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"regado" poems
La voz de bronce no hay quien la estrangule: mi voz de bronce no hay quien la corrompa. No puede ser ni que el silencio anule su soplo ejecutivo de pasión y de trompa. Con esta voz templada al fuego vivo, amasada en un bronce de pesares, salgo a la puerta eterna del olivo, y dejo dicho entre los olivares... El río Manzanares, un traje inexpugnable de soldado tejido por la bala y la ribera, sobre su adolescencia de juncos ha colgado. Hoy es un río y antes no lo era: era una gota de metal mezquino, un arenal apenas transitado, sin gloria y sin destino. Hoy es un trinchera de agua que no reduce nadie, nada, tan relampagueante que parece en la carne del mismo sol cavada. El leve Manzanares se merece ser mar entre los mares. Al mar, al tiempo, al sol, a este río que crece, jamás podrás herirlos por más que les dispares. Tus aguas de pequeña muchedumbre, ay río de Madrid, yo he defendido, y la ciudad que al lado es una cumbre de diamante agresor y esclarecido. Cansado acaso, pero no vencido, sale de sus jornadas el soldado. En la boca le canta una cigarra y otra heroica cigarra en el costado. ¿Adónde fue el colmillo con la garra? La hiena no ha pasado a donde más quería. Madrid sigue en su puesto ante la hiena, con su altura de día. Una torre de arena ante Madrid y el río se derrumba. En todas las paredes está escrito: Madrid será tu tumba. Y alguien cavó ya el hoyo de este grito. Al río Manzanares lo hace crecer la vena que no se agota nunca y enriquece. A fuerza de batallas y embestidas, crece el río que crece bajo los afluentes que forman las heridas. Camino de ser mar va el Manzanares: rojo y cálido avanza a regar, además del Tajo y de los mares, donde late un obrero de esperanza. Madrid, por él regado, se abalanza detrás de sus balcones y congojas, grabado en un rubí de lontananza con las paredes cada vez más rojas. Chopos que a los soldados levanta monumentos vegetales, un resplandor de huesos liberados lanzan alegremente sobre los hospitales. El alma de Madrid inunda las naciones, el Manzanares llega triunfante al infinito, pasa como la historia sonando sus renglones, y en el sabor del tiempo queda escrito.
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Fuerza del manzanares
La voz de bronce no hay quien la estrangule: mi voz de bronce no hay quien la corrompa. No puede ser ni que el silencio anule su soplo ejecutivo de pasión y de trompa. Con esta voz templada al fuego vivo, amasada en un bronce de pesares, salgo a la puerta eterna del olivo, y dejo dicho entre los olivares... El río Manzanares, un traje inexpugnable de soldado tejido por la bala y la ribera, sobre su adolescencia de juncos ha colgado. Hoy es un río y antes no lo era: era una gota de metal mezquino, un arenal apenas transitado, sin gloria y sin destino. Hoy es un trinchera de agua que no reduce nadie, nada, tan relampagueante que parece en la carne del mismo sol cavada. El leve Manzanares se merece ser mar entre los mares. Al mar, al tiempo, al sol, a este río que crece, jamás podrás herirlos por más que les dispares. Tus aguas de pequeña muchedumbre, ay río de Madrid, yo he defendido, y la ciudad que al lado es una cumbre de diamante agresor y esclarecido. Cansado acaso, pero no vencido, sale de sus jornadas el soldado. En la boca le canta una cigarra y otra heroica cigarra en el costado. ¿Adónde fue el colmillo con la garra? La hiena no ha pasado a donde más quería. Madrid sigue en su puesto ante la hiena, con su altura de día. Una torre de arena ante Madrid y el río se derrumba. En todas las paredes está escrito: Madrid será tu tumba. Y alguien cavó ya el hoyo de este grito. Al río Manzanares lo hace crecer la vena que no se agota nunca y enriquece. A fuerza de batallas y embestidas, crece el río que crece bajo los afluentes que forman las heridas. Camino de ser mar va el Manzanares: rojo y cálido avanza a regar, además del Tajo y de los mares, donde late un obrero de esperanza. Madrid, por él regado, se abalanza detrás de sus balcones y congojas, grabado en un rubí de lontananza con las paredes cada vez más rojas. Chopos que a los soldados levanta monumentos vegetales, un resplandor de huesos liberados lanzan alegremente sobre los hospitales. El alma de Madrid inunda las naciones, el Manzanares llega triunfante al infinito, pasa como la historia sonando sus renglones, y en el sabor del tiempo queda escrito.
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Ven mi Juan, y toma asiento En la mejor de tus sillas; Siéntate aquí, en mis rodillas, Y presta atención a un cuento. Así estás bien, eso es, Muy cómodo, muy ufano, Pero ten quieta esa mano; Vamos, sosiega esos pies. Este era un rey... me maltrata El bigote ese cariño, Este era un rey... vamos niño, Que me rompes la corbata. Si vieras con qué placer Ese rey... ¡Jesús! ¡qué has hecho! ¿Lo ves? en medio del pecho ¡Me has clavado un alfiler! ¿Y mi dolor te da risa? Escucha y tenme respeto: Éste era un rey... deja quieto El cuello de mi camisa. Oír atento es la ley Que a cumplir aquí te obligo... Deja mi reloj... prosigo. Atención: Este era un rey... Me da tormentos crueles Tu movilidad chicuelo, ¿Ves? has regado en el suelo Mi dinero y mis papeles. Responde: ¿me has de escuchar? Este era un rey... ¡qué locura! Me tiene en grande tortura Que te muevas sin parar. Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí Al fin cesa mi tormento... Este era un rey, oye el cuento Inventado para ti. Y agrega el niño, que es ducho En tramar cuentos a fe: «Este era un rey...» ya lo sé Porque lo repites mucho. Y me gusta el cuentecito Y mira ya lo aprendí: «Este era un rey», ¿no es así? «¡Qué bonito! ¡Qué bonito!» Y de besos me da un ciento, Y pienso al ver sus cariños: Los cuentos para los niños, No requieren argumento. Basta con entender Su espíritu de tal modo Que nos puedan hacer todo Lo que nos quieran hacer. Con lenguaje grato o rudo Un niño, sin hacer caso, Va dejando paso a paso A su narrador desnudo. Infeliz del que se escama Con esas dulces locuras: ¡Si estriba en sus travesuras El argumento del drama! ¡Oh Juan! me alegra y me agrada Tu movilidad tan terca; Te cuento por verte cerca Y no por contarte nada. Y bendigo mi fortuna, Y oye el cuento y lo sabrás; «Era un rey a quien jamás Le sucedió cosa alguna».
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Éste era un rey...
Ven mi Juan, y toma asiento En la mejor de tus sillas; Siéntate aquí, en mis rodillas, Y presta atención a un cuento. Así estás bien, eso es, Muy cómodo, muy ufano, Pero ten quieta esa mano; Vamos, sosiega esos pies. Este era un rey... me maltrata El bigote ese cariño, Este era un rey... vamos niño, Que me rompes la corbata. Si vieras con qué placer Ese rey... ¡Jesús! ¡qué has hecho! ¿Lo ves? en medio del pecho ¡Me has clavado un alfiler! ¿Y mi dolor te da risa? Escucha y tenme respeto: Éste era un rey... deja quieto El cuello de mi camisa. Oír atento es la ley Que a cumplir aquí te obligo... Deja mi reloj... prosigo. Atención: Este era un rey... Me da tormentos crueles Tu movilidad chicuelo, ¿Ves? has regado en el suelo Mi dinero y mis papeles. Responde: ¿me has de escuchar? Este era un rey... ¡qué locura! Me tiene en grande tortura Que te muevas sin parar. Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí Al fin cesa mi tormento... Este era un rey, oye el cuento Inventado para ti. Y agrega el niño, que es ducho En tramar cuentos a fe: «Este era un rey...» ya lo sé Porque lo repites mucho. Y me gusta el cuentecito Y mira ya lo aprendí: «Este era un rey», ¿no es así? «¡Qué bonito! ¡Qué bonito!» Y de besos me da un ciento, Y pienso al ver sus cariños: Los cuentos para los niños, No requieren argumento. Basta con entender Su espíritu de tal modo Que nos puedan hacer todo Lo que nos quieran hacer. Con lenguaje grato o rudo Un niño, sin hacer caso, Va dejando paso a paso A su narrador desnudo. Infeliz del que se escama Con esas dulces locuras: ¡Si estriba en sus travesuras El argumento del drama! ¡Oh Juan! me alegra y me agrada Tu movilidad tan terca; Te cuento por verte cerca Y no por contarte nada. Y bendigo mi fortuna, Y oye el cuento y lo sabrás; «Era un rey a quien jamás Le sucedió cosa alguna».
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Melancolía, saca tu dulce pico ya; no cebes tus ayunos en mis trigos de luz. Melancolía, basta! Cuál beben tus puñales la sangre que extrajera mi sanguijuela azul! No acabes el maná de mujer que ha bajado; yo quiero que de él nazca mañana alguna cruz, mañana que no tenga yo a quien volver los ojos, cuando abra su gran O de burla el ataúd. Mi corazón es tiesto regado de amargura; hay otros viejos pájaros que pastan dentro de él... Melancolía, deja de secarme la vida, y desnuda tu labio de mujer...!
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Avestruz
Bien sus cortinas sean de sarga o de brocado, Triste como una tumba, o alegre como un nido, Es en él donde el hombre duerme en paz o se ha unido; Esposo, madre o virgen, en él hemos soñado. De muerte o de amor, agua bendita lo ha regado, Y bajo cruz o ramo que consuelo ha traído, En él todo comienza y todo ha concluido, Desde la infancia al cirio que arde ante un ser amado. Pobre, o de rico encaje su cimera adornada, De oro vivo o de rojo su madera pintada, De encina, roble o pino, cerrado o descubierto, Feliz quien con el alma tranquila dormir pueda En el paterno lecho, de tela humilde o seda, Donde todos los suyos han nacido y han muerto.
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El lecho