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"gallarda" poems
De vez en cuando la alegría tira piedritas contra mi ventana quiere avisarme que está ahí esperando pero me siento calmo casi diría ecuánime voy a guardar la angustia en un escondite y luego a tenderme cara al techo que es una posición gallarda y cómoda para filtrar noticias y creerlas quién sabe dónde quedan mis próximas huellas ni cuándo mi historia va a ser computada quién sabe qué consejos voy a inventar aún y qué atajo hallaré para no seguirlos está bien no jugaré al desahucio no tatuaré el recuerdo con olvidos mucho queda por decir y callar y también quedan uvas para llenar la boca está bien me doy por persuadido que la alegría no tire más piedritas abriré la ventana abriré la ventana.
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Piedritas en la ventana
Fresca, lozana, pura y olorosa, gala y adorno del pensil florido, gallarda puesta sobre el ramo erguido, fragancia esparce la naciente rosa.  Mas si el ardiente sol lumbre enojosa vibra, del can en llamas encendido, el dulce aroma y el color perdido, sus hojas lleva el aura presurosa.  Así brilló un momento mi ventura en alas del amor, y hermosa nube fingí tal vez de gloria y de alegría.  Mas, ay, que el bien trocóse en amargura, y deshojada por los aires sube la dulce flor de la esperanza mía.
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Soneto
En el ártico mar, bajo la grave, fría techumbre del borrado cielo, rota la proa, yace antigua nave, prisionera entre témpanos de hielo. A do vayan inquietas las miradas en esa soledad do el hielo impera, tan solo ven llanuras desoladas, rocas de hielo... hielo donde quiera. Entre las sombras de la noche bruma, Del horizonte en el confín distante; turbio aparece el sol, fosca la luna, y en el cielo se ven solo un instante. De la llanura en la extensión inerte jamás de vida palpitó un aliento, y no flota en la calma de esa muerte, sobre ese horror, ni voz ni movimiento. Antes de que sus flancos destrozados fueran allá donde la nave mora, de los rugientes mares dilatados todas las playas conoció su prora. De las hijas del viento en compañía la vio del ecuador el cielo urgente, y cruzó con gallarda bizarría los mares todos, desde Ocaso a Oriente. Vió la boca del Ganges; el distante Cabo de la Esperanza; surcó el seno del Mar de las Antillas resonante, y su bandera recorrió el Tirreno. Era su nombre PORVENIR; su vida fue el libre y ancho mar; y yace ahora por témpanos de hielo detenida, e inmóvil yace su volante prora. Los años pasan. Desde el turbio Oriente la mira un sol de luz amortiguada, y una luna sin brillo... y lentamente la nave se deshace abandonada. Ya derribó los mástiles el noto; la quilla, entre los hielos, yace endida; se hunde el puente... el timón está roto, y cayó al mar el ancla desprendida. ¡Arriba, el cielo tenebroso y frío y el desierto en redor, mudo y sombrío!
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La nave entre hielos
En el ártico mar, bajo la grave, fría techumbre del borrado cielo, rota la proa, yace antigua nave, prisionera entre témpanos de hielo. A do vayan inquietas las miradas en esa soledad do el hielo impera, tan solo ven llanuras desoladas, rocas de hielo... hielo donde quiera. Entre las sombras de la noche bruma, Del horizonte en el confín distante; turbio aparece el sol, fosca la luna, y en el cielo se ven solo un instante. De la llanura en la extensión inerte jamás de vida palpitó un aliento, y no flota en la calma de esa muerte, sobre ese horror, ni voz ni movimiento. Antes de que sus flancos destrozados fueran allá donde la nave mora, de los rugientes mares dilatados todas las playas conoció su prora. De las hijas del viento en compañía la vio del ecuador el cielo urgente, y cruzó con gallarda bizarría los mares todos, desde Ocaso a Oriente. Vió la boca del Ganges; el distante Cabo de la Esperanza; surcó el seno del Mar de las Antillas resonante, y su bandera recorrió el Tirreno. Era su nombre PORVENIR; su vida fue el libre y ancho mar; y yace ahora por témpanos de hielo detenida, e inmóvil yace su volante prora. Los años pasan. Desde el turbio Oriente la mira un sol de luz amortiguada, y una luna sin brillo... y lentamente la nave se deshace abandonada. Ya derribó los mástiles el noto; la quilla, entre los hielos, yace endida; se hunde el puente... el timón está roto, y cayó al mar el ancla desprendida. ¡Arriba, el cielo tenebroso y frío y el desierto en redor, mudo y sombrío!
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Sacude las épicas eras un loco viento festival.                           Ah yeguayeguaa!... Como un botón en primavera se abre un relincho de cristal. Revienta la espiga gallarda bajo las patas vigorosas.                           Ah yeguayeguaa!... ¡Por aumentar la zalagarda trillarían las mariposas! Maduros trigos amarillos, campos expertos en donar.                           Ah yeguayeguaa!... Hombres de corazón sencillo. ¿Qué más podemos esperar? Éste es el fruto de tu ciencia, varón de la mano callosa.                           Ah yeguayeguaa!... ¡Sólo por falta de paciencia las copihueras no dan rosas! Sol que cayó a racimos sobre el llano, ámbar del sol, quiero adorarte en todo: en el oro del trigo y de las manos que lo hicieran gavillas y recodos. Ámbar del sol, quiero divinizarte en la flor, en el grano y en el vino. Amor sólo me alcanza para amarte: ¡para divinizarte, hazme divino! Que la tierra florezca en mis acciones como en el jugo de oro de las viñas, que perfume el dolor de mis canciones como un fruto olvidado en la campiña. Que trascienda mi carne a sembradura ávida de brotar por todas partes, que mis arterias lleven agua pura, ¡agua que canta cuando se reparte! Yo quiero estar desnudo en las gavillas, pisado por los cascos enemigos, yo quiero abrirme y entregar semillas de pan, ¡yo quiero ser de tierra y trigo! Yo di licores rojos y dolientes cuando trilló el Amor mis avenidas: ahora daré licores de vertiente y aromaré los valles con mi herida. Campo, dame tus aguas y tus rocas, entiérrame en tus surcos, o recoge mi vida en las canciones de tu boca como un grano de trigo de tus trojes... Dulcifica mis labios con tus mieles, ¡campo de recónditos panales! Perfúmame a manzanas y laureles, desgráname en los últimos trigales... Lléname el corazón de cascabeles, ¡campo de los lebreles pastorales! Rechinan por las carreteras los carros de vientres fecundos.                           Ah yeguayeguaa!... ¡La llamarada de las eras es la cabellera del mundo! Va un grito de bronce removiendo las bestias que trillan sin tregua en un remolino tremendo...                           Ah yeguayeguaa!...
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Sinfonía de la trilla
Sacude las épicas eras un loco viento festival.                           Ah yeguayeguaa!... Como un botón en primavera se abre un relincho de cristal. Revienta la espiga gallarda bajo las patas vigorosas.                           Ah yeguayeguaa!... ¡Por aumentar la zalagarda trillarían las mariposas! Maduros trigos amarillos, campos expertos en donar.                           Ah yeguayeguaa!... Hombres de corazón sencillo. ¿Qué más podemos esperar? Éste es el fruto de tu ciencia, varón de la mano callosa.                           Ah yeguayeguaa!... ¡Sólo por falta de paciencia las copihueras no dan rosas! Sol que cayó a racimos sobre el llano, ámbar del sol, quiero adorarte en todo: en el oro del trigo y de las manos que lo hicieran gavillas y recodos. Ámbar del sol, quiero divinizarte en la flor, en el grano y en el vino. Amor sólo me alcanza para amarte: ¡para divinizarte, hazme divino! Que la tierra florezca en mis acciones como en el jugo de oro de las viñas, que perfume el dolor de mis canciones como un fruto olvidado en la campiña. Que trascienda mi carne a sembradura ávida de brotar por todas partes, que mis arterias lleven agua pura, ¡agua que canta cuando se reparte! Yo quiero estar desnudo en las gavillas, pisado por los cascos enemigos, yo quiero abrirme y entregar semillas de pan, ¡yo quiero ser de tierra y trigo! Yo di licores rojos y dolientes cuando trilló el Amor mis avenidas: ahora daré licores de vertiente y aromaré los valles con mi herida. Campo, dame tus aguas y tus rocas, entiérrame en tus surcos, o recoge mi vida en las canciones de tu boca como un grano de trigo de tus trojes... Dulcifica mis labios con tus mieles, ¡campo de recónditos panales! Perfúmame a manzanas y laureles, desgráname en los últimos trigales... Lléname el corazón de cascabeles, ¡campo de los lebreles pastorales! Rechinan por las carreteras los carros de vientres fecundos.                           Ah yeguayeguaa!... ¡La llamarada de las eras es la cabellera del mundo! Va un grito de bronce removiendo las bestias que trillan sin tregua en un remolino tremendo...                           Ah yeguayeguaa!...
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La vi pasar con otro... Su semblante resplandecía de felicidad. Y me subió a los labios mi sonrisa galante, con algo de impotencia y algo de vanidad. En las manos del otro palpitaban sus manos; en el brazo del otro se apoyaba feliz... Y me envolvió una niebla de recuerdos lejanos, y sentí que sangraba mi vieja cicatriz. La vi pasar con otro, risueña y arrogante. Me pareció más bella, más gallarda... No sé. Sólo sé que de nuevo la amé en aquel instante, más que cuando fue mía, si es que entonces la amé... Y, de esa llamarada que aún me quema, de ese dolor amargo como un golpe de mar, ya lo veis: ha nacido este poema           deplorablemente ******
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Poema ******