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"nieblas" poems
Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo. Clavel encendido de sueños de fuego. He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas, andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades? ¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura? ¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas, arrojar a una hoguera tus viejas hazañas, dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora, ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Quisiera asistir a tu sueño completo, mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota, hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.Qué tristes he visto a tus hombres. Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche, comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo, dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza. Les pides que pongan sus almas de fiesta. No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento, que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras. Oh España, qué triste pareces. Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo, saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.Y sobre la noche marina, borrada tu estela, España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días. Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino. Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena......en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama, cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...
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Canto a españa
Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo. Clavel encendido de sueños de fuego. He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas, andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades? ¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura? ¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas, arrojar a una hoguera tus viejas hazañas, dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora, ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Quisiera asistir a tu sueño completo, mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota, hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.Qué tristes he visto a tus hombres. Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche, comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo, dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza. Les pides que pongan sus almas de fiesta. No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento, que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras. Oh España, qué triste pareces. Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo, saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.Y sobre la noche marina, borrada tu estela, España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días. Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino. Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena......en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama, cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...
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Boguemos, boguemos; la barca empujad, que rompa las nubes, que rompa las nieblas, los aires, las llamas, las densas tinieblas, las olas del mar. Boguemos, crucemos; del mundo el confín; que hoy su triste cárcel quiebran libres los diablos en fin, y con música y estruendo los condenados celebran, juntos cantando y bebiendo un diabólico festín.
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Coro de demonios
Tres cuartos de mi corazón cayeron en pedazos Tres cuartos eres de mi mente, Aunque tal vez nunca logre conocerte. Ocupas un lugar en su mente, No hay opción a perderte, impregnada como amargo aroma, revoloteas en su inconsciente. Él no quiere olvidarte, yo no pretendo borrarte, fuiste inspiración, fuiste nieblas, fuiste sol. Tres cuartos mides tú, aún sigues siendo luz. Entre nuevos recuerdos te apago, entre nuevos recuerdos me convierto en ti, entre nuevos recuerdos soy nueva luz y poco a poco y lentamente se va llenando de mí. Lo nublo, lo ahogo, Lo dejo en el fondo Te liquido de su mente soy oscuridad ardiente. Adió tres cuartos de alma, Adiós musa.
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Nov 22, 2014
Nov 22, 2014 at 10:03 PM UTC
A una antigua musa
Ya se han roto las ataduras, sólo la noche me rodea, me va robando la memoria, me acuna para que me duerma. Ahora que ya no la contemplo para robarle su belleza. Ahora que siento en mí el cansancio de nuestras pobres razas viejas. Ahora que lucho y me rebelo contra su mansedumbre eterna y me acuerdo de que algún día fui tan sin tiempo como ella, ¡qué monólogo desbordado, qué soliloquio sin respuesta, qué deseo de renacerme, de entender y de que me entienda, de borrar pasado y futuro, de segar mi memoria entera! Luego, arrojar al ***** pozo lo que de mí evoca y recuerda: cojín de nieblas matinales donde apoyaba la cabeza. Repetimos las mismas cosas, recorremos aquellas sendas por donde todos los humanos dejaron gritos, ecos, huellas. Son las palabras angustiadas que un día oyó al nacer la tierra: «húmedo beso, vida, muerte, nada importa, me voy y quedas, ayer desnudos en el campo y hoy se caen solas las cerezas». Palabras viejas y cansadas que nosotros creímos nuevas, recién nacidas para el canto, para una dicha siempre nuestra. Y la noche me va matando, me acuna para que me duerma. En cada instante mío pone siglos de luna, alta y sangrienta. Nada me importa que yo siembre y que otros cojan la cosecha. Pero morirme sin rebelarme, someterme sin resistencia, ser por los siglos de los siglos sólo luz o sólo tinieblas, irme cegando de hermosura hasta dejar de ser materia, aunque mi premio sea un día mirar por dentro las estrellas... Hoja de chopo, onda de río, sangre mezclada con la tierra. Y que mi forma sea el barro que una mano mortal modela. Niño que juega desnudito, mínima brizna de la hierba, todos los peces de los mares, los animales de la tierra. Saber que vivo, que palpito, que me enloquezco en la carrera, que nado mares y anchos ríos, que escalo cimas, salto cercas, que desde el fondo de las noches hay pesadumbre que me acecha. Sentir en mí todos los soles, todos los gozos y las penas, todos los vientos que me mueven, los dolores que en mí hacen presa… Sentir, por fin, llegar el alba, su melodía limpia y fresca, y barrernos las sombras turbias que oscurecen nuestras cabezas, y beber las lejanas brisas que nos alejan de la tierra maniatados y adormecidos, sin saber a dónde nos llevan...
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Noche final
Ya se han roto las ataduras, sólo la noche me rodea, me va robando la memoria, me acuna para que me duerma. Ahora que ya no la contemplo para robarle su belleza. Ahora que siento en mí el cansancio de nuestras pobres razas viejas. Ahora que lucho y me rebelo contra su mansedumbre eterna y me acuerdo de que algún día fui tan sin tiempo como ella, ¡qué monólogo desbordado, qué soliloquio sin respuesta, qué deseo de renacerme, de entender y de que me entienda, de borrar pasado y futuro, de segar mi memoria entera! Luego, arrojar al ***** pozo lo que de mí evoca y recuerda: cojín de nieblas matinales donde apoyaba la cabeza. Repetimos las mismas cosas, recorremos aquellas sendas por donde todos los humanos dejaron gritos, ecos, huellas. Son las palabras angustiadas que un día oyó al nacer la tierra: «húmedo beso, vida, muerte, nada importa, me voy y quedas, ayer desnudos en el campo y hoy se caen solas las cerezas». Palabras viejas y cansadas que nosotros creímos nuevas, recién nacidas para el canto, para una dicha siempre nuestra. Y la noche me va matando, me acuna para que me duerma. En cada instante mío pone siglos de luna, alta y sangrienta. Nada me importa que yo siembre y que otros cojan la cosecha. Pero morirme sin rebelarme, someterme sin resistencia, ser por los siglos de los siglos sólo luz o sólo tinieblas, irme cegando de hermosura hasta dejar de ser materia, aunque mi premio sea un día mirar por dentro las estrellas... Hoja de chopo, onda de río, sangre mezclada con la tierra. Y que mi forma sea el barro que una mano mortal modela. Niño que juega desnudito, mínima brizna de la hierba, todos los peces de los mares, los animales de la tierra. Saber que vivo, que palpito, que me enloquezco en la carrera, que nado mares y anchos ríos, que escalo cimas, salto cercas, que desde el fondo de las noches hay pesadumbre que me acecha. Sentir en mí todos los soles, todos los gozos y las penas, todos los vientos que me mueven, los dolores que en mí hacen presa… Sentir, por fin, llegar el alba, su melodía limpia y fresca, y barrernos las sombras turbias que oscurecen nuestras cabezas, y beber las lejanas brisas que nos alejan de la tierra maniatados y adormecidos, sin saber a dónde nos llevan...
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¿Será verdad que, cuando toca el sueño, con sus dedos de rosa, nuestros ojos, de la cárcel que habita huye el espíritu en vuelo presuroso? ¿Será verdad que, huésped de las nieblas, de la brisa nocturna al tenue soplo, alado sube a la región vacía a encontrarse con otros? ¿Y allí desnudo de la humana forma, allí los lazos terrenales rotos, breves horas habita de la idea el mundo silencioso? ¿Y ríe y llora y aborrece y ama y guarda un rastro del dolor y el gozo, semejante al que deja cuando cruza el cielo un meteoro? Yo no sé si ese mundo de visiones vive fuera o va dentro de nosotros. Pero sé que conozco a muchas gentes a quienes no conozco.
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Rima lxxv
Y fui después un numen transitorio, sombra y canción en la embriagante tierra, un sino raro y un deleite raro. Ya el crepúsculo estivo el día cierra y lejos brilla un tenebroso faro. La dama de cabellos encendidos fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos. Y una inquietud frenética y gozosa mi paz, mi sueño, mi vigor consume, y un huracán mi plenitud doblega. ¡Soy esa sombra que cruzó el camino, en sangre tinta… de lujuria ciega! Soy esa sombra pávida, cautiva de un gran misterio en el Misterio oculto. Huella la flor azul pata lasciva de cabrón ***** y el divino himnario sella Satán con sellos de su culto. Mi pena errante con mi vino loco en el turbión del vicio la sepulto. Soy huésped de garitos y tabernas. Disputo al "puede ser" un pan ingrato; y dejo que mi carne, ruïn loba de lúgubres anhelos arrecida, se me abandone al logro del deleite, desnuda en la impudicia de la vida. Entúrbiase la clara inteligencia. La idea afluye en nieblas ondulantes. Es el goce monótona frecuencia: igual en el deliquio y el suspiro... ¡Dadme un beso, un contacto y una esencia, una sensualidad de nuevo giro!
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Acuarimántima vi
En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul; en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas! ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas, las crespas cabelleras y los dedos de rosa que acarician!En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía; lo que cantan los pájaros, lo que llevan las brisas, lo que vaga en las nieblas, lo que sueñan las niñas.Una vez sentí el ansia de una sed infinita. Dije al hada amorosa: -Quiero en el alma mía tener la aspiración honda, profunda, inmensa: luz, calor, aroma, vida. Ella me dijo: -¡Ven!- con el acento con que hablaría un arpa. En él había un divino idioma de esperanza. ¡Oh sed del ideal!                                       Sobre la cima de un monte, a medianoche, me mostró las estrellas encendidas. Era un jardín de oro con pétalos de llama que titilan. Exclamé: -Más...                                       La aurora vino después. La aurora sonreía, con la luz en la frente, como la joven tímida que abre la reja, y la sorprenden luego ciertas curiosas, mágicas pupilas. Y dije: -Más...- Sonriendo la celeste hada amiga prorrumpió: -¡Y bien! ¡Las flores!                                                         Y las flores estaban frescas, lindas, empapadas de olor: la rosa virgen, la blanca margarita, la azucena gentil y las volúbiles que cuelgan de la rama estremecida. Y dije: -Más...                               El viento arrastraba rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas.El hada entonces me llevó hasta el velo que nos cubre las ansias infinitas, la inspiración profunda y el alma de las liras. Y los rasgó. Allí todo era aurora. En el fondo se vía un bello rostro de mujer.                                             ¡Oh; nunca, Piérides, diréis las sacras dichas que en el alma sintiera! Con su vaga sonrisa: -¿Más?... -dijo el hada.                                               Y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa...
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Autumnal
En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul; en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas! ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas, las crespas cabelleras y los dedos de rosa que acarician!En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía; lo que cantan los pájaros, lo que llevan las brisas, lo que vaga en las nieblas, lo que sueñan las niñas.Una vez sentí el ansia de una sed infinita. Dije al hada amorosa: -Quiero en el alma mía tener la aspiración honda, profunda, inmensa: luz, calor, aroma, vida. Ella me dijo: -¡Ven!- con el acento con que hablaría un arpa. En él había un divino idioma de esperanza. ¡Oh sed del ideal!                                       Sobre la cima de un monte, a medianoche, me mostró las estrellas encendidas. Era un jardín de oro con pétalos de llama que titilan. Exclamé: -Más...                                       La aurora vino después. La aurora sonreía, con la luz en la frente, como la joven tímida que abre la reja, y la sorprenden luego ciertas curiosas, mágicas pupilas. Y dije: -Más...- Sonriendo la celeste hada amiga prorrumpió: -¡Y bien! ¡Las flores!                                                         Y las flores estaban frescas, lindas, empapadas de olor: la rosa virgen, la blanca margarita, la azucena gentil y las volúbiles que cuelgan de la rama estremecida. Y dije: -Más...                               El viento arrastraba rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas.El hada entonces me llevó hasta el velo que nos cubre las ansias infinitas, la inspiración profunda y el alma de las liras. Y los rasgó. Allí todo era aurora. En el fondo se vía un bello rostro de mujer.                                             ¡Oh; nunca, Piérides, diréis las sacras dichas que en el alma sintiera! Con su vaga sonrisa: -¿Más?... -dijo el hada.                                               Y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa...
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Honda, inmóvil, letárgica laguna que semeja el sepulcro de la luna, se tiende hasta el ilímite horizonte, y a la tristeza vesperal se aduna un viento de ultramar y de ultramonte. Cantan en el crepúsculo y un leve son de esquila vuela en el éter trémulo. Que mi rumor se extinga blando, tenue, ola en onda, onda en pompa, pompa en iris, como vágulo aroma en la memoria; y me reintegre a la epopeya trunca en la ciudad de nieblas de mi gloria. Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía! Y que olvide la brega transitoria, y el no ser más -y el no ser menos nunca-, del hilo de oro del collar del día. ¡Armonía! ¡Armonía! Y el ancla suelte a místicas regiones, no humano ya mi desear: divino mi poseer, mientras en el desmayo del crepúsculo rueda sobre los ásperos terrones el carro del campesino, y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas, erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía -¡y mía, mía, mía!- mi nebúlea azulina Acuarimántima. ¡Armonía! ¡Armonía!
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Acuarimántima ix
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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El suelo nativo
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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Vírgenes con escuadras y compases, velando las celestes pizarras.   Y el ángel de los números, pensativo, volando, del 1 al 2, del 2 al 3, del 3 al 4.   Tizas frías y esponjas rayaban y borraban la luz de los espacios.   Ni sol, luna, ni estrellas, ni el repentino verde del rayo y el relámpago, ni el aire. Sólo nieblas.   Vírgenes sin escuadras, sin compases, llorando.   Y en las muertas pizarras, el ángel de los números, sin vida, amortajado sobre el 1 y el 2, sobre el 3, sobre el 4...
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El ángel de los números
Tal vez se le olvidó tu santo y seña después de todo no es tan importante no va a flamear el cielo por su ausencia ayúdate secúndate solázate búscate en la quimera de los otros inventa tus estrellas y repártelas besa los nombres en sus dos mejillas deja que el corazón te elija el mundo abrázate del miedo y no lo sueltes vuélvete sombra pero no te envicies sálvate de turbiones y de nieblas ponte el otoño con su sol de gala libérate en las manos que te avisan descúbrete en los ojos que te nombran ya no vendrá deslígate distánciate de su resuello de sus sortilegios de sus malas noticias de su rabia no dejes que te ensalme de amargura defiende como loba tu alegría el tiempo no diseña el pasatiempo el canto no reclama el desencanto el viento no vindica el aspaviento la fiesta no perdona al aguafiestas
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El aguafiestas falta sin aviso
La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados, La piedra es una espalda para llevar al tiempo con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra; pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó; ¿que pasa? Contemplad su figura: la muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca. El aire como loco deja su pecho hundido, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente: aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura. Los que doman caballos y dominan los ríos: los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sol y pedernales. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra. Delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado por la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna que finge cuando niña doliente res inmóvil; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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Cuerpo presente
La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados, La piedra es una espalda para llevar al tiempo con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra; pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó; ¿que pasa? Contemplad su figura: la muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca. El aire como loco deja su pecho hundido, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente: aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura. Los que doman caballos y dominan los ríos: los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sol y pedernales. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra. Delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado por la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna que finge cuando niña doliente res inmóvil; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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Surge un temblor luminoso Tras de la oscura montaña; Luego una franja de lumbre Que en el cielo se dilata; Y después la aurora espléndida, cual virgen enamorada, Su frente de nieve y rosa Levanta en la bruma pálida, Y lentamente se ocultan Los astros en lontananza. Naturaleza despierta, y allá entre las nieblas vagas, Que se extiende y se esfuman Sobre riscos y hondonadas, Se ven corno blandos rizos, Se ven corno frentes blancas, Corno pupilas azules, Y mejillas sonrosadas. Trae el viento olor a selva, y ávido el pecho se ensancha En esta embriaguez de vida De la tierra americana Los nidos están de fiesta, Están de fiesta las ramas; Hay ritmos en el ambiente, El bosque se trueca en arpa, y el fúlgido sol corona La cima de la montaña. «¡Buenos días! buenos días», Dice a las flores el aura, y como amante saludo A la festiva mañana, Las campanillas azules Repican sobre las tapias.
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Acuarela
Solo bajo los astros, te digo que estoy triste, en la profunda noche de raíces de fuego. Aquí, en un agua turbia que me agranda los ojos, con el dolor creciente de la sed de tu beso. Isla de locos pájaros más allá de la sombra, y nieblas de remotas latitudes de hielo; y el corazón que asciende golpeándome las venas, en el horror sin nombre de saber que te quiero. Sí. En la noche inclemente, solo bajo los astros, oigo oscuras campanas en el fondo del viento, y el rumor de los árboles recorre los caminos, y me quema los labios la sed de tu recuerdo. Te digo que estoy triste porque no estás conmigo, pero la noche sabe, cuántas veces ya he muerto.
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Canción iii
Si cada pensamiento, cada sentimiento y cada acto, no solo reflejan un intercambio de aprendizaje y experiencias... sino también un flujo continuo de crecimiento o decadencia. Entonces, la forma de pensar y de actuar esculpe la senda que tomamos: el impulso inevitable hacia la luz o la sombra. Por eso, es mejor profundizar en las cosas, comprenderlas con detenimiento, distinguir su luz o su sombra, para ganar claridad al generar pensamientos... antes de soltar palabras o pasar a la acción. Para seguir por una senda de iluminación mental y espiritual, sostenida por cimientos profundos que nos impulsen hacia más luz: Pensar, sentir y actuar con claridad. Y no optar por un sendero de nieblas y sombras, alimentado por el egoísmo, la avaricia, la envidia y la imposición... que irremediablemente conduce a la maldad... lo que arrastra al abismo terrenal. Con cada decisión, cada pensamiento, sentimiento y acto, se van tejiendo las costuras del alma... formando lo que realmente somos y revelando lo que nunca podremos ocultar. El ser o no ser, la plenitud o la falta, el estancamiento, la decadencia o la evolución. Un alma bien hilada brilla y resplandece, mostrándose tal y como es, mientras que un alma mal hilada desprende oscuridad. Aunque se intente encubrir, su naturaleza siempre será evidente: Pues las costuras del alma, nunca se pueden ocultar. ¿Y tú, cómo lo ves?
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Sep 13, 2025
Sep 13, 2025 at 1:56 AM UTC
Las costuras del alma.
Tal vez porque cantamos embriagados la vida crees que fue con nosotros lo que tú llamas buena. Puedes aproximarte, puedes tocar la herida de amargura y de sangre hasta los bordes llena.Ganamos la alegría bajo un cielo sombrío, mientras el desaliento nos prendía en sus redes. Hemos tenido sueño, hemos tenido frío, hemos estado solos entre cuatro paredes.Vivimos... Llena el alma la hermosura más plena. En países de nieblas también nacen flores. Después de la amargura y después de la pena es cuando da la vida sus más bellos colores.
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Razón
En la vieja Colonia, en el oscuro   rincón de una taberna, tres estudiantes de Alemania un día   bebíamos cerveza.Cerca, el Rhin murmuraba entre la bruma,   evocando leyendas, y sobre el muerto campo y en las almas   flotaba la tristeza.Hablábamos de amor, y Franz, el triste,   el soñador poeta, de versos enfermizos, cual las hadas   de sus vagos poemas:«Yo brindo -dijo- por la amada mía,   la que vive en las nieblas, en los viejos castillos y en las sombras   de las mudas iglesias;»Por mi pálida Musa de ojos castos   y rubia cabellera, que cuando entro de noche a mi buhardilla   en la frente me besa».Y Karl, el de las rimas aceradas,   el de la lira enérgica, cantor del Sol, de los radiantes cielos   y de las hondas selvas,el poeta del pueblo, el que ha narrado   las campestres faenas, el de los versos que en las almas vibran   cual músicas guerreras:«Yo brindo -dijo- por la Musa mía,   la hermosa lorenesa, de ojos ardientes, de encendidos labios   y riza cabellera;»por la mujer de besos ardorosos   que aguarda ya mi vuelta en los verdes viñedos donde arrastra   sus aguas el Mosela».«¡Brinda tú!»-me dijeron-. Yo callaba   de codos en la mesa, y ocultando una lágrima, alcé el vaso   y dije con voz trémula:«¡Brindo por el amor que nunca acaba!»   y apuré la cerveza; y entre cantos y gritos exclamamos:   «¡Por la pasión eterna!».Y seguimos risueños, charladores,   en nuestra alegre fiesta... Y allí mi corazón se me moría, se moría de frío y de tristeza.
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En colonia
En la vieja Colonia, en el oscuro   rincón de una taberna, tres estudiantes de Alemania un día   bebíamos cerveza.Cerca, el Rhin murmuraba entre la bruma,   evocando leyendas, y sobre el muerto campo y en las almas   flotaba la tristeza.Hablábamos de amor, y Franz, el triste,   el soñador poeta, de versos enfermizos, cual las hadas   de sus vagos poemas:«Yo brindo -dijo- por la amada mía,   la que vive en las nieblas, en los viejos castillos y en las sombras   de las mudas iglesias;»Por mi pálida Musa de ojos castos   y rubia cabellera, que cuando entro de noche a mi buhardilla   en la frente me besa».Y Karl, el de las rimas aceradas,   el de la lira enérgica, cantor del Sol, de los radiantes cielos   y de las hondas selvas,el poeta del pueblo, el que ha narrado   las campestres faenas, el de los versos que en las almas vibran   cual músicas guerreras:«Yo brindo -dijo- por la Musa mía,   la hermosa lorenesa, de ojos ardientes, de encendidos labios   y riza cabellera;»por la mujer de besos ardorosos   que aguarda ya mi vuelta en los verdes viñedos donde arrastra   sus aguas el Mosela».«¡Brinda tú!»-me dijeron-. Yo callaba   de codos en la mesa, y ocultando una lágrima, alcé el vaso   y dije con voz trémula:«¡Brindo por el amor que nunca acaba!»   y apuré la cerveza; y entre cantos y gritos exclamamos:   «¡Por la pasión eterna!».Y seguimos risueños, charladores,   en nuestra alegre fiesta... Y allí mi corazón se me moría, se moría de frío y de tristeza.
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