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"gozoso" poems
Y mi mano sacrílega se tiñe de tu sangre, ¡oh Imali, oh vestal mía! Mas no fue mi ternura, fue un furor... Si de nuevo, a mis ojos resurrecta, te pudiese inmolar, te inmolaría. ¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor? Gozoso aún y pávido y tremente, hui a la sombra, la cerrada sombra que en su mudez acoge las iras y los vértigos. ¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura! ¡Soledad, un refugio en tus entrañas! ¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura! Mas la sangre fluía. en chorros de carbunclos. Ante el cadáver lívido, sin blandones, sin túmulo, todo estaba sangriento. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. En los prados del monte fueron crimen mis huellas. Como vírgenes desoladas me bañaron de llanto las estrellas. En las playas de luz mojadas di un alarido al ver el mar que hervía; y huyendo en pos, en pos de la noche que huía, me ensangrentó la sangre horrible del alba del día. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. Y los pastores me negarían sus cabañas. Las rocas me aplastarían en sus entrañas. La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario. ¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento, si entre mi corazón ardía el tenebrario? Viajó mi alma en íntimas pasiones de Cristos coronados de congojas; ¡el pudor!, ¡el honor entre sayones! Fui rosa negra de mil rosas rojas del vicio en las ocultas floraciones... Mas el azul a mi dolor heroico abrió su abismo de fulgencias puras, soles remotos, nébulas, centellas y estuve opreso por las lumbres de ellas del hilo de oro de! collar del día; y un anhelar de espacio dio sus alas a mi desconcertada poesía. En la lluvia de gotas de mi sangre, tras el velo irisado de mis lágrimas, -vago sueño- sus brumas deshacía, -vago sueño- mi vaga Acuarimántima.
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Acuarimántima vii
Y mi mano sacrílega se tiñe de tu sangre, ¡oh Imali, oh vestal mía! Mas no fue mi ternura, fue un furor... Si de nuevo, a mis ojos resurrecta, te pudiese inmolar, te inmolaría. ¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor? Gozoso aún y pávido y tremente, hui a la sombra, la cerrada sombra que en su mudez acoge las iras y los vértigos. ¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura! ¡Soledad, un refugio en tus entrañas! ¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura! Mas la sangre fluía. en chorros de carbunclos. Ante el cadáver lívido, sin blandones, sin túmulo, todo estaba sangriento. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. En los prados del monte fueron crimen mis huellas. Como vírgenes desoladas me bañaron de llanto las estrellas. En las playas de luz mojadas di un alarido al ver el mar que hervía; y huyendo en pos, en pos de la noche que huía, me ensangrentó la sangre horrible del alba del día. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. Y los pastores me negarían sus cabañas. Las rocas me aplastarían en sus entrañas. La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario. ¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento, si entre mi corazón ardía el tenebrario? Viajó mi alma en íntimas pasiones de Cristos coronados de congojas; ¡el pudor!, ¡el honor entre sayones! Fui rosa negra de mil rosas rojas del vicio en las ocultas floraciones... Mas el azul a mi dolor heroico abrió su abismo de fulgencias puras, soles remotos, nébulas, centellas y estuve opreso por las lumbres de ellas del hilo de oro de! collar del día; y un anhelar de espacio dio sus alas a mi desconcertada poesía. En la lluvia de gotas de mi sangre, tras el velo irisado de mis lágrimas, -vago sueño- sus brumas deshacía, -vago sueño- mi vaga Acuarimántima.
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Si yo jamás hubiera salido de mi villa, con una santa esposa tendría el refrigerio de conocer el mundo por un solo hemisferio. Tendría, entre corceles y aperos de labranza, a Ella, como octava bienaventuranza. Quizá tuviera dos hijos, y los tendría sin un remordimiento ni una cobardía. Quizá serían huérfanos, y cuidándolos yo, el niño iría de luto, pero la niña no. ¿No me hubieras vivido, tú, que fuiste una aurora, una granada roja de virginales gajos, una devota de María Auxiliadora y un misterio exquisito con los párpados bajos? Hacia tu pie, hermosura y alimento del día, recién nacidos, piando y piando de hambre rodaran los pollitos, como esferas de estambre. Quiero otra vez mis campos, mi villa y mi caballo que en el sol y en la lluvia lanza a mitad del viaje su relincho, penacho gozoso del paisaje. Corazón que en fatigas de vivir vas a nado y que estás florecido, como está la cadera de Venus, y ceniciento cual la madera en que grabó su puño de ánima el condenado: tu tarde será simple, de ejemplar feligrés absorto en el perfume de hogareños panqués y que en la resolana se santigua a las tres. Corazón; te reservo el mullido descanso de la coqueta villa en que el señor mi abuelo contaba las cosechas con su pluma de ganso. La moza me dirá con su voz de alfeñique marchándose al rosario, que le abrace la falda ampulosa, al sonar el último repique. Luego resbalaré por las frutales tapias en recuerdo fanático de mis yertas prosapias. Y si la villa, enfrente de la jocosa luna, me reclama la pérdida de aquel bien que me dio, sólo podré jurarle que con otra fortuna el niño iría de luto, pero la niña no.
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Mi villa
Si yo jamás hubiera salido de mi villa, con una santa esposa tendría el refrigerio de conocer el mundo por un solo hemisferio. Tendría, entre corceles y aperos de labranza, a Ella, como octava bienaventuranza. Quizá tuviera dos hijos, y los tendría sin un remordimiento ni una cobardía. Quizá serían huérfanos, y cuidándolos yo, el niño iría de luto, pero la niña no. ¿No me hubieras vivido, tú, que fuiste una aurora, una granada roja de virginales gajos, una devota de María Auxiliadora y un misterio exquisito con los párpados bajos? Hacia tu pie, hermosura y alimento del día, recién nacidos, piando y piando de hambre rodaran los pollitos, como esferas de estambre. Quiero otra vez mis campos, mi villa y mi caballo que en el sol y en la lluvia lanza a mitad del viaje su relincho, penacho gozoso del paisaje. Corazón que en fatigas de vivir vas a nado y que estás florecido, como está la cadera de Venus, y ceniciento cual la madera en que grabó su puño de ánima el condenado: tu tarde será simple, de ejemplar feligrés absorto en el perfume de hogareños panqués y que en la resolana se santigua a las tres. Corazón; te reservo el mullido descanso de la coqueta villa en que el señor mi abuelo contaba las cosechas con su pluma de ganso. La moza me dirá con su voz de alfeñique marchándose al rosario, que le abrace la falda ampulosa, al sonar el último repique. Luego resbalaré por las frutales tapias en recuerdo fanático de mis yertas prosapias. Y si la villa, enfrente de la jocosa luna, me reclama la pérdida de aquel bien que me dio, sólo podré jurarle que con otra fortuna el niño iría de luto, pero la niña no.
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En la cúspide radiante que el metal de mi persona dilucida y perfecciona, y en que una mano celeste y otra de tierra me fincan sobre la sien la corona; en la orgía matinal en que me ahogo en azul y soy como un esmeril y central y esencial como el rosal; en la gloria en que melifluo soy activamente casto porque lo vivo y lo inánime se me ofrece gozoso como pasto; en esta mística gula en que mi nombre de pila es una candente cábala que todo lo engrandece y lo aniquila; he descubierto mi símbolo en el candil en forma de bajel que cuelga de las cúpulas criollas su cristal sabio y su plegaria fiel. ¡Oh candil, oh bajel, frente al altar cumplimos, en dúo recóndito, un solo mandamiento: venerar! Embarcación que iluminas a las piscinas divinas: en tu irisada presencia mi humildad se esponja y se anaranja, porque en la muda eminencia están anclados contigo el vuelo de mis gaviotas y el humo sollozante de mis flotas. ¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso y sabe que anonadas en las cúpulas sagradas no por decrépito ni por insulso! Tu alta oración animas con el genio de los climas. Tú conoces el espanto de las islas de leprosos, el domicilio polar de los donjuanescos osos, la magnética bahía de los deliquios venéreos, las garzas ecuatoriales cual escrúpulos aéreos, y por ello ante el Señor paralizas tu experiencia como el olor que da tu mejor flor. Paralelo a tu quimera, cristalizo sin sofismas las brasas de mi ígnea primavera, enarbolo mi júbilo y mi mal y suspendo mis llagas como prismas. Candil, que vas como yo enfermo de lo absoluto, y enfilas la experta proa a un dorado archipiélago sin luto; candil, hermético esquife: mis sueños recalcitrantes enmudecen cual un cero en tu cristal marinero, inmóviles excelsos y adorantes.
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El candil
En la cúspide radiante que el metal de mi persona dilucida y perfecciona, y en que una mano celeste y otra de tierra me fincan sobre la sien la corona; en la orgía matinal en que me ahogo en azul y soy como un esmeril y central y esencial como el rosal; en la gloria en que melifluo soy activamente casto porque lo vivo y lo inánime se me ofrece gozoso como pasto; en esta mística gula en que mi nombre de pila es una candente cábala que todo lo engrandece y lo aniquila; he descubierto mi símbolo en el candil en forma de bajel que cuelga de las cúpulas criollas su cristal sabio y su plegaria fiel. ¡Oh candil, oh bajel, frente al altar cumplimos, en dúo recóndito, un solo mandamiento: venerar! Embarcación que iluminas a las piscinas divinas: en tu irisada presencia mi humildad se esponja y se anaranja, porque en la muda eminencia están anclados contigo el vuelo de mis gaviotas y el humo sollozante de mis flotas. ¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso y sabe que anonadas en las cúpulas sagradas no por decrépito ni por insulso! Tu alta oración animas con el genio de los climas. Tú conoces el espanto de las islas de leprosos, el domicilio polar de los donjuanescos osos, la magnética bahía de los deliquios venéreos, las garzas ecuatoriales cual escrúpulos aéreos, y por ello ante el Señor paralizas tu experiencia como el olor que da tu mejor flor. Paralelo a tu quimera, cristalizo sin sofismas las brasas de mi ígnea primavera, enarbolo mi júbilo y mi mal y suspendo mis llagas como prismas. Candil, que vas como yo enfermo de lo absoluto, y enfilas la experta proa a un dorado archipiélago sin luto; candil, hermético esquife: mis sueños recalcitrantes enmudecen cual un cero en tu cristal marinero, inmóviles excelsos y adorantes.
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Tú no eres en mi huerto la pagana rosa de los ardores juveniles; te quise como a una dulce hermanay gozoso dejé mis quince abriles cual un ramo de flores de pureza entre tus manos blancas y gentiles.Humilde te ha rezado mi tristeza como en los pobres templos parroquiales el campesino ante la Virgen reza.Antífona es tu voz, y en los corales de tu mística boca he descubierto el sabor de los besos maternales.Tus ojos tristes, de mirar incierto, recuérdanme dos lámparas prendidas en la penumbra de un altar desierto.Las palmas de tus manos son ungidas por mi, que provocando tus asombros las beso en las ingratas despedidas.Soy débil, y al marchar por entre escombros me dirige la fuerza de tu planta y reclino las sienes en tus hombros.Nardo es tu cuerpo y tu virtud es tanta que en tus brazos beatíficos me duermo como sobre los senos de una Santa.¡Quién me otorgara en mi retiro yermo tener, Fuensanta, la condescendencia de tus bondades a mi amor enfermo como plenaria y última indulgencia!
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Elogio a fuensanta
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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El niño de la noche
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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cada gracia de vos o don tuyo / ¿es más pena o sed? / sol que cae de vos / amparo / ¿sos grandeza que aparta el agua de esta sed? / ¿chispa tierna de amor que hace volar lejos de vos? / ¿calor o claridad / plumita suave por el alma? / ¿deseo que crece / hace crecer? / ¿ausencia que junta tu hermosura como un árbol en la mitad del día? / ¿día sos quemando miedos / matando las sabandijas del dolor? / ¿atada a tu bondad estás como un lueguito? / ¿fuerza sos y consuelo o tormento gozoso / dorado a contraluz / másvida cierta como tu mano puesta sobre mi vida como vos?
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Comentario viii
Torcido, desigual, blando y sonoro, Te resbalas secreto entre las flores, Hurtando la corriente a los calores, Cano en la espuma y rubio con el oro. En cristales dispensas tu tesoro, Líquido plectro a rústicos amores, Y templando por cuerdas Ruiseñores, Te ríes de crecer con lo que lloro. De vidro, en las lisonjas divertido, Gozoso vas al monte; y despeñado Espumoso encaneces con gemido. No de otro modo el corazón cuitado A la prisión, al llanto se ha venido, Alegre, inadvertido, y confiado.
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Compara el discurso de su amor con el de un arroyo