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"perdimos" poems
Cuéntame de soledad, de amor y paz eternos. No escondas la verdad: somos sólo dos enfermos. Nos morimos sin cesar, cada vez y cada día, Suspirando por el gozo de tu mano en la mía. Déjame vivir mi sueño... Es tan dulce y profundo. Por acá yo soy el dueño, he hallado todo el mundo. Narra cosas que no sé, muéstrame lo que perdimos, No olvides como fue... ¡Es real se lo pedimos! Caminamos por el mar y volvemos por el cielo, Encendiendo corazones, derritiendo los de hielo. Celebramos el amor, soledad y paz eternos Y probamos apreciar estos ratos así tiernos. ¡Nunca te olvidaré: eres fuego, luz y viento! Siempre te soportaré: que concibes, yo ambiento. Luchadores, se logró... Acabamos de unirnos. Ganadores, tu y yo... Nadie puede combatirnos.
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Nov 16, 2017
Nov 16, 2017 at 6:50 PM UTC
Soledad
Aún recuerdo ese capitulo: tú, tomando control de mi cuerpo entre las sábanas blancas sobre un colchón de alambres obsoletos Tu mirada se aferraba a la mía; inseguros si ese era el instante adecuado para lo que pronto ocurriría. Mientras la calefacción se estaba creando deslizaste con ternura tu mano por mi costado. Nos dejamos llevar por los impulsos y en menos de un segundo nuestras figuras estaban al desnudo Podía sentir tu boca creando caminos impecables dirigiéndose a su destino de manera prorrogable. Llegaste al punto de encuentro, donde dos mundos se unen; fuentes de vida donde los humanos se nutren. Perdimos la noción del tiempo, miles de teorías fueron reveladas, en el episodio de aquella inolvidable madrugada.
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May 8, 2015
May 8, 2015 at 8:30 PM UTC
Una madrugada
El otoño se acerca con muy poco ruido: apagadas cigarras, unos grillos apenas, defienden el reducto de un verano obstinado en perpetuarse, cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste. Se diría que aquí no pasa nada, pero un silencio súbito ilumina el prodigio: ha pasado un ángel que se llamaba luz, o fuego, o vida. Y lo perdimos para siempre.
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El otoño se acerca
Incluso cuando te sientas sola o la persona que más querías de repente te ha dejado olvidada a mí me gustaría que sonrías Aunque no pueda verte en ese momento sé que en la oscuridad te guiaría la esperanza que nace con ese sentimiento de alivio en la sofocante melancolia No te rindas ni llores por ese frío Adiós nuestras sendas aquí están escritas Quizás como una larga canción a la que nuestras voces le dan vida El viento se lleva ese complejo sonido para apartarnos por un tiempo Porque algun día todo lo que perdimos volverá por ese soñado reencuentro Sonríe por el día de mañana él puede llevarse tu tristeza Entonces volará de nuevo tu alma y verás que todo valió la pena Sería lindo decirte que después nada asi volverá a ocurrir pero la realidad es dificil de entender y de ella no podremos huir Sin embargo seremos más fuertes más sabios en el corazón Y aunque parezca que pueda vencerte no dudes de tu gran valor Porque yo no dudo ni un segundo que detrás de esos ojos oscuros Detrás de ese brillo como ninguno se halla la grandeza de un ser único
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Aug 25, 2018
Aug 25, 2018 at 7:37 PM UTC
Nada puede destruirte
Regularmente en los últimos años se ha notado que, nosotros, sólo hemos aprendido a mantener un "horario de lamentos". Esto me preocupa ¿En qué momento todos nos perdimos a nosotros mismos? ¿Cuándo empezamos a depender de los demás? ¿Cuándo las notas de una canción marcan el momento definitivo de la noche?. ¿Cuándo nos volvimos tan vacíos al estar tan llenos?.
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Sep 9, 2017
Sep 9, 2017 at 1:40 PM UTC
Antes pt.2
La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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Noche en vela
La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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