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"traje" poems
Spanish El ancla de oro canta…la vela azul asciende Como el ala de un sueño abierta al nuevo día. Partamos, musa mía! Ante lo prora alegre un bello mar se extiende. En el oriente claro como un cristal, esplende El fanal sonrosado de Aurora. Fantasía Estrena un raro traje lleno de pedrería para vagar brillante por las olas. Ya tiende La vela azul a Eolo su oriflama de raso… El momento supremo!…Yo me estremezco; acaso Sueño lo que me aguarda en los mundos no vistos!… Acaso un fresco ramo de laureles fragantes, El toison reluciente, el cetro de diamantes, El naufragio o la eterna corona de los Cristos?… English The golden anchor beckons, the blue sail rises Like the wing of a dream unfolding to a new day. Let us depart, my muse! Beyond an anxious prow, the sea stretches itself out. In the crystal clear East, Aurora's Blushed beacon shines. Fantasy Is donning a rare garment of gems To wander brilliantly over the waves. The blue sail Unfolds its private oriflamme to ****** The supreme moment!…I tremble: do I know– Oh God!–what awaits me in unseen worlds? Perhaps a freshly picked bouquet of fragrant laurels, The golden fleece, a diamond scepter, A shipwreck, or the eternal crown of the Anointed Ones?…
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El Poeta Leva El Ancla (Weighing The Anchor)
Con las virtudes que olvidé me puedo hacer un traje nuevo? Por qué los ríos mejores se fueron a correr en Francia? Por qué no amanece en Bolivia desde la noche de Guevara? Y busca allí a los asesinos su corazón asesinado? Tienen primero gusto a lágrimas las uvas negras del desierto?
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Xxxiv
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Cómo has cambiado, pelona, cisco de carbonería. Te has vuelto una negra mona con tanta huachafería. Te cambiaste las chancletas por zapatos taco aguja, y tu cabeza de bruja la amarraste con peinetas. Por no engordar sigues dietas y estás flaca y hocicona. Imitando a tu patrona has aprendido a fumar. Hasta en el modo de andar cómo has cambiado, pelona. Usas reloj de pulsera y no sabes ver la hora. Cuando un ***** te enamora le tiras con la cartera. ¡Qué...! ¿También usas polvera? permite que me sonría ¿Qué polvos se pone usía?: ¿ocre? ¿rosado? ¿rachel? o le pones a tu piel cisco de carbonería. Te pintaste hasta el meñique porque un blanco te miró «¡Francica, botá frifró que son comé venarique...!» Perdona que te critique, y si me río, perdona. Antes eras tan pintona con tu traje de percala y hoy, por dártela de mala te has vuelto una negra mona. Deja ese estilo bellaco, vuelve a ser la misma de antes. Menos polvos, menos guantes, menos humo de tabaco. Vuelve con tu ***** flaco que te adora todavía Y si no, la policía te va a llevar de la jeta por dártela de coqueta con tanta huachafería.
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Cómo has cambiado pelona
Con mi gorro y mi pipa, con mi luz tenue, mi cobija blanda y el cielo estrellado, pienso en ti;  y te mezclo con mi entorno, con mis ideas y mis locuras. Me río inocentemente, irónicamente, porque son cosas que solo se me ocurrirían a mí, verte bailando con un traje de ballet o un vestido, verte anunciando un producto en televisión, verte ahí parada justo frente a mí, con cara de alegría, como si me hubieras  esperado. verte así de pronto sin pensarte, como algo nuevo que no termino de explorar, verte disfrazada de rebeldía y de seriedad, verte así, sin verte, sentado sin parpadear, enloqueciendo, suspirando y alardeando como si supiera que decir.   Verte así,  sin verte, pensando en si algún día pasará, pensándote, así por la mitad, sin saber, si ser o no ser contigo, en una playa, en la vereda; con tus brazos en mis hombros, y mi alma en tu boca, verte así, lenta y maravillada, verte sonreír, verte enrojecer; me encanta, encanta que yo sienta esto, porque es raro, porque hay q darle vuelta al mundo para lograrlo,  porque me gustas así, como un helado, así de simple, así de complicado.   Me gustas, así sin verte, entre la alarma del despertador, entre el volumen de la televisión, en el libro a medio leer, en lo frío que está el piso, en mi taza de café y en mi lápiz azul, mientras te pienso, acostado y con los ojos cerrados.
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Oct 10, 2015
Oct 10, 2015 at 3:59 PM UTC
Me gustas
La voz de bronce no hay quien la estrangule: mi voz de bronce no hay quien la corrompa. No puede ser ni que el silencio anule su soplo ejecutivo de pasión y de trompa. Con esta voz templada al fuego vivo, amasada en un bronce de pesares, salgo a la puerta eterna del olivo, y dejo dicho entre los olivares... El río Manzanares, un traje inexpugnable de soldado tejido por la bala y la ribera, sobre su adolescencia de juncos ha colgado. Hoy es un río y antes no lo era: era una gota de metal mezquino, un arenal apenas transitado, sin gloria y sin destino. Hoy es un trinchera de agua que no reduce nadie, nada, tan relampagueante que parece en la carne del mismo sol cavada. El leve Manzanares se merece ser mar entre los mares. Al mar, al tiempo, al sol, a este río que crece, jamás podrás herirlos por más que les dispares. Tus aguas de pequeña muchedumbre, ay río de Madrid, yo he defendido, y la ciudad que al lado es una cumbre de diamante agresor y esclarecido. Cansado acaso, pero no vencido, sale de sus jornadas el soldado. En la boca le canta una cigarra y otra heroica cigarra en el costado. ¿Adónde fue el colmillo con la garra? La hiena no ha pasado a donde más quería. Madrid sigue en su puesto ante la hiena, con su altura de día. Una torre de arena ante Madrid y el río se derrumba. En todas las paredes está escrito: Madrid será tu tumba. Y alguien cavó ya el hoyo de este grito. Al río Manzanares lo hace crecer la vena que no se agota nunca y enriquece. A fuerza de batallas y embestidas, crece el río que crece bajo los afluentes que forman las heridas. Camino de ser mar va el Manzanares: rojo y cálido avanza a regar, además del Tajo y de los mares, donde late un obrero de esperanza. Madrid, por él regado, se abalanza detrás de sus balcones y congojas, grabado en un rubí de lontananza con las paredes cada vez más rojas. Chopos que a los soldados levanta monumentos vegetales, un resplandor de huesos liberados lanzan alegremente sobre los hospitales. El alma de Madrid inunda las naciones, el Manzanares llega triunfante al infinito, pasa como la historia sonando sus renglones, y en el sabor del tiempo queda escrito.
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Fuerza del manzanares
La voz de bronce no hay quien la estrangule: mi voz de bronce no hay quien la corrompa. No puede ser ni que el silencio anule su soplo ejecutivo de pasión y de trompa. Con esta voz templada al fuego vivo, amasada en un bronce de pesares, salgo a la puerta eterna del olivo, y dejo dicho entre los olivares... El río Manzanares, un traje inexpugnable de soldado tejido por la bala y la ribera, sobre su adolescencia de juncos ha colgado. Hoy es un río y antes no lo era: era una gota de metal mezquino, un arenal apenas transitado, sin gloria y sin destino. Hoy es un trinchera de agua que no reduce nadie, nada, tan relampagueante que parece en la carne del mismo sol cavada. El leve Manzanares se merece ser mar entre los mares. Al mar, al tiempo, al sol, a este río que crece, jamás podrás herirlos por más que les dispares. Tus aguas de pequeña muchedumbre, ay río de Madrid, yo he defendido, y la ciudad que al lado es una cumbre de diamante agresor y esclarecido. Cansado acaso, pero no vencido, sale de sus jornadas el soldado. En la boca le canta una cigarra y otra heroica cigarra en el costado. ¿Adónde fue el colmillo con la garra? La hiena no ha pasado a donde más quería. Madrid sigue en su puesto ante la hiena, con su altura de día. Una torre de arena ante Madrid y el río se derrumba. En todas las paredes está escrito: Madrid será tu tumba. Y alguien cavó ya el hoyo de este grito. Al río Manzanares lo hace crecer la vena que no se agota nunca y enriquece. A fuerza de batallas y embestidas, crece el río que crece bajo los afluentes que forman las heridas. Camino de ser mar va el Manzanares: rojo y cálido avanza a regar, además del Tajo y de los mares, donde late un obrero de esperanza. Madrid, por él regado, se abalanza detrás de sus balcones y congojas, grabado en un rubí de lontananza con las paredes cada vez más rojas. Chopos que a los soldados levanta monumentos vegetales, un resplandor de huesos liberados lanzan alegremente sobre los hospitales. El alma de Madrid inunda las naciones, el Manzanares llega triunfante al infinito, pasa como la historia sonando sus renglones, y en el sabor del tiempo queda escrito.
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Exijo que alguien me diga en donde está escrito que una mujer solo puede tener **** con una persona y si pasa de ese número automáticamente es puta. Si, este pensamiento es algo machista pero lo peor de todo es que es utilizado más en las mujeres que en los mismos hombres, me explico. Las mujeres ven una mujer la cual se viste mostrando lo que le da la gana y rápido piensan en la palabra puta, cuando ven a otra mujer besándose con uno hoy y otro mañana piensan en que es una puta sin valores, cuando otra mujer tiene **** con más de 5 personas en dos meses lo que piensan es una puta que no se respeta. ¿Acaso creen que esta no es una actitud machista? Mujeres que exigen igualdad entre hombres y mujeres pero critican a mujeres que se atreven a ser quienes son mientras que ellas están sentadas soplándose el culo y criticando. ¿Este pensamiento es tan poco prudente y es tan común hoy día, cual es el problema con que una persona, sea mujer u hombre, se sienta bien consigo mismo y decida tener una vida ****** plena? Son libres de hacer lo que quieran. Ellos escogen: con quien, con cuantos y en que lapso de tiempo lo hacen. Pero como esta acusación estúpida radica más en las mujeres quiero concluir con esto. Mujer que me lees: Si deseas vestirte con un traje corto y un escote en las tetas hazlo. Si te gustan tres personas y tienes la oportunidad de besarlos a los tres hazlo. Si quieres tener **** hoy con uno y mañana con tres hazlo. Hazlo, olvídate del que dirán las personas porque seas casta, virgen y pura o puta, atrevida y coqueta hablaran de ti. Natalia Rivera.
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Nov 14, 2014
Nov 14, 2014 at 11:52 PM UTC
Mujeres machistas.
Exijo que alguien me diga en donde está escrito que una mujer solo puede tener **** con una persona y si pasa de ese número automáticamente es puta. Si, este pensamiento es algo machista pero lo peor de todo es que es utilizado más en las mujeres que en los mismos hombres, me explico. Las mujeres ven una mujer la cual se viste mostrando lo que le da la gana y rápido piensan en la palabra puta, cuando ven a otra mujer besándose con uno hoy y otro mañana piensan en que es una puta sin valores, cuando otra mujer tiene **** con más de 5 personas en dos meses lo que piensan es una puta que no se respeta. ¿Acaso creen que esta no es una actitud machista? Mujeres que exigen igualdad entre hombres y mujeres pero critican a mujeres que se atreven a ser quienes son mientras que ellas están sentadas soplándose el culo y criticando. ¿Este pensamiento es tan poco prudente y es tan común hoy día, cual es el problema con que una persona, sea mujer u hombre, se sienta bien consigo mismo y decida tener una vida ****** plena? Son libres de hacer lo que quieran. Ellos escogen: con quien, con cuantos y en que lapso de tiempo lo hacen. Pero como esta acusación estúpida radica más en las mujeres quiero concluir con esto. Mujer que me lees: Si deseas vestirte con un traje corto y un escote en las tetas hazlo. Si te gustan tres personas y tienes la oportunidad de besarlos a los tres hazlo. Si quieres tener **** hoy con uno y mañana con tres hazlo. Hazlo, olvídate del que dirán las personas porque seas casta, virgen y pura o puta, atrevida y coqueta hablaran de ti. Natalia Rivera.
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Me traje una cucharita, no la puedo soltar. Debajo de mi cama, en las noches me pongo a escarbar. Me traje una cucharita, olvidé lo demás. Cada día que pasa, el túnel crece un poco más. Tal vez me traje dos, tal vez tres. Te comparto una, escarbá si querés. Me pregunto, quizá, no estés del otro lado. Igual sigo escarbando, puede que me quede ahí ahogado. Me pregunto si debiese preguntar, la respuesta ya no importa, te volveré a encontrar. En el bulto llevo mi cucharita, aparece en la bata de mis mañanas, a veces la pierdo y me recordás donde está. No voy ni a medio camino… Por esto me pongo a raspar el tiempo, las horas las desborono a días, flotan los segundos como polvo, te volveré a encontrar.
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Apr 8, 2010
Apr 8, 2010 at 1:06 PM UTC
extraño
Quisiera guardar la aurora boreal  en una pequeña caja de cristal, y colocarla en mi tina. Para que cuando me bañe, sea la luz tenue que me ilumine mi cuerpo. Tomar las corrientes del río y echarles burbujas, que los cuatro vientos me las ponga a volar. Pintar el cielo de verde y el suelo de turquesa. Por mis venas corre el tequila y en mis oídos  tus cuadros me cantan la brisa de las praderas. Miro el collar de estrellas que me hiciste, y el traje que siempre me quitaste. La luna baja a besarme la ausencia de tus manos y me ahogo en el pensamiento de que te amo. Dulce niño de ojitos morenos,me tienes en un embrujo. Me revuelcas el alma con besos, y tus manos me hacen vivir el cielo.
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Jun 6, 2015
Jun 6, 2015 at 8:44 PM UTC
Me baño en tu ser.
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Caballero sólo
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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En plena guerra te llevó la vida a ser el amor del soldado. Con tu pobre vestido de seda, tus uñas de piedra falsa, te tocó caminar por el fuego. Ven acá, vagabunda, ven a beber sobre mi pecho rojo rocío. No querías saber dónde andabas, eras la compañera de baile, no tenías partido ni patria. Y ahora a mi lado caminando ves que conmigo va la vida y que detrás está la muerte. Ya no puedes volver a bailar con tu traje de seda en la sala. Te vas a romper los zapatos, pero vas a crecer en la marcha. Tienes que andar sobre las espinas dejando gotitas de sangre. Bésame de nuevo, querida. Limpia ese fusil, camarada.
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El amor del soldado
Chisporrotea en el aceite hirviendo la alegría del mundo: las papas fritas entran en la sartén como nevadas plumas de cisne matutino y salen semidoradas por el crepitante ámbar de las olivas. El ajo les añade su terrenal fragancia, la pimienta, polen que atravesó los arrecifes, y vestidas de nuevo con traje de marfil, llenan el plato con la repetición de su abundancia y su sabrosa sencillez de tierra.
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Oda a las papas fritas
Una mañana ella se encontraba frente al espejo, parecía estar concentrada mirando su reflejo pero lo curioso era que lo que veía en el espejo no era precisamente eso. Ella vio su vida pasar frente a ella, vio como surgió el amor que tenia con su esposo, la ternura con la que cuidaba a su hijo desde pequeño, los placenteros fin de semanas con sus amistades, la canción que le recordaba lo bueno que era estar enamorado, su libro favorito, el olor del mar, todos los errores que cometió, el porqué era feliz. Ese día, ella pudo volverse a encontrar una última vez. Complacida, condujo hasta llegar al rio que había cerca de su casa. Se sentó en una roca a contemplar por última vez la belleza que la vida le había obsequiado; estaba cautivada por el sonido del agua corriendo, los arboles moviéndose, los animales con su canto. Era la despedida perfecta, miro a su izquierda y junto a ella yacía una mujer la cual le sonrió. Ella sabía perfectamente que hacia la mujer allí, la hora había llegado. Miro por última vez todo lo que le rodeaba, cerró los ojos y por primera vez pudo recordar otra vez todo lo que había visto frente al espejo; entre sollozos le dijo a la mujer que aun no estaba lista, que tenía que hacer una última cosa antes de partir. Regreso a su hogar en busca de su familia pero lo que encontró fue una carta. Amada mía: Para cuando leas esto ya yo me abre ido, mi enfermedad no me permitirá seguir más. Solo tengo un último deseo: el día que recuerdes todo lo harás para siempre. Quiero que tomes tu libro favorito, el traje que tanto te gusta, te sirvas una buena taza de café y me vallas a ver al rio para recordarte todos los días lo mucho que te amo. Y así lo hizo.
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Sep 21, 2014
Sep 21, 2014 at 11:10 PM UTC
Ultimo día
Una mañana ella se encontraba frente al espejo, parecía estar concentrada mirando su reflejo pero lo curioso era que lo que veía en el espejo no era precisamente eso. Ella vio su vida pasar frente a ella, vio como surgió el amor que tenia con su esposo, la ternura con la que cuidaba a su hijo desde pequeño, los placenteros fin de semanas con sus amistades, la canción que le recordaba lo bueno que era estar enamorado, su libro favorito, el olor del mar, todos los errores que cometió, el porqué era feliz. Ese día, ella pudo volverse a encontrar una última vez. Complacida, condujo hasta llegar al rio que había cerca de su casa. Se sentó en una roca a contemplar por última vez la belleza que la vida le había obsequiado; estaba cautivada por el sonido del agua corriendo, los arboles moviéndose, los animales con su canto. Era la despedida perfecta, miro a su izquierda y junto a ella yacía una mujer la cual le sonrió. Ella sabía perfectamente que hacia la mujer allí, la hora había llegado. Miro por última vez todo lo que le rodeaba, cerró los ojos y por primera vez pudo recordar otra vez todo lo que había visto frente al espejo; entre sollozos le dijo a la mujer que aun no estaba lista, que tenía que hacer una última cosa antes de partir. Regreso a su hogar en busca de su familia pero lo que encontró fue una carta. Amada mía: Para cuando leas esto ya yo me abre ido, mi enfermedad no me permitirá seguir más. Solo tengo un último deseo: el día que recuerdes todo lo harás para siempre. Quiero que tomes tu libro favorito, el traje que tanto te gusta, te sirvas una buena taza de café y me vallas a ver al rio para recordarte todos los días lo mucho que te amo. Y así lo hizo.
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Ahora contaremos doce y nos quedamos todos quietos. Por una vez sobre la tierra no hablemos en ningún idioma, por un segundo detengámonos, no movamos tanto los brazos. Sería un minuto fragante, sin prisa, sin locomotoras, todos estaríamos juntos en un inquietud instantánea. Los pescadores del mar frío no harían daño a las ballenas y el trabajador de la sal miraría sus manos rotas. Los que preparan guerras verdes, guerras de gas, guerras de fuego, victorias sin sobrevivientes, se pondrían un traje puro y andarían con sus hermanos por la sombra, sin hacer nada. No se confunda lo que quiero con la inacción definitiva: la vida es sólo lo que se hace, no quiero nada con la muerte. Si no pudimos ser unánimes moviendo tanto nuestras vidas, tal vez no hacer nada una vez, tal vez un gran silencio pueda interrumpir esta tristeza, este no entendernos jamás y amenazarnos con la muerte, tal vez la tierra nos enseñe cuando todo parece muerto y luego todo estaba vivo. Ahora contaré hasta doce y tú te callas y me voy.
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A callarse
Hay cementerios solos, tumbas llenas de huesos sin sonido, el corazón pasando un túnel oscuro, oscuro, oscuro, como un naufragio hacia adentro nos morimos, como ahogarnos en el corazón, como irnos cayendo desde la piel al alma. Hay cadáveres, hay pies de pegajosa losa fría, hay la muerte en los huesos, como un sonido puro, como un ladrido sin perro, saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas, creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia. Yo veo, solo, a veces, ataúdes a vela zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas. con panaderos blancos como ángeles, con niñas pensativas casadas con notarios, ataúdes subiendo el río vertical de los muertos, el río morado, hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte, hinchadas por el sonido silencioso de la muerte. A lo sonoro llega la muerte como un zapato sin pie, como un traje sin hombre, llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo, llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta. Sin embargo sus pasos suenan y su vestido suena, callado, como un árbol. Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo, pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas, de violetas acostumbradas a la tierra, porque la cara de la muerte es verde, y la mirada de la muerte es verde, con la aguda humedad de ma hoja de violeta y su grave color de invierno exasperado. Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba, lame el suelo buscando difuntos, la muerte está en la escoba, es la lengua de la muerte buscando muertos, es la aguja de la muerte buscando hilo. La muerte está en los catres: en los colchones lentos, en las frazadas negras vive tendida, y de repente sopla: sopla un sonido oscuro que hincha sábanas, y hay camas navegando a un puerto en donde está esperando, vestida de almirante.
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Sólo la muerte
Hay cementerios solos, tumbas llenas de huesos sin sonido, el corazón pasando un túnel oscuro, oscuro, oscuro, como un naufragio hacia adentro nos morimos, como ahogarnos en el corazón, como irnos cayendo desde la piel al alma. Hay cadáveres, hay pies de pegajosa losa fría, hay la muerte en los huesos, como un sonido puro, como un ladrido sin perro, saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas, creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia. Yo veo, solo, a veces, ataúdes a vela zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas. con panaderos blancos como ángeles, con niñas pensativas casadas con notarios, ataúdes subiendo el río vertical de los muertos, el río morado, hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte, hinchadas por el sonido silencioso de la muerte. A lo sonoro llega la muerte como un zapato sin pie, como un traje sin hombre, llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo, llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta. Sin embargo sus pasos suenan y su vestido suena, callado, como un árbol. Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo, pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas, de violetas acostumbradas a la tierra, porque la cara de la muerte es verde, y la mirada de la muerte es verde, con la aguda humedad de ma hoja de violeta y su grave color de invierno exasperado. Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba, lame el suelo buscando difuntos, la muerte está en la escoba, es la lengua de la muerte buscando muertos, es la aguja de la muerte buscando hilo. La muerte está en los catres: en los colchones lentos, en las frazadas negras vive tendida, y de repente sopla: sopla un sonido oscuro que hincha sábanas, y hay camas navegando a un puerto en donde está esperando, vestida de almirante.
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A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna, para ángel indiferente de una escala sin cielo... Mirad. Conteneos la sangre, los ojos. A sus pies, él mismo, sin vida.   No aliento de farol moribundo, ni jadeada amarillez de noche agonizante, sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica, clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola. Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente, juzgándose.   Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente. Carbunclo hueco, ***** desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna, para límite entre la muerte y la nada. Tú: yo: niño.   Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo a la sorpresa de la luz en los ojos de los reciennacidos, al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres. Niño.   Una cuna de llamas de norte a sur, de frialdad de tiza amortajada en los yelos, a fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía; una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos. Niño.   Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie, en el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines, devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento. Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera. Niño. Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles, de su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros, desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines. 4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J. Niño. En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos, de mapas confundidos y desiertos barajados, atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo, a una memoria extraviada entre nombres y fechas. Niño. Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules, entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas, cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca, en el rubor tardío de las azoteas voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma. Niño. Y como descendiste al fondo de las mareas, a las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos, tener honores de vida, a la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo. Niño. Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos, derribada en tu corazón y sola su primera silla, no creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos. ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne. Niño. Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.
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Muerte y juicio
A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna, para ángel indiferente de una escala sin cielo... Mirad. Conteneos la sangre, los ojos. A sus pies, él mismo, sin vida.   No aliento de farol moribundo, ni jadeada amarillez de noche agonizante, sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica, clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola. Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente, juzgándose.   Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente. Carbunclo hueco, ***** desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna, para límite entre la muerte y la nada. Tú: yo: niño.   Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo a la sorpresa de la luz en los ojos de los reciennacidos, al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres. Niño.   Una cuna de llamas de norte a sur, de frialdad de tiza amortajada en los yelos, a fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía; una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos. Niño.   Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie, en el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines, devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento. Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera. Niño. Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles, de su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros, desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines. 4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J. Niño. En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos, de mapas confundidos y desiertos barajados, atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo, a una memoria extraviada entre nombres y fechas. Niño. Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules, entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas, cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca, en el rubor tardío de las azoteas voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma. Niño. Y como descendiste al fondo de las mareas, a las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos, tener honores de vida, a la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo. Niño. Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos, derribada en tu corazón y sola su primera silla, no creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos. ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne. Niño. Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.
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Creyeron que era pálida, luego la encontraron más viva que el susurro colorido de un árbol de almendra, estaba ahí llena de figuras de luz paseándose como cisnes por su frente, entre la gente, la espesa llama clara de sus pasos fue inspirando a cada músico, a cada pintor a cada hombre de traje de lino que caminaba por el bulevar de los ángeles rotos, creyeron que su voz era débil, mas cuando la escucharon una trompeta de caballería anuncio su coro, tenía tanto esplendor que hubiera dado le vida a los hombres de piedra, y susurrar sus nombres era el sabor de un almendro en los labios llenos de ocasión para el disturbio de la inspiración, en sus manos se formaban espigas de trigo lleno de miel, de su espalda podían nacer tanto gladiolos como destellantes oxidianas suaves, creyeron que estaba dormida, pero ella ya andaba volando.
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Jun 18, 2014
Jun 18, 2014 at 6:24 PM UTC
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Vino color de día, vino color de noche, vino con pies de púrpura o sangre de topacio, vino, estrellado hijo de la tierra, vino, liso como una espada de oro, suave como un desordenado terciopelo, vino encaracolado y suspendido, amoroso, marino, nunca has cabido en una copa, en un canto, en un hombre, coral, gregario eres, y cuando menos, mutuo. A veces te nutres de recuerdos mortales, en tu ola vamos de tumba en tumba, picapedrero de sepulcro helado, y lloramos lágrimas transitorias, pero tu hermoso traje de primavera es diferente, el corazón sube a las ramas, el viento mueve el día, nada queda dentro de tu alma inmóvil. El vino mueve la primavera, crece como una planta la alegría, caen muros, peñascos, se cierran los abismos, nace el canto. Oh tú, jarra de vino, en el desierto con la sabrosa que amo, dijo el viejo poeta. Que el cántaro de vino al beso del amor sume su beso. Amor mío, de pronto tu cadera es la curva colmada de la copa, tu pecho es el racimo, la luz del alcohol tu cabellera, las uvas tus pezones, tu ombligo sello puro estampado en tu vientre de vasija, y tu amor la cascada de vino inextinguible, la claridad que cae en mis sentidos, el esplendor terrestre de la vida. Pero no sólo amor, beso quemante o corazón quemado eres, vino de vida, sino amistad de los seres, transparencia, coro de disciplina, abundancia de flores. Amo sobre una mesa, cuando se habla, la luz de una botella de inteligente vino. Que lo beban, que recuerden en cada gota de oro o copa de topacio o cuchara de púrpura que trabajó el otoño hasta llenar de vino las vasijas y aprenda el hombre oscuro, en el ceremonial de su negocio, a recordar la tierra y sus deberes, a propagar el cántico del fruto.
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Oda al vino
Vino color de día, vino color de noche, vino con pies de púrpura o sangre de topacio, vino, estrellado hijo de la tierra, vino, liso como una espada de oro, suave como un desordenado terciopelo, vino encaracolado y suspendido, amoroso, marino, nunca has cabido en una copa, en un canto, en un hombre, coral, gregario eres, y cuando menos, mutuo. A veces te nutres de recuerdos mortales, en tu ola vamos de tumba en tumba, picapedrero de sepulcro helado, y lloramos lágrimas transitorias, pero tu hermoso traje de primavera es diferente, el corazón sube a las ramas, el viento mueve el día, nada queda dentro de tu alma inmóvil. El vino mueve la primavera, crece como una planta la alegría, caen muros, peñascos, se cierran los abismos, nace el canto. Oh tú, jarra de vino, en el desierto con la sabrosa que amo, dijo el viejo poeta. Que el cántaro de vino al beso del amor sume su beso. Amor mío, de pronto tu cadera es la curva colmada de la copa, tu pecho es el racimo, la luz del alcohol tu cabellera, las uvas tus pezones, tu ombligo sello puro estampado en tu vientre de vasija, y tu amor la cascada de vino inextinguible, la claridad que cae en mis sentidos, el esplendor terrestre de la vida. Pero no sólo amor, beso quemante o corazón quemado eres, vino de vida, sino amistad de los seres, transparencia, coro de disciplina, abundancia de flores. Amo sobre una mesa, cuando se habla, la luz de una botella de inteligente vino. Que lo beban, que recuerden en cada gota de oro o copa de topacio o cuchara de púrpura que trabajó el otoño hasta llenar de vino las vasijas y aprenda el hombre oscuro, en el ceremonial de su negocio, a recordar la tierra y sus deberes, a propagar el cántico del fruto.
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Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quién pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriagara mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas.
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Elegía lamentable
Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quién pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriagara mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas.
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Raza de «Comuneros» era su raza. Fuerte Su corazón de virgen, en tierra esclavizada Quería que la noche rompiera en alborada, Y que se alzara libre lo que yacía inerte. Sin temor al peligro, y al azar de la suerte, Armó en silencio brazos; y en su ideal, fiada, Sudario fue su velo de hermosa desposada, Y su nupcial desfile, desfile hacia la muerte. Y cuando ya, vendada, iba a caer de hinojos, Quiso evitar entonces que los profanos ojos Del pelotón hicieran a su pudor ultraje, Y se ató con la venda la falda, pues temía Que el estremecimiento postrero en su agonía Levantarle pudiera sobre el banquillo el traje.
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Antonia santos
Somos seres de voluptuosas paixões, vultos que pranteiam na escuridão, presos nas trevas obscuras desta prisão, pela tristeza que inunda os nossos corações. Nossas almas repletas de ilusões, vagueiam pelas sombras da solidão, na procura incessante da razão, esquecida num mundo de maldições. São lágrimas negras, vertidas, que em fel são convertidas, e rolam por uma face triste. De traje lúgubre e sombrio, vivendo num mundo ***** e frio, um mundo utópico que não existe.
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Jan 6, 2014
Jan 6, 2014 at 3:08 PM UTC
quem somos?
Cada mañana esperas, traje, sobre una silla que te llene mi vanidad, mi amor, mi esperanza, mi cuerpo. Apenas salgo del sueño, me despido del agua, entro en tus mangas, mis piernas buscan el hueco de tus piernas y así abrazado por tu fidelidad infatigable salgo a pisar el pasto, entro en la poesía, miro por las ventanas, las cosas, los hombres, las mujeres, los hechos y las luchas me van formando, me van haciendo frente labrándome las manos, abriéndome los ojos, gastándome la boca y así, traje, yo también voy formándote, sacándote los codos, rompiéndote los hilos, y así tu vida crece a imagen de mi vida. Al viento ondulas y resuenas como si fueras mi alma, en los malos minutos te adhieres a mis huesos vacíos, por la noche la oscuridad, el sueño pueblan con sus fantasmas tus alas y las mías. Yo pregunto si un día una bala del enemigo te dejará una mancha de mi sangre y entonces te morirás conmigo o tal vez no sea todo tan dramático sino simple, y te irás enfermando, traje, conmigo, envejeciendo conmigo, con mi cuerpo y juntos entraremos a la tierra. Por eso cada día te saludo con reverencia y luego me abrazas y te olvido, porque uno solo somos y seguiremos siendo frente al viento, en la noche, las calles o la lucha un solo cuerpo tal vez, tal vez, alguna vez inmóvil.
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Oda al traje
De pasión sobrante y sueños de ceniza un pálido palio llevo, un cortejo evidente, un viento de metal que vive solo, un sirviente mortal vestido de hambre, y en lo fresco que baja del árbol, en la esencia del sol que su salud de astro implanta en las flores, cuando a mi piel parecida al oro llega el placer, tú, fantasma coral con pies de tigre, tú, ocasión funeral, reunión ígnea, acechando la patria en que sobrevivo con tus lanzas lunares que tiemblan un poco. Porque la ventana que el mediodía vacío atraviesa tiene un día cualquiera mayor aire en sus alas, el frenesí hincha el traje y el sueño al sombrero, una abeja extremada arde sin tregua. Ahora, qué imprevisto paso hace crujir los caminos? Qué vapor de estación lúgubre, qué rostro de cristal, y aún más, qué sonido de carro viejo con espigas? Ay, una a una, la ola que llora y la sal que se triza, y el tiempo del amor celestial que pasa volando, han tenido voz de huéspedes y espacio en la espera. De distancias llevadas a cabo, de resentimientos infieles, de hereditarias esperanzas mezcladas con sombra, de asistencias desgarradoramente dulces y días de transparente veta y estatua floral, qué subsiste en mi término escaso, en mi débil producto? De mi lecho amarillo y de mi substancia estrellada, quién no es vecino y ausente a la vez? Un esfuerzo que salta, una flecha de trigo tengo, y un arco en mi pecho manifiestamente espera, y un latido delgado, de agua y tenacidad, como algo que se quiebra perpetuamente, atraviesa hasta el fondo mis separaciones, apaga mi poder y propaga mi duelo.
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Diurno doliente
De pasión sobrante y sueños de ceniza un pálido palio llevo, un cortejo evidente, un viento de metal que vive solo, un sirviente mortal vestido de hambre, y en lo fresco que baja del árbol, en la esencia del sol que su salud de astro implanta en las flores, cuando a mi piel parecida al oro llega el placer, tú, fantasma coral con pies de tigre, tú, ocasión funeral, reunión ígnea, acechando la patria en que sobrevivo con tus lanzas lunares que tiemblan un poco. Porque la ventana que el mediodía vacío atraviesa tiene un día cualquiera mayor aire en sus alas, el frenesí hincha el traje y el sueño al sombrero, una abeja extremada arde sin tregua. Ahora, qué imprevisto paso hace crujir los caminos? Qué vapor de estación lúgubre, qué rostro de cristal, y aún más, qué sonido de carro viejo con espigas? Ay, una a una, la ola que llora y la sal que se triza, y el tiempo del amor celestial que pasa volando, han tenido voz de huéspedes y espacio en la espera. De distancias llevadas a cabo, de resentimientos infieles, de hereditarias esperanzas mezcladas con sombra, de asistencias desgarradoramente dulces y días de transparente veta y estatua floral, qué subsiste en mi término escaso, en mi débil producto? De mi lecho amarillo y de mi substancia estrellada, quién no es vecino y ausente a la vez? Un esfuerzo que salta, una flecha de trigo tengo, y un arco en mi pecho manifiestamente espera, y un latido delgado, de agua y tenacidad, como algo que se quiebra perpetuamente, atraviesa hasta el fondo mis separaciones, apaga mi poder y propaga mi duelo.
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Soñé que la ciudad estaba dentro del más bien muerto de los mares muertos. Era una madrugada del Invierno y lloviznaban gotas de silencio. No más señal viviente, que los ecos de una llamada a misa, en el misterio de una capilla oceánica, a lo lejos. De súbito me sales al encuentro, resucitada y con tus guantes negros. Para volar a ti, le dio su vuelo el Espíritu Santo a mi esqueleto. Al sujetarme con tus guantes negros me atrajiste al océano de tu seno, y nuestras cuatro manos se reunieron en medio de tu pecho y de mi pecho, como si fueran los cuatro cimientos de la fábrica de los universos. ¿Conservabas tu carne en cada hueso? El enigma de amor se veló entero en la prudencia de tus guantes negros. ¡Oh, prisionera del valle de México! Mi carne  [...  urna ...]  de tu ser perfecto; quedarán ya tus huesos en mis huesos; y el traje, el traje aquel, con que su cuerpo fue sepultado en el valle de México; y el figurín aquel, de pardo género que compraste en un viaje de recreo. Pero en la madrugada de mi sueño, nuestras manos, en un circuito eterno la vida apocalíptica vivieron. Un fuerte  [...  ventarrón ...]  como en un sueño, libre como cometa, y en su vuelo, la ceniza y  [...  la hez ...]  del cementerio gusté cual rosa  [...  entre tus guantes negros ...].
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El sueño de los guantes negros
Leyendo un claro día mis bien amados versos, he visto en el profundo espejo de mis sueños  que una verdad divina temblando está de miedo, y es una flor que quiere echar su aroma al viento.  El alma del poeta se orienta hacia el misterio. Sólo el poeta puede mirar lo que está lejos dentro del alma, en turbio y mago sol envuelto.  En esas galerías, sin fondo, del recuerdo, donde las pobres gentes colgaron cual trofeo  el traje de una fiesta apolillado y viejo, allí el poeta sabe el laborar eterno mirar de las doradas abejas de los sueños.  Poetas, con el alma atenta al hondo cielo, en la cruel batalla o en el tranquilo huerto,  la nueva miel labramos con los dolores viejos, la veste blanca y pura pacientemente hacemos, y bajo el sol bruñimos el fuerte arnés de hierro.  El alma que no sueña, el enemigo espejo, proyecta nuestra imagen con un perfil grotesco.  Sentimos una ola de sangre, en nuestro pecho, que pasa... y sonreímos, y a laborar volvemos.
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Introducción a los sueños