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"surco" poems
Yo la amé, y era de otro, que también la quería. Perdónala Señor, porque la culpa es mía. Después de haber besado sus cabellos de trigo, nada importa la culpa, pues no importa el castigo. Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo mis labios están dulces por ese amor amargo. Ella fue como un agua callada que corría... Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía. Perdónala Señor, tú que le diste a ella su frescura de lluvia y esplendor de estrella. Su alma era transparente como un vaso vacío. Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío. Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera turbadora y fragante como la primavera? ¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío sobre la yerba seca y ávida del estío? Traté de rechazarla, Señor, inútilmente, como un surco que intenta rechazar la simiente. Era de otro. Era de otro, que no la merecía, y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía. Era de otro, Señor. Pero hay cosas sin dueño: Las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño. Y ella me dio su amor como se da una rosa, como quien lo da todo, dando tan poca cosa... Una embriaguez extraña nos venció poco a poco: ella no fue culpable, Señor... ¡ni yo tampoco! La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella y me diste los ojos para mirarla a ella. Toda la culpa es tuya, pues me hiciste cobarde 1 para matar un sueño porque llegaba tarde. 1 Sí. Nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar 2 y si es culpable un río cuando corre hacia el mar. Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara, que sería un pecado mayor si no la amara. 3 Y, por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella, que tú que hiciste el agua, y la flor, y la estrella, tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre, ¡tú también la amarías, si pudieras ser hombre!
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Poema de la culpa
Yo la amé, y era de otro, que también la quería. Perdónala Señor, porque la culpa es mía. Después de haber besado sus cabellos de trigo, nada importa la culpa, pues no importa el castigo. Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo mis labios están dulces por ese amor amargo. Ella fue como un agua callada que corría... Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía. Perdónala Señor, tú que le diste a ella su frescura de lluvia y esplendor de estrella. Su alma era transparente como un vaso vacío. Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío. Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera turbadora y fragante como la primavera? ¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío sobre la yerba seca y ávida del estío? Traté de rechazarla, Señor, inútilmente, como un surco que intenta rechazar la simiente. Era de otro. Era de otro, que no la merecía, y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía. Era de otro, Señor. Pero hay cosas sin dueño: Las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño. Y ella me dio su amor como se da una rosa, como quien lo da todo, dando tan poca cosa... Una embriaguez extraña nos venció poco a poco: ella no fue culpable, Señor... ¡ni yo tampoco! La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella y me diste los ojos para mirarla a ella. Toda la culpa es tuya, pues me hiciste cobarde 1 para matar un sueño porque llegaba tarde. 1 Sí. Nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar 2 y si es culpable un río cuando corre hacia el mar. Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara, que sería un pecado mayor si no la amara. 3 Y, por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella, que tú que hiciste el agua, y la flor, y la estrella, tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre, ¡tú también la amarías, si pudieras ser hombre!
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Sube a nacer conmigo, hermano. Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. No volverás del fondo de las rocas. No volverás del tiempo subterráneo. No volverá tu voz endurecida. No volverán tus ojos taladrados. Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado: domador de guanacos tutelares: albañil del andamio desafiado: aguador de las lágrimas andinas: joyero de los dedos machacados: agricultor temblando en la semilla: alfarero en tu greda derramado: traed a la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados. Mostradme vuestra sangre y vuestro surco, decidme: aquí fui castigado, porque la joya no brilló o la tierra no entregó a tiempo la piedra o el grano: señaladme la piedra en que caísteis y la madera en que os crucificaron, encendedme los viejos pedernales, las viejas lámparas, los látigos pegados a través de los siglos en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado. Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. A través de la tierra juntad todos los silenciosos labios derramados y desde el fondo habladme toda esta larga noche como si yo estuviera con vosotros anclado, contadme todo, cadena a cadena, eslabón a eslabón, y paso a paso, afilad los cuchillos que guardasteis, ponedlos en mi pecho y en mi mano, como un río de rayos amarillos, como un río de tigres enterrados, y dejadme llorar, horas, días, años, edades ciegas, siglos estelares. Dadme el silencio, el agua, la esperanza. Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Hablad por mis palabras y mi sangre.
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Alturas de machu picchu
Sube a nacer conmigo, hermano. Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. No volverás del fondo de las rocas. No volverás del tiempo subterráneo. No volverá tu voz endurecida. No volverán tus ojos taladrados. Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado: domador de guanacos tutelares: albañil del andamio desafiado: aguador de las lágrimas andinas: joyero de los dedos machacados: agricultor temblando en la semilla: alfarero en tu greda derramado: traed a la copa de esta nueva vida vuestros viejos dolores enterrados. Mostradme vuestra sangre y vuestro surco, decidme: aquí fui castigado, porque la joya no brilló o la tierra no entregó a tiempo la piedra o el grano: señaladme la piedra en que caísteis y la madera en que os crucificaron, encendedme los viejos pedernales, las viejas lámparas, los látigos pegados a través de los siglos en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado. Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. A través de la tierra juntad todos los silenciosos labios derramados y desde el fondo habladme toda esta larga noche como si yo estuviera con vosotros anclado, contadme todo, cadena a cadena, eslabón a eslabón, y paso a paso, afilad los cuchillos que guardasteis, ponedlos en mi pecho y en mi mano, como un río de rayos amarillos, como un río de tigres enterrados, y dejadme llorar, horas, días, años, edades ciegas, siglos estelares. Dadme el silencio, el agua, la esperanza. Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Hablad por mis palabras y mi sangre.
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¿Se va la poesía de las cosas o no la puede condensar mi vida? Ayer -mirando el último crepúsculo- yo era un manchón de musgo entre unas ruinas. Las ciudades -hollines y venganzas-, la cochinada gris de los suburbios, la oficina que encorva las espaldas, el jefe de ojos turbios. Sangre de un arrebol sobre los cerros, sangre sobre las calles y las plazas, dolor de corazones rotos, podre de hastíos y de lágrimas. Un río abraza el arrabal como una mano helada que tienta en las tinieblas: sobre sus aguas se avergüenzan de verse las estrellas. Y las casas que esconden los deseos detrás de las ventanas luminosas, mientras afuera el viento lleva un poco de barro a cada rosa. Lejos... la bruma de las olvidanzas -humos espesos, tajamares rotos-, y el campo, ¡el campo verde!, en que jadean los bueyes y los hombres sudorosos. Y aquí estoy yo, brotado entre las ruinas, mordiendo solo todas las tristezas, como si el llanto fuera una semilla y yo el único surco de la tierra.
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Barrio sin luz
Cuando todas las cosas existían sin nombre, bajo el azul intacto de los cielos serenos, Jehová le dio músculos poderosos al hombre, y a la mujer los senos. Esa, sin duda alguna, fue su obra más alta; esa ha sido, sin duda, su más perfecta obra: con ella, a la mujer nada le sobra; sin ella, a la mujer todo le falta. Senos que pugnan por erguir sus conos, rebeldemente erectos tras la tela; senos agudos como dos enconos, como dos rutas blancas que nacen de una estela. Senos que ostentan terciopelos rubios, como la piel de los melocotones, y que fingen minúsculos Vesubios, creciendo horizontales sobre los corazones. Tímidos senos de las colegialas, que, en su gemela redondez de frutos, sugieren temblorosos nacimientos de alas a la salida de los Institutos. Senos de novia casta, traviesamente austeros, que excitan en la sombra los goces solitarios de los adolescentes y de los marineros, de los seminaristas y de los presidiarios. Toscos pechos de aldeana, que estiran los cordones del corpiño; pechos en los que triunfa la carne firme y sana, la incitación del hombre y la salud del niño. Pechos macizos de las solteronas, que, en los hondos escotes del verano, exhiben sus prestigios de inexploradas zonas y su angustia de surco que floreciera en vano. Senos exangües de la obrera, senos de ayunos largos y de higienes precarias; senos que disfrutaron de fugaz primavera sobre los mostradores de madera o entre el resuello de las maquinarias. Senos ajados de la prostituta, que la ruda caricia despojó de su seda, tal como se despoja de corteza una fruta, después de haber pagado por ella una moneda. Senos de extrañas razas y de remotos climas, bajo lunas de nieve, bajo soles de brasa... Senos que son dos inquietantes rimas, senos que son dos temblorosas cimas en la mujer que llega y en la mujer que pasa... Senos que, en el más noble sacrificio, en las maternidades magullaron sus flores, y, en una primavera de artificio, aún logran el consuelo de un esplendor ficticio con la falsa apariencia de los ajustadores. Senos que se alzan sólidos tras la blusa ceñida, o bajo una inconsútil transparencia de encaje; senos que fueron lo mejor de un viaje, y que son, casi siempre, lo mejor de la vida. Sí: hizo bien Jehová, cuando, a la clara fulguración primera de los cielos serenos, le otorgó a la mujer la gloria de los senos, ¡y los ojos al hombre, para que los mirara!
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La obra de jehová
Cuando todas las cosas existían sin nombre, bajo el azul intacto de los cielos serenos, Jehová le dio músculos poderosos al hombre, y a la mujer los senos. Esa, sin duda alguna, fue su obra más alta; esa ha sido, sin duda, su más perfecta obra: con ella, a la mujer nada le sobra; sin ella, a la mujer todo le falta. Senos que pugnan por erguir sus conos, rebeldemente erectos tras la tela; senos agudos como dos enconos, como dos rutas blancas que nacen de una estela. Senos que ostentan terciopelos rubios, como la piel de los melocotones, y que fingen minúsculos Vesubios, creciendo horizontales sobre los corazones. Tímidos senos de las colegialas, que, en su gemela redondez de frutos, sugieren temblorosos nacimientos de alas a la salida de los Institutos. Senos de novia casta, traviesamente austeros, que excitan en la sombra los goces solitarios de los adolescentes y de los marineros, de los seminaristas y de los presidiarios. Toscos pechos de aldeana, que estiran los cordones del corpiño; pechos en los que triunfa la carne firme y sana, la incitación del hombre y la salud del niño. Pechos macizos de las solteronas, que, en los hondos escotes del verano, exhiben sus prestigios de inexploradas zonas y su angustia de surco que floreciera en vano. Senos exangües de la obrera, senos de ayunos largos y de higienes precarias; senos que disfrutaron de fugaz primavera sobre los mostradores de madera o entre el resuello de las maquinarias. Senos ajados de la prostituta, que la ruda caricia despojó de su seda, tal como se despoja de corteza una fruta, después de haber pagado por ella una moneda. Senos de extrañas razas y de remotos climas, bajo lunas de nieve, bajo soles de brasa... Senos que son dos inquietantes rimas, senos que son dos temblorosas cimas en la mujer que llega y en la mujer que pasa... Senos que, en el más noble sacrificio, en las maternidades magullaron sus flores, y, en una primavera de artificio, aún logran el consuelo de un esplendor ficticio con la falsa apariencia de los ajustadores. Senos que se alzan sólidos tras la blusa ceñida, o bajo una inconsútil transparencia de encaje; senos que fueron lo mejor de un viaje, y que son, casi siempre, lo mejor de la vida. Sí: hizo bien Jehová, cuando, a la clara fulguración primera de los cielos serenos, le otorgó a la mujer la gloria de los senos, ¡y los ojos al hombre, para que los mirara!
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¡Mañana de primavera! Vino ella a besarme, cuando, del lado de la ribera por donde latía andando, una alondra mañanera subió del surco cantando «¡Mañana de primavera!» Le hablé de la mariposa blanca que vi en el sendero. Me miraba deleitosa esperando mi «Te quiero». Y cediéndome la rosa, me dijo «¡Cuánto te quiero, no sabes lo que te quiero!» En sus labios me guardaba tantos besos para mí. Los ojos yo le besaba: Me dijo: «Son para ti. Tú para quien te esperaba. Mis ojos son para ti Tú para quien te esperaba». La besé ciego de amores labios y ojos con quereres, con tan preciosos fervores que me dijo: «¿Tú no quieres bajar al jardín? Las flores ayudan a las mujeres cuando cuentan sus amores». El cielo de primavera era azul de paz y olvido... Una alondra mañanera cantó en el huerto aún dormido. Luz de cristal su voz era en el terrón removido... ¡Mañana de primavera!
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Una alondra mañana
Puedes irte y no importa, pues te quedas conmigo como queda un perfume donde había una flor. Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo; y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor. La vida nos acerca y la vez nos separa, como el día y la noche en el amanecer... Mi corazón sediento ansía tu agua clara, pero es un agua ajena que no debo beber... Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo, nunca te vas del todo, como una cicatriz; y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo, pues al perder la espiga retiene la raíz. Tu amor es como un río, que parece más hondo, inexplicablemente, cuando el agua se va. Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo, pues tu amor y la muerte tienen un más allá. Para un deseo así, toda la vida es poca; toda la vida es poca para un ensueño así... Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca; y tú estarás con otro... ¡pero pensando en mí!
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Poema del amor ajeno
Sobre el vasto silencio se proyectó mi grito, sobre el silencio ilímite del firmamento hueco. Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito. contra el silencio incólume se aplastó mi protesta, contra el terco mutismo de la extensión plomiza. Y repetí mi grito: como única respuesta me derribó una cálida ráfaga de ceniza. Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias; y en la oquedad montruosa del silencio impasible trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias. Y se hundieron de súbito las planicies desiertas barajando en un vértigo todas las perspectivas, y sobre el surco estéril de las edades muertas pasó el ala de fuego de las cóleras vivas. Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía, perforando el silencio, se clavó en lo infinito, y en la paz inmmutable de la tierra vacía rebotó cuatro veces el dolor de mi grito. Así el sésamo défico fulminó su eficacia sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos. Y una fosforecencia de convulsos tentáculos ramificó en las sombras un ademán de audacia. Y como un filo rubio, se destacó en las brumas un rígido propósito de verdades intactas, y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas y la brújula absurda marcó rutas exactas. Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro que agolpó en una réplica todo el dolor disperso. El silencio infinito labró un verso de oro, y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
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Poema del dolor indominado
Sobre el vasto silencio se proyectó mi grito, sobre el silencio ilímite del firmamento hueco. Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito. contra el silencio incólume se aplastó mi protesta, contra el terco mutismo de la extensión plomiza. Y repetí mi grito: como única respuesta me derribó una cálida ráfaga de ceniza. Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias; y en la oquedad montruosa del silencio impasible trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias. Y se hundieron de súbito las planicies desiertas barajando en un vértigo todas las perspectivas, y sobre el surco estéril de las edades muertas pasó el ala de fuego de las cóleras vivas. Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía, perforando el silencio, se clavó en lo infinito, y en la paz inmmutable de la tierra vacía rebotó cuatro veces el dolor de mi grito. Así el sésamo défico fulminó su eficacia sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos. Y una fosforecencia de convulsos tentáculos ramificó en las sombras un ademán de audacia. Y como un filo rubio, se destacó en las brumas un rígido propósito de verdades intactas, y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas y la brújula absurda marcó rutas exactas. Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro que agolpó en una réplica todo el dolor disperso. El silencio infinito labró un verso de oro, y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
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Estaba echado yo en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla, que el otoño envolvía en la amarilla dulzura de su claro sol poniente. Lento, el arado, paralelamente abría el haza oscura, y la sencilla mano abierta dejaba la semilla en su entraña partida honradamente. Pensé arrancarme el corazón, y echarlo, pleno de su sentir alto y profundo, al ancho surco del terruño tierno, a ver si con partirlo y con sembrarlo, la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno.
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Octubre
¡Oh! No es, no, mi carne, la que sufre el martirio. Es mi alma, mi alma tan blanca como un lirio A veces, y otras veces, como una brasa, roja, La que sufre la angustia y toda se deshoja. En lágrimas salobres con un gusto de hiel. En lágrimas amargas que dejan en la piel De mi rostro moreno, cual maléfico riesgo, Un rastro calcinante como un surco de fuego. Es mi alma, ¡mi alma!, que sufre la tortura Y se exalta en extraña ansiedad de ternura Lo mismo que su hermana Teresa de Jesús. Es mi alma, ¡mi alma!, que desea una cruz De amor grande y doliente, de pasión y martirio. ¡Mi alma roja y blanca, de rosal y de lirio!
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Pasión
Ha enmudecido el campo, presintiendo la lluvia. Reaparece en la tierra su primer abandono. La alegría del cielo se desconsuela a veces, sobre un pastor sediento. Cuando la lluvia llama se remueven los muertos. La tierra se hace un hoyo removido, oloroso. Los árboles exhalan su último olor profundo despuestos a morirse. Bajo la lluevia adquiere la voz de los relojes la gravedad, la angustia de la posstrera hora. Reviven las heridas visibles y las otras que sangran hacia dentro. Todo se hace entrañable, reconcentrado, íntimo. Como bajo el subsuelo, bajo el signo lluvioso. Todo, todo parece desear ahora la paz definitiva. Llueve como una sangre transparente, hechizada. Me siento traspasado por la humedad del suelo Que habrá de sujetarme para siempre a la sombra, para siempre a la lluvia. El cielo se desangra pausadamente herido. El verde intensifica la penumbra en las hojas. Los troncos y los muertos se oscurecen aún más por la pasión del agua. Y retoñan las cartas viejas en los rincones que olvido bajo el sol. Los besos de anteayer, las maderas más viejas y resecas, los muertos retoñan cuando llueve. Bodegas, pozos, almas, saben a más hundidos. Inundas, casi sepultados, mis sentimientos, tú, que, brumosa, inmóvil pareces el fantasma de tu fotografía. Música de la lluvia, de la muerte, del sueño, ............................................. Todos los animales, fatídicos, se inclinan debajo de las gotas. Suena en las hojas secas igual que en las esquinas, suena en el mar la lluvia como en un imposible. Suena dentro del surco como en un vientre seco, seco, sordo, baldío. Suena en las hondonadas en los barrancos: suena como una pasión íntima suicidada o ahogada. Suena como las balas penetrando la carne, como el llanto de todos. Redoblan sus tambores, tañe su flauta lenta, su lagrimosa lengua que lame tercamente. Y siempre suena como sobre los ataúdes, los dolores, la nada.
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(la lluvia)
Ha enmudecido el campo, presintiendo la lluvia. Reaparece en la tierra su primer abandono. La alegría del cielo se desconsuela a veces, sobre un pastor sediento. Cuando la lluvia llama se remueven los muertos. La tierra se hace un hoyo removido, oloroso. Los árboles exhalan su último olor profundo despuestos a morirse. Bajo la lluevia adquiere la voz de los relojes la gravedad, la angustia de la posstrera hora. Reviven las heridas visibles y las otras que sangran hacia dentro. Todo se hace entrañable, reconcentrado, íntimo. Como bajo el subsuelo, bajo el signo lluvioso. Todo, todo parece desear ahora la paz definitiva. Llueve como una sangre transparente, hechizada. Me siento traspasado por la humedad del suelo Que habrá de sujetarme para siempre a la sombra, para siempre a la lluvia. El cielo se desangra pausadamente herido. El verde intensifica la penumbra en las hojas. Los troncos y los muertos se oscurecen aún más por la pasión del agua. Y retoñan las cartas viejas en los rincones que olvido bajo el sol. Los besos de anteayer, las maderas más viejas y resecas, los muertos retoñan cuando llueve. Bodegas, pozos, almas, saben a más hundidos. Inundas, casi sepultados, mis sentimientos, tú, que, brumosa, inmóvil pareces el fantasma de tu fotografía. Música de la lluvia, de la muerte, del sueño, ............................................. Todos los animales, fatídicos, se inclinan debajo de las gotas. Suena en las hojas secas igual que en las esquinas, suena en el mar la lluvia como en un imposible. Suena dentro del surco como en un vientre seco, seco, sordo, baldío. Suena en las hondonadas en los barrancos: suena como una pasión íntima suicidada o ahogada. Suena como las balas penetrando la carne, como el llanto de todos. Redoblan sus tambores, tañe su flauta lenta, su lagrimosa lengua que lame tercamente. Y siempre suena como sobre los ataúdes, los dolores, la nada.
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¡Qué adorable manía de decir en mi pobreza y en mi desamparo: soy mas rico, muy más, que un gran visir: el corazón que amé se ha vuelto faro! Cuando se cansa de probar amor mi carne, en torno de la carne viva, y cuando me aniquilo de estupor al ver el surco que dejó en la arena mi **** en su perenne rogativa: de pronto convertirse al mundo veo en un enamorado mausoleo... Y mi alma en pena bebe un ***** vino, y un sonoro esqueleto peregrino anda cual un laúd por el camino... Por darme el santo y seña, la viajera se ata debajo de la calavera las bridas del sombrero de pastora. En su cráneo vacío y aromático trae la esencia de un eterno viático. ¡Y al fin, del fondo de su pecho claro, claro de Purgatorio y de Sión, en el sitio en que hubo el corazón me da a beber el resplandor de un faro!
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¡qué adorable manía...!
Entre los surcos tu cuerpo moreno es un racimo que a la tierra llega. Torna los ojos, mírate lo senos, son dos semillas ácidas y ciegas. Tu carne es tierra que será madura cuando el otoño te tienda las manos, y el surco que será tu sepultura temblará, temblará, como un humano al recibir tus carnes y tus huesos -rosas de pulpa con rosas de cal: rosas que en el primero de los besos vibraron como un vaso de cristal-. ¿La palabra de qué concepto pleno será tu cuerpo? ¡No lo he de saber! Torna los ojos, mírate los senos, tal vez no alcanzarás a florecer.
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Ventana al camino
He poblado tu vientre de amor y sementera, he prolongado el eco de sangre a que respondo y espero sobre el surco como el arado espera: he llegado hasta el fondo.Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, esposa de mi piel, gran trago de mi vida, tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos de cierva concebida.Ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo, y a reforzar tus venas con mi piel de soldado fuera como el cerezo.Espejo de mi carne, sustento de mis alas, te doy vida en la muerte que me dan y no tomo. Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas, ansiado por el plomo.Sobre los ataúdes feroces en acecho, sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho hasta en el polvo, esposa.Cuando junto a los campos de combate te piensa mi frente que no enfría ni aplaca tu figura, te acercas hacia mí como una boca inmensa de hambrienta dentadura.Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, y defiendo tu vientre de pobre que me espera, y defiendo tu hijo.Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado envuelto en un clamor de victoria y guitarras, y dejaré a tu puerta mi vida de soldado sin colmillos ni garras.Es preciso matar para seguir viviendo. Un día iré a la sombra de tu pelo lejano, y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo cosida por tu mano.Tus piernas implacables al parto van derechas, y tu implacable boca de labios indomables, y ante mi soledad de explosiones y brechas recorres un camino de besos implacables.Para el hijo será la paz que estoy forjando. Y al fin en un océano de irremediables huesos tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.
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Canción del esposo soldado
He poblado tu vientre de amor y sementera, he prolongado el eco de sangre a que respondo y espero sobre el surco como el arado espera: he llegado hasta el fondo.Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, esposa de mi piel, gran trago de mi vida, tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos de cierva concebida.Ya me parece que eres un cristal delicado, temo que te me rompas al más leve tropiezo, y a reforzar tus venas con mi piel de soldado fuera como el cerezo.Espejo de mi carne, sustento de mis alas, te doy vida en la muerte que me dan y no tomo. Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas, ansiado por el plomo.Sobre los ataúdes feroces en acecho, sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho hasta en el polvo, esposa.Cuando junto a los campos de combate te piensa mi frente que no enfría ni aplaca tu figura, te acercas hacia mí como una boca inmensa de hambrienta dentadura.Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, y defiendo tu vientre de pobre que me espera, y defiendo tu hijo.Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado envuelto en un clamor de victoria y guitarras, y dejaré a tu puerta mi vida de soldado sin colmillos ni garras.Es preciso matar para seguir viviendo. Un día iré a la sombra de tu pelo lejano, y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo cosida por tu mano.Tus piernas implacables al parto van derechas, y tu implacable boca de labios indomables, y ante mi soledad de explosiones y brechas recorres un camino de besos implacables.Para el hijo será la paz que estoy forjando. Y al fin en un océano de irremediables huesos tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.
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Te invoco a ti Frida, creo que entiendes mi padecer. Tengo el moderno Diego Rivera como mi amor! La mitad del tiempo vivo en sosiego, más sin él, la vida no la entiendo. Él es todas las greguerías habidas y por haber. Me enciende y me apaga en el mismo instante. Me habla pero su silencio es como el calor, lo sientes, pero, no lo puedes ver. Me habla de amor, y me trata como como si estuviésemos en un campo de batalla. Habla de una eternidad junto a mí, más en sus planes del futuro, no figuro en ninguna parte. Lo amo y lo odio paralelamente. Amo cuando me ama, Y odio la idiota, que por él, me convierto. Si me toma de repente, surco los cinco continentes. Veo el amor retoñar. Lo veo revivir en sonrisas de jóvenes ilusos. Los puentes se fortalecen de felicidad. La mugre y el lodo se convierten en arte. El agua sucia es tan cristalina como la misma pureza. Cuando me olvida, cuando me ignora, es la más cruel crucifixión. Es relamer la sangre coagulada. Llueve contantemente, y los relámpagos truenan mis huesos. La harmonía se entrega dócilmente a la desolación. Se debilita el universo. Me seco. Yaga mi cuerpo en Seol.. porque amarlo a él como lo amo, es mi gran pecado! Dime Frida, ¿cómo hiciste para soportar tanto amor? ¿para amarlo más que a ti misma? ¿Para desangrar el alma y sentirte plena con él, aunque por dentro estés vacía? No me respondas. Me obligaría a tomar una decisión. Lo amo, aunque me mate hacerlo! LeydisProse 6/2/2017 https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Jun 7, 2017
Jun 7, 2017 at 9:50 AM UTC
Dime Frida!
Te invoco a ti Frida, creo que entiendes mi padecer. Tengo el moderno Diego Rivera como mi amor! La mitad del tiempo vivo en sosiego, más sin él, la vida no la entiendo. Él es todas las greguerías habidas y por haber. Me enciende y me apaga en el mismo instante. Me habla pero su silencio es como el calor, lo sientes, pero, no lo puedes ver. Me habla de amor, y me trata como como si estuviésemos en un campo de batalla. Habla de una eternidad junto a mí, más en sus planes del futuro, no figuro en ninguna parte. Lo amo y lo odio paralelamente. Amo cuando me ama, Y odio la idiota, que por él, me convierto. Si me toma de repente, surco los cinco continentes. Veo el amor retoñar. Lo veo revivir en sonrisas de jóvenes ilusos. Los puentes se fortalecen de felicidad. La mugre y el lodo se convierten en arte. El agua sucia es tan cristalina como la misma pureza. Cuando me olvida, cuando me ignora, es la más cruel crucifixión. Es relamer la sangre coagulada. Llueve contantemente, y los relámpagos truenan mis huesos. La harmonía se entrega dócilmente a la desolación. Se debilita el universo. Me seco. Yaga mi cuerpo en Seol.. porque amarlo a él como lo amo, es mi gran pecado! Dime Frida, ¿cómo hiciste para soportar tanto amor? ¿para amarlo más que a ti misma? ¿Para desangrar el alma y sentirte plena con él, aunque por dentro estés vacía? No me respondas. Me obligaría a tomar una decisión. Lo amo, aunque me mate hacerlo! LeydisProse 6/2/2017 https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Viejo lobo de mar, de sed sorda y violenta: El humo de tu pipa tiene olor a tormenta. Si relatas tus viajes ya nadie te hace caso, porque siempre naufragas en el fondo de un vaso, y cada travesía concluye como empieza: en espuma de mar o espuma de cerveza. Viejo lobo de mar: quédate en tu navío, y escupe hacia la noche tu rencor y tu hastío. La tierra te rechaza, viejo lobo sediento, pues ya, como las velas, perteneces al viento; y la mujer desnuda que adorna tu tatuaje hoy duerme con un hombre que no se va de viaje. El amor es un surco que florece o se cierra, y tú, al vencer el mar, naufragaste en la tierra. No, viejo navegante: quédate en tu navío, y llena de humo amargo tu corazón vacío, y esconde, en una risa de dientes incompletos, la pesadumbre inmensa de tu vejez sin nietos. Vuélvete a tu guarida, lobo de pelo cano, para morir la muerte del que ha vivido en vano; ¡y córtate esa mano que no supo sembrar, porque ya, para siempre, perteneces al mar!
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Viejo lobo de mar
Sobre tu nave -un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Por ti los litorales de frentes serpentinas desenrollan, al paso de tu arado, un cantar: -Marinero, hombre libre que los mares declinas, dinos los radiogramas de tu estrella Polar. Buen marinero, hijo de los llantos del norte, limón del mediodía, bandera de la corte espumosa del agua, cazador de sirenas; todos los litorales amarrados del mundo pedimos que nos lleves en el surco profundo de tu nave, a la mar, rotas nuestras cadenas.
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A un capitán de navío
Esta iglesia no tiene lampadarios votivos, no tiene candelabros ni ceras amarillas, no necesita el alma de vitrales ojivos para besar las hostias y rezar de rodillas. El sermón sin inciensos es como una semilla de carne y luz que cae.temblando al surco vivo: el Padre-Nuestro, rezo de la vida sencilla, tiene un sabor de pan frutal y primitivo... Tiene un sabor de pan. Oloroso pan prieto que allá en la infancia blanca entregó su secreto a toda alma fragante que lo quiso escuchar... Y el Padre-Nuestro en medio de la noche se pierde; corre desnudo sobre las heredades verdes y todo estremecido se sumerge en el mar...
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Esta iglesia no tiene
Sonríe, jardinera, si en el surco te inclinas y buscas el secreto profundo de las cosas no pienses que las rosas se afean con espinas; sino que las espinas se embellecen con rosas. Jugué al amor contigo, con vanidad tan vana que marqué con la uña los naipes que te di. Y en ese extraño juego, donde pierde el que gana, gané tan tristemente, que te he perdido a ti. Al referir mi viaje le fui añadiendo cosas. Cosas que sueño a veces, pero que nunca digo, y así, donde vi un yermo, juré haber visto rosas. No me culpes, muchacha, que igual hice contigo. Yo sólo pude recordar tu nombre, tú, en cambio, recordaste cada fecha de ayer. Y aprendí que las cosas que más olvida un hombre, son las cosas que siempre recuerda una mujer. Aquí estaba la hierba, viajero de una hora, y, cuando te hayas ido, seguirá estando aquí. Bien poco ha de importarle que la pises ahora sabiendo que mañana nacerá sobre ti.
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Cuartetos del transeúnte
¿Ya has soñado una meta o elegido un camino, caminante? ¿Has pensado honda y valientemente en morir? ¿Ya has lanzado la divina simiente, la simiente fatal, en el surco divino? ¿Ya has negado tres veces la fuerza del destino, y has querido tres veces ir contra su corriente, y tres veces tu barca se ha undido lentamente? ¿Ya has bebido, en la copa de la esperanza, vino, y de la embriaguez dulce, supremo letargo, has vuelto en ti de pronto, más triste y menos fuerte, con la mirada turbia y con el labio amargo? ¿Ya has visto tu camino, de la coqueta suerte al favor o desdén, o muy corto o muy largo? Pues crúzate de brazos; No tardará la muerte.
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Soneto al caminante
Verano, ya me voy. Y me dan pena las manitas sumisas de tus tardes. Llegas devotamente; llegas viejo; y ya no encontrarás en mi alma a nadie. Verano! y pasarás por mis balcones con gran rosario de amatistas y oros, como un obispo triste que llegara de lejos a buscar y bendecir los rotos aros de unos muertos novios. Verano, ya me voy. Allá, en setiembre tengo una rosa que te encargo mucho; la regarás de agua bendita todos los días de pecado y de sepulcro. Si a fuerza de llorar el mausoleo, con luz de fe su mármol aletea, levanta en alto tu responso, y pide a Dios que siga para siempre muerta. Todo ha de ser ya tarde; y tú no encontrarás en mi alma a nadie. Ya no llores, Verano! En aquel surco muere una rosa que renace mucho...
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Verano
Es triste la tristeza de este cauce vacío, con árboles sin sombra muriendo en sus orillas; y, como si lloraran por la ausencia del río, son lágrimas de oro sus hojas amarillas. Los bordes de este cauce son los labios de un viejo que aprendió la amargura de besar en la frente; y, como el marco inútil donde brilló el espejo, hay algo que nos mira tras su reflejo ausente. Es triste la tristeza de este cauce vacío, triste como las canas de un hombre sin mujer, porque el cauce es la inmensa desolación de un río que se convierte en surco, sin lograr florecer... A veces, en otoño, la lluvia persistente llena la zanja seca con sus aguas sin brío, y el cauce desolado tal parece que siente la fugaz alegría de volver a ser río. Hoy su propio silencio tiene una voz ajena, y ayer, cantando el canto de las aguas felices, olvido la asechanza de la sed de la arena y el misterioso instinto que alarga las raíces. Y, ante este gran cadáver que lucha con lo inerte, en su terca esperanza rebosante de fe, se diría que el cauce no comprendió su muerte y se quedó esperando el agua que se fue.
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Alegoría del río seco
Sólo tú y yo sabemos lo que ignora la gente al cambiar un saludo ceremonioso y frío, porque nadie sospecha que es falso tu desvío, ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente. Sólo tú y yo sabemos por qué mi boca miente, relatando la historia de un fugaz amorío; y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío... Y aún nos arde en los labios algún beso reciente. Sólo tú y yo sabemos que existe una simiente germinando en la sombra de este surco vacío, porque su flor profunda no se ve, ni se siente. Y así dos orillas tu corazón y el mío, pues, aunque las separa la corriente de un río, por debajo del río se unen secretamente.
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Canción del amor prohibido
Saeta que voladora cruza, arrojada al azar, y que no se sabe dónde temblando se clavará; hoja que del árbol seca arrebata el vendaval, sin que nadie acierte el surco donde al polvo volverá; gigante ola que el viento riza y empuja en el mar, y rueda y pasa, y se ignora qué playa buscando va; luz que en cercos temblorosos brilla, próxima a expirar, y que no se sabe de ellos cuál el último será; eso soy yo, que al acaso cruzo el mundo sin pensar de dónde vengo ni a dónde mis pasos me llevarán.
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Rima ii
En el tronco de un árbol voy a grabar tu nombre pero con mi capricho, vulgarmente galante, dejaré satisfecha mi vanidad de hombre, acaso más profunda que mi orgullo de amante. En esas letras toscas que grabará mi mano, tu nombre sin ternura crecerá hacia el olvido, pues, fatalmente, un surco que ha florecido en vano es cien veces más triste que el que no ha florecido. Y pasarán las nubes sobre el árbol que ignora que hay amores fugaces como sus primaveras... Y un día, al ver el nombre que estoy grabando ahora, me encogeré de hombros, sin recordar quién eras...
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Variante de una canción antigua