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"recinto" poems
En la mañana sale el sol, despertamos con una ilusión, ver a nuestra isla ser una nación, lucharemos por nuestra tierra después de la puesta del sol. Ya es de noche, reina la oscuridad, vestidos de negros, jamás nos verán, con las sombras nos confundirán y cuando menos lo esperan muy tarde será, porque ya pronto tendremos nuestra libertad. Mi pueblo está cansado de ser oprimido, y ustedes invasores pagarán por lo que ha sucedido, nuestra tierra la han destruido pero de nuestro corazón se siente un latido, aún no estamos en el olvido. Nuestra cultura quisiste eliminar, pero la mancha de plátano es difícil de borrar, armados con fusiles y machetes iremos a luchar, y en esta noche la muerte de Filiberto y Albizu vamos a vengar, ya pronto la supremacía americana va a terminar, por fin mi pueblo podrá respirar. Escrito por: Yamil Rosario Vázquez (16-feb-2012) Este poema es dedicado a todas las personas que en sus vidas han puesto un granito de arena para lograr la independencia de Puerto Rico, y a aquellos que han muerto luchando por ella. En especial a: Pedro Albizu Campos, Filiberto Ojeda Ríos, Ramón Emeterio Betances, y los a los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico recinto de Río Piedras.
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Feb 18, 2012
Feb 18, 2012 at 4:59 PM UTC
Todo pueblo merece ser libre
Como en la vaguedad de un espejismo: -¿qué sabes? -mi conciencia me interroga, fluïda en llanto entre mi propio abismo. Y miro el mar ardiente, el monte flavo que suaviza el azul, la estrella límpida rielando en el rocío del capullo; y en sus cunas los cándidos infantes, cazados con las redes del arrullo por el sueño de manos hechizantes. Y vuelto a mí, gimiendo el corazón: -¿qué sabes? -vanamente me interrogo, mudo, bajo la múltiple emoción. Sólo un saber escondo claro y justo; llévole como antorcha y como daga en medio del cerrado laberinto; en su vasta amplitud mi fe naufraga y hallo en su anchura incómodo recinto. Se oyen sordos, roncos lamentos, y alzan sus puños en el vacío los pensamientos. ¡Oh menguado saber, pobre riqueza de formas en imágenes trocadas, ley ondeante, ciencia que alucina, que cada noche en el silencio empieza y cada día con el sol culmina! ¡Oh menguado saber de la iracunda vida que ante mis ojos se renueva, germinal y cruël, ciega y profunda; madre de los mil partos y el misterio que al barro humilla y a Psiquis subleva! Como ventana que el azul del cielo circunscribe, se entreabren los sentidos. ¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo, la leve mariposa del anhelo entra por la ventana sin ruïdos. Cuaja en el corazón de la manzana la dulzura estival; la mariposa vuela del fondo de la carne humana. ¡Que al claro cielo suba el anhelo! Por ese vuelo, la heredad natía canté, con ritmo del ideal retorno, en la ingenua parábola temprana. En el turquí del éter desleía un nácar tenue mi primer mañana. Por ese anhelo entre los acres pinos y las rosas en llamas del ocaso, al hablar dejo la palabra trunca: el tiempo es breve y el vigor escaso, y la Amada ideal no vino nunca. Por ese anhelo, en rimas balbucientes canto el rojo camino que a la tarde se pinta en la montaña evocadora, o a la vívida luz del sol temprano, como una obsesión conturbadora de sangre y sangre en el azul lejano. Y por él amo, en fin, y por él sueño con una honda transfusión divina de la luz en mi carne de tortura, ¡puesto que está la estrella vespertina sobre el horror de esta prisión oscura! Columpia el mar su cauda nacarina, y en ustorios relámpagos de espejos esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina. Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
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Acuarimántima iii
Como en la vaguedad de un espejismo: -¿qué sabes? -mi conciencia me interroga, fluïda en llanto entre mi propio abismo. Y miro el mar ardiente, el monte flavo que suaviza el azul, la estrella límpida rielando en el rocío del capullo; y en sus cunas los cándidos infantes, cazados con las redes del arrullo por el sueño de manos hechizantes. Y vuelto a mí, gimiendo el corazón: -¿qué sabes? -vanamente me interrogo, mudo, bajo la múltiple emoción. Sólo un saber escondo claro y justo; llévole como antorcha y como daga en medio del cerrado laberinto; en su vasta amplitud mi fe naufraga y hallo en su anchura incómodo recinto. Se oyen sordos, roncos lamentos, y alzan sus puños en el vacío los pensamientos. ¡Oh menguado saber, pobre riqueza de formas en imágenes trocadas, ley ondeante, ciencia que alucina, que cada noche en el silencio empieza y cada día con el sol culmina! ¡Oh menguado saber de la iracunda vida que ante mis ojos se renueva, germinal y cruël, ciega y profunda; madre de los mil partos y el misterio que al barro humilla y a Psiquis subleva! Como ventana que el azul del cielo circunscribe, se entreabren los sentidos. ¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo, la leve mariposa del anhelo entra por la ventana sin ruïdos. Cuaja en el corazón de la manzana la dulzura estival; la mariposa vuela del fondo de la carne humana. ¡Que al claro cielo suba el anhelo! Por ese vuelo, la heredad natía canté, con ritmo del ideal retorno, en la ingenua parábola temprana. En el turquí del éter desleía un nácar tenue mi primer mañana. Por ese anhelo entre los acres pinos y las rosas en llamas del ocaso, al hablar dejo la palabra trunca: el tiempo es breve y el vigor escaso, y la Amada ideal no vino nunca. Por ese anhelo, en rimas balbucientes canto el rojo camino que a la tarde se pinta en la montaña evocadora, o a la vívida luz del sol temprano, como una obsesión conturbadora de sangre y sangre en el azul lejano. Y por él amo, en fin, y por él sueño con una honda transfusión divina de la luz en mi carne de tortura, ¡puesto que está la estrella vespertina sobre el horror de esta prisión oscura! Columpia el mar su cauda nacarina, y en ustorios relámpagos de espejos esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina. Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
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Todo ha florecido en estos campos, manzanos, azules titubeantes, malezas amarillas, y entre la hierba verde viven las amapolas. El cielo inextinguible, el aire nuevo de cada día, el tácito fulgor, regalo de una extensa primavera. Sólo no hay primavera en mi recinto. Enfermedades, besos desquiciados, como yedras de iglesia se pegaron a las ventanas negras de mi vida y el sólo amor no basta, ni el salvaje y extenso aroma de la primavera. Y para ti qué son en este ahora la luz desenfrenada, el desarrollo floral de la evidencia, el canto verde de las verdes hojas, la presencia del cielo con su copa de frescura? Primavera exterior, no me atormentes, desatando en mis brazos vino y nieve, corola y ramo roto de pesares, dame por hoy el sueño de las hojas nocturnas, la noche en que se encuentran los muertos, los metales, las raíces, y tantas primaveras extinguidas que despiertan en cada primavera.
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Con quevedo, en primavera
Por más que intente al despedirme guardarte entero en mi recinto de soledad, por más que quiera beber tus ojos infinitos, tus largas tardes plateadas, tu vasto gesto, gris y frío, sé que al volver a tus orillas nos sentiremos muy distintos. Nunca jamás volveré a verte con estos ojos que hoy te miro.Este perfume de manzanas, ¿de dónde viene? ¡Oh sueño mío, mar mío! ¡Fúndeme, despójame de mi carne, de mi vestido mortal! ¡Olvídame en la arena, y sea yo también un hijo más, un caudal de agua serena que vuelve a ti, a su salino nacimiento, a vivir tu vida como el más triste de los ríos!Ramos frescos de espuma... Barcas soñolientas y vagas... Niños rebañando la miel poniente del sol... ¡Qué nuevo y fresco y limpio el mundo...! Nace cada día del mar, recorre los caminos que rodean mi alma, y corre a esconderse bajo el sombrío, lúgubre aceite de la noche; vuelve a su origen y principio.¡Y que ahora tenga que dejarte para emprender otro camino!...Por más que intente al despedirme llevar tu imagen, mar, conmigo; por más que quiera traspasarte, fijarte, exacto, en mis sentidos; por más que busque tus cadenas para negarme a mi destino, yo sé que pronto estará rota tu malla gris de tenues hilos. Nunca jamás volveré a verte con estos ojos que hoy te miro.
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Despedida del mar
Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...! ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.
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Rima lxxiii
Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...! ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.
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Yo soñé con un beso, con un beso postrero en la lívida boca del Señor solitario que desgarra sus carnes sobre el tosco madero en el nicho más íntimo del vetusto santuario. Cuando invaden las sombras el tranquilo crucero, parpadea la llama de la luz del sagrario, y agitando en el puño su herrumbroso llavero, se dirige a las puertas del recinto el ostiario. Con un beso infinito, cual los besos voraces que se dan los amados en la noche de bodas, enredando sus cuerpos como lianas tenaces... Con un beso que fuera mi palladium bendito para todas las ansias de mi ser, para todas las caricias bermejas que me ofrece el delito.
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El beso fantasma
María Kodama lo descubrió. Pese a su autoridad y a su firmeza, es curiosamente liviano. Quienes lo ven lo advierten; quienes lo advierten lo recuerdan.     Lo miro. Siento que es una parte de aquel imperio, infinito en el tiempo, que erigió su muralla para construir un recinto mágico.     Lo miro. Pienso en aquel Chiang Tzu que soñó que era una mariposa y que no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.     Lo miro. Pienso en el artesano que trabajó el bambú y lo dobló para que mi mano derecha pudiera calzar bien en el puño.     No sé si vive aún o si ha muerto.     No sé si es tahoista o budista o si interroga el libro de los sesenta y cuatro hexagramas.     No nos veremos nunca.     Está perdido entre novecientos treinta millones.     Algo, sin embargo, nos ata.     No es imposible que Alguien haya premeditado este vínculo.     No es imposible que el universo necesita este vínculo.
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El bastón de laca
1. El cuero arde cómo arde el cartón, como arde el presente, en los dos hemisferios Hay lugares donde los pies protestan, donde la impuntualidad es menos sutil   y se disfraza con vernáculas y un buen traje   Lugares donde hablan tu lengua y donde hablan las mías mientras se sirven un plato de comida antes de despedirse y ir por su día Donde se enfrían los pies, y coreo un rio rojo Donde se escurre la vida sagrada en un palomar de discordia 2. Ahí nadie vuela yo quisiera decirles que de ese recinto ninguna persona toma vuelo Sin falta de acuerdo, nadie vuela y cielo azul, azul de ahí se ve lejos De ahí veo las manos de los viejos levantadas hacia cielo en balanceo y me quiero ir. Camino hacia mi madre. <<de aquí nadie vuela>> le susurro a ella    en el oído pero ella levanta sus manos más alto y me ignora Me trago mi nudo de garganta, y decido ir me, pues de aquí no e de volar 3. El creer es necesario-fe cómo es necesario el hacer-acción Dos hemisferios, en un solo mundo y tú plenitude de vida acatan la flor de esperanza en mi corazón. Se que todo vuela, cuando viene el viento del cambió.
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Nov 12, 2019
Nov 12, 2019 at 2:25 AM UTC
Un Mundo Con Dos Hemisferios (flor de esperanza)
En la imponente nave del templo bizantino, vi la gótica tumba a la indecisa luz que temblaba en los pintados vidrios. Las manos sobre el pecho, y en las manos un libro, una mujer hermosa reposaba sobre la urna, del cincel prodigio. Del cuerpo abandonado, al dulce peso hundido, cual si de blanda pluma y raso fuera se plegaba su lecho de granito. De la sonrisa última el resplandor divino guardaba el rostro, como el cielo guarda del sol que muere el rayo fugitivo. Del cabezal de piedra sentados en el filo, don ángeles, el dedo sobre el labio, imponían silencio en el recinto. No parecía muerta; de los arcos macizos parecía dormir en la penumbra, y que en sueños veía el paraíso. Me acerqué de la nave al ángulo sombrío con el callado paso que llegamos junto a la cuna donde duerme un niño. La contemplé un momento, y aquel resplandor tibio, aquel lecho de piedra que ofrecía próximo al muro otro lugar vacío, en el alma avivaron la sed de lo infinito, el ansia de esa vida de la muerte para la que un instante son los siglos... Cansado del combate en que luchando vivo, alguna vez me acuerdo con envidia de aquel rincón oscuro y escondido. De aquella muda y pálida mujer me acuerdo y digo: -¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
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Rima lxxvi
Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura; puede regir la lanza, la rienda del corcel; sus músculos de atleta soportan la armadura... pero el busca en las bocas rosadas leche y miel.Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura, la carne femenina prefiere su pincel; y en el recinto oculto de tibia alcoba oscura agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.Canta de los oaristis el delicioso instante, los besos y el delirio de la mujer amante, y en sus palabras tiene perfume, alma, color.Su ave es la venusina, la tímida paloma. Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma, en todos los combates del arte o del amor.
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Medallones - ii
Ahora ya es tarde. Quisimos tocar con las pobres manos el prodigio. Ahora ya es tarde: sabemos. (No supimos lo que hacíamos). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado. Nos retiene, sin remedio, en su recinto). Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Ahora ya es tarde. Se apaga el mundo recién nacido. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. Miro la llama. ¿Quién nos mandó tocar su centro encendido? Al fuego se le posee con los ojos. (Ni sus hijos pueden tocarlo). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Sabemos. El terso sueño se ha roto. Ya no hay caminos. Desamparados tendemos puentes de espíritu a espíritu. También el cuerpo quería romper su lastre infinito. Las almas a su través se buscaban. Se han hundido para siempre. No se encuentran para siempre. No se encuentran las almas. Ya se ha cumplido lo fatal. Sabemos. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Las almas se han marchitado sobre los cuerpos marchitos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. El fino vidrio de la paz se rompe deseando. (Como el río, sólo se para y descansa cuando deja de ser río). Prisa por llegar. Candentes avideces. Rojo vino en el que los vencedores se igualan a los vencidos. Oh, cuánta desolación. Qué caída en el vacío. Oigo al otoño ventoso tañer su cuerno amarillo. Aroma de oro dorando aroma de tierra. Piso la tierra. Miro la tierra hermosa... Torno a lo mío: cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado). Todo en torno es lo mismo y no es lo mismo. Se han borrado para siempre caminos, muchos caminos. Y estamos solos. De pronto nada parece tranquilo. Nuestra voz suena a voz de otros que jamás han existido. Y se cierra todo. Y todo dejando de ser sencillo. Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Y no hay caminos. Y no hay caminos. Y no hay caminos
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Ahora ya es tarde. Quisimos tocar con las pobres manos el prodigio. Ahora ya es tarde: sabemos. (No supimos lo que hacíamos). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado. Nos retiene, sin remedio, en su recinto). Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Ahora ya es tarde. Se apaga el mundo recién nacido. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. Miro la llama. ¿Quién nos mandó tocar su centro encendido? Al fuego se le posee con los ojos. (Ni sus hijos pueden tocarlo). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Sabemos. El terso sueño se ha roto. Ya no hay caminos. Desamparados tendemos puentes de espíritu a espíritu. También el cuerpo quería romper su lastre infinito. Las almas a su través se buscaban. Se han hundido para siempre. No se encuentran para siempre. No se encuentran las almas. Ya se ha cumplido lo fatal. Sabemos. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Las almas se han marchitado sobre los cuerpos marchitos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. El fino vidrio de la paz se rompe deseando. (Como el río, sólo se para y descansa cuando deja de ser río). Prisa por llegar. Candentes avideces. Rojo vino en el que los vencedores se igualan a los vencidos. Oh, cuánta desolación. Qué caída en el vacío. Oigo al otoño ventoso tañer su cuerno amarillo. Aroma de oro dorando aroma de tierra. Piso la tierra. Miro la tierra hermosa... Torno a lo mío: cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado). Todo en torno es lo mismo y no es lo mismo. Se han borrado para siempre caminos, muchos caminos. Y estamos solos. De pronto nada parece tranquilo. Nuestra voz suena a voz de otros que jamás han existido. Y se cierra todo. Y todo dejando de ser sencillo. Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Y no hay caminos. Y no hay caminos. Y no hay caminos
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Padre y maestro mágico, liróforo celeste que al instrumento olímpico y a la siringa agreste             diste tu acento encantador; ¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,             ¡al son del sistro y del tambor!Que tu sepulcro cubra de flores Primavera, que se humedezca el áspero hocico de la fiera             de amor si pasa por allí; que el fúnebre recinto visite Pan bicorne; que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne             y de claveles de rubí.Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo, ahuyenten la negrura del pájaro protervo             el dulce canto de cristal que Filomela vierta sobre tus tristes huesos, o la armonía dulce de risas y de besos             de culto oculto y florestal.Que púberes canéforas te ofrenden el acanto, que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,             sino rocío, vino, miel: que el pámpano allí brote, las flores de Citeres, ¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres             bajo un simbólico laurel!Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya, en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,             tu nombre ponga en la canción; y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche con ansias y temores entre las linfas luche,             llena de miedo y de pasión.De noche, en la montaña, en la negra montaña de las Visiones, pase gigante sombra extraña,             sombra de un Sátiro espectral; que ella al centauro adusto con su grandeza asuste; de una extrahumana flauta la melodía ajuste             a la armonía sideral.Y huya el tropel equino por la montaña vasta; tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta             de compasiva y blanca luz; y el Sátiro contemple sobre un lejano monte una cruz que se eleve cubriendo el horizonte             ¡y un resplandor sobre la cruz!
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Verlaine
Padre y maestro mágico, liróforo celeste que al instrumento olímpico y a la siringa agreste             diste tu acento encantador; ¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,             ¡al son del sistro y del tambor!Que tu sepulcro cubra de flores Primavera, que se humedezca el áspero hocico de la fiera             de amor si pasa por allí; que el fúnebre recinto visite Pan bicorne; que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne             y de claveles de rubí.Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo, ahuyenten la negrura del pájaro protervo             el dulce canto de cristal que Filomela vierta sobre tus tristes huesos, o la armonía dulce de risas y de besos             de culto oculto y florestal.Que púberes canéforas te ofrenden el acanto, que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,             sino rocío, vino, miel: que el pámpano allí brote, las flores de Citeres, ¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres             bajo un simbólico laurel!Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya, en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,             tu nombre ponga en la canción; y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche con ansias y temores entre las linfas luche,             llena de miedo y de pasión.De noche, en la montaña, en la negra montaña de las Visiones, pase gigante sombra extraña,             sombra de un Sátiro espectral; que ella al centauro adusto con su grandeza asuste; de una extrahumana flauta la melodía ajuste             a la armonía sideral.Y huya el tropel equino por la montaña vasta; tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta             de compasiva y blanca luz; y el Sátiro contemple sobre un lejano monte una cruz que se eleve cubriendo el horizonte             ¡y un resplandor sobre la cruz!
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Llegaron mis amigos de colegio Y absortos vieron mi cadáver frío; «¡Pobre!» exclamaron, y salieron todos... Ninguno de ellos un adiós me dijo. Todos me abandonaron. En silencio Fui conducido al último recinto; Ninguno dio un suspiro al que partía, Ninguno al cementerio fue conmigo. ¡Cerró el sepulturero mi sepulcro... Me quejé, tuve miedo y sentí frío, Y gritar quise en mi cruel angustia, Pero en los labios espiró mi grito! El aire me faltaba, y luché en vano Por destrozar mi féretro sombrío. Y en tanto.., los gusanos devoraban, Cual suntuoso festín, mis miembros rígidos. ¡Oh mi amor! dije al fin, ¿y me abandonas? Pero al llegar su voz a mis oídos Sentí latir el corazón de nuevo, Y volví al triste mundo de los vivos. Me alcé y abrí los ojos. ¡Cómo hervían Las copas de licor sobre los libros! El cuarto daba vueltas, y dichosos Bebían y cantaban mis amigos.
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Delirium tremens
Marte, la guerra. Febo, el sol. Neptuno, el mar que ya no pueden ver mis ojos porque lo borra el dios. Tales despojos han desterrado a Dios, que es Tres y es Uno, de mi despierto corazón. El hado me impone esta curiosa idolatría. Cercado estoy por la mitología. Nada puedo. Virgilio me ha hechizado. Virgilio y el latín. Hice que cada estrofa fuera un arduo laberinto de entretejidas voces, un recinto vedado al vulgo, que es apenas, nada. Veo en el tiempo que huye una saeta rígida y un cristal en la corriente y perlas en la lágrima doliente. Tal es mi extraño oficio de poeta. ¿Qué me importan las befas o el renombre? Troqué en oro el cabello, que está vivo. ¿Quién me dirá si en el secreto archivo de Dios están las letras de mi nombre? Quiero volver a las comunes cosas: el agua, el pan, un cántaro, unas rosas...
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Góngora
No vine sólo por decirte (aunque también) que no volveré nunca, y que nunca podré olvidarte. Emprendo la tarea (imposible, si es que algo hay imposible) de racionalizar, interpretar, reconstruir y desandar aquellas fábulas y hechizos que gracias a ti fueron realidad. Recupero los pasos iniciados a la orilla del río y que desembocaban en «Kiss Bar» (aunque no estoy seguro dónde estaba el principio y dónde el fin). Estoy cansado, muy cansado. Don Antonio Machado dijo hace más de sesenta años «Soy viejo porque tengo más de setenta años, que es mucha edad para un español». (Sin comentarios).               He vivido días radiantes gracias a ti. Entre mis dedos se escurrían cristalinas las horas, agua pura. Benditas sean. Fue un tercer grado carcelario: regresas a la cárcel por la noche, por el día -espejismo- te sientes libre, libre, libre. Nadie pudo, ni puede, ni podrá por los siglos de los siglos arrebatarme tanta felicidad. Yo no he venido -te lo dije- para decirte adiós. Sé que no me echarás de menos, y eso que yo soñaba ser todo para ti como tú lo eres todo para mí. ¡Ay vanidad de vanidades y todo vanidad! No te importuno más (ni siquiera sé si me escuchas). Bebo el último whisky en el «Kiss Bar», la última margarita en «Santa Fe», rodeo luego la ciudad y su muralla de agua en la que ya no queda nada que fue mío. Desisto de adentrarme en su recinto, no tengo fuerzas para celebrar la melancólica liturgia de la separación Sólo deseo ya dormir, dormir, tal vez soñar...
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En son de despedida
No vine sólo por decirte (aunque también) que no volveré nunca, y que nunca podré olvidarte. Emprendo la tarea (imposible, si es que algo hay imposible) de racionalizar, interpretar, reconstruir y desandar aquellas fábulas y hechizos que gracias a ti fueron realidad. Recupero los pasos iniciados a la orilla del río y que desembocaban en «Kiss Bar» (aunque no estoy seguro dónde estaba el principio y dónde el fin). Estoy cansado, muy cansado. Don Antonio Machado dijo hace más de sesenta años «Soy viejo porque tengo más de setenta años, que es mucha edad para un español». (Sin comentarios).               He vivido días radiantes gracias a ti. Entre mis dedos se escurrían cristalinas las horas, agua pura. Benditas sean. Fue un tercer grado carcelario: regresas a la cárcel por la noche, por el día -espejismo- te sientes libre, libre, libre. Nadie pudo, ni puede, ni podrá por los siglos de los siglos arrebatarme tanta felicidad. Yo no he venido -te lo dije- para decirte adiós. Sé que no me echarás de menos, y eso que yo soñaba ser todo para ti como tú lo eres todo para mí. ¡Ay vanidad de vanidades y todo vanidad! No te importuno más (ni siquiera sé si me escuchas). Bebo el último whisky en el «Kiss Bar», la última margarita en «Santa Fe», rodeo luego la ciudad y su muralla de agua en la que ya no queda nada que fue mío. Desisto de adentrarme en su recinto, no tengo fuerzas para celebrar la melancólica liturgia de la separación Sólo deseo ya dormir, dormir, tal vez soñar...
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Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna te pido, amor, un viaje por oscuro recinto: cierra tus sueños, entra con tu cielo en mis ojos, extiéndete en mi sangre como en un ancho río. Adiós, adiós, cruel claridad que fue cayendo en el saco de cada día del pasado, adiós a cada rayo de reloj o naranja, salud oh sombra, intermitente compañera! En esta nave o agua o muerte o nueva vida, una vez más unidos, dormidos, resurrectos, somos el matrimonio de la noche en la sangre. No sé quién vive o muere, quién reposa o despierta, pero es tu corazón el que reparte en mi pecho los dones de la aurora.
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Soneto lxxxii
Me miras con perfidia pretendiendo domar mi recinto. Presumes tu sabiduría sin saber que yo soy, ¡guía audaz! Que llevo más de diez vidas perfeccionando mis gritos, cuyo sonidos te llevaran al olimpo de los seres invictos. Gimos con algoritmos que descifran los calóricos revoltillos de una mente esculpida que sabe sumergirse; en insondable pozos, complacerte, hasta que logres tu propósito, hasta que digas ¡eureka! la novena maravilla, la he encontrado, en tu llanto pasional. Me miras y pretendes amedrentarme, pretendes que huya de mi desnudez y yo sencillamente, te reto a que te atiborres de mi ser.., a que te pierdas en mi querer; que no te avergüences de mi placer y que escuches en mis suspiros los quejidos de mi erotismo. Me miras como quien pretende impresionar y yo con la mirada fija.., te reto a que descubras mi castidad; Que te enganches de mi honduras, que te aferres a mi cintura, que te enamores de mi sabrosura, que te deshagas de tu cordura y respondas al clamo de mis deseos que te hacen un llamado visceral. Que apruebes conmigo los sabores del tiempo, con feroces besos, que van componiendo la canción perfecta, hasta que lleguemos a nuestro destino pasional. Te dije alguna vez y te lo diré otra vez, “Yo no gimo, yo gruñó como loba, maulló como perra” brinco hasta afincarme en tus cinco sentidos, y logres entender, que tú serás un lobo maldito, pero, a mi amor !no lo puedes someter!
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May 25, 2018
May 25, 2018 at 1:03 PM UTC
GRITOS
Solitario recinto de la abadía; tristes patios, arcadas de recias claves, desmanteladas celdas, capilla fría de historiados altares, de sillería de roble, domo excelso y obscuras naves; solitario recinto: ¡cuántas pavesas de amores que ascendieron hasta el pináculo donde mora el Cordero, guardan tus huesas...! Heme aquí con vosotras, las abadesas de cruces pectorales y de áureo báculo... Enfermo de la vida, busco la plática con Dios, en el misterio de su santuario: tengo sed de idealismo... Legión extática, de monjas demacradas de faz hierática, decid: ¿aún vive Cristo tras el sagrario? Levantaos del polvo, llenad el coro; los breviarios aguardan en los sitiales, que vibre vuestro salmo limpio y sonoro, en tanto que el Poniente nimba de oro las testas de los santos en los vitrales... ¡Oh claustro silencioso, cuántas pavesas de amores que ascendieron hasta el pináculo donde mora el Cordero, guardan tus huesas...! Oraré mientras duermen las abadesas de cruces pectorales y de áureo báculo...
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Gótica