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Más gallarda que el nenúfar Que sobre las verdes ondas, Al soplo del manso viento Se mece al rayar la aurora, Es una linda doncella Que tiene por nombre Rosa, Y a fe que no hay en los campos Igual a sus gracias otra. Vive en Pátzcuaro, en la Villa De hermoso lago señora, Lago que retrata un cielo Limpio y azul, donde flotan Blancas nubes que semejan Grupos de errantes gaviotas. Está en la flor de la vida, No empaña ninguna sombra Las primeras ilusiones Con que el amor ia corona Ama Rosa y es amada Con un amor que no estorban Sus padres, porque comprenden Que ei joven que para esposa La pretende, nobies prendas Y honrado nombre atesora. Cuentan ios que io conocen Que tal mérito le abona, Que no hay otro que le iguale Cien leguas a la redonda. Y aunque alabanza de amigo Pueda tacnarse de impropia, Nadie niega que remando Tiene ei alma generosa; Que sus riquezas divide Con ios que sufren y lloran, Que es tan bravo, que el peligro Desdeña y jamas provoca, Pero io humilla y io vence Cuando en su camino asoma. No hay jinete más garboso Ni más diestro, porque asombra Cuando de potro rebelde Los fieros ímpetus doma, Y es tan amable en su trato, Tan cumplido en su persona, Tan generoso en sus hechos Y tan resuelto en sus obras, Que la envidia no se atreve Con su lengua ponzoñosa A manchar su justa fama Cuando cualquiera lo nombra. Ya se prepara la fiesta, Cercanas están las bodas. Los padres cuentan los días, Los prometidos las horas; Los amigos se disponen Para obsequiar a la novia Dando brillo con sus galas A la nupcial ceremonia. Y aunque es tiesta de familia Por suya el pueblo la toma. Y en llevarla bien al cabo Se empeña la Villa toda. ¡Con qué profunda tristeza Vive Rosa en su retiro! Está pálida su frente Y están sus ojos sin brillo; De la noche a la mañana Corre de su llanto el hilo, Sus padres sufren con ella Y están tristes y abatidos. No le da el sueño descanso Ni el sol le procura alivio, Que son la luz y las sombras Para el que sufre lo mismo. Está muy lejos Fernando, Muy lejos y en gran peligro Por que al llegar de la boda El instante apetecido, Invadió como un torrente La ciudad el enemigo. El pabellón del imperio Halla en Patzcuaro un asilo, Los franceses se apoderan Del sosegado recinto, Su ley imponen a todos, Subyugan al pueblo altivo, Y Fernando en su caballo, De pocos hombres seguido, Sale a buscar la bandera Que veneró desde niño, Y que agita en las montañas El viento del patriotismo. Ni el amor ni la esperanza Le cerraron el camino, Que ciego a todo embeleso Y sordo a todo atractivo, La Patria, sólo la Patria En tales horas ha visto, Y por ella deja todo A salvarla decidido. Rosa se queda llorando Y como agostado lirio, No hay fuerza que la levante Ni sol que le infunda brío; De su amoroso Fernando Sólo sabe lo que han dicho; Fue a la guerra y lo conoce, Firme, noble y decidido; Lo sueña entre los primeros Que acometen los peligros; Sabe que en todos los casos, Entre muerte y servilismo Ha de preferir la muerte Que es vida para los dignos Y con profunda tristeza Vive Rosa en su retiro Sin consuelo ni descanso, Sin esperanza ni alivio, Que son la luz y las sombras Para el que sufre lo mismo. A la habitación de Rosa, Al rayar de la mañana Llega un indígena humilde Que viene de la montaña, Y sin despertar sospechas Cruzó por las avanzadas Trayendo un papel oculto En su sombrero de palma. En hablar con Rosa insiste Cuando de oponerse tratan Sus padres que en todo miran Espionajes y asechanzas. Oye la joven las voces Y con interés indaga, Porque el corazón le dice Que la nueva será grata, Y lo confirma mirando Que al borde de su ventana Un «salta-pared» ligero Tres veces alegre canta, Nuncio de buena fortuna Del pueblo entre las muchachas. Llama al indio presurosa, Este con faz animada La saluda, y del sombrero Descose la tosca falda, Y de allí con mano firme Saca y le entrega una carta Que vino tan escondida, Que a ser otro no la hallara. Rosa trémula no acierta En su gozo a desplegarla Y ya febril e impaciente Tanta torpeza le enfada; Abre al fin y reconoce Que Fernando se la manda Y en cortas frases le dice, Esto que en su pecho guarda: «Mi único amor, vida mía, Mi pasión, alma del alma, No puedo vivir sin verte, Que sin ti todo me falta; Y aunque tu amor me da aliento Y tu recuerdo me salva, Tengo sed de tu presencia, Tengo sed de tus palabras. »Hoy por fortuna muy cerca Me encuentro de tu morada, Y he de verte aunque se oponga Todo el poder de la Francia. »Esta noche, a media noche Antes de rayar el alba, Para verme y para hablarme Asómate a la ventana. »Adiós vida de mi vida No tengas miedo, y aguarda Al que adora tu recuerdo Luchando entre las montañas». Es pasada media noche, Reina profundo silencio Que sólo interrumpe a veces El ladrido de los perros, O el grito del centinela Que lleva perdido el viento. En su ventana está Rosa, Entre las sombras queriendo Penetrar con la mirada De sus grandes ojos negros, Las tinieblas que sepultan Los callejones estrechos. Para no inspirar sospechas Oscuro está su aposento, Y ni a suspirar se atreve Por no vender su secreto. De súbito, escucha pasos Cautelosos a lo lejos, Y al oírlos no le cabe El corazón en el pecho. Entre las sombras divisa Algo que tomando cuerpo A la ventana se llega Y casi con el aliento, Le dice: -Prenda del alma. Aquí estoy-.                     ¡Bendito el cielo!- Contesta Rosa y las manos En la oscuridad tendiendo Halla el rostro de su amante Que las cubre con sus besos. -¿Dudabas de que viniera? -¿Como dudar, si yo creo Cuanto me dices lo mismo Que si fuera el Evangelio? -¡Tantas semanas sin verte! -¡Tanto tiempo!                         -¡Tanto tiempo! -Pero temo por tu vida... -No temas, Dios es muy bueno. Ahora dime que me amas, A que me lo digas vengo Y a decirte que te adoro... -¿Más que yo a ti, cuando siento Hasta de la misma patria El aguijón de los celos? No te culpo, mi Fernando, No te culpo, bien has hecho Pero dudo y me atormenta Pensar que esconde tu seno Amor más grande que el mío Y otro vínculo más tierno. Escúchame: si algún día Merced a tu noble esfuerzo, Victoriosa tu bandera, Por héroe te aclama el pueblo, Yo disputaré a tu frente Ese laurel, porque tengo Ante la patria que gime, Para adquirirlo derecho; Tú, sacrificas tu vida, Yo, débil mujer, le ofrezco, Alentando tu constancia, Todo el amor que te tengo. ¡Ay Fernando! ¿tú no mides Este sacrificio inmenso? Y al decir así, la mano Atrajo del guerrillero Y con su llanto al bañarla La oprimió contra su pecho. Limpia despunta la aurora Y en la ventana Fernando No se atreve a despedirse Sin hacer del tiempo caso. Mas de pronto, por la esquina, Sobre fogoso caballo, De la brida conduciendo Un potro alazán tostado, Un guerrillero aparece Con el mosquete en la mano. Acércase a la pareja, Aquel coloquio turbando, Y dirigiéndose al joven Le dice: «Mi Jefe, vamos, Monte, que nos han sentido Y somos dos contra tantos». -iVete, por Dios!-grita Rosa. Salta a su corcel Fernando, Toma su pistola, besa A la doncella en los labios, Y a tiempo que se despide, Por un callejón cercano Desembocan en desorden Argelinos y zuavos. -iAlto!-gritan los que vienen. -¡Primero muerto que dado!- Contesta el otro y se lanza Para abrir en ellos paso... Suenan discordantes gritos, Y se escuchan los disparos Y álzanse nubes de polvo De los pies de los soldados; Y al punto que Rosa enjuga Sus ojos que anubla el llanto, Ya mira como se alejan A galope por el campo, Libres de sus enemigos, Ei asistente y Fernando. Algunos años más tarde, Y cuando pagó a su patria La deuda de sus servicios Y la vió libre y sin mancha, Volvió Fernando a sus lares; Colgó en el hogar su espada, Y no quiso ser soldado Después de triunfar su causa; Que fue guerrero del pueblo, Luchador en la montaña, De los que sólo combaten Si está en peligro la Patria. Entonces cumplióle a Rosa Sus ofertas más sagradas, Y fue la boda una fiesta Popular, risueña y franca. Al verlos salir del templo, Según refiere la fama, Recordando aquellas frases De la inolvidable carta, Formando vistoso grupo A las puertas de su casa, Las más bonitas del pueblo, Las más festivas muchachas, Con melancólicas notas (Que a nuestros tiempos alcanzan En canción que «Los Capiros» En Michoacán se la llama), Al compás de las vihuelas, De esta manera cantaban: «Esta noche a media noche, Y antes que llegue mañana Si oyes que al pasar te silbo Asómate a tu ventana».
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A media noche
Más gallarda que el nenúfar Que sobre las verdes ondas, Al soplo del manso viento Se mece al rayar la aurora, Es una linda doncella Que tiene por nombre Rosa, Y a fe que no hay en los campos Igual a sus gracias otra. Vive en Pátzcuaro, en la Villa De hermoso lago señora, Lago que retrata un cielo Limpio y azul, donde flotan Blancas nubes que semejan Grupos de errantes gaviotas. Está en la flor de la vida, No empaña ninguna sombra Las primeras ilusiones Con que el amor ia corona Ama Rosa y es amada Con un amor que no estorban Sus padres, porque comprenden Que ei joven que para esposa La pretende, nobies prendas Y honrado nombre atesora. Cuentan ios que io conocen Que tal mérito le abona, Que no hay otro que le iguale Cien leguas a la redonda. Y aunque alabanza de amigo Pueda tacnarse de impropia, Nadie niega que remando Tiene ei alma generosa; Que sus riquezas divide Con ios que sufren y lloran, Que es tan bravo, que el peligro Desdeña y jamas provoca, Pero io humilla y io vence Cuando en su camino asoma. No hay jinete más garboso Ni más diestro, porque asombra Cuando de potro rebelde Los fieros ímpetus doma, Y es tan amable en su trato, Tan cumplido en su persona, Tan generoso en sus hechos Y tan resuelto en sus obras, Que la envidia no se atreve Con su lengua ponzoñosa A manchar su justa fama Cuando cualquiera lo nombra. Ya se prepara la fiesta, Cercanas están las bodas. Los padres cuentan los días, Los prometidos las horas; Los amigos se disponen Para obsequiar a la novia Dando brillo con sus galas A la nupcial ceremonia. Y aunque es tiesta de familia Por suya el pueblo la toma. Y en llevarla bien al cabo Se empeña la Villa toda. ¡Con qué profunda tristeza Vive Rosa en su retiro! Está pálida su frente Y están sus ojos sin brillo; De la noche a la mañana Corre de su llanto el hilo, Sus padres sufren con ella Y están tristes y abatidos. No le da el sueño descanso Ni el sol le procura alivio, Que son la luz y las sombras Para el que sufre lo mismo. Está muy lejos Fernando, Muy lejos y en gran peligro Por que al llegar de la boda El instante apetecido, Invadió como un torrente La ciudad el enemigo. El pabellón del imperio Halla en Patzcuaro un asilo, Los franceses se apoderan Del sosegado recinto, Su ley imponen a todos, Subyugan al pueblo altivo, Y Fernando en su caballo, De pocos hombres seguido, Sale a buscar la bandera Que veneró desde niño, Y que agita en las montañas El viento del patriotismo. Ni el amor ni la esperanza Le cerraron el camino, Que ciego a todo embeleso Y sordo a todo atractivo, La Patria, sólo la Patria En tales horas ha visto, Y por ella deja todo A salvarla decidido. Rosa se queda llorando Y como agostado lirio, No hay fuerza que la levante Ni sol que le infunda brío; De su amoroso Fernando Sólo sabe lo que han dicho; Fue a la guerra y lo conoce, Firme, noble y decidido; Lo sueña entre los primeros Que acometen los peligros; Sabe que en todos los casos, Entre muerte y servilismo Ha de preferir la muerte Que es vida para los dignos Y con profunda tristeza Vive Rosa en su retiro Sin consuelo ni descanso, Sin esperanza ni alivio, Que son la luz y las sombras Para el que sufre lo mismo. A la habitación de Rosa, Al rayar de la mañana Llega un indígena humilde Que viene de la montaña, Y sin despertar sospechas Cruzó por las avanzadas Trayendo un papel oculto En su sombrero de palma. En hablar con Rosa insiste Cuando de oponerse tratan Sus padres que en todo miran Espionajes y asechanzas. Oye la joven las voces Y con interés indaga, Porque el corazón le dice Que la nueva será grata, Y lo confirma mirando Que al borde de su ventana Un «salta-pared» ligero Tres veces alegre canta, Nuncio de buena fortuna Del pueblo entre las muchachas. Llama al indio presurosa, Este con faz animada La saluda, y del sombrero Descose la tosca falda, Y de allí con mano firme Saca y le entrega una carta Que vino tan escondida, Que a ser otro no la hallara. Rosa trémula no acierta En su gozo a desplegarla Y ya febril e impaciente Tanta torpeza le enfada; Abre al fin y reconoce Que Fernando se la manda Y en cortas frases le dice, Esto que en su pecho guarda: «Mi único amor, vida mía, Mi pasión, alma del alma, No puedo vivir sin verte, Que sin ti todo me falta; Y aunque tu amor me da aliento Y tu recuerdo me salva, Tengo sed de tu presencia, Tengo sed de tus palabras. »Hoy por fortuna muy cerca Me encuentro de tu morada, Y he de verte aunque se oponga Todo el poder de la Francia. »Esta noche, a media noche Antes de rayar el alba, Para verme y para hablarme Asómate a la ventana. »Adiós vida de mi vida No tengas miedo, y aguarda Al que adora tu recuerdo Luchando entre las montañas». Es pasada media noche, Reina profundo silencio Que sólo interrumpe a veces El ladrido de los perros, O el grito del centinela Que lleva perdido el viento. En su ventana está Rosa, Entre las sombras queriendo Penetrar con la mirada De sus grandes ojos negros, Las tinieblas que sepultan Los callejones estrechos. Para no inspirar sospechas Oscuro está su aposento, Y ni a suspirar se atreve Por no vender su secreto. De súbito, escucha pasos Cautelosos a lo lejos, Y al oírlos no le cabe El corazón en el pecho. Entre las sombras divisa Algo que tomando cuerpo A la ventana se llega Y casi con el aliento, Le dice: -Prenda del alma. Aquí estoy-.                     ¡Bendito el cielo!- Contesta Rosa y las manos En la oscuridad tendiendo Halla el rostro de su amante Que las cubre con sus besos. -¿Dudabas de que viniera? -¿Como dudar, si yo creo Cuanto me dices lo mismo Que si fuera el Evangelio? -¡Tantas semanas sin verte! -¡Tanto tiempo!                         -¡Tanto tiempo! -Pero temo por tu vida... -No temas, Dios es muy bueno. Ahora dime que me amas, A que me lo digas vengo Y a decirte que te adoro... -¿Más que yo a ti, cuando siento Hasta de la misma patria El aguijón de los celos? No te culpo, mi Fernando, No te culpo, bien has hecho Pero dudo y me atormenta Pensar que esconde tu seno Amor más grande que el mío Y otro vínculo más tierno. Escúchame: si algún día Merced a tu noble esfuerzo, Victoriosa tu bandera, Por héroe te aclama el pueblo, Yo disputaré a tu frente Ese laurel, porque tengo Ante la patria que gime, Para adquirirlo derecho; Tú, sacrificas tu vida, Yo, débil mujer, le ofrezco, Alentando tu constancia, Todo el amor que te tengo. ¡Ay Fernando! ¿tú no mides Este sacrificio inmenso? Y al decir así, la mano Atrajo del guerrillero Y con su llanto al bañarla La oprimió contra su pecho. Limpia despunta la aurora Y en la ventana Fernando No se atreve a despedirse Sin hacer del tiempo caso. Mas de pronto, por la esquina, Sobre fogoso caballo, De la brida conduciendo Un potro alazán tostado, Un guerrillero aparece Con el mosquete en la mano. Acércase a la pareja, Aquel coloquio turbando, Y dirigiéndose al joven Le dice: «Mi Jefe, vamos, Monte, que nos han sentido Y somos dos contra tantos». -iVete, por Dios!-grita Rosa. Salta a su corcel Fernando, Toma su pistola, besa A la doncella en los labios, Y a tiempo que se despide, Por un callejón cercano Desembocan en desorden Argelinos y zuavos. -iAlto!-gritan los que vienen. -¡Primero muerto que dado!- Contesta el otro y se lanza Para abrir en ellos paso... Suenan discordantes gritos, Y se escuchan los disparos Y álzanse nubes de polvo De los pies de los soldados; Y al punto que Rosa enjuga Sus ojos que anubla el llanto, Ya mira como se alejan A galope por el campo, Libres de sus enemigos, Ei asistente y Fernando. Algunos años más tarde, Y cuando pagó a su patria La deuda de sus servicios Y la vió libre y sin mancha, Volvió Fernando a sus lares; Colgó en el hogar su espada, Y no quiso ser soldado Después de triunfar su causa; Que fue guerrero del pueblo, Luchador en la montaña, De los que sólo combaten Si está en peligro la Patria. Entonces cumplióle a Rosa Sus ofertas más sagradas, Y fue la boda una fiesta Popular, risueña y franca. Al verlos salir del templo, Según refiere la fama, Recordando aquellas frases De la inolvidable carta, Formando vistoso grupo A las puertas de su casa, Las más bonitas del pueblo, Las más festivas muchachas, Con melancólicas notas (Que a nuestros tiempos alcanzan En canción que «Los Capiros» En Michoacán se la llama), Al compás de las vihuelas, De esta manera cantaban: «Esta noche a media noche, Y antes que llegue mañana Si oyes que al pasar te silbo Asómate a tu ventana».