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"monedas" poems
Los animales fueron imperfectos, largos de cola, tristes de cabeza. Poco a poco se fueron componiendo, haciéndose paisaje, adquiriendo lunares, gracia, vuelo. El gato, sólo el gato apareció completo y orgulloso: nació completamente terminado, camina solo y sabe lo que quiere. El hombre quiere ser pescado y pájaro, la serpiente quisiera tener alas, el perro es un *** desorientado, el ingeniero quiere ser poeta, la mosca estudia para golondrina, el poeta trata de imitar la mosca, pero el gato quiere ser sólo gato y todo gato es gato desde bigote a cola, desde presentimiento a rata viva, desde la noche hasta sus ojos de oro. No hay unidad como él, no tienen la luna ni la flor tal contextura: es una sola cosa como el sol o el topacio, y la elástica línea en su contorno firme y sutil es como la línea de la proa de una nave. Sus ojos amarillos dejaron una sola ranura para echar las monedas de la noche. Oh pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón, nupcial sultán del cielo de las tejas eróticas, el viento del amor en la intemperie reclamas cuando pasas y posas cuatro pies delicados en el suelo, oliendo, desconfiando de todo lo terrestre, porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato. Oh fiera independiente de la casa, arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones, insignia de un desaparecido terciopelo, seguramente no hay enigma en tu manera, tal vez no eres misterio, todo el mundo te sabe y perteneces al habitante menos misterioso, tal vez todos lo creen, todos se creen dueños, propietarios, tíos de gatos, compañeros, colegas, discípulos o amigos de su gato. Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago el mar y la ciudad incalculable, la botánica, el gineceo con sus extravíos, el por y el menos de la matemática, los embudos volcánicos del mundo, la cáscara irreal del cocodrilo, la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato. Mi razón resbaló en su indiferencia, sus ojos tienen números de oro.
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Oda al gato
Los animales fueron imperfectos, largos de cola, tristes de cabeza. Poco a poco se fueron componiendo, haciéndose paisaje, adquiriendo lunares, gracia, vuelo. El gato, sólo el gato apareció completo y orgulloso: nació completamente terminado, camina solo y sabe lo que quiere. El hombre quiere ser pescado y pájaro, la serpiente quisiera tener alas, el perro es un *** desorientado, el ingeniero quiere ser poeta, la mosca estudia para golondrina, el poeta trata de imitar la mosca, pero el gato quiere ser sólo gato y todo gato es gato desde bigote a cola, desde presentimiento a rata viva, desde la noche hasta sus ojos de oro. No hay unidad como él, no tienen la luna ni la flor tal contextura: es una sola cosa como el sol o el topacio, y la elástica línea en su contorno firme y sutil es como la línea de la proa de una nave. Sus ojos amarillos dejaron una sola ranura para echar las monedas de la noche. Oh pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón, nupcial sultán del cielo de las tejas eróticas, el viento del amor en la intemperie reclamas cuando pasas y posas cuatro pies delicados en el suelo, oliendo, desconfiando de todo lo terrestre, porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato. Oh fiera independiente de la casa, arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones, insignia de un desaparecido terciopelo, seguramente no hay enigma en tu manera, tal vez no eres misterio, todo el mundo te sabe y perteneces al habitante menos misterioso, tal vez todos lo creen, todos se creen dueños, propietarios, tíos de gatos, compañeros, colegas, discípulos o amigos de su gato. Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago el mar y la ciudad incalculable, la botánica, el gineceo con sus extravíos, el por y el menos de la matemática, los embudos volcánicos del mundo, la cáscara irreal del cocodrilo, la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato. Mi razón resbaló en su indiferencia, sus ojos tienen números de oro.
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Sobre el cielo de las margaritas ando. Yo imagino esta tarde que soy santo. Me pusieron la luna en las manos. Yo la puse otra vez en los espacios y el Señor me premió con las rosa y el halo. Sobre el cielo de las margaritas ando. Y ahora voy por este campo a librar a las niñas de galanes malos y dar monedas de oro a todos los muchachos. Sobre el cielo de las margaritas ando.
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Balada Amarilla IV
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar. Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en abril el campo, que tiembla de pasión: bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión. Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal. Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos... (¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!) que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta las propias penas nos hacen sonreír. Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, que nos depara en vano su carne la mujer: tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer. Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos puede consolar. Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día... en que levamos anclas para jamás volver... Un día en que discurren vientos ineluctables ¡un día en que ya nadie nos puede retener!
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Canción de la vida profunda
Amo las cosas loca, locamente. Me gustan las tenazas, las tijeras, adoro las tazas, las argollas, las soperas, sin hablar, por supuesto, del sombrero. Amo todas las cosas, no sólo las supremas, sino las infinita- mente chicas, el dedal, las espuelas, los platos, los floreros. Ay, alma mía, hermoso es el planeta, lleno de pipas por la mano conducidas en el humo, de llaves, de saleros, en fin, todo lo que se hizo por la mano del hombre, toda cosa; las curvas del zapato, el tejido, el nuevo nacimiento del oro sin la sangre, los anteojos, los clavos, las escobas, los relojes, las brújulas, las monedas, la suave suavidad de las sillas. Ay cuántas cosas puras ha construido el hombre: de lana, de madera, de cristal, de cordeles, mesas maravillosas, navíos, escaleras. Amo todas las cosas, un porque sean ardientes o fragantes, sino porque no sé, porque este océano es el tuyo, es el mío: los botones, las ruedas, los pequeños tesoros olvidados, los abanicos en cuyos plumajes desvaneció el amor sus azahares, las copas, los cuchillos, las tijeras, todo tiene en el mango, en el contorno, la huella de unos dedos, de una remota mano perdida en lo más olvidado del olvido. Yo voy por casas, calles, ascensores, tocando cosas, divisando objetos que en secreto ambiciono: uno porque repica, otro porque es tan suave como la suavidad de una cadera, otro por su color de agua profunda, otro por su espesor de terciopelo. Oh río irrevocable de las cosas, no se dirá que sólo amé los peces, o las plantas de selva y de pradera, que no sólo amé lo que salta, sube, sobrevive, suspira. No es verdad: muchas cosas me lo dijeron todo. No sólo me tocaron o las tocó mi mano, sino que acompañaron de tal modo mi existencia que conmigo existieron y fueron para mí tan existentes que vivieron conmigo media vida y morirán conmigo media muerte.
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Oda a las cosas
Amo las cosas loca, locamente. Me gustan las tenazas, las tijeras, adoro las tazas, las argollas, las soperas, sin hablar, por supuesto, del sombrero. Amo todas las cosas, no sólo las supremas, sino las infinita- mente chicas, el dedal, las espuelas, los platos, los floreros. Ay, alma mía, hermoso es el planeta, lleno de pipas por la mano conducidas en el humo, de llaves, de saleros, en fin, todo lo que se hizo por la mano del hombre, toda cosa; las curvas del zapato, el tejido, el nuevo nacimiento del oro sin la sangre, los anteojos, los clavos, las escobas, los relojes, las brújulas, las monedas, la suave suavidad de las sillas. Ay cuántas cosas puras ha construido el hombre: de lana, de madera, de cristal, de cordeles, mesas maravillosas, navíos, escaleras. Amo todas las cosas, un porque sean ardientes o fragantes, sino porque no sé, porque este océano es el tuyo, es el mío: los botones, las ruedas, los pequeños tesoros olvidados, los abanicos en cuyos plumajes desvaneció el amor sus azahares, las copas, los cuchillos, las tijeras, todo tiene en el mango, en el contorno, la huella de unos dedos, de una remota mano perdida en lo más olvidado del olvido. Yo voy por casas, calles, ascensores, tocando cosas, divisando objetos que en secreto ambiciono: uno porque repica, otro porque es tan suave como la suavidad de una cadera, otro por su color de agua profunda, otro por su espesor de terciopelo. Oh río irrevocable de las cosas, no se dirá que sólo amé los peces, o las plantas de selva y de pradera, que no sólo amé lo que salta, sube, sobrevive, suspira. No es verdad: muchas cosas me lo dijeron todo. No sólo me tocaron o las tocó mi mano, sino que acompañaron de tal modo mi existencia que conmigo existieron y fueron para mí tan existentes que vivieron conmigo media vida y morirán conmigo media muerte.
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Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado, tengo en monedas de cobre el oro de ayer cambiado.   Sin placer y sin fortuna, pasó como una quimera mi juventud, la primera... la sola, no hay más que una: la de dentro es la de fuera.   Pasó como un torbellino, bohemia y aborrascada, harta de coplas y vino, mi juventud bien amada.   Y hoy miro a las galerías del recuerdo, para hacer aleluyas de elegías desconsoladas de ayer.   ¡Adiós, lágrimas cantoras, lágrimas que alegremente brotabais, como en la fuente las limpias aguas sonoras!   ¡Buenas lágrimas vertidas por un amor juvenil, cual frescas lluvias caídas sobre los campos de abril!   No canta ya el ruiseñor de cierta noche serena; sanamos del mal de amor que sabe llorar sin pena.   Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado, tengo en monedas de cobre el oro de ayer cambiado.
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Coplas mundanas
Prolóngase tu doncellez como una vacua intriga de ajedrez. Torneada como una reina de cedro, ningún jaque te despeina. Mis peones tantálicos al rondarte a deshora, fracasan en sus ímpetus vandálicos. La lámpara sonroja tu balcón; despilfarras el tiempo y la emoción. Yo despilfarro, en una absurda espera, fantasía y hoguera. En la velada incompatible, frústrase el yacimiento espiritual y de nuestras arterias el caudal. Los pródigos al uso que vengan a nosotros a aprender cómo se dilapida todo el ser. Tu destino y el mío, contrapuestos, vuelcan el apogeo de la vida febril e insomne que se va, en la ida de un cofre que rebosa y se malgasta en una fecha ociosa. Las monedas excomulgadas de nuestro adulto corazón caen al vacío, con lúgubre opacidad, cual si cayera una irreparable sordera. Y frente al ínclito derroche de los tesoros que atesora el yacimiento de las almas, algo muy hondo en mí, se escandaliza y llora.
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Despilfarras el tiempo
Durante cien otoños he mirado tu tenue disco. Durante cien otoños he mirado tu arco sobre las islas. Durante cien otoños mis labios no han sido menos silenciosos. El espacio sin tiempo. La luna es del color de la arena. Ahora, precisamente ahora, mueren los hombres del Metauro y de Tannenberg. ¿En qué ayer, en qué patios de Cartago, cae también la lluvia? El año me tributa mi pasto de hombres y en la cisterna hay agua. En mí se anudan los caminos de piedra. ¿De qué puedo quejarme? En los atardeceres me pesa un poco la cabeza de toro. La meta es el olvido. Yo he llegado antes. Fue en el primer desierto. Dos brazos arrojaron una gran piedra. No hubo un grito. Hubo sangre. Hubo por vez primera la muerte. Ya no recuerdo si fui Abel o Caín. Que antes del alba lo despojen los lobos; la espada es el camino más corto. Crueles estrellas y propicias estrellas presidieron la noche de mi génesis; debo a las últimas la cárcel en que soñé el Quijote. El callejón final con su poniente. Inauguración de la pampa. Inauguración de la muerte. El tiempo juega un ajedrez sin piezas en el patio. El crujido de una rama rasga la noche. Fuera la llanura leguas de polvo y sueño desparrama. Sombras los dos, copiamos lo que dictan otras sombras: Heráclito y Gautama. Una lima. La primera de las pesadas puertas de hierro. Algún día seré libre. Nuestros actos prosiguen su camino, que no conoce término. Maté a mi rey para que Shakespeare urdiera su tragedia. La serpiente que ciñe el mar y es el mar, el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd. Sólo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo. Los sueños que he soñado. El pozo y el péndulo. El hombre de las multitudes. Ligeia… Pero también este otro. En la pública luz de las batallas otros dan su vida a la patria y los recuerda el mármol. Yo he errado oscuro por ciudades que odio. Le di otras cosas. Abjuré de mi honor, traicioné a quienes me creyeron su amigo, compré conciencias, abominé del nombre de la patria, me resigné a la infamia.
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Quince monedas
Durante cien otoños he mirado tu tenue disco. Durante cien otoños he mirado tu arco sobre las islas. Durante cien otoños mis labios no han sido menos silenciosos. El espacio sin tiempo. La luna es del color de la arena. Ahora, precisamente ahora, mueren los hombres del Metauro y de Tannenberg. ¿En qué ayer, en qué patios de Cartago, cae también la lluvia? El año me tributa mi pasto de hombres y en la cisterna hay agua. En mí se anudan los caminos de piedra. ¿De qué puedo quejarme? En los atardeceres me pesa un poco la cabeza de toro. La meta es el olvido. Yo he llegado antes. Fue en el primer desierto. Dos brazos arrojaron una gran piedra. No hubo un grito. Hubo sangre. Hubo por vez primera la muerte. Ya no recuerdo si fui Abel o Caín. Que antes del alba lo despojen los lobos; la espada es el camino más corto. Crueles estrellas y propicias estrellas presidieron la noche de mi génesis; debo a las últimas la cárcel en que soñé el Quijote. El callejón final con su poniente. Inauguración de la pampa. Inauguración de la muerte. El tiempo juega un ajedrez sin piezas en el patio. El crujido de una rama rasga la noche. Fuera la llanura leguas de polvo y sueño desparrama. Sombras los dos, copiamos lo que dictan otras sombras: Heráclito y Gautama. Una lima. La primera de las pesadas puertas de hierro. Algún día seré libre. Nuestros actos prosiguen su camino, que no conoce término. Maté a mi rey para que Shakespeare urdiera su tragedia. La serpiente que ciñe el mar y es el mar, el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd. Sólo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo. Los sueños que he soñado. El pozo y el péndulo. El hombre de las multitudes. Ligeia… Pero también este otro. En la pública luz de las batallas otros dan su vida a la patria y los recuerda el mármol. Yo he errado oscuro por ciudades que odio. Le di otras cosas. Abjuré de mi honor, traicioné a quienes me creyeron su amigo, compré conciencias, abominé del nombre de la patria, me resigné a la infamia.
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ya te guardé en un lugar seguro  en los bolsillos junto a monedas  en los pies, no es metáfora  se cuando estás cerca lo saben mis pupilas  me delatan, se dilatan  al encontrarse con la imágen tuya con las manos nos entendemos nos saludamos de lejos -Hey  -Hey -¿Estás bien?  -Aha  (No estaba bien)  -¿A dónde van?  -A comprar dulces -¿Quieres un tambor?  -Okay  - Tengo que irme, tengo clase.    Mi maestro se parece a Milhouse Al despedirnos,  me abrazas como si supieras  que algo se está deshaciendo  como una bola de estambre en mi interior se hace pedazos al ritmo del reloj  hay agua en algún lugar cálido de tus ojos me quedo quieta para no arruinarlo  y dejar que se arruine solo  es una causa perdida  esto de sentir  he decidido regalarte  otro pedazo de papel ésta vez con tinta negra y palabras mías la vez pasada te dibuje con el sol en los ojos una ofrenda a la nébula de tus mejillas que tanto me gusta que veas cuanto me gustas y que es una causa perdida esto de escribir no iré a la escuela mañana  es miercoles,  el peor día de la semana  ombligo odioso  me da miedo entregarte esto  Los dias, los meses  copias fotoestáticas  deja te describo un jueves que es como todos los jueves mes tras mes días malos  independientes a ti  implícitos en ti y tu mirada cuando hablamos y me siento contenta cuando te veo y me siento peor porque es una causa perdida  esto de existir el otro día había música y supe por alguna razón  que iba a voltear y estarías ahi  y sí estabas ahí de hecho estabas ahí como si me esperaras  aunque se que no me esperabas  al despedirnos  me das un beso de esos que son al aire que se dan a nadie  se cae al suelo sin recibirse  al rozar mi mejilla con tu barba
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Mar 18, 2018
Mar 18, 2018 at 6:36 AM UTC
cuando te encuentro
ya te guardé en un lugar seguro  en los bolsillos junto a monedas  en los pies, no es metáfora  se cuando estás cerca lo saben mis pupilas  me delatan, se dilatan  al encontrarse con la imágen tuya con las manos nos entendemos nos saludamos de lejos -Hey  -Hey -¿Estás bien?  -Aha  (No estaba bien)  -¿A dónde van?  -A comprar dulces -¿Quieres un tambor?  -Okay  - Tengo que irme, tengo clase.    Mi maestro se parece a Milhouse Al despedirnos,  me abrazas como si supieras  que algo se está deshaciendo  como una bola de estambre en mi interior se hace pedazos al ritmo del reloj  hay agua en algún lugar cálido de tus ojos me quedo quieta para no arruinarlo  y dejar que se arruine solo  es una causa perdida  esto de sentir  he decidido regalarte  otro pedazo de papel ésta vez con tinta negra y palabras mías la vez pasada te dibuje con el sol en los ojos una ofrenda a la nébula de tus mejillas que tanto me gusta que veas cuanto me gustas y que es una causa perdida esto de escribir no iré a la escuela mañana  es miercoles,  el peor día de la semana  ombligo odioso  me da miedo entregarte esto  Los dias, los meses  copias fotoestáticas  deja te describo un jueves que es como todos los jueves mes tras mes días malos  independientes a ti  implícitos en ti y tu mirada cuando hablamos y me siento contenta cuando te veo y me siento peor porque es una causa perdida  esto de existir el otro día había música y supe por alguna razón  que iba a voltear y estarías ahi  y sí estabas ahí de hecho estabas ahí como si me esperaras  aunque se que no me esperabas  al despedirnos  me das un beso de esos que son al aire que se dan a nadie  se cae al suelo sin recibirse  al rozar mi mejilla con tu barba
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Era el silencio miel sobre seda, y era un ungüento de paz la brisa. Yo iba del brazo con tu sonrisa    por la alameda. Tu boca dulce como un olvido me dio sus jugos bajo el follaje, y su chasquido     rozó mi oído         como un plumaje           de un cisne herido;               como un encaje                 desvanecido;                   como un celaje                     loco de viaje                       sobre un paisaje                           desconocido... Tu boca ungida de luz de trino, bordó una sombra de frases quedas... Tu boca tibia me supo a vino, y en la hojarasca de las veredas se alzó el revuelo de un remolino    de áureas monedas... Y fue el silencio como una gruta, y la quimera fue como un río donde bogaron tu amor y el mío... Y fue tu boca como una fruta humedecida por el rocío...  Como amputando gestos sombríos bruñó la luna su filo de hacha, y retorciendo sus dedos fríos    cruzó una racha... Yo unté de besos tu boca roja, tu boca dulce como un regreso, y en cada árbol fue cada hoja un eco verde de cada beso. Tu boca intacta me dio sus rasos, tu voz sin bordes me dio su seda, y, en la delicia de los retrasos, moría el roce de nuestros pasos en el silencio de la alameda...
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Balada en la alameda
habría un par de cosas que decir/ que nadie la lee mucho/ que esos nadie son pocos/ que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y con el asunto de comer cada día/se trata de un asunto importante/recuerdo cuando murió de hambre el tío juan/ decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/ pero el problema fue después/ no había plata para el cajón/ y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo el tío juan parecía un pajarito/ los de la municipalidad lo miraron con desprecio o desdén/ murmuraban que siempre los están molestando/ que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no pajaritos como el tío juan/especialmente porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje hasta el crematorio municipal/ y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/ y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/ el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que les hacía pío-pío en la cabeza/el tío juan era así/le gustaba cantar/ y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/ entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron un rato/ y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza/pero volviendo a la poesía/ los poetas ahora la pasan bastante mal/ nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/ el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícil conseguir el amor de una muchacha/ ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/ que un guerrero haga hazañas para que él las cante/ que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/ y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron las muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/ o simplemente los poetas/ o pasaron las dos cosas y es inútil romperse la cabeza pensando en la cuestión/ lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío en las más raras circunstancias/ tío juan después de muerto/yo ahora para que me quierás/
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Sobre la poesía
habría un par de cosas que decir/ que nadie la lee mucho/ que esos nadie son pocos/ que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y con el asunto de comer cada día/se trata de un asunto importante/recuerdo cuando murió de hambre el tío juan/ decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/ pero el problema fue después/ no había plata para el cajón/ y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo el tío juan parecía un pajarito/ los de la municipalidad lo miraron con desprecio o desdén/ murmuraban que siempre los están molestando/ que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no pajaritos como el tío juan/especialmente porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje hasta el crematorio municipal/ y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/ y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/ el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que les hacía pío-pío en la cabeza/el tío juan era así/le gustaba cantar/ y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/ entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron un rato/ y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza/pero volviendo a la poesía/ los poetas ahora la pasan bastante mal/ nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/ el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícil conseguir el amor de una muchacha/ ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/ que un guerrero haga hazañas para que él las cante/ que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/ y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron las muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/ o simplemente los poetas/ o pasaron las dos cosas y es inútil romperse la cabeza pensando en la cuestión/ lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío en las más raras circunstancias/ tío juan después de muerto/yo ahora para que me quierás/
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El niño que no vino tiene los labios fuertes tiene las manos tiernas el alma como nube no es nadie es sólo un niño saca viejas monedas del bolsillo de Dios se parece a la madre su misma risa ancha su corazón a saltos juega con los silencios y con ellos hace otros silencios y se aburre el niño que no vino no viene porque cree que todo el que aquí nace no se muere después.
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Ausencia
La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas. La aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras buscando entre las aristas nardos de angustia dibujada. La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible. A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraíso ni amores deshojados; saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre.
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La aurora