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"fragancia" poems
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. Julio Cortázar.
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Jul 3, 2014
Jul 3, 2014 at 10:48 PM UTC
Rayuela. Capítulo 7. Como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces.
Circundada por selvas, bajo el cielo Siempre azulado, nuestra casa era Algo como el plumón y el terciopelo: Un tibio corazón de primavera. Se hablaba quedo en nuestra casa; Cierto que cobijaba tantas aves, Que nos salían las palabras suaves Como si las dijéramos a un muerto. Pero nada era triste: la dulzura Poníamos tan dócil armonía Que hasta el suspiro tenue presentía En sus patios sombreados de verdura. El mármol blanco de los corredores Parecía dormir un sueño largo. Las fuentes compartían su letargo. Soñaban las estatuas con amores. Cedían los sillones blandamente, Como un pecho materno, y era fino, Muy fino el aire, así como divino, Cuando filtraba el oro del poniente. ¡Cómo me acuerdo de la noche aquella En que entré sostenida por tu brazo! Moría casi bajo el doble abrazo De tu mirada y de la noche bella. ¡Moría casi! Me llevaste tierno Por largas escaleras silenciosas Y ni tuve conciencia de las cosas: Era un cuerpo cansado y sin gobierno. No sé cómo llegamos a una estancia. La penumbra interior, los pasos quedos, Tus besos que morían en mis dedos Me tornaron el alma una fragancia. Abriste una ventana: allá, lejano, Plateaba el río y el silencio era Dulce y enorme, y era primavera, Y se movía el río sobre el llano. Caminaba hacia el mar con tal dulzura Que parecía una palabra buena. Iba a darse sin fin; la quieta arena Mirábalo pasar con amargura. Y mi alma también rodó en el río, Se hundió con él en perfumadas frondas, Siguiéndolo hasta el mar cayó en sus ondas, Y suyo fue el divino poderío. Se curvó blanda en el enorme vaso, De allí se desprendió como un suspiro, Ascendió por los buques y el retiro De otras mujeres sorprendió de paso. Subió hasta las ciudades de otro mundo; Dormían todos, todo estaba blanco, Luego vio cada mundo como un banco De arena muerta en el azul profundo. Y desde aquel azul que todo abisma Miró en la tierra esta ventana abierta: ¿Quién era esa criatura medio muerta? Y se bajó a mirar. ¡Y era yo misma! Cuando volvió del viaje, envejecida De tanto haber vagado unos instantes La esperaban tus ojos suplicantes: Se hundió por ellos y encontró la vida. ¿Recuerdas tú? La casa era un arrullo, Un perfume infinito, un nido blando: Nunca se dijo la palabra cuándo. Se decía, muy quedo: mío y tuyo.
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La casa
Circundada por selvas, bajo el cielo Siempre azulado, nuestra casa era Algo como el plumón y el terciopelo: Un tibio corazón de primavera. Se hablaba quedo en nuestra casa; Cierto que cobijaba tantas aves, Que nos salían las palabras suaves Como si las dijéramos a un muerto. Pero nada era triste: la dulzura Poníamos tan dócil armonía Que hasta el suspiro tenue presentía En sus patios sombreados de verdura. El mármol blanco de los corredores Parecía dormir un sueño largo. Las fuentes compartían su letargo. Soñaban las estatuas con amores. Cedían los sillones blandamente, Como un pecho materno, y era fino, Muy fino el aire, así como divino, Cuando filtraba el oro del poniente. ¡Cómo me acuerdo de la noche aquella En que entré sostenida por tu brazo! Moría casi bajo el doble abrazo De tu mirada y de la noche bella. ¡Moría casi! Me llevaste tierno Por largas escaleras silenciosas Y ni tuve conciencia de las cosas: Era un cuerpo cansado y sin gobierno. No sé cómo llegamos a una estancia. La penumbra interior, los pasos quedos, Tus besos que morían en mis dedos Me tornaron el alma una fragancia. Abriste una ventana: allá, lejano, Plateaba el río y el silencio era Dulce y enorme, y era primavera, Y se movía el río sobre el llano. Caminaba hacia el mar con tal dulzura Que parecía una palabra buena. Iba a darse sin fin; la quieta arena Mirábalo pasar con amargura. Y mi alma también rodó en el río, Se hundió con él en perfumadas frondas, Siguiéndolo hasta el mar cayó en sus ondas, Y suyo fue el divino poderío. Se curvó blanda en el enorme vaso, De allí se desprendió como un suspiro, Ascendió por los buques y el retiro De otras mujeres sorprendió de paso. Subió hasta las ciudades de otro mundo; Dormían todos, todo estaba blanco, Luego vio cada mundo como un banco De arena muerta en el azul profundo. Y desde aquel azul que todo abisma Miró en la tierra esta ventana abierta: ¿Quién era esa criatura medio muerta? Y se bajó a mirar. ¡Y era yo misma! Cuando volvió del viaje, envejecida De tanto haber vagado unos instantes La esperaban tus ojos suplicantes: Se hundió por ellos y encontró la vida. ¿Recuerdas tú? La casa era un arrullo, Un perfume infinito, un nido blando: Nunca se dijo la palabra cuándo. Se decía, muy quedo: mío y tuyo.
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¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen. Mi amante besóme las manos, y en ellas, ¡Oh gracia! brotaron rosas como estrellas. Y voy por la senda voceando el encanto Y de dicha alterno sonrisa con llanto Y bajo el milagro de mi encantamiento Se aroman de rosas las alas del viento. Y murmura al verme la gente que pasa: -«¿No veis que está loca? Tornadla a su casa. ¡Dice que en las manos le han nacido rosas Y las va agitando como mariposas!» ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende Un milagro de éstos y que sólo entiende, Que no nacen rosas más que en los rosales Y que no hay más trigo que el de los trigales! Que requiere líneas y color y forma, Y que sólo admite realidad por norma. Que cuando uno dice: -«Voy con la dulzura», De inmediato buscan a la criatura. Que me digan loca, que en celda me encierren, Que con siete llaves la puerta me cierren, Que junto a la puerta pongan un lebrel, Carcelero rudo, carcelero fiel. Cantaré lo mismo: -«Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen». ¡Y toda mi celda tendrá la fragancia De un inmenso ramo de rosas de Francia!
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El dulce milagro
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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Oda a la cebolla
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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Me husmeas y me dejas Oliendo a ti, Al sabor de tus besos en mi boca Pero te vas, siempre te vas Siento que te pierdo Porque ya no estas Y si quisieras te podrias quedar Pero te vas, dejando una parte de ti en mi De la cual no me puedo safar Y es tu aliento que invade mi interior Atada me siento a un aroma A cada olor de tu cuerpo Y puedo estar comiendo y Me acuerdo al sabor de lengua Aquel dia que olvide tu fragancia Ese dia olvidare mi infancia.
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Oct 13, 2013
Oct 13, 2013 at 7:13 PM UTC
La fragancia de ti
La calle se llenó de tomates, mediodía, verano, la luz se parte en dos mitades de tomate, corre por las calles el jugo. En diciembre se desata el tomate, invade las cocinas, entra por los almuerzos, se sienta reposado en los aparadores, entre los vasos, las mantequilleras, los saleros azules. Tiene luz propia, majestad benigna. Debemos, por desgracia, asesinarlo: se hunde el cuchillo en su pulpa viviente, es una roja víscera, un sol fresco, profundo, inagotable, llena las ensaladas de Chile, se casa alegremente con la clara cebolla, y para celebrarlo se deja caer aceite, hijo esencial del olivo, sobre sus hemisferios entreabiertos, agrega la pimienta su fragancia, la sal su magnetismo: son las bodas del día, el perejil levanta banderines, las papas hierven vigorosamente, el asado golpea con su aroma en la puerta, es hora! vamos! y sobre la mesa, en la cintura del verano, el tomate, astro de tierra, estrella repetida y fecunda, nos muestra sus circunvoluciones, sus canales, la insigne plenitud y la abundancia sin hueso, sin coraza, sin escamas ni espinas, nos entrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura.
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Oda al tomate
Alta sobre la tierra te pusieron, dura, hermosa araucaria de los australes montes, torre de Chile, ***** del territorio verde, pabellón del invierno, nave de la fragancia. Ahora, sin embargo, no por bella te canto, sino por el racimo de tu especie, por tu fruta cerrada, por tu piñón abierto. Antaño, antaño fue cuando sobre los indios se abrió como una rosa de madera el colosal puñado de tu puño, y dejó sobre la mojada tierra los piñones: harina, pan silvestre del indomable Arauco. Ved la guerra: armados los guerreros de Castilla y sus caballos de galvánicas crines y frente a ellos el grito de los desnudos héroes, voz del fuego, cuchillo de dura piedra parda, lanzas enloquecidas en el bosque, tambor, tambor sagrado, y adentro de la selva el silencio, la muerte replegándose, la guerra. Entonces, en el último bastión verde, dispersas por la fuga, las lanzas de la selva se reunieron bajo las araucarias espinosas. La cruz, la espada, el hambre iban diezmando la familia salvaje. Terror, terror de un golpe de herraduras, latido de una hoja, viento, dolor y lluvia. De pronto se estremeció allá arriba la araucaria araucana, sus ilustres raíces, las espinas hirsutas del poderoso pabellón tuvieron un movimiento ***** de batalla: rugió como una ola de leones todo el follaje de la selva dura y entonces cayó una marejada de piñones: los anchos estuches se rompieron contra la tierra, contra la piedra defendida y desgranaron su fruta, el pan postrero de la patria. Así la Araucanía recompuso sus lanzas de agua y oro, zozobraron los bosques bajo el silbido del valor resurrecto y avanzaron las cinturas violentas como rachas, las plumas incendiarias del Cacique: piedra quemada y flecha voladora atajaron al invasor de hierro en el camino. Araucaria, follaje de bronce con espinas, gracias te dio la ensangrentada estirpe, gracias te dio la tierra defendida, gracias, pan de valientes, alimento escondido en la mojada aurora de la patria: corona verde, pura madre de los espacios, lámpara del frío territorio, hoy dame tu luz sombría, la imponente seguridad enarbolada sobre tus raíces y abandona en mi canto la herencia y el silbido del viento que te toca, del antiguo y huracanado viento de mi patria. Deja caer en mi alma tus granadas para que las legiones se alimenten de tu especie en mi canto. Árbol nutricio, entrégame la terrenal argolla que te amarra a la entraña lluviosa de la tierra, entrégame tu resistencia, el rostro y las raíces firmes contra la envidia, la invasión, la codicia, el desacato. Tus armas deja y vela sobre mi corazón, sobre los míos, sobre los hombros de los valerosos, porque a la misma luz de hojas y aurora, arenas y follajes, yo voy con las banderas al llamado profundo de mi pueblo! Araucaria araucana, aquí me tienes!
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Oda a la araucaria araucana
Alta sobre la tierra te pusieron, dura, hermosa araucaria de los australes montes, torre de Chile, ***** del territorio verde, pabellón del invierno, nave de la fragancia. Ahora, sin embargo, no por bella te canto, sino por el racimo de tu especie, por tu fruta cerrada, por tu piñón abierto. Antaño, antaño fue cuando sobre los indios se abrió como una rosa de madera el colosal puñado de tu puño, y dejó sobre la mojada tierra los piñones: harina, pan silvestre del indomable Arauco. Ved la guerra: armados los guerreros de Castilla y sus caballos de galvánicas crines y frente a ellos el grito de los desnudos héroes, voz del fuego, cuchillo de dura piedra parda, lanzas enloquecidas en el bosque, tambor, tambor sagrado, y adentro de la selva el silencio, la muerte replegándose, la guerra. Entonces, en el último bastión verde, dispersas por la fuga, las lanzas de la selva se reunieron bajo las araucarias espinosas. La cruz, la espada, el hambre iban diezmando la familia salvaje. Terror, terror de un golpe de herraduras, latido de una hoja, viento, dolor y lluvia. De pronto se estremeció allá arriba la araucaria araucana, sus ilustres raíces, las espinas hirsutas del poderoso pabellón tuvieron un movimiento ***** de batalla: rugió como una ola de leones todo el follaje de la selva dura y entonces cayó una marejada de piñones: los anchos estuches se rompieron contra la tierra, contra la piedra defendida y desgranaron su fruta, el pan postrero de la patria. Así la Araucanía recompuso sus lanzas de agua y oro, zozobraron los bosques bajo el silbido del valor resurrecto y avanzaron las cinturas violentas como rachas, las plumas incendiarias del Cacique: piedra quemada y flecha voladora atajaron al invasor de hierro en el camino. Araucaria, follaje de bronce con espinas, gracias te dio la ensangrentada estirpe, gracias te dio la tierra defendida, gracias, pan de valientes, alimento escondido en la mojada aurora de la patria: corona verde, pura madre de los espacios, lámpara del frío territorio, hoy dame tu luz sombría, la imponente seguridad enarbolada sobre tus raíces y abandona en mi canto la herencia y el silbido del viento que te toca, del antiguo y huracanado viento de mi patria. Deja caer en mi alma tus granadas para que las legiones se alimenten de tu especie en mi canto. Árbol nutricio, entrégame la terrenal argolla que te amarra a la entraña lluviosa de la tierra, entrégame tu resistencia, el rostro y las raíces firmes contra la envidia, la invasión, la codicia, el desacato. Tus armas deja y vela sobre mi corazón, sobre los míos, sobre los hombros de los valerosos, porque a la misma luz de hojas y aurora, arenas y follajes, yo voy con las banderas al llamado profundo de mi pueblo! Araucaria araucana, aquí me tienes!
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Se enreda el lunes con el martes y la semana con el año: no se puede cortar el tiempo con tus tijeras fatigadas, y todos los nombres del día los borra el agua de la noche. Nadie puede llamarse Pedro, ninguna es Rosa ni María, todos somos polvo o arena, todos somos lluvia en la lluvia. Me han hablado de Venezuelas, de Paraguayes y de Chiles, no sé de lo que están hablando: conozco la piel de la tierra y sé que no tiene apellido. Cuando viví con las raíces me gustaron más que las flores, y cuando hablé con una piedra sonaba como una campana. Es tan larga la primavera que dura todo el invierno: el tiempo perdió los zapatos: un año tiene cuatro siglos. Cuando duermo todas las noches, cómo me llamo o no me llamo? Y cuando me despierto quién soy si no era yo cuando dormía? Esto quiere decir que apenas desembarcamos en la vida, que venimos recién naciendo, que no nos llenemos la boca con tantos nombres inseguros, con tantas etiquetas tristes, con tantas letras rimbombantes, con tanto tuyo y canto mío, con tanta firma en los papeles. Yo pienso confundir las cosas, unirlas y recién nacerlas, entreverarlas, desvestirlas, hasta que la luz del mundo tenga la unidad del océano, una integridad generosa, una fragancia crepitante.
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Demasiados nombres
En el mar tormentoso de Chile vive el rosado congrio, gigante anguila de nevada carne. Y en las ollas chilenas, en la costa, nació el caldillo grávido y suculento, provechoso. Lleven a la cocina el congrio desollado, su piel manchada cede como un guante y al descubierto queda entonces el racimo del mar, el congrio tierno reluce ya desnudo, preparado para nuestro apetito. Ahora recoges ajos, acaricia primero ese marfil precioso, huele su fragancia iracunda, entonces deja el ajo picado caer con la cebolla y el tomate hasta que la cebolla tenga color de oro. Mientras tanto se cuecen con el vapor los regios camarones marinos y cuando ya llegaron a su punto, cuando cuajó el sabor en una salsa formada por el jugo del océano y por el agua clara que desprendió la luz de la cebolla, entonces que entre el congrio y se sumerja en gloria, que en la olla se aceite, se contraiga y se impregne. Ya sólo es necesario dejar en el manjar caer la crema como una rosa espesa, y al fuego lentamente entregar el tesoro hasta que en el caldillo se calienten las esencias de Chile, y a la mesa lleguen recién casados los sabores del mar y de la tierra para que en ese plato tú conozcas el cielo.
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Oda al caldillo de congrio
Tengo un petalo De la primera vez que te vi Una sola flor te di Todo lo que degaste Fue el auroma de gardenias Y unos petalos que con el viento Volaron y flotaron hacia mi Y el tiempo paso Pero tu no regresabas a mi Nadamas sostenia los petalos Pensando ala mejor podria sentirte a ti Y tu fragancia regresaba por ahi En ese momento con nostalgia Pensaba por que tu no estas aqui Y el tiempo paso Los petalos se secaron y volaron lejos Por desasos como tu memoria Corrieron sin poderlos rescatar Y ahora tengo un solo petalo De la primera vez que te vi Es el ultimo que quedo Los demas el viento llevo Ultimo petalo tambien Casi desaparecio con tu memoria Pero inevitable mi corazon Nunca olvidara to fragrancia Siempre te conservara Cuando un petalo caiga cerca de mi
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Nov 27, 2010
Nov 27, 2010 at 10:35 AM UTC
El Ultimo Petalo
-Gerineldo, Gerineldo,   paje del rey más querido, quién te tuviera esta noche   en mi jardín florecido. Válgame Dios, Gerineldo,   cuerpo que tienes tan lindo. -Como soy vuestro criado,   señora, burláis conmigo. -No me burlo, Gerineldo,   que de veras te lo digo. -¿Y cuándo, señora mía,   cumpliréis lo prometido? -Entre las doce y la una   que el rey estará dormido. Media noche ya es pasada.   Gerineldo no ha venido. «¡Oh, malhaya, Gerineldo,   quien amor puso contigo!» -Abráisme, la mi señora,   abráisme, cuerpo garrido. -¿Quién a mi estancia se atreve,   quién llama así a mi postigo? -No os turbéis, señora mía,   que soy vuestro dulce amigo. Tomáralo por la mano   y en el lecho lo ha metido; entre juegos y deleites   la noche se les ha ido, y allá hacia el amanecer   los dos se duermen vencidos. Despertado había el rey   de un sueño despavorido. «O me roban a la infanta   o traicionan el castillo.» Aprisa llama a su paje   pidiéndole los vestidos: «¡Gerineldo, Gerineldo,   el mi paje más querido!» Tres veces le había llamado,   ninguna le ha respondido. Puso la espada en la cinta,   adonde la infanta ha ido; vio a su hija, vio a su paje   como mujer y marido. «¿Mataré yo a Gerineldo,   a quien crié desde niño? Pues si matare a la infanta,   mi reino queda perdido. Pondré mi espada por medio,   que me sirva de testigo.» Y salióse hacia el jardín   sin ser de nadie sentido. Rebullíase la infanta   tres horas ya el sol salido; con el frior de la espada   la dama se ha estremecido. -Levántate, Gerineldo,   levántate, dueño mío, la espada del rey mi padre   entre los dos ha dormido. -¿Y adónde iré, mi señora,   que del rey no sea visto? -Vete por ese jardín   cogiendo rosas y lirios; pesares que te vinieren   yo los partiré contigo. -¿Dónde vienes, Gerineldo,   tan mustio y descolorido? -Vengo del jardín, buen rey,   por ver cómo ha florecido; la fragancia de una rosa   la color me ha devaído. -De esa rosa que has cortado   mi espada será testigo. -Matadme, señor, matadme,   bien lo tengo merecido. Ellos en estas razones,   la infanta a su padre vino: -Rey y señor, no le mates,   mas dámelo por marido. O si lo quieres matar   la muerte será conmigo.
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Romance de gerineldo y la infanta
-Gerineldo, Gerineldo,   paje del rey más querido, quién te tuviera esta noche   en mi jardín florecido. Válgame Dios, Gerineldo,   cuerpo que tienes tan lindo. -Como soy vuestro criado,   señora, burláis conmigo. -No me burlo, Gerineldo,   que de veras te lo digo. -¿Y cuándo, señora mía,   cumpliréis lo prometido? -Entre las doce y la una   que el rey estará dormido. Media noche ya es pasada.   Gerineldo no ha venido. «¡Oh, malhaya, Gerineldo,   quien amor puso contigo!» -Abráisme, la mi señora,   abráisme, cuerpo garrido. -¿Quién a mi estancia se atreve,   quién llama así a mi postigo? -No os turbéis, señora mía,   que soy vuestro dulce amigo. Tomáralo por la mano   y en el lecho lo ha metido; entre juegos y deleites   la noche se les ha ido, y allá hacia el amanecer   los dos se duermen vencidos. Despertado había el rey   de un sueño despavorido. «O me roban a la infanta   o traicionan el castillo.» Aprisa llama a su paje   pidiéndole los vestidos: «¡Gerineldo, Gerineldo,   el mi paje más querido!» Tres veces le había llamado,   ninguna le ha respondido. Puso la espada en la cinta,   adonde la infanta ha ido; vio a su hija, vio a su paje   como mujer y marido. «¿Mataré yo a Gerineldo,   a quien crié desde niño? Pues si matare a la infanta,   mi reino queda perdido. Pondré mi espada por medio,   que me sirva de testigo.» Y salióse hacia el jardín   sin ser de nadie sentido. Rebullíase la infanta   tres horas ya el sol salido; con el frior de la espada   la dama se ha estremecido. -Levántate, Gerineldo,   levántate, dueño mío, la espada del rey mi padre   entre los dos ha dormido. -¿Y adónde iré, mi señora,   que del rey no sea visto? -Vete por ese jardín   cogiendo rosas y lirios; pesares que te vinieren   yo los partiré contigo. -¿Dónde vienes, Gerineldo,   tan mustio y descolorido? -Vengo del jardín, buen rey,   por ver cómo ha florecido; la fragancia de una rosa   la color me ha devaído. -De esa rosa que has cortado   mi espada será testigo. -Matadme, señor, matadme,   bien lo tengo merecido. Ellos en estas razones,   la infanta a su padre vino: -Rey y señor, no le mates,   mas dámelo por marido. O si lo quieres matar   la muerte será conmigo.
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De aquellos azahares desatados por la luz de la luna, de aquel olor de amor exasperado, hundido en la fragancia, salió del limonero el amarillo, desde su planetario bajaron a la tierra los limones. Tierna mercadería! Se llenaron las costas, los mercados, de luz, de oro silvestre, y abrimos dos mitades de milagro, ácido congelado que corría desde los hemisferios de una estrella, y el licor más profundo de la naturaleza, intransferible, vivo, irreductible, nació de la frescura del limón, de su casa fragante, de su ácida, secreta simetría. En el limón cortaron los cuchillos una pequeña catedral, el ábside escondido abrió a la luz los ácidos vitrales y en gotas resbalaron los topacios, los altares, la fresca arquitectura. Así, cuando tu mano empuña el hemisferio del cortado limón sobre tu plato, un universo de oro derramaste, una copa amarilla con milagros, uno de los pezones olorosos del pecho de la tierra, el rayo de la luz que se hizo fruta, el fuego diminuto de un planeta.
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Oda al limón
Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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La estrella de la tarde
Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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Chisporrotea en el aceite hirviendo la alegría del mundo: las papas fritas entran en la sartén como nevadas plumas de cisne matutino y salen semidoradas por el crepitante ámbar de las olivas. El ajo les añade su terrenal fragancia, la pimienta, polen que atravesó los arrecifes, y vestidas de nuevo con traje de marfil, llenan el plato con la repetición de su abundancia y su sabrosa sencillez de tierra.
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Oda a las papas fritas
En la tranquila casa donde la tía vive Todo evoca el recuerdo del tiempo que pasó: La sirvienta ya cana y el patio con su aljibe, Y los cuadros y espejos que un siglo deslustró. El salón aun conserva los tapices de antaño, Do ninfas y pastores van danzando un minué: Y en sus ojos parece brillar el fuego extraño De amores de otro tiempo, tiempo feliz que fue. Del clavicordio antiguo, que en un rincón reposa, A veces un suspiro se alza y huye al azar, Como un eco de tiempos lejanos, cuando hermosa Tocaba ella romanzas de Glück y de Mozart. Un armario de sándalo luce en la oscura estancia... ¡Cuántas reliquias guarda, tesoros de su amor! Cartas, retratos, pomos que respiran fragancia... ¡Parece que de un siglo se aspirara el olor! Entre aquellos recuerdos de ternura infinita Que hay entre las gavetas, vese un libro, y en él Hace ya sesenta años duerme una flor marchita... Es el libro Zaíra, y es la flor un clavel. Con el libro, en los días del estío radiante, A la ventana se hace rodar en su sillón, ¿Es el sol lo que anima y enciende su semblante?... ¿Por qué con fuerza siente latir el corazón? Sobre el clavel marchito la blanca frente inclina, Pues teme que al tocarlo se pueda deshojar, Y en su mente un recuerdo canta canción divina, Mientras las ayes cantan en el vetusto alar. Piensa cuando el fragante clavel recién cortado, En las hojas del libro guardó un amigo fiel, Y humedecen sus lágrimas el libro siempre amado En donde sesenta años ha dormido el clavel.
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La tía abuela
En la tranquila casa donde la tía vive Todo evoca el recuerdo del tiempo que pasó: La sirvienta ya cana y el patio con su aljibe, Y los cuadros y espejos que un siglo deslustró. El salón aun conserva los tapices de antaño, Do ninfas y pastores van danzando un minué: Y en sus ojos parece brillar el fuego extraño De amores de otro tiempo, tiempo feliz que fue. Del clavicordio antiguo, que en un rincón reposa, A veces un suspiro se alza y huye al azar, Como un eco de tiempos lejanos, cuando hermosa Tocaba ella romanzas de Glück y de Mozart. Un armario de sándalo luce en la oscura estancia... ¡Cuántas reliquias guarda, tesoros de su amor! Cartas, retratos, pomos que respiran fragancia... ¡Parece que de un siglo se aspirara el olor! Entre aquellos recuerdos de ternura infinita Que hay entre las gavetas, vese un libro, y en él Hace ya sesenta años duerme una flor marchita... Es el libro Zaíra, y es la flor un clavel. Con el libro, en los días del estío radiante, A la ventana se hace rodar en su sillón, ¿Es el sol lo que anima y enciende su semblante?... ¿Por qué con fuerza siente latir el corazón? Sobre el clavel marchito la blanca frente inclina, Pues teme que al tocarlo se pueda deshojar, Y en su mente un recuerdo canta canción divina, Mientras las ayes cantan en el vetusto alar. Piensa cuando el fragante clavel recién cortado, En las hojas del libro guardó un amigo fiel, Y humedecen sus lágrimas el libro siempre amado En donde sesenta años ha dormido el clavel.
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Si de tus dones y, de tus destrucciones, Océano, a mis manos pudiera destinar una medida, una fruta, un fermento, escogería tu reposo distante, las líneas de tu acero, tu extensión vigilada por el aire y la noche, y la energía de tu idioma blanco que destroza y derriba sus columnas en su propia pureza demolida.       No es la última ola con su salado peso       la que tritura costas y produce       la paz de arena que rodea el mundo:       es el central volumen de la fuerza,       la potencia extendida de las aguas,       la inmóvil soledad llena de vidas.       Tiempo, tal vez, o copa acumulada       de todo movimiento, unidad pura       que no selló la muerte, verde víscera       de la totalidad abrasadora.       Del brazo sumergido que levanta una gota       no queda sino un beso de la sal. De los cuerpos       del hombre en tus orillas una húmeda fragancia       de flor mojada permanece. Tu energía       parece resbalar sin ser gastada,       parece regresar a su reposo.       La ola que desprendes,       arco de identidad, pluma estrellada,       cuando se despeñó fue sólo espuma,       y regresó a nacer sin consumirse.       Toda tu fuerza vuelve a ser origen.       Sólo entregas despojos triturados,       cascaras que apartó tu cargamento,       lo que expulsó la acción de tu abundancia,       todo lo que dejó de ser racimo.       Tu estatua está extendida más allá de las olas. Viviente y ordenada como el pecho y el manto de un solo ser y sus respiraciones, en la materia de la luz izadas, llanuras levantadas por las olas, forman la piel desnuda del planeta. Llenas tu propio ser con tu substancia. Colmas la curvatura del silencio. Con tu sal y tu miel tiembla la copa, la cavidad universal del agua, y nada falta en ti como en el cráter desollado, en el vaso cerril: cumbres vacías, cicatrices, señales que vigilan el aire mutilado.       Tus pétalos palpitan contra el mundo,       tiemblan tus cereales submarinos,       las suaves ovas cuelgan su amenaza,       navegan y pululan las escuelas,       y sólo sube al hilo de las redes       el relámpago muerto de la escama,       un milímetro herido en la distancia       de rus totalidades cristalinas.
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I
Si de tus dones y, de tus destrucciones, Océano, a mis manos pudiera destinar una medida, una fruta, un fermento, escogería tu reposo distante, las líneas de tu acero, tu extensión vigilada por el aire y la noche, y la energía de tu idioma blanco que destroza y derriba sus columnas en su propia pureza demolida.       No es la última ola con su salado peso       la que tritura costas y produce       la paz de arena que rodea el mundo:       es el central volumen de la fuerza,       la potencia extendida de las aguas,       la inmóvil soledad llena de vidas.       Tiempo, tal vez, o copa acumulada       de todo movimiento, unidad pura       que no selló la muerte, verde víscera       de la totalidad abrasadora.       Del brazo sumergido que levanta una gota       no queda sino un beso de la sal. De los cuerpos       del hombre en tus orillas una húmeda fragancia       de flor mojada permanece. Tu energía       parece resbalar sin ser gastada,       parece regresar a su reposo.       La ola que desprendes,       arco de identidad, pluma estrellada,       cuando se despeñó fue sólo espuma,       y regresó a nacer sin consumirse.       Toda tu fuerza vuelve a ser origen.       Sólo entregas despojos triturados,       cascaras que apartó tu cargamento,       lo que expulsó la acción de tu abundancia,       todo lo que dejó de ser racimo.       Tu estatua está extendida más allá de las olas. Viviente y ordenada como el pecho y el manto de un solo ser y sus respiraciones, en la materia de la luz izadas, llanuras levantadas por las olas, forman la piel desnuda del planeta. Llenas tu propio ser con tu substancia. Colmas la curvatura del silencio. Con tu sal y tu miel tiembla la copa, la cavidad universal del agua, y nada falta en ti como en el cráter desollado, en el vaso cerril: cumbres vacías, cicatrices, señales que vigilan el aire mutilado.       Tus pétalos palpitan contra el mundo,       tiemblan tus cereales submarinos,       las suaves ovas cuelgan su amenaza,       navegan y pululan las escuelas,       y sólo sube al hilo de las redes       el relámpago muerto de la escama,       un milímetro herido en la distancia       de rus totalidades cristalinas.
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Caminando hacia el mar en la pradera -es hoy noviembre-, todo ha nacido ya, todo tiene estatura, ondulación, fragancia. Hierba a hierba entenderé la tierra, paso a paso hasta la línea loca del océano. De pronto una ola de aire agita y ondula la cebada salvaje: salta el vuelo de un pájaro desde mis pies, el suelo lleno de hilos de oro, de pétalos sin nombre, brilla de pronto como rosa verde, se enreda con ortigas que revelan su coral enemigo, esbeltos tallos, zarzas estrelladas, diferencia infinita de cada vegetal que me saluda a veces con un rápido centelleo de espinas o con la pulsación de su perfume fresco, fino y amargo. Andando a las espumas del Pacífico con torpe paso por la baja hierba de la primavera escondida, parece que antes de que la tierra se termine cien metros antes del más grande océano todo se hizo delirio, germinación y canto. Las minúsculas hierbas se coronaron de oro, las plantas de la arena dieron rayos morados y a cada pequeña hoja de olvido llegó una dirección de luna o fuego. Cerca del mar, andando, en el mes de noviembre, entre los matorrales que reciben luz, fuego y sal marinas hallé una flor azul nacida en la durísima pradera. De dónde, de qué fondo tu rayo azul extraes? Tu seda temblorosa debajo de la tierra se comunica con el mar profundo? La levanté en mis manos y la miré como si el mar viviera en una sola gota, como si en el combate de la tierra y las aguas una flor levantara un pequeño estandarte de fuego azul, de paz irresistible, de indómita pureza.
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Oda a la flor azul
Caminando hacia el mar en la pradera -es hoy noviembre-, todo ha nacido ya, todo tiene estatura, ondulación, fragancia. Hierba a hierba entenderé la tierra, paso a paso hasta la línea loca del océano. De pronto una ola de aire agita y ondula la cebada salvaje: salta el vuelo de un pájaro desde mis pies, el suelo lleno de hilos de oro, de pétalos sin nombre, brilla de pronto como rosa verde, se enreda con ortigas que revelan su coral enemigo, esbeltos tallos, zarzas estrelladas, diferencia infinita de cada vegetal que me saluda a veces con un rápido centelleo de espinas o con la pulsación de su perfume fresco, fino y amargo. Andando a las espumas del Pacífico con torpe paso por la baja hierba de la primavera escondida, parece que antes de que la tierra se termine cien metros antes del más grande océano todo se hizo delirio, germinación y canto. Las minúsculas hierbas se coronaron de oro, las plantas de la arena dieron rayos morados y a cada pequeña hoja de olvido llegó una dirección de luna o fuego. Cerca del mar, andando, en el mes de noviembre, entre los matorrales que reciben luz, fuego y sal marinas hallé una flor azul nacida en la durísima pradera. De dónde, de qué fondo tu rayo azul extraes? Tu seda temblorosa debajo de la tierra se comunica con el mar profundo? La levanté en mis manos y la miré como si el mar viviera en una sola gota, como si en el combate de la tierra y las aguas una flor levantara un pequeño estandarte de fuego azul, de paz irresistible, de indómita pureza.
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desnudo es algo mágico al estarlo contigo me vuelvo fanatico de tu cinturita cresente, de tus labios color fresa, del universo en tus ojos, tus viñas de trenzas color tabaco como la que crece en Viñales y como fluyen en el viento, hasta de tu frente y como me dice cómo te sientes en realidad. muestrame, demuéstrame todito cariño. al beber tu néctar me acuerdo de los palos de parcha de mi isla, una fragancia agridulce que me deja adicto, que me refresca y al mismo tiempo deja con sed. tu espina dorsal transmitiendo una fuerza estable pero aun asi muy dulce como el azúcar de caña en los terrenos del monte en San Germán. que rico, que calentito este amor, como el olor de la panadería a las 7:05 de la mañana, todas las mañanas, que rica y consistente eres amor. tu piel café, que cambia como el clima al agarrar sol, la playa y sus olas quitandote la toxina del tequila, el color aquamarina abrazandote tan bien que sonríes y me pongo medio celoso. aveces me dejas sin razonamiento, pero me apasionas con tu voz, cantando pasiones personales, ideología similar a mi, substancia genuina, como si la radio está tocando la nueva de Maná. oye mi amor. no me digas que no. ando aqui, en el agua, deseándote. esta atadura, esta conexión, revelada aún más, al ritmo de yo verte desnudar. -melancholicreator
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Apr 16, 2024
Apr 16, 2024 at 11:22 AM UTC
desnudo
Soy un alma desnuda en estos versos, Alma desnuda que angustiada y sola Va dejando sus pétalos dispersos. Alma que puede ser una amapola, Que puede ser un lirio, una violeta, Un peñasco, una selva y una ola. Alma que como el viento vaga inquieta Y ruge cuando está sobre los mares, Y duerme dulcemente en una grieta. Alma que adora sobre sus altares, Dioses que no se bajan a cegarla; Alma que no conoce valladares. Alma que fuera fácil dominarla Con sólo un corazón que se partiera Para en su sangre cálida regarla. Alma que cuando está en la primavera Dice al invierno que demora: vuelve, Caiga tu nieve sobre la pradera. Alma que cuando nieva se disuelve En tristezas, clamando por las rosas(*) con que la primavera nos envuelve. Alma que a ratos suelta mariposas A campo abierto, sin fijar distancia, Y les dice: libad sobre las cosas. Alma que ha de morir de una fragancia De un suspiro, de un verso en que se ruega, Sin perder, a poderlo, su elegancia. Alma que nada sabe y todo niega Y negando lo bueno el bien propicia Porque es negando como más se entrega. Alma que suele haber como delicia Palpar las almas, despreciar la huella, Y sentir en la mano una caricia. Alma que siempre disconforme de ella, Como los vientos vaga, corre y gira; Alma que sangra y sin cesar delira Por ser el buque en marcha de la estrella.
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Alma desnuda
If letters spell out words: Si byzantium (si somos vampirosos y hacemos cosas dastricas, y nos pela, somos lo que somos, con cusualidad) que haremos con que simpáticos seremos, elegancia de acuerdo, nectalina y recuerdos suficientes y sufficientas que ere el ere, sin ere entiende. Ere ex: pájaro volador con tres alas y una dicha fragancia elevada de recitar con exacta voz el recuerdo de silbar.
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Jun 8, 2014
Jun 8, 2014 at 4:26 PM UTC
Byzantium
Fresca, lozana, pura y olorosa, gala y adorno del pensil florido, gallarda puesta sobre el ramo erguido, fragancia esparce la naciente rosa.  Mas si el ardiente sol lumbre enojosa vibra, del can en llamas encendido, el dulce aroma y el color perdido, sus hojas lleva el aura presurosa.  Así brilló un momento mi ventura en alas del amor, y hermosa nube fingí tal vez de gloria y de alegría.  Mas, ay, que el bien trocóse en amargura, y deshojada por los aires sube la dulce flor de la esperanza mía.
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Soneto
Los dioses moriran, lo dijo un viejo sabio, con un tono de agravio y un poco de ansiedad los dioses moriran, porque no hay sacrificio, y solo por beneficio se mueve en sociedad los dioses moriran, y sus conocimientos, sus treintamil ascentos y su conformidad los dioses moriran, un tanto por olvido, el otro por descuido de la ingrata humanidad, los dioses moriran, que dioses tan humanos, quizas algo mundanos, y un poco de maldad los dioses moriran, entre piedras del rio, escencia de rocio y fragancia floral los dioses moriran, cantaran los ateos, suplicandole al cielo que vuelvan a brillar, las estrellas del cielo, el sol y su cautelo, la luna y su desvelo, las corrientes del mar, lo alto de la montana, el verde de las plantas, pero sera muy tarde los dioses moriran.
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Jun 15, 2015
Jun 15, 2015 at 6:09 PM UTC
los dioses moriran
Lejana vibración de esquilas mustias en el aire derrama la fragancia rural de sus angustias. En el patio silente sangra su despedida el sol poniente El ámbar otoñal del panorama toma un frío matiz de gris doliente! Al portón de la casa que el tiempo con sus garras torna ojosa, asoma silenciosa y al establo cercano luego pasa, la silueta calmosa de un buey color de oro, que añora con sus bíblicas pupilas, oyendo la oración de las esquilas, su edad viril de toro! Al muro denla huerta aleteando la pena de su canto, salta un gallo gentil, y, en triste alerta, cual dos gotas de llanto, tiemblan sus ojos en la tarde muerta! Lánguido se desgarra en la vetusta aldea el dulce yaraví de una guitarra, en cuya eternidad de hondo quebranto la triste voz de un indio dondonea, como un viejo esquilón de camposanto. De codos yo en el muro, cuando triunfa en el alma el tinte oscuro y el viento reza en los ramajes yertos llantos de quenas, tímidos, inciertos, suspiro una congoja, al ver que la penumbra gualda y roja llora un trágico azul de idilios muertos! aleteando la pena de su canto, salta un gallo gentil, y, en triste alerta, cual dos gotas de llanto, tiemblan sus ojos en la tarde muerta! Lánguido se desgarra en la vetusta aldea el dulce yaraví de una guitarra, en cuya eternidad de hondo quebranto la triste voz de un indio dondonea, como un viejo esquilón de camposanto. De codos yo en el muro, cuando triunfa en el alma el tinte oscuro y el viento reza en los ramajes yertos llantos de quenas, tímidos, inciertos, suspiro una congoja, al ver que la penumbra gualda y roja llora un trágico azul de idilios muertos!
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Aldeana
Lejana vibración de esquilas mustias en el aire derrama la fragancia rural de sus angustias. En el patio silente sangra su despedida el sol poniente El ámbar otoñal del panorama toma un frío matiz de gris doliente! Al portón de la casa que el tiempo con sus garras torna ojosa, asoma silenciosa y al establo cercano luego pasa, la silueta calmosa de un buey color de oro, que añora con sus bíblicas pupilas, oyendo la oración de las esquilas, su edad viril de toro! Al muro denla huerta aleteando la pena de su canto, salta un gallo gentil, y, en triste alerta, cual dos gotas de llanto, tiemblan sus ojos en la tarde muerta! Lánguido se desgarra en la vetusta aldea el dulce yaraví de una guitarra, en cuya eternidad de hondo quebranto la triste voz de un indio dondonea, como un viejo esquilón de camposanto. De codos yo en el muro, cuando triunfa en el alma el tinte oscuro y el viento reza en los ramajes yertos llantos de quenas, tímidos, inciertos, suspiro una congoja, al ver que la penumbra gualda y roja llora un trágico azul de idilios muertos! aleteando la pena de su canto, salta un gallo gentil, y, en triste alerta, cual dos gotas de llanto, tiemblan sus ojos en la tarde muerta! Lánguido se desgarra en la vetusta aldea el dulce yaraví de una guitarra, en cuya eternidad de hondo quebranto la triste voz de un indio dondonea, como un viejo esquilón de camposanto. De codos yo en el muro, cuando triunfa en el alma el tinte oscuro y el viento reza en los ramajes yertos llantos de quenas, tímidos, inciertos, suspiro una congoja, al ver que la penumbra gualda y roja llora un trágico azul de idilios muertos!
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Un libro de amores, de flores fragantes y bellas, de historias de lirios que amasen estrellas; un libro de rosas tempranas y espumas de mágicos lagos en tristes jardines, y enfermos jazmines, y brumas lejanas de montes azules... Un libro de olvido divino que dice fragancia del alma, fragancia que puede curar la amargura que da la distancia, que sólo es el alma la flor del camino. Un libro que dice la blanca quimera de la Primavera, de gemas y rosas ceñida, en una lejana, brumosa pradera perdida...
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Al libro «ninfeas», del poeta juan ramón jiménez
Mar armonioso. mar maravilloso, tu salada fragancia, tus colores y músicas sonoras me dan la sensación divina de mi infancia en que suaves las horas venían en un paso de danza reposada a dejarme un ensueño o regalo de hada.Mar armonioso, mar maravilloso de arcadas de diamante que se rompen en vuelos rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto, espejo de mis vagas ciudades de los cielos, blanco y azul tumulto de donde brota un canto inextinguible, mar paternal, mar santo, mi alma siente la influencia de tu alma invisible.Velas de los Colones y velas de los Vascos, hostigadas por odios de ciclones ante la hostilidad de los peñascos; o galeras de oro, velas purpúreas de bajeles que saludaron el mugir del toro celeste, con Europa sobre el lomo que salpicaba la revuelta espuma. Magnífico y sonoro se oye en las aguas como un tropel de tropeles, ¡tropel de los tropeles de tritones! Brazos salen de la onda, suenan vagas canciones, brillan piedras preciosas, mientras en las revueltas extensiones Venus y el Sol hacen nacer mil rosas.
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Marina