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Era su nombre Betsy y era de Ohio.                                                         Un día, En que al azar vagaba por mi ruta sombría, Los dos nos encontramos.  Y la quise por bella; Después amé su alma, porque mi alma en ella Vio una luz casta y blanca, vio piedad y ternura. Jirón azul de cielo rompió mi noche oscura, Y la luz de una estrella de fulgores risueños, Hizo abrir la dormida floración de mis sueños. ¿Qué fuerza misteriosa la puso en mi camino?... ¿Fue una intuición secreta quizá de mi destino La que a la senda suya llevó mi errante paso? ¿Fue casual ese encuentro?... ¿Fue presentido acaso? No lo sé... ni me importa.                                                   De raza puritana, De aquella raza austera que a la costa britana, Buscando hogar y patria, dijo adiós sin tristeza; De los lagos del Norte rubia flor de belleza; Los libros y la música su amada compañía, Y esquiva a los arranques de ruidosa alegría; Su flor dilecta, el lirio; mística en sus anhelos,  -Palomas que sus alas tendían a los cielos;- En contraste sus hábitos y su elación divina Con todos los impulsos de mi raza latina; De regiones distantes dos solitarias palmas, ¿Qué fuerza misteriosa juntó nuestras dos almas? De su idioma, al principio, pocas frases sabía, Mas mezclando palabras de su lengua y la mía, Con versos que copiaba de antiguo Florilegio, Y dísticos de Byron que aprendí en el Colegio, Le dije muchas cosas... muchas, en el balneario Donde por vez primera la vi.                                               (Del solitario Poeta fue la Musa desde entonces).                                       Su gracia Y atractiva belleza; su aire de aristocracia; Su cabellera blonda, de un rubio veneciano, Y su perfil de antiguo camafeo romano; Sus ojos pensativos y de mirar risueño Donde flotaba a veces el azul de un ensueño; Sus mejillas rosadas como un durazno; el breve; Esbelto busto, en donde tuvo vida la nieve; Sus veinte años... ¡Qué hermosa primavera florida! ¡Todo en ella era un himno que cantaba la vida! En bailes, en paseos, en la playa...  doquiera De todos los galanes la preferida era. Con su traje de lino, con su blanca sombrilla, Con sus zapatos grises de reluciente hebilla, Y el sombrero de paja con una cinta angosta, Nunca se vio más bella mujer en esa costa. Quiso aprender mi lengua: cambiábamos lecciones, Y así fueron frecuentes nuestras conversaciones; Hasta que al fin un día-mi alma de ella esclava, -Le dije que era bella... muy bella y que la amaba. Pasado ya el verano, adiós al mar dijimos, Y en tren, expreso, todos a la ciudad volvimos. Rodaban... y rodaban las hojas, desprendidas En raudos torbellinos, por parques y avenidas; Del ábrego se oían los resoplidos roncos, Y entre brumas se alzaban casi escuetos  los troncos; En las calles formaba la lluvia barrizales Y eran soplos de invierno las brisas otoñales. Rodaban... y rodaban las hojas. De ceniza Parecía el crepúsculo con su niebla plomiza, Y alzábase doliente la luna, en la gris y ancha Lámina de los cielos, como amarilla mancha. Con sombrero de plumas, sobretodo entallado, Y traje azul oscuro, su rostro sonrosado Era una nota viva y alegre, era un celaje En la helada y sombría tristeza del paisaje. «¡Qué triste es el otoño... qué triste!» me decía; «Todo se está muriendo... todo está en la agonía, Mas nuestro amor...»:                                               (De pronto cayó. Vivos sonrojos La hicieron al instante bajar los castos ojos). «También!» dije riendo, «cual todo lo que vuela». Y reía... reía como alegre chicuela, Porque su claro instinto de mujer le decía Que la amaba y que nunca mi pasión moriría. En bailes, en conciertos, en salones... doquiera De todos los galanes la preferida era, Y aunque su amor, a veces, riendo me negaba, También reía, porque... sabía que me amaba. Una tarde de invierno, cuando como un sudario La nieve en albos copos, el parque solitario Y las calles desiertas cubría; cuando el cielo Era blanca mortaja; cuando espectros en duelo Parecían los árboles quemados por el frío, En un diván sentados, en el salón sombrío, Junto a la chimenea que con su alegre y clara Luz daba un vago tinte sonrosado a su cara, Enjugando una lágrima silenciosa y furtiva, «Me siento enferma y triste», me dijo pensativa. Los aullidos del viento vibraban en la sombra... Y se alejó. Y el roce de su traje en la alfombra Me arrancó de mis sueños. Incliné la cabeza, Y solo, y en silencio, quedé con mi tristeza. Pasó el invierno.                                       El cielo fue todo resplandores; El bosque, lira inmensa, y el campo, todo flores. Y una tarde, su alcoba, después de muchos días, Dejó por vez primera la enferma.                                                 ¡Oh, las sombrías Noches en vela, noches de indecible martirio, Noches interminables de fiebre y de delirio, Cuando todos, henchidos de lágrimas los ojos, Su vida amada al cielo pedíamos de hinojos, Mientras que en el silencio de esa calma profunda Se oía, delirando, su voz de moribunda! Abierta la ventana que daba al parque, en ondas De fragancia entró el aura susurrando.  Las frondas De las viejas encinas sus más gratos rumores Dieron en el crepúsculo.  Fue el triunfo de las flores Sobre el verde sombrío de los boscajes.  Era Una tarde rosada, tarde de primavera. Envuelta en amplia bata de rojo terciopelo, Suelta la cabellera, como un dorado velo, Y en la pálida boca, pálida flor sin vida, Una sonrisa casta, como estrella dormida, Tendiéndome la mano, pero baja la frente, Y esquivando los ojos, avanzó lentamente. Unidas nuestras manos, a mi lado sentada, Y un instante en mi hombro su frente reclinada, Quedamos en silencio...                                                     ¡Cuántas veces, de noche, Lloroso, y en los labios el blasfemo reproche, Desde ese mismo sitio sus quejidos oía, Los ahogados quejidos de su larga agonía! ¡Cuántas veces a solas, cerca de esa ventana, Me sorprendió sin sueño la luz de la mañana, Mientras que de la Muerte, furtiva y en acecho, Oíanse los pasos en torno de su lecho!... De pronto alzó los ojos, llenos de honda dulzura, Donde brillaba siempre su alma blanca y pura, Y con su voz de arrullo, voz de celeste encanto, -«Sé que lloraste... Gracias», me dijo, y rompió en llanto. Por la abierta ventana soplos primaverales La fragancia traían de los verdes rosales. Luego al parque salimos.                                                       Su palidez de cera; Sus pasos vacilantes al bajar la escalera, Al andar, su cansancio; los círculos violados En torno de las claras pupilas; los holgados Pliegues de su vestido; la enfermiza blancura De las manos; los dedos, en donde con holgura Los anillos giraban; la tos, triste presagio De que estaba marcada para el final naufragio En la roca sombría de la Muerte; la lenta, Triste voz; la dulzura de la faz macilenta, Sus ahogados suspiros, plegarias de su anhelo, -Plegarias sin palabras para un remoto cielo,- Su laxitud... ¡Cuán pura, cuán ideal belleza, Allí mis ojos vieron con su halo de tristeza!... Y como presintiendo su eterna despedida En ese dulce instante reconcentré mi vida Y fue mi amor más grande, fue más intenso y fuerte Al pensar que muy pronto sería de la Muerte! Era música el vago rumor de la arboleda, Y seguimos callados por la oscura alameda. Al verla se agitaron en sus tallos las rosas; Más aromas regaron las auras bulliciosas; Entre arbustos tupidos y fragantes macetas Asomaron sus ojos azules las violetas; Todas las campanillas en el verde boscaje Como que repicaron al ver su rojo traje; Los pájaros miraban a la convaleciente, Del parque solitario tantos días ausente; Se oyeron en las frondas cual vagos cuchicheos, Y al fin la alada orquesta preludió sus gorjeos Los cisnes, como góndolas de alba plata bruñida Enarcaron sus cuellos en el agua dormida Y del sol a los tibios fulgures vesperales; Destellaron las colas de los pavos reales. «La vida es la tristeza», me dijo. «¡Todo anhelo Del presente, mañana será amargura y duelo; La vida es desencanto. Feliz creíme un día, Y ya ves, cuan traidora la suerte y cuan impía! Como flor, en mi pecho, se abría la Esperanza, Y ya la desventura por mi camino avanza. Lentamente mi vida se extingue. Triste, enferma, ¿A qué traer tus sueños a la sombría y yerma Soledad de mi alma? ¿Para qué tu alegría Trocar en amargura con mi lenta agonía? Del árbol de la Vida fui pálido retoño, Y me iré con las hojas marchitas del otoño; Para toda esperanza ya soy despojo inerte... Tú vas para la Vida... ¡yo voy hacia la Muerte!» «Tus temores», le dije, «son de niña mimada; Tú todo lo exageras...»                                                     En mi brazo apoyada El parque abandonamos, y al subir la escalera Parecía un crepúsculo su rubia cabellera. Un día, para Ohio, tomó el tren.,.., ¡triste día! Y alzando la vidriera, cuando el tren ya partía De la Estación, me dijo:                                               «Te escribiré primero, Pero escribe. Hasta pronto...  No olvides que te espero». Y después.... en sus cartas decía:                                                           «Si vinieras, ¡Qué sorpresa la tuya! ¡Qué cambio...! ¡Si me vieras! Las brisas de mi lago fueron auras de vida. Razón tuviste. Ha vuelto la esperanza perdida. Recuerdas? Tú decías: todo eso pronto pasa, Y es verdad.  La alegría de nuevo está en mi casa. Soy otra.... y soy la misma: tú entiendes.  Frescas rosas Se abren en mis mejillas, que eran dos tuberosas. (Bien sé que de esta frase burla harás con tu flema, Mas no importa.  No es mía: la copié de un poema). Hoy río, canto y juego como chiquilla. El piano, Cerrado tanto tiempo, ya al roce de mi mano Es música perenne.  Las viejas Melodías ¡Cómo evocan recuerdos de venturosos días! Soy otra.... habrás de verlo.  Pasaron mis congojas, ¡Y creí que me iría con las marchitas hojas!». Sueños de un alma casta... ¡Visión desvanecida! Creyó en la Vida ... ¡Y pronto la traicionó la Vida! Para siempre descansa del rigor de la suerte, Con su velo de novia tejido por la Muerte, Con todas sus quimeras, con todos sus anhelos, Junto al nativo lago... bajo brumosos cielos.
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Betsy
Era su nombre Betsy y era de Ohio.                                                         Un día, En que al azar vagaba por mi ruta sombría, Los dos nos encontramos.  Y la quise por bella; Después amé su alma, porque mi alma en ella Vio una luz casta y blanca, vio piedad y ternura. Jirón azul de cielo rompió mi noche oscura, Y la luz de una estrella de fulgores risueños, Hizo abrir la dormida floración de mis sueños. ¿Qué fuerza misteriosa la puso en mi camino?... ¿Fue una intuición secreta quizá de mi destino La que a la senda suya llevó mi errante paso? ¿Fue casual ese encuentro?... ¿Fue presentido acaso? No lo sé... ni me importa.                                                   De raza puritana, De aquella raza austera que a la costa britana, Buscando hogar y patria, dijo adiós sin tristeza; De los lagos del Norte rubia flor de belleza; Los libros y la música su amada compañía, Y esquiva a los arranques de ruidosa alegría; Su flor dilecta, el lirio; mística en sus anhelos,  -Palomas que sus alas tendían a los cielos;- En contraste sus hábitos y su elación divina Con todos los impulsos de mi raza latina; De regiones distantes dos solitarias palmas, ¿Qué fuerza misteriosa juntó nuestras dos almas? De su idioma, al principio, pocas frases sabía, Mas mezclando palabras de su lengua y la mía, Con versos que copiaba de antiguo Florilegio, Y dísticos de Byron que aprendí en el Colegio, Le dije muchas cosas... muchas, en el balneario Donde por vez primera la vi.                                               (Del solitario Poeta fue la Musa desde entonces).                                       Su gracia Y atractiva belleza; su aire de aristocracia; Su cabellera blonda, de un rubio veneciano, Y su perfil de antiguo camafeo romano; Sus ojos pensativos y de mirar risueño Donde flotaba a veces el azul de un ensueño; Sus mejillas rosadas como un durazno; el breve; Esbelto busto, en donde tuvo vida la nieve; Sus veinte años... ¡Qué hermosa primavera florida! ¡Todo en ella era un himno que cantaba la vida! En bailes, en paseos, en la playa...  doquiera De todos los galanes la preferida era. Con su traje de lino, con su blanca sombrilla, Con sus zapatos grises de reluciente hebilla, Y el sombrero de paja con una cinta angosta, Nunca se vio más bella mujer en esa costa. Quiso aprender mi lengua: cambiábamos lecciones, Y así fueron frecuentes nuestras conversaciones; Hasta que al fin un día-mi alma de ella esclava, -Le dije que era bella... muy bella y que la amaba. Pasado ya el verano, adiós al mar dijimos, Y en tren, expreso, todos a la ciudad volvimos. Rodaban... y rodaban las hojas, desprendidas En raudos torbellinos, por parques y avenidas; Del ábrego se oían los resoplidos roncos, Y entre brumas se alzaban casi escuetos  los troncos; En las calles formaba la lluvia barrizales Y eran soplos de invierno las brisas otoñales. Rodaban... y rodaban las hojas. De ceniza Parecía el crepúsculo con su niebla plomiza, Y alzábase doliente la luna, en la gris y ancha Lámina de los cielos, como amarilla mancha. Con sombrero de plumas, sobretodo entallado, Y traje azul oscuro, su rostro sonrosado Era una nota viva y alegre, era un celaje En la helada y sombría tristeza del paisaje. «¡Qué triste es el otoño... qué triste!» me decía; «Todo se está muriendo... todo está en la agonía, Mas nuestro amor...»:                                               (De pronto cayó. Vivos sonrojos La hicieron al instante bajar los castos ojos). «También!» dije riendo, «cual todo lo que vuela». Y reía... reía como alegre chicuela, Porque su claro instinto de mujer le decía Que la amaba y que nunca mi pasión moriría. En bailes, en conciertos, en salones... doquiera De todos los galanes la preferida era, Y aunque su amor, a veces, riendo me negaba, También reía, porque... sabía que me amaba. Una tarde de invierno, cuando como un sudario La nieve en albos copos, el parque solitario Y las calles desiertas cubría; cuando el cielo Era blanca mortaja; cuando espectros en duelo Parecían los árboles quemados por el frío, En un diván sentados, en el salón sombrío, Junto a la chimenea que con su alegre y clara Luz daba un vago tinte sonrosado a su cara, Enjugando una lágrima silenciosa y furtiva, «Me siento enferma y triste», me dijo pensativa. Los aullidos del viento vibraban en la sombra... Y se alejó. Y el roce de su traje en la alfombra Me arrancó de mis sueños. Incliné la cabeza, Y solo, y en silencio, quedé con mi tristeza. Pasó el invierno.                                       El cielo fue todo resplandores; El bosque, lira inmensa, y el campo, todo flores. Y una tarde, su alcoba, después de muchos días, Dejó por vez primera la enferma.                                                 ¡Oh, las sombrías Noches en vela, noches de indecible martirio, Noches interminables de fiebre y de delirio, Cuando todos, henchidos de lágrimas los ojos, Su vida amada al cielo pedíamos de hinojos, Mientras que en el silencio de esa calma profunda Se oía, delirando, su voz de moribunda! Abierta la ventana que daba al parque, en ondas De fragancia entró el aura susurrando.  Las frondas De las viejas encinas sus más gratos rumores Dieron en el crepúsculo.  Fue el triunfo de las flores Sobre el verde sombrío de los boscajes.  Era Una tarde rosada, tarde de primavera. Envuelta en amplia bata de rojo terciopelo, Suelta la cabellera, como un dorado velo, Y en la pálida boca, pálida flor sin vida, Una sonrisa casta, como estrella dormida, Tendiéndome la mano, pero baja la frente, Y esquivando los ojos, avanzó lentamente. Unidas nuestras manos, a mi lado sentada, Y un instante en mi hombro su frente reclinada, Quedamos en silencio...                                                     ¡Cuántas veces, de noche, Lloroso, y en los labios el blasfemo reproche, Desde ese mismo sitio sus quejidos oía, Los ahogados quejidos de su larga agonía! ¡Cuántas veces a solas, cerca de esa ventana, Me sorprendió sin sueño la luz de la mañana, Mientras que de la Muerte, furtiva y en acecho, Oíanse los pasos en torno de su lecho!... De pronto alzó los ojos, llenos de honda dulzura, Donde brillaba siempre su alma blanca y pura, Y con su voz de arrullo, voz de celeste encanto, -«Sé que lloraste... Gracias», me dijo, y rompió en llanto. Por la abierta ventana soplos primaverales La fragancia traían de los verdes rosales. Luego al parque salimos.                                                       Su palidez de cera; Sus pasos vacilantes al bajar la escalera, Al andar, su cansancio; los círculos violados En torno de las claras pupilas; los holgados Pliegues de su vestido; la enfermiza blancura De las manos; los dedos, en donde con holgura Los anillos giraban; la tos, triste presagio De que estaba marcada para el final naufragio En la roca sombría de la Muerte; la lenta, Triste voz; la dulzura de la faz macilenta, Sus ahogados suspiros, plegarias de su anhelo, -Plegarias sin palabras para un remoto cielo,- Su laxitud... ¡Cuán pura, cuán ideal belleza, Allí mis ojos vieron con su halo de tristeza!... Y como presintiendo su eterna despedida En ese dulce instante reconcentré mi vida Y fue mi amor más grande, fue más intenso y fuerte Al pensar que muy pronto sería de la Muerte! Era música el vago rumor de la arboleda, Y seguimos callados por la oscura alameda. Al verla se agitaron en sus tallos las rosas; Más aromas regaron las auras bulliciosas; Entre arbustos tupidos y fragantes macetas Asomaron sus ojos azules las violetas; Todas las campanillas en el verde boscaje Como que repicaron al ver su rojo traje; Los pájaros miraban a la convaleciente, Del parque solitario tantos días ausente; Se oyeron en las frondas cual vagos cuchicheos, Y al fin la alada orquesta preludió sus gorjeos Los cisnes, como góndolas de alba plata bruñida Enarcaron sus cuellos en el agua dormida Y del sol a los tibios fulgures vesperales; Destellaron las colas de los pavos reales. «La vida es la tristeza», me dijo. «¡Todo anhelo Del presente, mañana será amargura y duelo; La vida es desencanto. Feliz creíme un día, Y ya ves, cuan traidora la suerte y cuan impía! Como flor, en mi pecho, se abría la Esperanza, Y ya la desventura por mi camino avanza. Lentamente mi vida se extingue. Triste, enferma, ¿A qué traer tus sueños a la sombría y yerma Soledad de mi alma? ¿Para qué tu alegría Trocar en amargura con mi lenta agonía? Del árbol de la Vida fui pálido retoño, Y me iré con las hojas marchitas del otoño; Para toda esperanza ya soy despojo inerte... Tú vas para la Vida... ¡yo voy hacia la Muerte!» «Tus temores», le dije, «son de niña mimada; Tú todo lo exageras...»                                                     En mi brazo apoyada El parque abandonamos, y al subir la escalera Parecía un crepúsculo su rubia cabellera. Un día, para Ohio, tomó el tren.,.., ¡triste día! Y alzando la vidriera, cuando el tren ya partía De la Estación, me dijo:                                               «Te escribiré primero, Pero escribe. Hasta pronto...  No olvides que te espero». Y después.... en sus cartas decía:                                                           «Si vinieras, ¡Qué sorpresa la tuya! ¡Qué cambio...! ¡Si me vieras! Las brisas de mi lago fueron auras de vida. Razón tuviste. Ha vuelto la esperanza perdida. Recuerdas? Tú decías: todo eso pronto pasa, Y es verdad.  La alegría de nuevo está en mi casa. Soy otra.... y soy la misma: tú entiendes.  Frescas rosas Se abren en mis mejillas, que eran dos tuberosas. (Bien sé que de esta frase burla harás con tu flema, Mas no importa.  No es mía: la copié de un poema). Hoy río, canto y juego como chiquilla. El piano, Cerrado tanto tiempo, ya al roce de mi mano Es música perenne.  Las viejas Melodías ¡Cómo evocan recuerdos de venturosos días! Soy otra.... habrás de verlo.  Pasaron mis congojas, ¡Y creí que me iría con las marchitas hojas!». Sueños de un alma casta... ¡Visión desvanecida! Creyó en la Vida ... ¡Y pronto la traicionó la Vida! Para siempre descansa del rigor de la suerte, Con su velo de novia tejido por la Muerte, Con todas sus quimeras, con todos sus anhelos, Junto al nativo lago... bajo brumosos cielos.