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Y tú también quejido, inútil, extraviado, de tranvía ya loco de trajes y de horarios; adentro de mis venas, en mi tiempo, en mis huesos, mezclado a mi silencio, a mi pulso, a mi fiebre, a todo lo que impregna esta vigilia estéril, con ritmo de gotera, de persiana que se abre y golpea, golpea, aquí, adentro de lo hueco, donde estoy confinado, recluido entre tendones, asomado a los párpados, aquí, entre azoteas, ventanas, moribundos, vajillas que se bañan, rodeado de papeles, de todo lo que sufre mi presencia obstinada: los libros, la ceniza, los lápices, la silla, el pelo y la dulzura que se acerca, y me mira, la mesa y el ropero, con sus trajes ahorcados, la cama que me espera -el velamen tendido- anclada en la penumbra, ¿en el sueño?, ¿en la vida?, las cortinas, la alfombra, que miro y me entristece cuando voy a sacarme, con calma, los botines, y llega algún recuerdo fragmentario, perdido: las plazas de mi infancia, un camino, una casa; las manos, las caderas, las piernas amputadas de mujeres diluidas por las horas, los ruidos, que suelen detenerme, de pronto, en la certeza de haberlas poseído entre muebles extraños; mientras oigo la calle, la noche que oscuramente muge, como una vaca enferma, al ir a cobijarse en los grandes hangares que orinan los inviernos, mientras salen los trenes, taciturnos, quejosos, que van hacia la aurora desgarrando el silencio, con un grito oxidado que se mezcla a mis nervios, a mi tinta, a mi sangre.
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Nocturno 4
Y tú también quejido, inútil, extraviado, de tranvía ya loco de trajes y de horarios; adentro de mis venas, en mi tiempo, en mis huesos, mezclado a mi silencio, a mi pulso, a mi fiebre, a todo lo que impregna esta vigilia estéril, con ritmo de gotera, de persiana que se abre y golpea, golpea, aquí, adentro de lo hueco, donde estoy confinado, recluido entre tendones, asomado a los párpados, aquí, entre azoteas, ventanas, moribundos, vajillas que se bañan, rodeado de papeles, de todo lo que sufre mi presencia obstinada: los libros, la ceniza, los lápices, la silla, el pelo y la dulzura que se acerca, y me mira, la mesa y el ropero, con sus trajes ahorcados, la cama que me espera -el velamen tendido- anclada en la penumbra, ¿en el sueño?, ¿en la vida?, las cortinas, la alfombra, que miro y me entristece cuando voy a sacarme, con calma, los botines, y llega algún recuerdo fragmentario, perdido: las plazas de mi infancia, un camino, una casa; las manos, las caderas, las piernas amputadas de mujeres diluidas por las horas, los ruidos, que suelen detenerme, de pronto, en la certeza de haberlas poseído entre muebles extraños; mientras oigo la calle, la noche que oscuramente muge, como una vaca enferma, al ir a cobijarse en los grandes hangares que orinan los inviernos, mientras salen los trenes, taciturnos, quejosos, que van hacia la aurora desgarrando el silencio, con un grito oxidado que se mezcla a mis nervios, a mi tinta, a mi sangre.
Oliverio Girondo
1891 - 1967/Male/Argentinean