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Allá, lejos, cesaron del muezín los clamores. De oro y púrpura el cielo se cubre en el poniente; El cocodrilo, lecho de fango en la corriente Busca, y el río calla sus últimos rumores. Con las piernas cruzadas como los fumadores, El Jefe, de hachís ebrio, doblegaba la frente, E impulsando la barca, con esfuerzo potente, Desnudos se curvaban dos negros remadores. En la popa, dichoso, y en la boca el ultraje, Y tañendo una guzla, ruda canción salvaje, Un albanés cantaba, de ojo vil y agresivo; Y sangrando, y sujeto por pesados grilletes, Miraba un jeque anciano, ya estúpido, ya altivo, En el Nilo, temblando, los altos minaretes.
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El prisionero
Allá, lejos, cesaron del muezín los clamores. De oro y púrpura el cielo se cubre en el poniente; El cocodrilo, lecho de fango en la corriente Busca, y el río calla sus últimos rumores. Con las piernas cruzadas como los fumadores, El Jefe, de hachís ebrio, doblegaba la frente, E impulsando la barca, con esfuerzo potente, Desnudos se curvaban dos negros remadores. En la popa, dichoso, y en la boca el ultraje, Y tañendo una guzla, ruda canción salvaje, Un albanés cantaba, de ojo vil y agresivo; Y sangrando, y sujeto por pesados grilletes, Miraba un jeque anciano, ya estúpido, ya altivo, En el Nilo, temblando, los altos minaretes.