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"vuelca" poems
Tu transmigración será ir de cama en cama, durmiendo raros sueños parejos al segundo ocaso, de las fábricas del tiempo verás el eterno paso y serás como una vana sombra urdida por el karma. El misterio de la identidad es sostenido por las divinas piezas que forman la memoria. el cerebro, único amanuense de la historia rapsodia el ser que miente lo que has sido. En el vino que es nepente y en el delirio del mezcal buscaste el rostro que tenías antes de crearse el mundo, y aunque la fiera enferma te convoque a lo profundo no evitarás esa sustancia doble como lago de sal: La voluntad.  Su potencia sugiere el arte o la copulación y su tremendo motor vuelca decadencia en apogeo, no escapan de su orbe las horas diseñadas por Morfeo y su caravana te escolta de la abulia a la revelación. Todos los días sos otro. Sin embargo, hay algo que te pertenece: la idea de la luna, el amor y la amistad, la música, los dones y la fantasía.                                                                      a Pascal Quignard
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May 11, 2015
May 11, 2015 at 1:15 AM UTC
Las sombras errantes
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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La sangre derramada
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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Oh, primavera de las amapolas, Tú que floreces para bien mi casa, Luego que enjoyes las corolas, Pasa. Beso, la forma más voraz del fuego, Clava sin miedo tu endiablada espuela, Quema mi alma, pero luego, Vuela. Risa de oro que movible y loca Sueltas el alma, de las sombras, presa, En cuanto asomes a la boca, Cesa. Lástima blanda del error amante Que a cada paso el corazón diluye, Vuelca tus mieles y al instante, Huye. Odio tremendo, como nada fosco, Odio que truecas en puñal la seda, Odio que apenas te conozco, Queda.
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Odio
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas. Mar de invierno. El agua gris mancha de frío las rocas. Tus piernas, tus dulces piernas, enternecen a las olas. Un cielo sucio se vuelca sobre el mar. El viento borra el perfil de las colinas de arena. Las tediosas charcas de sal y de frío copian tu luz y tu sombra. Algo gritan, en lo alto, que tú no escuchas, absorta. Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
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[son las gaviotas, amor]
Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma de todos los voraces ayunos pordioseros; mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma del mar y al simulacro azul de los luceros. El cuervo legendario que nutre al cenobita vuela por mi Tebaida sin dejarme su pan, otro cuervo transporta una flor inaudita, otro lleva en el pico a la mujer de Adán, y sin verme siquiera, los tres cuervos se van. Prosigue descubriendo mi pupila famélica más panes y más lindas mujeres y más rosas en el bando de cuervos que en la jornada célica sus picos atavía con las cargas preciosas, y encima de mi sacro apetito no baja sino un pétalo, un rizo prófugo, una migaja. Saboreo mi brizna heteróclita, y siente mi sed la cristalina nostalgia de la fuente, y la pródiga vida se derrama en el falso festín y en el suplicio de mi hambre creciente como una cornucopia se vuelca en un cadalso.
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El mendigo