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No he podido dormir. Esta noche             Me ha sido negada             La gracia sencilla             Del sueño habitual. En un zumo de lirios morados Se anegan mis ojos sombríos y largos Y en un zumo amarillo de cera, O de vara de nardo marchita, Se han ahogado las llamas rosadas Que coloran la piel de mis labios. Si me pongo recta, cruzadas las manos,             La boca estrujada, Abrochados los párpados lacios,             Parezco una muerta. El insomnio taladra mis sienes Con sus siete clavos de vigilia ácida. Y retoñan, retoñan deseos. ¿Dónde se halla, Señor, el amante Que mis finos cabellos peinaba, Con sus manos morenas que olían A mazos de trigo y a ramo de dalias? En mi lecho, que es nata de linos, Su vacío lugar mana angustia. Y en el blanco mantel de las sábanas.             Me agito intranquila Como un haz de culebras trenzadas             Que el látigo rojo Del insomnio implacable fustiga. No sentir... No pensar... Mas ahora, ¿Qué imprevista dulzura ha llegado A sentarse a los pies de mi cama? A mis párpados largos parece Que una venda de bronce desciende Y mis manos nerviosas se aquietan En cruzado ademán de reposo. No sentir... No pensar... ¿Es el sueño, O eres tú, monja,negra, que llaman             Los hombres, la Muerte?
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Insomnio
No he podido dormir. Esta noche             Me ha sido negada             La gracia sencilla             Del sueño habitual. En un zumo de lirios morados Se anegan mis ojos sombríos y largos Y en un zumo amarillo de cera, O de vara de nardo marchita, Se han ahogado las llamas rosadas Que coloran la piel de mis labios. Si me pongo recta, cruzadas las manos,             La boca estrujada, Abrochados los párpados lacios,             Parezco una muerta. El insomnio taladra mis sienes Con sus siete clavos de vigilia ácida. Y retoñan, retoñan deseos. ¿Dónde se halla, Señor, el amante Que mis finos cabellos peinaba, Con sus manos morenas que olían A mazos de trigo y a ramo de dalias? En mi lecho, que es nata de linos, Su vacío lugar mana angustia. Y en el blanco mantel de las sábanas.             Me agito intranquila Como un haz de culebras trenzadas             Que el látigo rojo Del insomnio implacable fustiga. No sentir... No pensar... Mas ahora, ¿Qué imprevista dulzura ha llegado A sentarse a los pies de mi cama? A mis párpados largos parece Que una venda de bronce desciende Y mis manos nerviosas se aquietan En cruzado ademán de reposo. No sentir... No pensar... ¿Es el sueño, O eres tú, monja,negra, que llaman             Los hombres, la Muerte?