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"plateado" poems
Te podrás imaginar la erótica rupestre para quien solo vive por las sensaciones para quien, aún confinado a la déspota tiranía de si mismo nada aporta a su sed de querencias Te podrás imaginar la erótica rupestre que pintan sus trompas de marfil te podrás imaginar el salitre de sus pardos muros en la noche en el ocaso plateado en el rocío helado de la madrugada en el granizo que eriza la piel de la multitud en la indiferencia del chofer en su charla vacía y protocolar en el ahíto evidente de sus palabras en las luces del puente reflejadas sobre tu mirada perdida en el sudor clandestino en el ciego tiento proscripto Te podrás imaginar la erótica rupestre tiznada sobre las sábanas Chet Baker de fondo y el viento meciendo los restos de la ciudad
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Jul 18, 2015
Jul 18, 2015 at 12:31 AM UTC
Conceptos “De una serie inacabada de penosas dedicatorias”
Domingo, flor de luz, casi increíble día. Bajas sobre la tierra como un ángel inútil y dorado. Besas a las muchachas de turbia cabellera, vistes de azul marino a los hombres que te aman, y dejas en las manos del niño un aro de madera o una simple esperanza. Repartes golondrinas, globos de primavera, te subes a las torres y giras las veletas oxidadas. Tu viento agita faldas de colores, estremece banderas, lleva lejos canciones y sonrisas, llena las estancias de polvo plateado. Los árboles esperan tu llegada para cubrirse de gorriones. Sabe más fresca el agua de las fuentes. Las campanas dispersan palomas imprevistas que vuelan de otro modo. No hay nadie que no sepa que es domingo, domingo. Tu presencia de espuma lava, eleva, hace flotar las cosas y los seres en un nítido cielo que no era -el lunes- de verdad: apenas desteñido papel, vidrio olvidado, polvo tedioso sobre las aceras.
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Domingo
Tu risa pertenece a un árbol entreabierto por un rayo, por un relámpago plateado que desde el cielo cae quebrándose en la copa, partiendo en dos el árbol con una sola espada. Sólo en las tierras altas del follaje con nieve nace una risa como la tuya, bienamante, es la risa del aire desatado en la altura, costumbres de araucaria, bienamada. Cordillerana mía, chillaneja evidente, corta con los cuchillos de tu risa la sombra, la noche, la mañana, la miel del mediodía, y que salten al cielo las aves del follaje cuando como una luz derrochadora rompe tu risa el árbol de la vida.
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Soneto li
El viento de la estación, el viento verde, cargado de espacio y agua, entendido en desdichas, arrolla su bandera de lúgubre cuero: y de una desvanecida substancia, como dinero de limosna, así, plateado, frío, se ha cobijado un día, frágil como la espada de cristal de un gigante entre tantas fuerzas que amparan su suspiro que teme, su lágrima al caer, su arena inútil, rodeado de poderes que cruzan y crujen, como un hombre desnudo en una batalla, levantando su ramo blanco, su certidumbre incierta, su gota de sal trémula entre lo invadido. Qué reposo emprender, qué pobre esperanza amar, con tan débil llama y tan fugitivo fuego? Contra qué levantar el hacha hambrienta? De qué materia desposeer, huir de qué rayo? Su luz apenas hecha de longitud y temblor arrastra como cola de traje de novia triste aderezada de sueño mortal y palidez. Porque todo aquello que la sombra tocó y ambicionó el desorden, gravita, líquido, suspendido, desprovisto de paz, indefenso entre espacios, vencido de muerte. Ay, y es el destino de un día que fue esperado, hacia el que corrían cartas, embarcaciones, negocios, morir, sedentario y húmedo, sin su propio cielo. Dónde está su toldo de olor, su profundo follaje, su rápido celaje de brasa, su respiración viva? Inmóvil, vestido de un fulgor moribundo y una escama opaca,, verá partir la lluvia sus mitades y al viento nutrido de aguas atacarlas.
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Monzón de mayo