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"propicio" poems
Albergo, en el rigor de mi memoria Flashes que abundan entre nosotros Cada vez que os recuerdo entera y viva. Tu estela elevaba el calor, mientras expuestos ante el encuentro propicio Aquel caótico y asimétrico suplicio. Sazón de cuatro copas de vino, marcaron la noche, cuando la luna bajaba sincera Y hace de testigo compañera. Frente al humo, una unión cinética Entre la música y las danzas artísticas. Un acorde de guitarra, el sutil indicio de una bailarina boyante, en su estela aquella noche marinera. Entre un tango melancólico Un opus magnético, la grandiosa sinfonía. No le pidas al caminante Que olvide fácilmente El calor de los labios, la fuerza de tu aura Esa tántrica melodía. Aquel prefacio, una fusión de opuestos Que cuando atraen El magnetismo sabe hacer clima Prolongando el éxtasis en el tiempo. Ese recuerdo que albergo Me ha servido de sustento Para continuar trazando la ruta El camino por recorrer Que el viajero emprende En busca de la verdad y la vida Que encuentro en la poesía De esta proclama, un pronunciamiento Cada vez que el recuerdo de un amor Ha de servir para amar al presente y el mundo.
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Oct 7, 2013
Oct 7, 2013 at 1:10 PM UTC
Cada vez que recuerdo (Each time I remember)
Para que de las Náyades el compañero amado haga el macho a la oveja agradable y propicio, y el rebaño que pace, del campo entre el bullicio, a orillas del Galeso, quede multiplicado, es fuerza que esté alegre, que del techo abrigado del pastor, en invierno, reciba el beneficio; el familiar Demonio ve todo sacrificio, sobre mesa de mármol o en tierra, con agrado. Honremos, pues, a Hermes Inmortal. En su altura prefiere a templo o ara siempre la mano pura que una impoluta víctima a los dioses ofrezca. Amigo, un hilo alcemos al final de tu prado. y que sangre de un macho cabrío degollado ponga negra la arcilla y el césped enrojezca.
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A hermes crióforo
Un anciano consume su tabaco en la vieja cachimba de nogal. La tarde es solamente un cielo opaco y el recuerdo amarillo de un rosal. El anciano dormita... Es tan triste la tarde para ver un reloj descompuesto, y la infinita crueldad de un calendario con la fecha de ayer. Y silencio, un silencio propicio para rememorar cómo canta una boca la lectura de la antigua conseja familiar. En el fino paisaje se depura una tristeza del atardecer, y el reloj descompuesto parece una dolida conciencia de caoba en la pared. Una pobre conciencia, cuya charla con la vieja cachimba de nogal es el agrio murmullo de un postigo y el recuerdo amarillo del rosal.
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Una pobre conciencia
Esta noche estoy solo, es primavera, y llueve, y barajo el recuerdo como un viejo tahúr... Loco rey de una noche predominante y breve, sólo he sido la sombra de una nube en la nieve o el temblor de una espiga bajo el viento del sur. Amar era mi anhelo, pero amé demasiado, sin que me engrandeciera jamás un gran amor... Y ahora están resurgiendo las mujeres que he amado, melancólicamente, del fondo del pasado, y yo cierro los ojos, para verlas mejor. Ellas supieron darme la eternidad de un día, la gloria de una noche llena de amanecer; y eran ofrendas vanas que yo no agradecía, evaporados vinos de una copa vacía que iba de mano en mano, de mujer en mujer. Todas fueron princesas en la magia de un cuento; todas fueron mendigas de un agrio despertar... Y ahora ya nadie escucha mi acento descontento, porque soy como un buque batido por el viento, que se quedó sin velas en la orilla del mar. Queriendo amar a tantas, quizás no amé a ninguna, o amaba solamente mi propia juventud; pues eran, al reclamo de una buena fortuna, propicio todo instante; toda cita, oportuna; toda puerta, accesible; frágil toda virtud... Mi corazón cantaba sobre la primavera, cuando hasta en las espinas quiere abrirse la flor... Después se fue apagando mi bujía de cera, pero tan lentamente como si no supiera si empezaba una sombra o acababa un fulgor. Ellas, las que me amaron, supieron de mi olvido; y ellas, las olvidadas, me olvidaron también. Y hoy, a veces, me miran como a un desconocido, como si me miraran buscando un parecido que les recuerda a alguien, sin recordar a quién. Usurpador furtivo de caricias ajenas, ejercité mis besos para la ingratitud. Y hoy, mercader de espumas, agricultor de arenas, prófugo delirante que añora sus cadenas, soy un hombre sin sueños entre la multitud. Pero sí por las gracias de un Dios caritativo renaciera de pronto la juventud en mí, yo, esclavo de mi sombra, libertador cautivo, olvidaría entonces la vida que ahora vivo, para vivir de nuevo la vida que viví...
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Monólogo de casanova
Esta noche estoy solo, es primavera, y llueve, y barajo el recuerdo como un viejo tahúr... Loco rey de una noche predominante y breve, sólo he sido la sombra de una nube en la nieve o el temblor de una espiga bajo el viento del sur. Amar era mi anhelo, pero amé demasiado, sin que me engrandeciera jamás un gran amor... Y ahora están resurgiendo las mujeres que he amado, melancólicamente, del fondo del pasado, y yo cierro los ojos, para verlas mejor. Ellas supieron darme la eternidad de un día, la gloria de una noche llena de amanecer; y eran ofrendas vanas que yo no agradecía, evaporados vinos de una copa vacía que iba de mano en mano, de mujer en mujer. Todas fueron princesas en la magia de un cuento; todas fueron mendigas de un agrio despertar... Y ahora ya nadie escucha mi acento descontento, porque soy como un buque batido por el viento, que se quedó sin velas en la orilla del mar. Queriendo amar a tantas, quizás no amé a ninguna, o amaba solamente mi propia juventud; pues eran, al reclamo de una buena fortuna, propicio todo instante; toda cita, oportuna; toda puerta, accesible; frágil toda virtud... Mi corazón cantaba sobre la primavera, cuando hasta en las espinas quiere abrirse la flor... Después se fue apagando mi bujía de cera, pero tan lentamente como si no supiera si empezaba una sombra o acababa un fulgor. Ellas, las que me amaron, supieron de mi olvido; y ellas, las olvidadas, me olvidaron también. Y hoy, a veces, me miran como a un desconocido, como si me miraran buscando un parecido que les recuerda a alguien, sin recordar a quién. Usurpador furtivo de caricias ajenas, ejercité mis besos para la ingratitud. Y hoy, mercader de espumas, agricultor de arenas, prófugo delirante que añora sus cadenas, soy un hombre sin sueños entre la multitud. Pero sí por las gracias de un Dios caritativo renaciera de pronto la juventud en mí, yo, esclavo de mi sombra, libertador cautivo, olvidaría entonces la vida que ahora vivo, para vivir de nuevo la vida que viví...
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Primer amor, tú vences la distancia. Fuensanta, tu recuerdo me es propicio. Me deleita de lejos la fragancia que de noche se exhala de tus tiestos, y en pago de tan grande beneficio te canonizo en estos endecasílabos sentimentales. A tu virtud mi devoción es tanta que te miro en el altar, como la santa Patrona que veneran tus zagales, y así es como mis versos se han tornado endecasílabos pontificales. Como risueña advocación te he dado la que ha de subyugar los corazones: permíteme rezarte, novia ausente, Nuestra Señora de las Ilusiones. ¡Quién le otorgara al corazón doliente cristalizar el infantil anhelo, que en su fuego romántico me abrasa, de venerarte en diáfano capelo en un rincón de la nativa casa! Tanto se contagió mi vida toda del grave encanto de tus ojos místicos, que en vano espero para nuestra boda alguna de las horas de pureza en que se confortó mi gran tristeza con los primeros panes eucarísticos.
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Canonización
Bestia celeste, sol que el ojo aduerme frente a mi casa de boscosa espalda; laxas están las manos en mi falda y la cabeza contra el hombro inerme. S obre el azur el toro de oro duerme y aun chispea su ojo de esmeralda, para la mar que la neblina encalda y el duende que propicio suele serme. Queda un rayo de luz en sus pupilas, menudas, más menudas que las lilas. Mi soledad en él se regocija pues lo ama mi amor porque es pequeño y suele ir a la mansión del sueño a traerme un ensueño en su vasija.
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Sol y duende
Son pocos. La primavera está muy prestigiada, pero es mejor el verano. Y también esas grietas que el otoño forma al interceder con los domingos en algunas ciudades ya de por sí amarillas como plátanos. El invierno elimina muchos sitios: quicios de puertas orientadas al norte, orillas de los ríos, bancos públicos. Los contrafuertes exteriores de las viejas iglesias dejan a veces huecos utilizables aunque caiga nieve. Pero desengañémonos: las bajas temperaturas y los vientos húmedos lo dificultan todo. Las ordenanzas, además, proscriben la caricia (con exenciones para determinadas zonas epidérmicas -sin interés alguno- en niños, perros y otros animales) y el «no tocar, peligro de ignominia» puede leerse en miles de miradas. ¿A dónde huir, entonces? Por todas partes ojos bizcos, córneas torturadas, implacables pupilas, retinas reticentes, vigilan, desconfían, amenazan. Queda quizá el recurso de andar solo, de vaciar el alma de ternura y llenarla de hastío e indiferencia, en este tiempo hostil, propicio al odio.
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Inventario de lugares propicios al amor