"lentos" poems
Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del
alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.
Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano,
hacia su ola sin agua.
Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazón,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y medias de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.
Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirando.
Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.
Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro el mundo.
Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
veo caer un agua sorda,
a goterones sordos.
Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos.
4.7k
Yo no solía rezar
Hasta que la conocí.
Era difícil no ceder a sus tentaciones
En el pueblo decían que era ella
La dama de noche, vicio de los hombres.
Pero yo quería probarla, ocupar un lugar
Entre sus risos desordenados.
Le pedí una noche, solo una.
Ella divertida acepto y la seguí hipnotizada
Al llegar a la recamara se despojó de su vestido
Permitiéndome ver lo blanco de su piel
Se acercó a mí y sin preámbulos me plantó un beso.
Sutiles sus labios, deliciosos.
Una caricia por la espalda, otra en las caderas
Me quita el suéter y la falda.
Sentía sus dedos explorar la humedad
Entre mis piernas, haciendo a un lado el vello.
Su lengua recorría mis senos y su mirada
Estaba fija en mí, se mordía los labios
Me gemía suavemente al oído.
La sentía dentro de mí
Haciendo movimientos lentos
-No te resistas, déjame mostrarte…
Y como quien obedece sin preguntar
Deje que una ola de placer inundara mi cuerpo
Haciendo la habitación pequeña, silenciando todo.
No sé si había pasado una o tres horas
Pero yo yacía desnuda, empapada en sudor
La habitación olía extraño me incorporo
Para encontrarla sentada en la ventana
Aun desnuda fumándose un cigarro.
Al verme sonríe y me ofrece un trago
Era una diosa tallada por la vida.
Un último beso fue plasmado antes de marcharse
Y de eso ha pasado seis años.
Yo no solía rezar
Hasta que la conocí.
Me he topado con ella varias veces
Como viento que mueve hojas
En las noches que el cielo este despejado
Le suelo gritar al viento
Oh María, sin pecado concebida
Tráemela una noche, solo una.
Oct 25, 2015
Oct 25, 2015 at 10:56 PM UTC
Tener mente de escritor es probablemente una de las más grandes maldiciones que se le puede concebir a una persona.
Primero; comienzas a cuestionar todo a tu alrededor, no pierdes ni un detalle. Ya no es buscar a tu novia, que vive pasando la esquina. Es despertar; ver que el día está algo nublado. Pensar que las nubes grises te gustan y te causan paz y eso te causa cierta bohemia y te da ganas de escribir algo. Ya no es caminar; es andar. Andar viendo el suelo y pensar: "Mis pasos son lentos... a mi alrededor todo es taciturno. Las nubes, oh, dulces nubes. Dulces pero amargas formas que luego destruirán el cielo y mojaran la arena con su transparente sangre".
Segundo; no es ver a tu novia esperando en su puerta; es: "Y ahí estaba ella... tan hermosa... tan delicada. Tan irreal que me causaba gozo sólo existir para poder verla a la vuelta de la esquina...".
Ahora, imaginemos aplicar éste principio mórbido e involuntario a cada aspecto de la vida.
Tener mente de escritor es probablemente una de las más grandes maldiciones que se le puede concebir a una persona.
Jun 19, 2014
Jun 19, 2014 at 7:20 PM UTC
Ellos son, ellos vienen
cada noche a mi lado.
Por mucho que intentara
ocultarme, enterrarlos,
por mucho que quisiera
creer que está el pasado
para siempre dormido,
ellos, desde sus altos
tronos, ellos, siluetas
contra un cielo apagado,
ellos, amigos, hijos
del mismo tiempo, hermanos
en el mismo dolor,
silenciosos, doblados
por su pesada carga
vendrían a mi lado.
Ellos, son muy temblorosos,
muy lentos y muy pálidos.
Pedro, grave, tranquilo,
enorme, sosegado
como el mar en otoño.
Murió un día de marzo
allá lejos…
Fernando:
parecía una tapia
bajo el sol del ocaso.
Enterrado en la niebla
quedó un día.
Milagros:
yo no la conocí.
Tenía veinte años.
Dicen que eran sus ojos
transparentes y vagos;
que era alegre y muy linda…
Rodrigo, coronado
de espumas, semidiós
marino. Murió ahogado
frente a la playa un día
de tormenta.
¡Qué
claros
los veo! Ellos son, vienen
cada noche a mi lado,
vestidos de jirones
oscuros del pasado.
Ellos quiebran el vidrio
de mis sueños, extraños
y ausentes, como si
nunca hubieran soñado
conmigo, bajo el mismo
cielo triste.
Descalzos
andan. Yo no los siento
descender de sus marcos.
Yo no sé que palabras
traen, que no he descifrado.
Nombres, fechas, lugares…
¡Señor, me está vedado
tu secreto! No puedo
darles mi sangre. Hablo
con ellos y no entienden
mis palabras. Los llamo
a voces y no me oyen.
Ellos, lentos y vagos,
ellos son, ellos vienen
cada noche a mi lado.
Ellos amigos, hijos
del mismo tiempo, hermanos
en el mismo dolor,
silenciosos, doblados,
llenos de pesadumbre,
misteriosos y vagos.
1.1k
Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma.
Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.
Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas.
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.
A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.
Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado, como un árbol.
Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de ma hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.
Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.
La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.
1.1k
as luzes e os sons da cidade
que nessa penumbra são meus fantasmas
atraem os sentidos da racionalidade
e repelem o instinto de minha consciência
o melhor dos meus acidentes e minha doença
a incurável, que me faz trabalhar a todo tempo
e que me faz saber o que só eu sei;
todos os bons rapazes de barbas feitas
com argumentos irrefutáveis e namoradas invejáveis
têm olhos tão bons quanto os de minha rola
eu sou falso, não me atrevo a debater
pois, afinal, por que lhes dar meu tempo?
eu o faria com algumas poucas pessoas
apenas as que me pudessem compreender
como as principais moças de meu inconsciente;
mas até que alguém assim me encontre
sigo caminhando sozinho no início de noite
tentando compreender o que é isso
e qual a importância de tudo que me circunscreve
enquanto sei que nada importa
andando a passos lentos
fazendo o que calho de fazer
encarando minha sombra recém criada
pela lua hasteada no céu de piche
sentindo o orvalho beijar minhas canelas
enquanto espero que alguém jamais se importe comigo.
May 24, 2014
May 24, 2014 at 7:11 PM UTC
Viene Viene
los dias no se van volando
se arrastran
Y yo lo anticipo
los degrado, los lamento
porque vienen?
Tan lentos y sigilosos?
Como serpiente
Te muerden
te envenenan
tus pobres venas
marchitadas por dias
sin sanidad sin piedad
vagos y explosivos
Dias cautalosos
dias hambrientos, me piden
tiempo?
sere yo para darlo?
No se
no sabes
talvez
no hay
porque?
dias cautalosos
dias hambrientos
Me piden tanto.
Jan 20, 2015
Jan 20, 2015 at 11:42 PM UTC
Aquí, desde este muro,
mirando el mar abierto,
siento de pronto el descontento oscuro
de un buque abandonado que envejece en el puerto.
Aquí el ancla se aferra,
pero el velamen pugna por volar;
aquí comienza el mar para el que está en tierra,
pero aquí el mar termina, para el que está el mar.
Y por eso quizás amo este muro
sobre el que salta a veces el oleaje;
este muro que mira hacia el futuro
con la esperanza de emprender un viaje...
Amo este puerto claro,
y este Morro que puja su montaña,
y el giratorio resplandor del faro,
única luz que supo dar España...
Y amo el manso canal de entrada angosta,
que hasta sus arrecifes se conmueve,
cuando, a todo lo largo de la costa,
retiembla el cañonazo de las nueve.
Amo este puerto de hálitos salobres,
con un gran muro que parece chico
para el coloquio de los novios pobres
y para los bostezos del matrimonio rico.
Amo este puerto femenino y macho,
con su agua honda y su emoción sencilla,
igual que la mirada de un muchacho
que remienda sus redes en la orilla;
o como la sonrisa del marino
de idioma gutural y vacilante pierna,
que nadie ha de saber de dónde vino,
pero que siempre va hacia la taberna;
como esos buques de actitud mendiga,
mugriento casco y remendadas lonas,
tan llenos de humildad y de fatiga,
que, sin saber por qué, nos parecen personas.
Amo este puerto, donde tantas veces
el ciclón antillano frenaba sus embates,
entre el súbito brillo de los peces
y la esbelta blancura de los yates.
Y amo los botes lentos,
de remo largo y corta travesía,
con las maderas llenas de lamentos,
donde viajan de noche los amores de un día...
Amo este puerto, donde las gaviotas
hacen su nido en las arboladuras,
respirando fragancias de las islas remotas
donde no llegarían sus alas inseguras.
Y amo este puerto, abierto
derechamente al mar, igual que un río,
que en su dormida paz está despierto
y en su cálido amparo siente frío,
porque mi corazón también es como un puerto
que poco a poco se quedó vacío...
920
Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.
El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.
En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
840
Mis pensamientos se volvieron lentos desde tu partida
tal vez sea mi propia mente intentando mantener tu recuerdo,
pero mi piel perdió tu perfume, mis labios ya no tienen rastros de tus besos
y ya no recuerdo el sentir de tus brazos, te has ido de mi cuerpo
pero te has quedado en mi mente y de ahí, no hay forma de que salgas.
Jul 19, 2013
Jul 19, 2013 at 1:59 PM UTC
En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.
Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.
Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
áureas enredaderas.
Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.
Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas.
Por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.
El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.
Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.
Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como constelaciones.
Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.
810
No, nada llega tarde, porque todas las cosas
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor.
No, amor no llegas tarde. Tu corazón y el mío
saben secretamente que no hay amor tardío.
Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta,
la toca desde adentro, porque ya estaba abierta.
Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,
pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.
Amor, el niño loco de la loca sonrisa,
viene con pasos lentos igual que viene aprisa;
pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco
lanza al azar su flecha, por divertirse un poco.
Así ocurre que un niño travieso se divierte,
y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte.
Y más, cuando la flecha se le encona en la herida,
porque lleva el veneno de una ilusión prohibida.
Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde,
y ni siquiera entonces el amor llega tarde.
No, yo no diré nunca qué noche de verano
me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.
No diré que esa noche que sólo a ti te digo
se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.
No, no diré esas cosas, y, todavía menos,
la delicia culpable de contemplar tus senos.
Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor,
y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.
846
Sobre el camino se ve la venta.
Risueño el valle,
claveles rojos, olor de menta,
de madreselvas y frondosa calle.
En el corral amplio, vacas y perros
altos magueyes,
el sol dorado de altos cerros,
carros tirados por lentos bueyes.
Frente a la casa, los barrizales
bajo madroños;
sobre la vega, rubios maizales,
y junto al plátano, verdes retoños.
Marcando prados en las campiñas
se ven las zanjas;
junto al vallado se alzan las piñas,
y al gusto encintan ya las naranjas.
Cuelgan los troncos fuertes y erectos
las níveas barbas,
sobre las hojas vuelan insectos,
bajo las hojas duermen las larvas.
Entre los fondos, ***** al antiguo
trapiche humea,
y por la cuesta, sendero exiguo
que zigzagueando llevan a la aldea.
Verán tus ojos en la verdura
y a donde vayas,
los mararayes en la espesura,
sobre las piedras, las pitahayas.
Con sus pinceles la tarde pinta
vívido cromo;
de plata el río semeja cinta,
y el pozo, lejos manchas de plomo.
Amarillento sobre la falda
se abre un barranco,
y de los campos en la esmeralda
Se alza, de techos, el humo blanco.
Una flor roja, vivas oscila,
tiembla su estambre,
y bajo cedros, en doble fila,
sobre el camino, cerca de alambre.
La azada al hombro, tardo el labriego
vuelve del campo.
y en ella fulge, roca de fuego,
del sol poniente vívido lampo.
Gris una nube, pasando finge
velera barca;
otra, un castillo, y otra, una esfinge,
y un dragón otra, que el cuello enarca.
El horizonte cortan los techos
las cumbres calvas,
y en el remanso, por entre helechos,
los pastos tienden sus plumas albas.
Abre sus flores los alhelíes
cerca del río,
y el café luce, como rubíes,
sus rojos granos bajo el plantío.
En las paredes de la posada
se ven letreros;
son un recuerdo para la amada,
o vanidades de pasajeros.
Por los bardales se ven las rosas
sobre el camino;
Pasan volando las mariposas,
y a un canto, lejos responde un trino.
¡para el reposo, feliz quien halle
tu puerta franca!
¡qué paz más honda la de tu valle!
¡qué paz, la tuya, casita blanca!
722
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valientepara aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es cortay aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la lunay del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
618
Es un coco.
Tiene cáscara oscura y el exterior es áspero.
Mas, cuando la corteza se ha roto,
la carne, casta y firme, parece raso.
Cruzó el mar para mí. Un jadeante navío
me lo trajo del brujo Brasil deslumbrador.
Cuando hundo los dientes en su pulpa compacta,
me parece que bebo agua del Amazonas
y muerdo sol.
Todo el trópico de oro, de escarlata, de añil,
le dio zumos vitales al materno palmar.
Él ha visto la luna más grande de la tierra
y conoce la luz total.
Conoce las tremendas brasas del mediodía,
los crepúsculos lentos, las vivas madrugadas,
y el olor de las selvas que cabalga en el viento
para encender los sueños y las ansias.
Este día lluvioso, por él, para mí tiene
un íntimo resplandor solar
mordiendo su carne blanca y prieta
estoy en Pernambuco, en Río o en Pará.
Y esta juventud mía, quieta y reconcentrada,
por él se va, loca, a viajar.
El ensueño la lleva de la mano
más allá del «río como mar».
559
Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.
Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.
O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.
Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.
Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.
Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.
Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento, quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.
554
Viviendo espadas y bebiendo vientos
abre la rosa mágica y serena
destrozando jazmines y azucena,
eclipsando clavel y pensamientos.
Solo atenta a su aire y a los lentos
minutos de ascensión real, en la plena
maravilla del tiempo a luna llena,
en sus dulces, divinos terciopelos.
Destino inmenso en tan menguada vida.
Todo le ofrece la pasión ardida.
Como centella, en la mitad del día,
se dormirá en belleza sin ocaso.
Y los hombres dirán: era de raso
la reina que esta tarde de moría.
488
En la casa del Marqués
De San Jorge gran sarao.
Ya en salones y retretes
Se encuentran los convidados,
Mientras el Marqués aguarda,
Gentil y apuesto vasallo.
Abajo de la escalera,
De «La Jerezana» al lado
Al Virrey, que precedido
Por lucientes candelabros
Va subiendo. De los muros,
Entre telas de Damasco,
Cuelgan cuadros del insigne
Gregorio Vásquez Ceballos;
De Oidores y bellas damas
Amarillentos retratos;
En marcos de plata, espejos
Que opacan lentos los años;
Y panoplias, que recuerdan,
Entre brumas del pasado,
La gesta de la Conquista
En cumbres, selvas y llanos.
Con casacas de anchas faldas,
Largos chalecos bordados,
Blanco calzón, blanca media,
Y áurea hebilla en el zapato,
Departían con las damas
En los lucientes estrados,
Nariño, Torres, Vergara,
Zea, Acebedo, Camacho,
Salazar, Ulloa, Prieto,
Gutiérrez, Ayala... cuantos
Prez fueron de la Colonia
Por sus virtudes y rango,
Y que después muchos de ellos,
Desde ensangrentados bancos
Dejaron eternos nombres
En nuestros anales patrios.
Cuando esa noche Nariño
Salía para el sarao,
Corno envío misterioso
Recibió un libro. Al acaso
Leyó párrafos y líneas,
Y más líneas y más párrafos;
Y al avanzar la lectura,
Sentía alborozo extraño
Hasta que llegó al capítulo
En la margen señalado:
«De los Derechos del Hombre»...
Lo leyó con ojos ávidos;
Y después, meditabundo,
Y en gruesa capa embozado
Al sarao fue. La niebla
Más ***** hacía el espacio.
Sombra y niebla... Niebla y sombra
En las tinieblas ni un astro....
Y entre esa noche cerrada,
Nariño va cabizbajo.
«El hombre es libre, decía,
No ha nacido para esclavo».
Y en medio de aquella sombra
En que sonaban sus pasos.
591
Viene, se sienta entre nosotros,
y nadie sabe quién será,
ni por qué cuando dice nubes
nos llenamos de eternidad.Nos habla con palabras graves
y se desprenden al hablar
de su cabeza secas hojas
que en el viento vienen y van.Jugamos con su barba fría.
Nos deja frutos. Torna a andar
con pasos lentos y seguros
como si no tuviera edad.Él se despide. ¡Adiós! Nosotros
sentimos ganas de llorar.
433
De tus caderas a tus pies
quiero hacer un largo viaje.
Soy más pequeño que un insecto.
Voy por estas colinas,
son de color de avena,
tienen delgadas huellas
que sólo yo conozco,
centímetros quemados,
pálidas perspectivas.
Aquí hay una montaña.
No saldré nunca de ella.
Oh qué musgo gigante!
Y un cráter, una rosa
de fuego humedecido!
Por tus piernas desciendo
hilando una espiral
o durmiendo en el viaje
y llego a tus rodillas
de redonda dureza
como a las cimas duras
de un claro continente.
Hacia tus pies resbalo,
a las ocho aberturas
de tus dedos agudos,
lentos, peninsulares,
y de ellos al vacío
de la sábana blanca
caigo buscando ciego
y hambriento tu contorno
de vasija quemante!
455
Seré benéfica y mínima
como la flor de la salvia
si tú me dejas seguirte
y estar contigo en tu casa.
Cuando tú quieras silencio
seré silencio yo misma.
Haré más lentos mis pulsos,
haré callada la risa,
¡y he de ser como una sombra
que a tu costado se ovilla!
Cuando vuelvas de la calle
hastiado, amargo, sediento,
como agua clara del río
será para ti mi cuerpo.
Y almohada de trébol nuevo,
mi brazo para tu nuca,
sobre tus sienes ardientes,
frescas, mis manos desnudas.
Deja que sea a tu lado
como una sombra ligera,
una sombra que tuviese
fragancia de madreselva.
¡Sueño ceñirme a tu vida
igual que una enredadera!
388
Como un enorme tajo corta el monte la zanja
Que de la serranía lleva el agua al molino,
Y entre las altas rocas y el cielo vespertino
Destella de arreboles una encendida franja.
Dora un fulgor intenso de color de naranja
El trigal; hay aromas de huerto campesino;
Y como roja mancha, lejos, junto al camino,
Asoma entre eucaliptos el techo de una granja.
El trabajo del día terminado en la siega,
Van, lentos, y seguidos del gañán, por la vega,
Ya sin yugo los bueyes al conocido pozo;
Y a la luz de la tarde, repleto de gavillas
De trigo, avanza un carro; y el carro es alborozo
De cantares y música bajo rojas sombrillas.
397
Dos carreteros en sus lentos carros,
En alta noche, solitarios velan;
y al son de cascabeles y guijarros,
En canto alterno su dolor consuelan.
Baja la luna y tiñe de amarillo
Los campos y el azul del hondo espacio;
y en una casa de cristal, el brillo
lejos se ve de un fúlgido topacio.
Baja la luna, y duerme el amor mío,
y velo y rondo el sueño de mi amada;
y de cansancio trémulo y de frío
Beso en vano el umbral de su morada.
Un pie de rosa floreció en su huerto
En risueña mañana del estío.
Tal vez conmigo soñará, cubierto
De gotas temblorosas de rocío.
En vano rondo, y mi esperanza es vana,
Que mía no será su padre jura.
y alta la frente miro a su ventana,
Con el cuchillo pronto en la cintura.
Yo quiero trasplantar el pie de rosa
y que florezca en medio de mi estancia,
y que corra mi vida silenciosa
A solas aspirando su fragancia.
Filo tiene el cuchillo y grita: «¡Mata!»
y sonríe al amago de la muerte.
En vano velo el sueño de la ingrata
Que con otro tal vez burla mi suerte.
Mas, ¿qué miro? ¿No ves? Baja del cielo
una nube de lirios luminosa
que envuelven a una rosa en blanco velo;
y el corazón me dice: «¡Esa es tu esposa!»
Más que la vida en la prisión, sonroja
La vida entre la lluvia y el sereno.
Un blanco seno luce cinta roja...
Sangre habrá de correr de un blanco seno.
Esposa, voy a ti; cansado llego...
¡Que mi ensueño en tus ojos se extasíe!
Yate miro rendida ante mi ruego:
Abre tus brazos y a mi amor sonríe.
Di: ¿cuántas veces a traición me heriste?
¿Cuántas veces burlaste mi esperanza?
Ya en la existencia tu misión cumpliste...
La sangre corre... ¡Mira! ¡Es mi venganza!
«¡Durmamos!... Olvidemos las canciones,
Cuchillo, sangre, rosas, y falsía...
Durmamos olvidados de traiciones
Hasta que venga y nos despierte el día».
Callaron, y los carros prosiguieron,
y hasta que el cielo se tiñó en fulgores
Sueño profundo, sin soñar, durmieron...
Cantaron por cantar, cual ruiseñores.
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Mía... Así: más que todo y casi nada: mía.
Mía para mí solo. Mía en la noche azul de nadie.
Mía en el vaho húmedo de una lluvia remota.
Mía en el golpe sordo de mi sangre.
Mía en el gran silencio de esta noche de todos
en este gran silencio de lo que nadie sabe,
en este gran silencio de resonancias infinitas,
en este gran silencio de raíces innumerables.
Mía en mi sombra. Mía en tu perfume.
Mía sobre una ausencia llena de ríos y de árboles.
Mía en la brisa tibia que tiene un eco de tus manos;
mía en mis ojos tristes, tristes de tanto no mirarte...
mía para mí solo, como después y como antes;
mía sobre la música de tus pies lentos en la arena;
mía bajo la sombra de lo que nadie sabe...
Y, sin embargo, llegas en los ecos nocturnos,
más pálida, más casta y más ausente; y me llega.
en el viento tu cabellera desatada,
y me llega en la espuma tu mano transparente...
Sí: vuelves, toda aurora, de la gran noche irremediable.
Sí: vuelves sin tu sombra, pero vuelves,
tú, la que ennoblecías el sabor del recuerdo,
¡tú, la recuperada para siempre!
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Muchacha de una noche de viento y hojas secas,
que una sonrisa tuya pobló de mariposas,
como si aún recordaras tus últimas muñecas
junto a un hombre lejano que olvidó tantas cosas...
Muchacha de una noche de cigarrillos lentos,
cuando quedó en la mesa la flor de tu corpiño:
Tú eras la pastorcita de los libros de cuentos,
y yo fui el niño triste que no supo ser niño.
Muchacha de una noche para el amor errante,
cuando crece el otoño con su vaho profundo,
y el alma es el navío de un solo tripulante
que despliega sus lonas al viento de otro mundo.
Muchacha de un noche: yo pienso todavía
que hubiera sido hermoso que nunca amaneciera,
ahora que, fatalmente, comienza un nuevo dia,
que ha de ser, para tantos, otro dia cualquiera...
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