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La frente apoyo en la vidriera... el cielo azul se engalana y en la fúlgida primavera canta su canción la mañana. La mente inclino a lo más hondo del alma en campos del Ayer; y marchito miro en el fondo todo lo que vi florecer. Soplan auras primaverales dando más vigor a los músculos. ¡Aquí las brumas otoñales y el silencio de los crepúsculos! En el parque crece la yerba bajo el radiante resplandor. En el alma todo se enerva al paso lento del dolor. Y evoco alegres ilusiones, campos azules, abrileños; la juventud con sus canciones iba entre rosas y entre ensueños. Fulgurante el cielo reía: ¡Cuán hermoso era el porvenir! Vino la tarde en pleno día y todo comenzó a morir. La frente apoyo en la vidriera... Verdes árboles, sol radiante ¡Juventud!… ¡también primavera Fuiste del corazón amante! ¡Días que el alma triste evoca, alba rosada del amor! ¡Boca que buscaba otra boca, polen que va de flor en flor!... En jardines primaverales las libélulas entre aromas; rosas rojas en los rosales y destilando miel las pomas. Y van surgiendo en un ensueño amores de la juventud. Pasan con el labio risueño en concento de arpa y laúd. Entonces... retoño y retoño en los rosales a la aurora... ¡Como lenta bruma de otoño la tristeza bajando ahora! En el alma, al ensueño abierta, algo de antiguo trovador, y de la vida en la áurea puerta con sus promesas el Amor. De la luna la luz de plata brillaba en el barrio desierto, y una canción de serenata subía al balcón entreabierto. Pendiente la escala de seda de los barrotes del balcón... Del pasado ya sólo queda un rescoldo en el corazón. Paseos bajo luz de luna por alamedas de rosales; dos bocas que el amor aúna en claras noches estivales... Entonces... cantos, alegría, juramentos de eterna fe; y ahora, gris melancolía del dichoso tiempo que fue... La frente apoyo en la vidriera: en el parque, vestidos blancos, y amantes en su primavera bajo los pinos en bancos. Primeros versos a la amada, cantos primeros de ilusión... Son hoy cual queja desolada en el fondo del corazón. Tú, flor de la tierra nativa, de los ojos fuiste embeleso. Sólo a tu boca, rosa viva, le dio la muerte el primer beso. Cuando se recuerda el pasado hay un deseo de llorar. ¡El árido camino andado si se pudiera desandar!... Sombras doloridas que vagan y esperanzas muertas deploran: Astros que en tinieblas se apagan y voces que en silencio lloran!... A la claridad matutina fragante erguíase el rosal... ¡ya sobre el agua gris se inclina la amarilla rama otoñal!... Una palabra... un juramento... ¿era verdad o era mentira? Mentira o verdad es tormento cuando sola el alma suspira. Se abría a la luz la ventana en un radioso amanecer, la ilusión decía: «¡Mañana!» y el corazón dice: «¡Ayer!». ¡Mañana! ¡Ayer! Polos remotos... lo que es dolor y lo que salva. Claros sueños y sueños rotos, gris de la tarde y luz del alba. Y el Amor, que en sombras se aleja, el alma dice: «¿Volverás?» Y como una lejana queja se oye en el pasado: «¡Jamás!» La hiedra fija sus raíces aún bajo nieve en la piedra. Recuerdos de días felices: sois del corazón... ¡siempre hiedra! Aromadas rosas de Francia en los casinos y en el Ritz; Rosas que dais vuestra fragancia en Montecarlo y en Biarritz. Reservados de restaurantes; de vida de goce ansias locas; El áureo champaña espumante; temblando de ósculo las bocas. Nerviosa espera la cita, Penumbra de la «garconniére», Fausto a los pies de Margarita En el rosado atardecer… Otra... Extraño acento de arrullo, honda nostalgia en su mirada, y severo siempre su orgullo en su dolor de desterrada. Su imagen el pasado alegra, y fijos en la mente están su traje blanco y su capa negra en las carreras de Longchamps. Días lejanos de estudiante, embriaguez de ideal divino, El corazón, rosa fragante, en noches del Barrio Latino... Midineta bulevardina, boca roja, frente de lis, Incitadora, parlanchina, jilguero alegre de Paris. Y del «cabaret» la alegría... ¿Era del Rhin o era del Volga? ¿en su vida un misterio había... ¿era su nombre Elisa u Olga? En otra, del vuelo al arranque, mirar nostálgico... y ¡pasó! Muchas veces junto a un estanque soñando la luna nos vio. Tú, mejicana-parisina, de cabellos como aureola de luz de sol, y habla divina entre francesa y española. En la tristeza de un suspiro, lejos, a la orilla del mar, una margarita aún te miro melancólica deshojar. Húngara triste, flor bohemia, De ojos miosotis de Danubio: ¡cuán adorable era anemia En marco de cabello rubio! Tus pupilas vagas de Isis fingía decir un adiós; Y casi exangüe por la tisis caíste en golpe de tos... La frente apoyo en la vidriera... Un claro sol el cielo dora, riega rosas la primavera... El otoño en el alma llora. Se oye como una voz que ruega, como un gemido de laúd... ¡Es en la tarde que llega el adiós de la juventud!
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El poeta mira al parque
La frente apoyo en la vidriera... el cielo azul se engalana y en la fúlgida primavera canta su canción la mañana. La mente inclino a lo más hondo del alma en campos del Ayer; y marchito miro en el fondo todo lo que vi florecer. Soplan auras primaverales dando más vigor a los músculos. ¡Aquí las brumas otoñales y el silencio de los crepúsculos! En el parque crece la yerba bajo el radiante resplandor. En el alma todo se enerva al paso lento del dolor. Y evoco alegres ilusiones, campos azules, abrileños; la juventud con sus canciones iba entre rosas y entre ensueños. Fulgurante el cielo reía: ¡Cuán hermoso era el porvenir! Vino la tarde en pleno día y todo comenzó a morir. La frente apoyo en la vidriera... Verdes árboles, sol radiante ¡Juventud!… ¡también primavera Fuiste del corazón amante! ¡Días que el alma triste evoca, alba rosada del amor! ¡Boca que buscaba otra boca, polen que va de flor en flor!... En jardines primaverales las libélulas entre aromas; rosas rojas en los rosales y destilando miel las pomas. Y van surgiendo en un ensueño amores de la juventud. Pasan con el labio risueño en concento de arpa y laúd. Entonces... retoño y retoño en los rosales a la aurora... ¡Como lenta bruma de otoño la tristeza bajando ahora! En el alma, al ensueño abierta, algo de antiguo trovador, y de la vida en la áurea puerta con sus promesas el Amor. De la luna la luz de plata brillaba en el barrio desierto, y una canción de serenata subía al balcón entreabierto. Pendiente la escala de seda de los barrotes del balcón... Del pasado ya sólo queda un rescoldo en el corazón. Paseos bajo luz de luna por alamedas de rosales; dos bocas que el amor aúna en claras noches estivales... Entonces... cantos, alegría, juramentos de eterna fe; y ahora, gris melancolía del dichoso tiempo que fue... La frente apoyo en la vidriera: en el parque, vestidos blancos, y amantes en su primavera bajo los pinos en bancos. Primeros versos a la amada, cantos primeros de ilusión... Son hoy cual queja desolada en el fondo del corazón. Tú, flor de la tierra nativa, de los ojos fuiste embeleso. Sólo a tu boca, rosa viva, le dio la muerte el primer beso. Cuando se recuerda el pasado hay un deseo de llorar. ¡El árido camino andado si se pudiera desandar!... Sombras doloridas que vagan y esperanzas muertas deploran: Astros que en tinieblas se apagan y voces que en silencio lloran!... A la claridad matutina fragante erguíase el rosal... ¡ya sobre el agua gris se inclina la amarilla rama otoñal!... Una palabra... un juramento... ¿era verdad o era mentira? Mentira o verdad es tormento cuando sola el alma suspira. Se abría a la luz la ventana en un radioso amanecer, la ilusión decía: «¡Mañana!» y el corazón dice: «¡Ayer!». ¡Mañana! ¡Ayer! Polos remotos... lo que es dolor y lo que salva. Claros sueños y sueños rotos, gris de la tarde y luz del alba. Y el Amor, que en sombras se aleja, el alma dice: «¿Volverás?» Y como una lejana queja se oye en el pasado: «¡Jamás!» La hiedra fija sus raíces aún bajo nieve en la piedra. Recuerdos de días felices: sois del corazón... ¡siempre hiedra! Aromadas rosas de Francia en los casinos y en el Ritz; Rosas que dais vuestra fragancia en Montecarlo y en Biarritz. Reservados de restaurantes; de vida de goce ansias locas; El áureo champaña espumante; temblando de ósculo las bocas. Nerviosa espera la cita, Penumbra de la «garconniére», Fausto a los pies de Margarita En el rosado atardecer… Otra... Extraño acento de arrullo, honda nostalgia en su mirada, y severo siempre su orgullo en su dolor de desterrada. Su imagen el pasado alegra, y fijos en la mente están su traje blanco y su capa negra en las carreras de Longchamps. Días lejanos de estudiante, embriaguez de ideal divino, El corazón, rosa fragante, en noches del Barrio Latino... Midineta bulevardina, boca roja, frente de lis, Incitadora, parlanchina, jilguero alegre de Paris. Y del «cabaret» la alegría... ¿Era del Rhin o era del Volga? ¿en su vida un misterio había... ¿era su nombre Elisa u Olga? En otra, del vuelo al arranque, mirar nostálgico... y ¡pasó! Muchas veces junto a un estanque soñando la luna nos vio. Tú, mejicana-parisina, de cabellos como aureola de luz de sol, y habla divina entre francesa y española. En la tristeza de un suspiro, lejos, a la orilla del mar, una margarita aún te miro melancólica deshojar. Húngara triste, flor bohemia, De ojos miosotis de Danubio: ¡cuán adorable era anemia En marco de cabello rubio! Tus pupilas vagas de Isis fingía decir un adiós; Y casi exangüe por la tisis caíste en golpe de tos... La frente apoyo en la vidriera... Un claro sol el cielo dora, riega rosas la primavera... El otoño en el alma llora. Se oye como una voz que ruega, como un gemido de laúd... ¡Es en la tarde que llega el adiós de la juventud!