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Luna Aug 2018
Simplemente desperté
                     Todo era extraño.

No me ubicaba
     Ni en tiempo
                        O espacio.

Todo desordenado
         Y desconectado.

          Llevaba la vida a cuestas
          Cicatrices y heridas que el tiempo no curaba.

          Dolor en el alma
          Recuerdos pesados y punzantes.





                   Oscuridad.
Carne, carne maldita que me apartas del cielo;
carne tibia y rosada que me impeles al vicio;
ya rasgué mis espaldas con cilicio y flagelo
por vencer tus impulsos, y es en vano, ¡te anhelo
a pesar del flagelo y a pesar del cilicio!

Crucifico mi cuerpo con sagrados enojos,
y se abraza a mis plantas Afrodita la impura;
me sumerjo en la nieve, mas la templan sus ojos;
me revuelco en un tálamo de punzantes abrojos,
y sus labios lo truecan en deleite y ventura.

Y no encuentro esperanza, ni refugio ni asilo,
y en mis noches, pobladas de febriles quimeras,
me persigue la imagen de la Venus de Milo,
con sus lácteos muñones, con su rostro tranquilo
y las combas triunfales de sus amplias caderas.
¡Oh Señor Jesucristo, guíame por los rectos
derroteros del justo; ya no turben con locas
avideces la calma de mis puros afectos
ni el caliente alabastro de los senos erectos,
ni el marfil de los hombros, ni el coral de las bocas!
En el libro lujoso se advierten
        las rimas triunfales:
bizantinos mozaicos, pulidos
        y raros esmaltes,
fino estuche de artísticas joyas,
        ideas brillantes;
los vocablos unidos a modo
        de ricos collares;
las ideas formando en el ritmo
        sus bellos engarces,
y los versos como hilos de oro
        do irrisadas tiemblan
        perlas orientales.

¡Y mirad! En las mil filigranas
hallaréis alfileres punzantes;
        y, en la
pedrería,
        trémulas facetas
    de color de sangre.
Oh la paz y el silencio de los tiempos feudales,
cuando fui solitario monje benedictino;
cuando el amor de mis noches fue el Cordero divino,
y pintaba mayúsculas en los grandes misales!

De mi carne el cilicio fueron verdes rosales,
y mi solo regalo fue la hostia y el vino,
y de abrojos punzantes ericé mi camino,
do vagaron un tiempo los Pecados mortales.

Pero fueron ayunos y oraciones en vano ...
Siempre rojas mayúsculas dibujaba mi mano,
siempre en rojas mayúsculas se extasiaban mis ojos.

De Satán fue mi alma, de Satán fue mi anhelo ...
Pues cerró con tinieblas mi camino hacia el cielo
el recuerdo implacable de unos labios muy rojos.
Ante él, y por millares, los pájaros doquiera,
desde la orilla, a donde ya el Héroe ha descendido,
volaron, como ráfaga, sobre el negror dormido
del lago de aguas Fúnebres, en bandada agorera.

Otros, cruzaban tardos, rozando en la ribera
la frente que de Onfalia los besos ha sentido,
cuando el Arquero, el dardo sobre el nervio tendido,
avanzó entre las cañas, con la mirada fiera.

A la nube de pájaros dispara, y ella, luego
lanza lluvia de plumas, como dardos punzantes,
que eran, entre relámpagos, vivos dardos de fuego;

y al fin vio el sol, ya rota la gran nube sombría,
en donde el arco hizo desgarrones radiantes,
ensangrentado a Hércules que al cielo sonreía.

— The End —