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"gimiendo" poems
Después de que la noche al fin duerme las incoherencias imprudente del día tú, te acercas susurrando a mis oídos : te deseo tanto!- Sé que te mueres de ganas de poseerme lo noto en tus ojos en el pulso delicioso de tu cuello en el roce de tus sudorosas manos maestras cuando acarician mis caderas insolentes de continuos estallidos. Mía es tu carne amor, lo fue antes, lo es ahora Soy la única que conoce tu cuerpo de memoria la única que lo navega entera sin zozobrar nunca la única que sabes que no dejarás que naufrague en confusos oleajes Adoro cuando me bebes entera y entre mi falda juguetea tu aliento. Tú me sacias con tu experiencia eres mi delicioso bohemio atrevido amante de mis pezones que despiertan cuando suave los muerdes. Ven amor, ya sabes que tu piel es mi locura Ven que mi sangre hierve al ver tu pene hinchado y apurado ven cariño y clava tu lanza ardiente entre mis piernas que ya están abiertos y humedos los capullos de mi flor. No sabes como venero tu cuerpo navegante gimiendo y gozando cuando te cabalgo. Amor, es en tus ojos donde puedo ver como te pierdes del mundo entero como te pierdes acabado en mì. Y te gozo lento te hechizo te blasfemo y te conjuro antes de que mi boca comience el descenso. Hoy tu marea está de fiesta danzando apetitoso sobre mi lengua. Que bello honor es recibir tus gotas de diamante perla sobre mì. AZUL STRAUSS MARKUART TITULO :Gotas de Diamante Perla Poema: Texto completo.] Autora :Azul Strauss M 18 de Mayo del 2015 BUENOS AIRES.ARGENTINA ©Copyright –Derecho de Autor Reservado _ Expediente nº EGXU-ZLQN-2W3E-96U2/1102180341429 Dirección Nacional de Derecho de Autor, República Argentina Protegido por OMPI y el Tratado internacional de Suiza sobre derechos de autores
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Jun 3, 2015
Jun 3, 2015 at 12:44 AM UTC
GOTAS DE DIAMANTE PERLA
Después de que la noche al fin duerme las incoherencias imprudente del día tú, te acercas susurrando a mis oídos : te deseo tanto!- Sé que te mueres de ganas de poseerme lo noto en tus ojos en el pulso delicioso de tu cuello en el roce de tus sudorosas manos maestras cuando acarician mis caderas insolentes de continuos estallidos. Mía es tu carne amor, lo fue antes, lo es ahora Soy la única que conoce tu cuerpo de memoria la única que lo navega entera sin zozobrar nunca la única que sabes que no dejarás que naufrague en confusos oleajes Adoro cuando me bebes entera y entre mi falda juguetea tu aliento. Tú me sacias con tu experiencia eres mi delicioso bohemio atrevido amante de mis pezones que despiertan cuando suave los muerdes. Ven amor, ya sabes que tu piel es mi locura Ven que mi sangre hierve al ver tu pene hinchado y apurado ven cariño y clava tu lanza ardiente entre mis piernas que ya están abiertos y humedos los capullos de mi flor. No sabes como venero tu cuerpo navegante gimiendo y gozando cuando te cabalgo. Amor, es en tus ojos donde puedo ver como te pierdes del mundo entero como te pierdes acabado en mì. Y te gozo lento te hechizo te blasfemo y te conjuro antes de que mi boca comience el descenso. Hoy tu marea está de fiesta danzando apetitoso sobre mi lengua. Que bello honor es recibir tus gotas de diamante perla sobre mì. AZUL STRAUSS MARKUART TITULO :Gotas de Diamante Perla Poema: Texto completo.] Autora :Azul Strauss M 18 de Mayo del 2015 BUENOS AIRES.ARGENTINA ©Copyright –Derecho de Autor Reservado _ Expediente nº EGXU-ZLQN-2W3E-96U2/1102180341429 Dirección Nacional de Derecho de Autor, República Argentina Protegido por OMPI y el Tratado internacional de Suiza sobre derechos de autores
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Como en la vaguedad de un espejismo: -¿qué sabes? -mi conciencia me interroga, fluïda en llanto entre mi propio abismo. Y miro el mar ardiente, el monte flavo que suaviza el azul, la estrella límpida rielando en el rocío del capullo; y en sus cunas los cándidos infantes, cazados con las redes del arrullo por el sueño de manos hechizantes. Y vuelto a mí, gimiendo el corazón: -¿qué sabes? -vanamente me interrogo, mudo, bajo la múltiple emoción. Sólo un saber escondo claro y justo; llévole como antorcha y como daga en medio del cerrado laberinto; en su vasta amplitud mi fe naufraga y hallo en su anchura incómodo recinto. Se oyen sordos, roncos lamentos, y alzan sus puños en el vacío los pensamientos. ¡Oh menguado saber, pobre riqueza de formas en imágenes trocadas, ley ondeante, ciencia que alucina, que cada noche en el silencio empieza y cada día con el sol culmina! ¡Oh menguado saber de la iracunda vida que ante mis ojos se renueva, germinal y cruël, ciega y profunda; madre de los mil partos y el misterio que al barro humilla y a Psiquis subleva! Como ventana que el azul del cielo circunscribe, se entreabren los sentidos. ¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo, la leve mariposa del anhelo entra por la ventana sin ruïdos. Cuaja en el corazón de la manzana la dulzura estival; la mariposa vuela del fondo de la carne humana. ¡Que al claro cielo suba el anhelo! Por ese vuelo, la heredad natía canté, con ritmo del ideal retorno, en la ingenua parábola temprana. En el turquí del éter desleía un nácar tenue mi primer mañana. Por ese anhelo entre los acres pinos y las rosas en llamas del ocaso, al hablar dejo la palabra trunca: el tiempo es breve y el vigor escaso, y la Amada ideal no vino nunca. Por ese anhelo, en rimas balbucientes canto el rojo camino que a la tarde se pinta en la montaña evocadora, o a la vívida luz del sol temprano, como una obsesión conturbadora de sangre y sangre en el azul lejano. Y por él amo, en fin, y por él sueño con una honda transfusión divina de la luz en mi carne de tortura, ¡puesto que está la estrella vespertina sobre el horror de esta prisión oscura! Columpia el mar su cauda nacarina, y en ustorios relámpagos de espejos esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina. Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
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Acuarimántima iii
Como en la vaguedad de un espejismo: -¿qué sabes? -mi conciencia me interroga, fluïda en llanto entre mi propio abismo. Y miro el mar ardiente, el monte flavo que suaviza el azul, la estrella límpida rielando en el rocío del capullo; y en sus cunas los cándidos infantes, cazados con las redes del arrullo por el sueño de manos hechizantes. Y vuelto a mí, gimiendo el corazón: -¿qué sabes? -vanamente me interrogo, mudo, bajo la múltiple emoción. Sólo un saber escondo claro y justo; llévole como antorcha y como daga en medio del cerrado laberinto; en su vasta amplitud mi fe naufraga y hallo en su anchura incómodo recinto. Se oyen sordos, roncos lamentos, y alzan sus puños en el vacío los pensamientos. ¡Oh menguado saber, pobre riqueza de formas en imágenes trocadas, ley ondeante, ciencia que alucina, que cada noche en el silencio empieza y cada día con el sol culmina! ¡Oh menguado saber de la iracunda vida que ante mis ojos se renueva, germinal y cruël, ciega y profunda; madre de los mil partos y el misterio que al barro humilla y a Psiquis subleva! Como ventana que el azul del cielo circunscribe, se entreabren los sentidos. ¡Pobre, ruïn saber! Y, sin embargo, la leve mariposa del anhelo entra por la ventana sin ruïdos. Cuaja en el corazón de la manzana la dulzura estival; la mariposa vuela del fondo de la carne humana. ¡Que al claro cielo suba el anhelo! Por ese vuelo, la heredad natía canté, con ritmo del ideal retorno, en la ingenua parábola temprana. En el turquí del éter desleía un nácar tenue mi primer mañana. Por ese anhelo entre los acres pinos y las rosas en llamas del ocaso, al hablar dejo la palabra trunca: el tiempo es breve y el vigor escaso, y la Amada ideal no vino nunca. Por ese anhelo, en rimas balbucientes canto el rojo camino que a la tarde se pinta en la montaña evocadora, o a la vívida luz del sol temprano, como una obsesión conturbadora de sangre y sangre en el azul lejano. Y por él amo, en fin, y por él sueño con una honda transfusión divina de la luz en mi carne de tortura, ¡puesto que está la estrella vespertina sobre el horror de esta prisión oscura! Columpia el mar su cauda nacarina, y en ustorios relámpagos de espejos esplende en bruma de ópaco la carne de la ondina. Y fluye Acuarimántima a lo lejos...
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Y vuelvo a encontrarme contigo, tan fría , tan blanca, tan vacía. Las palabras se cruzan, se enredan, vacilan, se arrastran. De un lado a otro en agonía febril, gruñendo y gimiendo, gritando en silencio. Ocultas bajo la mirada de nadie, bajo la mirada del universo.
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Jul 4, 2014
Jul 4, 2014 at 1:00 PM UTC
Hoja en blanco
Sol espledente de primavera, a cuyo beso, fresca y lozana, la flor se yergue, la mariposa viola el capullo, la yema estalla; sol espledente de primavera: ¡yo te aborrezco! porque desgarras las brumas leves, que me circundan como rizado crespón de plata.   A mí me gustan las tardes grises, las melancolías, las heladas, en que las rosas tiemblan de frío, en que los cierzos gimiendo pasan, en que las aves, entre las hojas, el pico esconden bajo del ala.   A mí me gustan esas penumbras indefinibles de la enramada, a cuyo amparo corren las fuentes, surgen los gnomos, las hojas charlan...   Sol espledente de primavera, cede tu gloria, declina, pasa: deja las brumas que me rodean como rizado crespón de plata.   Bellas mujeres de ardientes ojos, de vivos labios, de tez rosada, ¡os aborrezco! Vuestros encantos ni me seducen ni me arrebatan.   A mí me gustan las niñas tristes, a mí me gustan las niñas pálidas, las de apacibles ojos obscuros donde perenne misterio irradia; las de miradas que me acarician bajo el alero de las pestañas...   Más que las rosas, amo los lirios y las gardenias inmaculadas; más que claveles de sangre y fuego, la sensitiva mi vista encanta...   Bellas mujeres de ardientes ojos, de vivos labios, de tez rosada: pasad en ronda vertiginosa; vuestros encantos no me arrebatan...   Himnos vibrantes de las victorias, notas triunfales, bélicas marchas, ¡os aborrezco! porque, al oíros, trémulas huyen mis musas blancas.   A mí me gustan las notas leves... las notas leves... las notas lánguidas, las que parecen suspiros hondos... suspiros hondos de almas que pasan...   Chopin: delirio por tus nocturnos; Beethoven: sueño con tus sonatas: Weber: adoro tu Pensamiento Schubert: me arroba tu Serenata.   ¡Oh! Cuántas veces, bajo el imperio de vuestra música apasionada, Ella me dice: ¿Me quieres mucho? y yo respondo: ¡Con toda el alma!   Himnos vibrantes de las victorias, notas triunfales, bélicas marchas: ¡chit! porque huyen al escucharos, trémulas todas, mis musas blancas...   Sol espledente de primavera, lindas mujeres de faz rosada, himnos triunfales...; ¡dejadme a solas con mis ensueños y mis nostalgias!   Pálidas brumas que me rodean como rizado crespón de plata, vagas penumbras, niñas enfermas de ojos obscuros y tez de nácar, notas dolientes: ¡venid, que os amo! ¡Venid, que os amo! ¡Tended las alas!
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Perlas negras - xii
Sol espledente de primavera, a cuyo beso, fresca y lozana, la flor se yergue, la mariposa viola el capullo, la yema estalla; sol espledente de primavera: ¡yo te aborrezco! porque desgarras las brumas leves, que me circundan como rizado crespón de plata.   A mí me gustan las tardes grises, las melancolías, las heladas, en que las rosas tiemblan de frío, en que los cierzos gimiendo pasan, en que las aves, entre las hojas, el pico esconden bajo del ala.   A mí me gustan esas penumbras indefinibles de la enramada, a cuyo amparo corren las fuentes, surgen los gnomos, las hojas charlan...   Sol espledente de primavera, cede tu gloria, declina, pasa: deja las brumas que me rodean como rizado crespón de plata.   Bellas mujeres de ardientes ojos, de vivos labios, de tez rosada, ¡os aborrezco! Vuestros encantos ni me seducen ni me arrebatan.   A mí me gustan las niñas tristes, a mí me gustan las niñas pálidas, las de apacibles ojos obscuros donde perenne misterio irradia; las de miradas que me acarician bajo el alero de las pestañas...   Más que las rosas, amo los lirios y las gardenias inmaculadas; más que claveles de sangre y fuego, la sensitiva mi vista encanta...   Bellas mujeres de ardientes ojos, de vivos labios, de tez rosada: pasad en ronda vertiginosa; vuestros encantos no me arrebatan...   Himnos vibrantes de las victorias, notas triunfales, bélicas marchas, ¡os aborrezco! porque, al oíros, trémulas huyen mis musas blancas.   A mí me gustan las notas leves... las notas leves... las notas lánguidas, las que parecen suspiros hondos... suspiros hondos de almas que pasan...   Chopin: delirio por tus nocturnos; Beethoven: sueño con tus sonatas: Weber: adoro tu Pensamiento Schubert: me arroba tu Serenata.   ¡Oh! Cuántas veces, bajo el imperio de vuestra música apasionada, Ella me dice: ¿Me quieres mucho? y yo respondo: ¡Con toda el alma!   Himnos vibrantes de las victorias, notas triunfales, bélicas marchas: ¡chit! porque huyen al escucharos, trémulas todas, mis musas blancas...   Sol espledente de primavera, lindas mujeres de faz rosada, himnos triunfales...; ¡dejadme a solas con mis ensueños y mis nostalgias!   Pálidas brumas que me rodean como rizado crespón de plata, vagas penumbras, niñas enfermas de ojos obscuros y tez de nácar, notas dolientes: ¡venid, que os amo! ¡Venid, que os amo! ¡Tended las alas!
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Tendríamos ya una edad misericordiosa, cuando mi padre ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar de oración. En el corredor de abajo, estaban sentados a la mesa mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del mismo fuego del hogar. Tocaron a la puerta. -Tocan a la puerta! -mi madre. -Tocan a la puerta! -mi propia madre. -Tocan a la puerta! -dijo toda mi madre, tocándose las entrañas a trastes infinitos, sobre toda la altura de quien viene. -Anda, Nativa, la hija, a ver quien viene. Y, sin esperar la venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien salió a ver quién venia así, oponiéndose a lo ancho de nosotros. Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mama salió, avanzando inversamente y como si hubiera dicho: las partes. Se hizo patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la mano de mi madre. Entonces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras frentes. -Porque no le deje que saliese a la puerta, -Nativa, la hija-, me ha echado Miguel al pavo. A su pavo. ¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padre, revelando, el hombre, las falanjas filiales del niño! Podía así otorgarle las venturas que el hombre deseara más tarde. Sin embargo: -Y mañana, a la escuela, -disertó magistralmente el padre, ante el público semanal de sus hijos. -Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida. Mamá debió llorar, gimiendo a penas la madre. Ya nadie quiso comer. En los labios del padre cupo, para salir rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fraternas bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atravesada. Mas, luego, de improviso, salió de un albañal de aguas llovedizas y de aquel mismo patio de la visita mala, una gallina, no ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Cloqueaba en mi garganta. Fue una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca después tuvo el verbo. Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arrullarse por su gran calofrío maternal. -¿Dónde están los hijos de la gallina vieja? -¿Dónde están los pollos de la gallina vieja? ¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!
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Lánguidamente su licor
Tendríamos ya una edad misericordiosa, cuando mi padre ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar de oración. En el corredor de abajo, estaban sentados a la mesa mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del mismo fuego del hogar. Tocaron a la puerta. -Tocan a la puerta! -mi madre. -Tocan a la puerta! -mi propia madre. -Tocan a la puerta! -dijo toda mi madre, tocándose las entrañas a trastes infinitos, sobre toda la altura de quien viene. -Anda, Nativa, la hija, a ver quien viene. Y, sin esperar la venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien salió a ver quién venia así, oponiéndose a lo ancho de nosotros. Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mama salió, avanzando inversamente y como si hubiera dicho: las partes. Se hizo patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la mano de mi madre. Entonces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras frentes. -Porque no le deje que saliese a la puerta, -Nativa, la hija-, me ha echado Miguel al pavo. A su pavo. ¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padre, revelando, el hombre, las falanjas filiales del niño! Podía así otorgarle las venturas que el hombre deseara más tarde. Sin embargo: -Y mañana, a la escuela, -disertó magistralmente el padre, ante el público semanal de sus hijos. -Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida. Mamá debió llorar, gimiendo a penas la madre. Ya nadie quiso comer. En los labios del padre cupo, para salir rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fraternas bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atravesada. Mas, luego, de improviso, salió de un albañal de aguas llovedizas y de aquel mismo patio de la visita mala, una gallina, no ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Cloqueaba en mi garganta. Fue una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca después tuvo el verbo. Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arrullarse por su gran calofrío maternal. -¿Dónde están los hijos de la gallina vieja? -¿Dónde están los pollos de la gallina vieja? ¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!
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¡Oh bienaventuranza fértil de los que saben ir gimiendo y llorando desprecativamente, como en la Salve, que es un óleo y una fuente! Yo también supe antaño de la bondad del cielo que en mis acerbos pésames llovía, y compuse mi Salve, con la fe de un cruzado bajo los muros de Antioquía. Mas hoy es un vinagre mi alma, y mi ecuménico dolor un holocausto que en el desierto humea. Mi Cristo, ante la esponja de las hieles, jadea. con la árida agonía de un corazón exhausto. ¡Señor, Tú que colocas resina en la corteza impenitente y agua entrañable en las adustas rocas, hazme casto y humilde para poder llorar la bienaventuranza de aquel llanto deshecho que fertiliza lava el pecho, y verás cómo mi alma se atavía y trueca su congoja en alborozo para escalar los muros de Antioquía!
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Como en la salve