desvelos De esta patria, tan tiernos y prolijos, Es hallar en vosotros dignos hijos De Hidalgo, de Guerrero y de Morelos. No olvidéis que mecióse vuestra cuna En el mismo recinto Sobre el cual resistieron los aztecas A las huestes del César Carlos Quinto; Y que el indio jamás huyó cobarde, Ni al ver flotando espléndidos palacios En el revuelto mar, de audacia alarde; Ni al ver cruzar, silbando en el espacio, El duro proyectil; ni ante el ruido Atronador del arcabuz ibero; Ni al conocer el ágil y ligero Corcel, que, resoplando entre la espuma De sus hinchadas fauces, parecía Hundir el virgen suelo que regía Con su dorado cetro Moctezuma. Recordad que a los golpes de la espada, Y de las lanzas a los botes rudos, Nunca temió la raza denodada, Cuyos pechos desnudos Puso ante los cañones por escudos. Recordad que este pueblo, cuando siente Herir su dignidad, fulmina el rayo, Lo mismo en las montañas insurgente, Que en los baluartes bajo el sol de mayo: Que, en páginas de luz dejando escritas, Glorias que nunca empañará la niebla, Hidalgo fue un titán de Granaditas, Y fue un gigante Zaragoza en Puebla: Que merece en la historia eterna vida La guerra al invasor osado y fiero, Cual merece la guerra fratricida La maldición del Universo entero: Que una docta experiencia Dicen que dan el triunfo ambicionado, Más que las toscas armas del soldado, Las invencibles armas de la ciencia; Y, sabios y prudentes, Al recoger la enseña sacrosanta De esta patria, que hoy ciñe vuestras frentes Con el lauro debido a vuestro celo, Veladla siempre con amor profundo; Y así cual brilla el sol sobre la esfera, Mire brillar en vuestra mano el mundo, Libre y llena de honor, nuestra bandera. Dad de firmeza y de heroísmo ejemplo; Nunca luchéis hermano contra hermano; Amad la patria: y hallaréis por templo El corazón del pueblo mejicano.
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A los alumnos del colegio militar
Ardiente juventud, tú que la herencia Recoges ya del siglo diez y nueve, Y que el maduro fruto de la ciencia Llevas al porvenir con planta breve; Tú que en la edad viril, la limpia aurora Verás del nuevo siglo, en que, alentado Por el rico saber que hoy atesora, Tu espíritu esforzado, Al saludar gozosa el sol naciente, Honrarás las conquistas del presente Con las sabias lecciones del pasado: Atiende aquí a mi voz; vibre mi acento Como un canto triunfal en tus oídos; Y en noble sentimiento, Como al sonar de bélico instrumento, Los generosos pechos encendidos, Al escucharse de la lira mía Las toscas pulsaciones, La acompañen en rítmica armonía Latiendo vuestros nobles corazones. Madre es la Patria, que confiada espera, Al contemplaros, de su amor ufana, En la marcial carrera, Su porvenir, su nombre y su bandera En vuestras manos entregar mañana; Y, escudos de la ley y del derecho, La mente con la ciencia engalanada, Las patricias virtudes en el pecho, Podréis decir que irradia vuestra espada Aquella luz que en África una noche Vieron brillar de César los guerreros Como lenguas de fuego en sus aceros. Que no siempre el aliento de la guerra Fue engendro del rencor y la venganza; Ni el odio y la matanza Sobre la faz de la extendida tierra Han llevado las huestes victoriosas Que, cual fieros torrentes desbordados, Destruyeron naciones poderosas En los heroicos tiempos ya pasados. El saber, las costumbres, las ideas; El rico idioma que a mezclarse llega Con ignotos idiomas escondidos; La extraña actividad que se desplega, Al formar vencedores y vencidos Nuevos pueblos, y razas, y naciones, Con más altas tendencias, Con más nobles creencias, Y más rico caudal de aspiraciones: Esta la guerra fue. ¡Cuán grande miro, Sobre la deslumbrante Babilonia, Su poderoso imperio alzando Ciro! ¡Y al hundirse la asiría monarquía, De sus escombros de oro y alabastro Surgir una era nueva, como un astro Derramando la luz del nuevo día! El espíritu helénico ¿a quién debe Su más alto esplendor? Se alza primero Como lejana luz brillando leve; Lo trasforma en un sol la voz de Homero; Y su inmortal fulgor, grande y fecundo, Viene a alumbrar la historia, Cuando Alejandro, en alas de la gloria, Lo extiende en sus conquistas por el mundo. Predilecto del genio y la victoria, Por donde quiera que la firme planta Asienta el hijo de Filipo, un templo Para honrar el progreso se levanta. ¡Oh caudillo esforzado y sin ejemplo! Su triunfal estandarte Pueblos, reyes y obstáculos desprecia, Porque lleva con él la fe de Grecia, La voz del genio y el poder del arte. Y al calor de la lucha y de las armas, Y a la sombra del águila altanera Que hacia el Oriente sus legiones guía, Cifra imperecedera De inmensa gloria, nace Alejandría. ¡Augusto emporio del saber humano, Irguióse altiva entre la mar y el Nilo, Siguiendo el trazo que con diestra mano Supo copiar Dinócrates tranquilo Del manto militar del soberano! Ved: las romanas picas aparecen Anunciando a la tierra Que otros gérmenes crecen; Que en la ciudad de Rómulo se encierra El porvenir de cien generaciones, Que llevarán, en alas de la guerra, Fuertes y victoriosas sus legiones. Y bajo el sol ardiente de Cartago, Y en la margen del Támesis sombrío, Y del Danubio entre el murmullo vago, Y al pintoresco pie del Alpe frío, Con César y Pompeyo soberanas, Llevando al mundo entre sus garras preso, De la victoria al encendido beso, Se han de cernir las águilas romanas. Y al cruzar esas huestes, anchas vías Se abren para el viajero; Despiertan en los pueblos simpatías, Del mercader audaz rico venero; Surcan tendidos mares los bajeles, Y, nuevo Deucalión, Roma dejando Su camino regado de laureles, Fantásticas ciudades van brotando; Y, el polvo que levantan los corceles, Al disipar los vientos, Dejan ver, como huellas de su paso, Soberbios monumentos Desde do nace el sol hasta el ocaso. Después de tantos siglos de victoria Roma también inclina su bandera; Y los últimos fastos de su historia El triunfo son de muchedumbre fiera Atravesando con feroz encono Los lejanos y estériles desiertos, Y en numerosas hordas conducidos Por caminos inciertos. Cual de mares que están embravecidos, Su espuma salpicando en las arenas Las gigantescas olas, Llegan a sepultar playas serenas: Así vienen, ardientes y terribles, Hunos, godos, alanos y lombardos, Vándalos, francos, suevos, burguiñones, Galos y anglo-sajones; Y de ese hervor de muchedumbre extraña Surgen nuevas naciones: Inglaterra, Alemania, Francia, España. Del escondido seno de la Arabia Brota un incendio nuevo que devora Al mundo ya cristiano; Brilla la media luna aterradora; Lanza un grito de guerra el africano; Y Europa, en otro tiempo vencedora, Trémula mira la atrevida mano Del hijo del profeta, Que, incontrastable, vino A clavar su pendón sobre los muros De la imperial ciudad de Constantino. Su irresistible empuje Hace rodar el trono de los godos; Al paso del islam la tierra cruje, Y al cielo de la ciencia tres estrellas En tan sangrienta y trágica demanda Asoman luego espléndidas y bellas: Son Córdoba, Bagdad y Samarcanda. Y en esa larga noche tenebrosa Del espíritu humano, en la Edad Media, Esos astros de luz esplendorosa Guardan el sacro fuego Que el mundo entonces desconoce ciego, Y que otra culta edad mira asombrada, Cuando su noble admiración excita De Córdoba la arábiga Mezquita, Y la soberbia Alhambra de Granada. Siempre tras de la guerra, Más vigorosa llega la cultura: Así sobre la tierra La negra tempestad ruge en la altura; Tremenda se desata De su seno la hirviente catarata; El formidable rayo serpentea; El relámpago incendia el horizonte; El huracán los ámbitos pasea, Infundiendo el terror del prado al monte Y aquella confusión que, estremecida Y acobardada ve Naturaleza, Es nueva fuente de vigor y vida, Y manantial de amor y de belleza. Recordadlo vosotros, cuyo pecho Desde temprana edad honra la insignia Del soldado del pueblo y del derecho; Y no olvidéis jamás, si acaso un día, Siguiendo con valor vuestra bandera. Lleváis o resistís la guerra impía De nación extranjera, Sin consentir jamás infame yugo, Que la espada esgrimís del ciudadano, No el hacha del verdugo: Que el pendón que enarbola vuestra mano, Es la antorcha de luz, y no la tea Del incendiario vil: que los desvelos De esta patria, tan tiernos y prolijos, Es hallar en vosotros dignos hijos De Hidalgo, de Guerrero y de Morelos. No olvidéis que mecióse vuestra cuna En el mismo recinto Sobre el cual resistieron los aztecas A las huestes del César Carlos Quinto; Y que el indio jamás huyó cobarde, Ni al ver flotando espléndidos palacios En el revuelto mar, de audacia alarde; Ni al ver cruzar, silbando en el espacio, El duro proyectil; ni ante el ruido Atronador del arcabuz ibero; Ni al conocer el ágil y ligero Corcel, que, resoplando entre la espuma De sus hinchadas fauces, parecía Hundir el virgen suelo que regía Con su dorado cetro Moctezuma. Recordad que a los golpes de la espada, Y de las lanzas a los botes rudos, Nunca temió la raza denodada, Cuyos pechos desnudos Puso ante los cañones por escudos. Recordad que este pueblo, cuando siente Herir su dignidad, fulmina el rayo, Lo mismo en las montañas insurgente, Que en los baluartes bajo el sol de mayo: Que, en páginas de luz dejando escritas, Glorias que nunca empañará la niebla, Hidalgo fue un titán de Granaditas, Y fue un gigante Zaragoza en Puebla: Que merece en la historia eterna vida La guerra al invasor osado y fiero, Cual merece la guerra fratricida La maldición del Universo entero: Que una docta experiencia Dicen que dan el triunfo ambicionado, Más que las toscas armas del soldado, Las invencibles armas de la ciencia; Y, sabios y prudentes, Al recoger la enseña sacrosanta De esta patria, que hoy ciñe vuestras frentes Con el lauro debido a vuestro celo, Veladla siempre con amor profundo; Y así cual brilla el sol sobre la esfera, Mire brillar en vuestra mano el mundo, Libre y llena de honor, nuestra bandera. Dad de firmeza y de heroísmo ejemplo; Nunca luchéis hermano contra hermano; Amad la patria: y hallaréis por templo El corazón del pueblo mejicano.