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"temible" poems
Nosotros somos quien somos. ¡Basta de Historia y de cuentos! ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos. Ni vivimos del pasado, ni damos cuerda al recuerdo. Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos. Somos el ser que se crece. Somos un río derecho. Somos el golpe temible de un corazón no resuelto. Somos bárbaros, sencillos. Somos a muerte lo ibero que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero. De cuanto fue nos nutrimos, transformándonos crecemos y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto. ¡A la calle! que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo. No reniego de mi origen pero digo que seremos mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo. Españoles con futuro y españoles que, por serlo, aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno. Recuerdo nuestros errores con mala saña y buen viento. Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño. Vuelvo a decirte quién eres. Vuelvo a pensarte, suspenso. Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo. No quiero justificarte como haría un leguleyo, Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso. España mía, combate que atormentas mis adentros, para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.
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España en marcha
Mi madrina invitaba a mi prima Águeda a que pasara el día con nosotros, y mi prima llegaba con un contradictorio prestigio de almidón y de temible luto ceremonioso. Águeda aparecía, resonante de almidón, y sus ojos verdes y sus mejillas rubicundas me protegían contra el pavoroso luto...           Yo era rapaz y conocía la o por lo redondo, y Águeda que tejía mansa y perseverante en el sonoro corredor, me causaba calosfríos ignotos... (Creo que hasta le debo la costumbre heroicamente insana de hablar solo). A la hora de comer, en la penumbra quieta del refectorio, me iba embelesando un quebradizo sonar intermitente de vajilla y el timbre caricioso de la voz de mi prima.                                         Águeda era (luto, pupilas verdes y mejillas rubicundas) un cesto policromo de manzanas y uvas en el ébano de un armario añoso.
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A mi prima águeda
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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El niño de la noche
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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