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"prolonga" poems
Ni el tiempo que al pasar me repetía que no tendría fin mi desventura será capaz con su palabra obscura de resistir la luz de mi alegría, ni el espacio que un día y otro día convertía distancia en amargura me apartará de la persona pura que se confunde con mi poesía. Porque para el Amor que se prolonga por encima de cada sepultura no existe tiempo donde el sol se ponga. Porque para el Amor omnipotente, que todo lo transforma y transfigura, no existe espacio que no esté presente.
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Soneto del amor victorioso
Aquí paz, y después gloria. Aquí, a orillas de Francia, en donde Cataluña no muere todavía y prolonga en carteles de «Toros à Ceret» y de «Flamenco's Show» esa curiosa España de las ganaderías de reses bravas y de juergas sórdidas, reposa un español bajo una losa:                                                                 paz y después gloria. Dramático destino, triste suerte morir aquí                       -paz y después...-                               perdido, abandonado y liberado a un tiempo (ya sin tiempo) de una patria sombría e inclemente. Sí; después gloria. Al final del verano, por las proximidades pasan trenes nocturnos, subrepticios, rebosantes de humana mercancía: manos de obra barata, ejército vencido por el hambre                                               -paz...-, otra vez desbandada de españoles cruzando la frontera, derrotados -...sin gloria. Se paga con la muerte o con la vida, pero se paga siempre una derrota. ¿Qué precio es el peor?                                                   Me lo pregunto y no sé qué pensar ante esta tumba, ante esta paz                             -«Casino de Canet: spanish gipsy dancers», rumor de trenes, hojas...-, ante la gloria ésta -...de reseco laurel- que yace aquí, abatida bajo el ciprés erguido, igual que una bandera al pie de un mástil. Quisiera, a veces, que borrase el tiempo los nombres y los hechos de esta historia como borrará un día mis palabras que la repiten siempre tercas, roncas.
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Camposanto en collioure
Aquí paz, y después gloria. Aquí, a orillas de Francia, en donde Cataluña no muere todavía y prolonga en carteles de «Toros à Ceret» y de «Flamenco's Show» esa curiosa España de las ganaderías de reses bravas y de juergas sórdidas, reposa un español bajo una losa:                                                                 paz y después gloria. Dramático destino, triste suerte morir aquí                       -paz y después...-                               perdido, abandonado y liberado a un tiempo (ya sin tiempo) de una patria sombría e inclemente. Sí; después gloria. Al final del verano, por las proximidades pasan trenes nocturnos, subrepticios, rebosantes de humana mercancía: manos de obra barata, ejército vencido por el hambre                                               -paz...-, otra vez desbandada de españoles cruzando la frontera, derrotados -...sin gloria. Se paga con la muerte o con la vida, pero se paga siempre una derrota. ¿Qué precio es el peor?                                                   Me lo pregunto y no sé qué pensar ante esta tumba, ante esta paz                             -«Casino de Canet: spanish gipsy dancers», rumor de trenes, hojas...-, ante la gloria ésta -...de reseco laurel- que yace aquí, abatida bajo el ciprés erguido, igual que una bandera al pie de un mástil. Quisiera, a veces, que borrase el tiempo los nombres y los hechos de esta historia como borrará un día mis palabras que la repiten siempre tercas, roncas.
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¿Por qué habéis dicho todos que en España hay dos bandos, si aquí no hay más que polvo? En España no hay bandos, en esta tierra no hay bandos, en esta tierra maldita no hay bandos. No hay más que un hacha amarilla que ha afilado el rencor. Un hacha que cae siempre, siempre, siempre, implacable y sin descanso sobre cualquier humilde ligazón: sobre dos plegarias que se funden, sobre dos herramientas que se enlazan, sobre dos manos que se estrechan. La consigna es el corte, el corte, el corte, el corte hasta llegar al polvo, hasta llegar al átomo. Aquí no hay bandos, aquí no hay bandos ni rojos ni blancos ni egregios ni plebeyos... Aquí no hay más que átomos, átomos que se muerden. España, en esta casa tuya no hay bandos. Aquí no hay más que polvo, polvo y un hacha antigua, indestructible y destructora, que se volvió y se vuelve contra tu misma carne cuando te cercan los raposos. Vuelan sobre tus torres y tus campos todos los gavilanes enemigos y tu hijo blande el hacha sobre tu propio hermano. Tu enemigo es tu sangre y el barro de tu choza. ¡Qué viejo veneno lleva el río y el viento, y el pan de la meseta, que emponzoña la sangre, alimenta la envidia, da ley al fratricidio y asesina el honor y la esperanza! La voz de tus entrañas y el grito de tus montes es lo que dice el hacha: «Este es el mundo del desgaje, de la desmembración y la discordia, de las separaciones enemigas, de las dicotomías incesables, el mundo del hachazo... ¡mi mundo!, dejadme trabajar». Y el hacha cae ciega, incansable y vengativa sobre todo lo que se congrega y se prolonga: sobre la gavilla y el manojo, sobre la espiga y el racimo, sobre la flor y la raíz, sobre el grano y la simiente, y sobre el polvo mismo del grano y la simiente. Aquí el hacha es la ley y la unidad el átomo, el átomo amarillo y rencoroso. Y el hacha es la que triunfa.
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El hacha ii
¿Por qué habéis dicho todos que en España hay dos bandos, si aquí no hay más que polvo? En España no hay bandos, en esta tierra no hay bandos, en esta tierra maldita no hay bandos. No hay más que un hacha amarilla que ha afilado el rencor. Un hacha que cae siempre, siempre, siempre, implacable y sin descanso sobre cualquier humilde ligazón: sobre dos plegarias que se funden, sobre dos herramientas que se enlazan, sobre dos manos que se estrechan. La consigna es el corte, el corte, el corte, el corte hasta llegar al polvo, hasta llegar al átomo. Aquí no hay bandos, aquí no hay bandos ni rojos ni blancos ni egregios ni plebeyos... Aquí no hay más que átomos, átomos que se muerden. España, en esta casa tuya no hay bandos. Aquí no hay más que polvo, polvo y un hacha antigua, indestructible y destructora, que se volvió y se vuelve contra tu misma carne cuando te cercan los raposos. Vuelan sobre tus torres y tus campos todos los gavilanes enemigos y tu hijo blande el hacha sobre tu propio hermano. Tu enemigo es tu sangre y el barro de tu choza. ¡Qué viejo veneno lleva el río y el viento, y el pan de la meseta, que emponzoña la sangre, alimenta la envidia, da ley al fratricidio y asesina el honor y la esperanza! La voz de tus entrañas y el grito de tus montes es lo que dice el hacha: «Este es el mundo del desgaje, de la desmembración y la discordia, de las separaciones enemigas, de las dicotomías incesables, el mundo del hachazo... ¡mi mundo!, dejadme trabajar». Y el hacha cae ciega, incansable y vengativa sobre todo lo que se congrega y se prolonga: sobre la gavilla y el manojo, sobre la espiga y el racimo, sobre la flor y la raíz, sobre el grano y la simiente, y sobre el polvo mismo del grano y la simiente. Aquí el hacha es la ley y la unidad el átomo, el átomo amarillo y rencoroso. Y el hacha es la que triunfa.
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He vuelto a media noche a mi casa, y un canto como vena de agua que solloza, me acoge... Es el músico célibe, es el solista dócil y experto, es el zenzontle que mece los cansancios seniles y la incauta ilusión con que sueñan las damitas... No cabe duda que el prisionero sabe cantar. Su lengua es como aquellas otras que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas. No serían los clásicos minuciosos psicólogos, pero atinaban con el mundo elemental y daban a las cosas sus nombres...                                                                   Sigo oyendo la musical tarea del zenzontle, y lo admiro por impávido y fuerte, porque no se amilana en el caos de las lóbregas vigilias, y no teme despertar a los monstruos de la noche. Su pico repasa el cuerpo de la noche, como el de una amante; el valeroso pico de este zenzontle va recorriendo el cuerpo de la noche: las cejas, y la nuca, y el bozo. Súbitamente, irrumpe el arpegio animoso que reta en su guarida a todas las hostiles reservas de la amante... ¿Hay acaso otro solo poeta que, como éste, desafíe a las incógnitas potestades, y hiera con su venablo lírico el silencio despótico? Respondamos nosotros, los necios y cobardes que en la noche tememos aventurar la mano afuera de las sábanas...                                                 El zenzontle me lleva hasta los corredores del patio solariego en que había canarios, con el buche teñido con un verde inicial de lechuga, y las alas como onzas acabadas de troquelar. También había por aquellos corredores, las roncas palomas que se visten de canela y se ajustan los collares de luto... Corredores propicios en que José Manuel y Berta platicaban y en que la misma Berta, con un gentil descoco, me dijo alguna vez: «Si estos corredores como tumbas, hablaran ¡qué cosas no dirían!» Mas en estos momentos el zenzontle repite un silbo montaraz, como un pastor llamando a una pastora; y caigo en la lúgubre cuenta de que el zenzontle vive castamente, y su limpia virtud no ha de obtener un premio en Josafat. Es seguro que al pobre cantor, que da su música a la erótica letra de las lunas de miel, lo aprisionaron virgen en su monte; y me apena que ignore que la dicha de amar es un galope del corazón sin brida, por el desfiladero de la muerte. Deploro su castidad reclusa y hasta le cedería uno de mis placeres. Mas ya el sueño me vence... El zenzontle prolonga su confesión melódica frente a las potestades enemigas, y corto aquí mi panegírico para el zenzontle impávido, virgen y confesor.
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Para el zenzontle impávido
He vuelto a media noche a mi casa, y un canto como vena de agua que solloza, me acoge... Es el músico célibe, es el solista dócil y experto, es el zenzontle que mece los cansancios seniles y la incauta ilusión con que sueñan las damitas... No cabe duda que el prisionero sabe cantar. Su lengua es como aquellas otras que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas. No serían los clásicos minuciosos psicólogos, pero atinaban con el mundo elemental y daban a las cosas sus nombres...                                                                   Sigo oyendo la musical tarea del zenzontle, y lo admiro por impávido y fuerte, porque no se amilana en el caos de las lóbregas vigilias, y no teme despertar a los monstruos de la noche. Su pico repasa el cuerpo de la noche, como el de una amante; el valeroso pico de este zenzontle va recorriendo el cuerpo de la noche: las cejas, y la nuca, y el bozo. Súbitamente, irrumpe el arpegio animoso que reta en su guarida a todas las hostiles reservas de la amante... ¿Hay acaso otro solo poeta que, como éste, desafíe a las incógnitas potestades, y hiera con su venablo lírico el silencio despótico? Respondamos nosotros, los necios y cobardes que en la noche tememos aventurar la mano afuera de las sábanas...                                                 El zenzontle me lleva hasta los corredores del patio solariego en que había canarios, con el buche teñido con un verde inicial de lechuga, y las alas como onzas acabadas de troquelar. También había por aquellos corredores, las roncas palomas que se visten de canela y se ajustan los collares de luto... Corredores propicios en que José Manuel y Berta platicaban y en que la misma Berta, con un gentil descoco, me dijo alguna vez: «Si estos corredores como tumbas, hablaran ¡qué cosas no dirían!» Mas en estos momentos el zenzontle repite un silbo montaraz, como un pastor llamando a una pastora; y caigo en la lúgubre cuenta de que el zenzontle vive castamente, y su limpia virtud no ha de obtener un premio en Josafat. Es seguro que al pobre cantor, que da su música a la erótica letra de las lunas de miel, lo aprisionaron virgen en su monte; y me apena que ignore que la dicha de amar es un galope del corazón sin brida, por el desfiladero de la muerte. Deploro su castidad reclusa y hasta le cedería uno de mis placeres. Mas ya el sueño me vence... El zenzontle prolonga su confesión melódica frente a las potestades enemigas, y corto aquí mi panegírico para el zenzontle impávido, virgen y confesor.
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Nadie conoce mi amor secreto: no lo conoce ni quien lo inspira; y es tan humilde que a nada aspira, pues su constancia no tiene objeto. Mi amor se escuda tras mi respeto; respiro el aire que ella respira, y ella me habla y ella me mira, sin que descubra mi amor discreto. Porque, entre el coro de la alabanza que se prolonga sobre su huella, mi amor suspira sin esperanza; y tanto ignora mis sueños vanos, que si estos versos van a sus manos, tal vez pregunte: «¿Quién será ella?»
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Soneto (de félix arvers)
El agua del viejo canal, en la yerma Orilla del puerto, parece agua enferma. Es agua grisosa, de día octubreño, Y va sin rumores en lánguido sueño. Muy pálido el cielo semeja ceniza, Y en cerros y valle la luz agoniza. El puerto, en silencio. La vela plegada, Ha tiempo una barca reposa amarrada. El viento en el muelle se queja. Esqueletos Dolientes semejan los troncos escuetos; Y el gris del silencio que cubre la calma Del campo, la tarde prolonga en el alma, Un gris cual sonido de doble lejano, Un gris, como ensueño de frente en la mano. ¡Tristeza de días sin luz, otoñales, Tristeza de largos y fríos canales! ¡Tristeza en la sombra, callada y desierta, Del agua en otoño, como agua ya muerta!
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Agua dormida
Te vas tan sola como siempre te echaremos de menos yo y los abrazos de la tarde yo y mi alma y mi cuerpo tu larga sombra se resiste a abandonarnos / pero has decidido que se fuera contigo a todo riesgo de todos modos no querría que enterraras tu sueño aquel en que tu amor de nadie era como un estreno te vas de nuevo no sé a dónde y tu adiós es un eco que se prolonga y nos alude como un último gesto nunca guardaste la ternura como pan para luego estoy seguro de encontrarla liviana entre tus pechos te vas con paso de derrota pero no me lo creo siempre has vencido en tu querella contra el odio y el miedo quién sabe allá lo que te aguarda ese allá tan desierto que se quedó sin golondrinas todo erial/ todo invierno mas si una tarde te extraviaras entre el mar y el espejo recuerda siempre que aquí estamos yo y mi alma y mi cuerpo
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Sonata para adiós y flauta