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"espigas" poems
Rodando a goterones solos, a gotas como dientes, a espesos goterones de mermelada y sangre, rodando a goterones cae el agua, como una espada en gotas, como un desgarrador río de vidrio, cae mordiendo, golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma, rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro. Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto, un líquido, un sudor, un aceite sin nombre, un movimiento agudo, haciéndose, espesándose, cae el agua, a goterones lentos, hacia su mar, hacia su seco océano, hacia su ola sin agua. Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero, bodegas, cigarras, poblaciones, estímulos, habitaciones, niñas durmiendo con las manos en el corazón, soñando con bandidos, con incendios, veo barcos, veo árboles de médula erizados como gatos rabiosos, veo sangre, puñales y medias de mujer, y pelos de hombre, veo camas, veo corredores donde grita una virgen, veo frazadas y órganos y hoteles. Veo los sueños sigilosos, admito los postreros días, y también los orígenes, y también los recuerdos, como un párpado atrozmente levantado a la fuerza estoy mirando. Y entonces hay este sonido: un ruido rojo de huesos, un pegarse de carne, y piernas amarillas como espigas juntándose. Yo escucho entre el disparo de los besos, escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos. Estoy mirando, oyendo, con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra, y con las dos mitades del alma miro el mundo. Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente, veo caer un agua sorda, a goterones sordos. Es como un huracán de gelatina, como una catarata de espermas y medusas. Veo correr un arco iris turbio. Veo pasar sus aguas a través de los huesos.
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Agua ******
Rodando a goterones solos, a gotas como dientes, a espesos goterones de mermelada y sangre, rodando a goterones cae el agua, como una espada en gotas, como un desgarrador río de vidrio, cae mordiendo, golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma, rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro. Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto, un líquido, un sudor, un aceite sin nombre, un movimiento agudo, haciéndose, espesándose, cae el agua, a goterones lentos, hacia su mar, hacia su seco océano, hacia su ola sin agua. Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero, bodegas, cigarras, poblaciones, estímulos, habitaciones, niñas durmiendo con las manos en el corazón, soñando con bandidos, con incendios, veo barcos, veo árboles de médula erizados como gatos rabiosos, veo sangre, puñales y medias de mujer, y pelos de hombre, veo camas, veo corredores donde grita una virgen, veo frazadas y órganos y hoteles. Veo los sueños sigilosos, admito los postreros días, y también los orígenes, y también los recuerdos, como un párpado atrozmente levantado a la fuerza estoy mirando. Y entonces hay este sonido: un ruido rojo de huesos, un pegarse de carne, y piernas amarillas como espigas juntándose. Yo escucho entre el disparo de los besos, escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos. Estoy mirando, oyendo, con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra, y con las dos mitades del alma miro el mundo. Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente, veo caer un agua sorda, a goterones sordos. Es como un huracán de gelatina, como una catarata de espermas y medusas. Veo correr un arco iris turbio. Veo pasar sus aguas a través de los huesos.
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Era verde el silencio, mojada era la luz, temblaba el mes de Junio como una mariposa y en el austral dominio, desde el mar y las piedras, Matilde, atravesaste el mediodía. Ibas cargada de flores ferruginosas, algas que el viento sur atormenta y olvida, aún blancas, agrietadas por la sal devorante, tus manos levantaban las espigas de arena. Amo tus dones puros, tu piel de piedra intacta, tus uñas ofrecidas en el sol de tus dedos, tu boca derramada por toda la alegría, pero, para mi casa vecina del abismo, dame el atormentado sistema del silencio, el pabellón del mar olvidado en la arena.
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Soneto xl
Traigo sus ojos conmigo, los llevo para poder observar de cerca como él, para olvidarme, se aleja a toda prisa magullando y lastimando sus encogidas huellas, entre las espigas empalagosas, más allá de una vieja y arcaica alameda. El ya no huele a miel naranja en sus pupilas, tiene tantas mentiras arrastrando por ese campo! que las últimas primaveras que viva, las vivirá fingiendo, que ama los huecos de los árboles, cuando yo sé muy bien, que mueres por la alquimia filosofía. Un día cualquiera, lo sé, cuando el sol venza al fin su cansancio, oxigenará su monótona vida con alguna brisa perdida por el terruño, y me recordará. Me recordará en los murmullos opacos y casi con amargura en su piel, sabrá, que jamás pudo olvidarme, a mi, a su única quimera endemoniada, la que lo hacia encender vibrar, morir y vivir. Entonces, cuando los días se le acobarden en los orgasmos, clamara en silencio mis labios y se maldecirá por haber dicho tantas mentiras y por ocultar tantas verdades. Ya sabes que no te bendigo vida mía, porque siempre yo fui, una mujer con infiernos perversos, en los labios. LAS PALABRAS QUE PARTIERON Valentina de la Canal. copyleft Reserved 2008
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Feb 28, 2015
Feb 28, 2015 at 7:02 AM UTC
LAS PALABRAS QUE PARTIERON
Estoy aquí, contigo. Y pienso en ti, a tu sombra, a tu sombra callada como un agua de otoño. Aquí, con la cabeza caída en tu regazo, como para que pienses que contemplo las nubes. En tu rostro apacible se refleja el crepúsculo, y eres tan bella, amiga, que me duele mirarte. Aquí estoy, a tu sombra, pensando en ti, contigo. Y tú piensas, acaso, que estoy pensando en otra. Tú sonríes, segura del poder de tu beso, y yo cierro los ojos para sentir tu ausencia. Ah, pobre amiga mía, cómo quisiera amarte, amarte como entonces, cuando tú no me amabas... Ah, sí, qué pronto pasan el amor y las nubes... Qué irreparablemente se mustian las espigas... Aquí, bajo este árbol que ignora su silencio, mí corazón se aleja tristemente del tuyo. Y, sin embargo, amiga, ya ves que te sonrío. Y mi boca recorre la distancia del beso. Pero pienso en el modo de dejar de besarte, y en una despedida que no te haga llorar...
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Estoy aquí contigo...
Equivocar el camino es llegar a la nieve y llegar a la nieve es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios. Equivocar el camino es llegar a la mujer, la mujer que no teme la luz, la mujer que no teme a los gallos y los gallos que no saben cantar sobre la nieve. Pero si la nieve se equivoca de corazón puede llegar el viento Austro y como el aire no hace caso de los gemidos tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios. Yo vi dos dolorosas espigas de cera que enterraban un paisaje de volcanes y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino. Pero el dos no ha sido nunca un número porque es una angustia y su sombra, porque es la guitarra donde el amor se desespera, porque es la demostración de otro infinito que no es suyo y es las murallas del muerto y el castigo de la nueva resurrección sin finales. Los muertos odian el número dos, pero el número dos adormece a las mujeres y como la mujer teme la luz la luz tiembla delante de los gallos y los gallos sólo saben votar sobre la nieve tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.
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Pequeño poema infinito
Un instante vacío de acción puede poblarse solamente de nostalgia o de vino. Hay quien lo llena de palabras vivas, de poesía (acción de espectros, vino con remordimiento). Cuando la vida se detiene, se escribe lo pasado o lo imposible para que los demás vivan aquello que ya vivió (o que no vivió) el poeta. El no puede dar vino, nostalgia a los demás: sólo palabras. Si les pudiese dar acción... La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar. Hace vibrar árboles, ropas, abrasa espigas, hojas secas, acuna en su oleaje los objetos que duermen en la playa. La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar: da apariencia de vida a lo inmóvil, a lo paralizado. Y el leño que arde, las conchas que las olas traen o llevan, el papel que arrebata el viento, destellan una vida momentánea entre dos inmovilidades. Pero los que están vivos, los henchidos de acción, los palpitantes de nostalgia o vino, esos... felices, bienaventurados, porque no necesitan las palabras, como el caballo corre, aunque no sople el viento, y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar, y el hombre llora, y canta, proyecta y edifica, aun sin el fuego. Me acuerdo de los árboles de Dublín. (Imaginar y recordar se superponen y confunden; pueblan, entrelazados, un instante vacío con idéntica emoción. Imaginar y recordar...) Me acuerdo de los árboles de Dublín... Alguien los vive y los recuerdo yo. De los árboles caen hojas doradas sobre el asfalto de Madrid. Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros, acarician mis manos, quisieran exprimirme el corazón. No sé si lo consiguen... Imaginar y recordar... Hay un momento que no es mío, no sé si en el pasado, en el futuro, si en lo imposible... Y lo acaricio, lo hago presente, ardiente, con la poesía. No sé si lo recuerdo o lo imagino. (Imaginar y recordar me llenan el instante vacío). Me asomo a la ventana. Fuera no es Dublín lo que veo, sino Madrid. Y, dentro, un hombre sin nostalgia, sin vino, sin acción, golpeando la puerta. Es un espectro que persigue a otro espectro del pasado: el espectro del viento, de la mar, del fuego -ya sabéis de qué hablo-, espectro que pueda hacer que cante, hacer que vibre su corazón, para sentirse vivo.
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Teoría y alucinación de dublín
Un instante vacío de acción puede poblarse solamente de nostalgia o de vino. Hay quien lo llena de palabras vivas, de poesía (acción de espectros, vino con remordimiento). Cuando la vida se detiene, se escribe lo pasado o lo imposible para que los demás vivan aquello que ya vivió (o que no vivió) el poeta. El no puede dar vino, nostalgia a los demás: sólo palabras. Si les pudiese dar acción... La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar. Hace vibrar árboles, ropas, abrasa espigas, hojas secas, acuna en su oleaje los objetos que duermen en la playa. La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar: da apariencia de vida a lo inmóvil, a lo paralizado. Y el leño que arde, las conchas que las olas traen o llevan, el papel que arrebata el viento, destellan una vida momentánea entre dos inmovilidades. Pero los que están vivos, los henchidos de acción, los palpitantes de nostalgia o vino, esos... felices, bienaventurados, porque no necesitan las palabras, como el caballo corre, aunque no sople el viento, y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar, y el hombre llora, y canta, proyecta y edifica, aun sin el fuego. Me acuerdo de los árboles de Dublín. (Imaginar y recordar se superponen y confunden; pueblan, entrelazados, un instante vacío con idéntica emoción. Imaginar y recordar...) Me acuerdo de los árboles de Dublín... Alguien los vive y los recuerdo yo. De los árboles caen hojas doradas sobre el asfalto de Madrid. Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros, acarician mis manos, quisieran exprimirme el corazón. No sé si lo consiguen... Imaginar y recordar... Hay un momento que no es mío, no sé si en el pasado, en el futuro, si en lo imposible... Y lo acaricio, lo hago presente, ardiente, con la poesía. No sé si lo recuerdo o lo imagino. (Imaginar y recordar me llenan el instante vacío). Me asomo a la ventana. Fuera no es Dublín lo que veo, sino Madrid. Y, dentro, un hombre sin nostalgia, sin vino, sin acción, golpeando la puerta. Es un espectro que persigue a otro espectro del pasado: el espectro del viento, de la mar, del fuego -ya sabéis de qué hablo-, espectro que pueda hacer que cante, hacer que vibre su corazón, para sentirse vivo.
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¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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La sangre derramada
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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Besé aquella vez la brisa más húmeda y salada de su océano. Besé su alma y como supuse allí no encontré, magullado sus pulsos. Él estaba intacto aún preparado para entrar nuevamente en mis nirvanas. No existían huellas de las antiguas cigarras que escarbaban de noche el ángelus de sus orgasmos tampoco las de aquellas pupilas cortesanas que le entregaban las llaves de sus templos derramados, mientras su colilla húmeda y mutilada se perdía ambulante y confundida detrás de una ceguera diluida entre los lirios de su estación última . Es cierto que ya no era purísimo y exacto él, había cambiado, las cortinas de su alma ya no eran un misterio y sus pensamientos ya no se escondían convulsos detrás de sus jaquecas. Comenzamos a nacer entonces, después de que mis llantos pudrieran mis ojos de manera retórica, después de que esos rumores perdidos empezaron a desempañar los cristales silenciosos de mi cálido infierno. Y entonces...él abrió sus ojos de verdad, y halló mi nacimiento, justo donde la seda rota cubría las nuevas espigas... Azul Strauss Markuart Título : El Ángelus De Sus Orgasmos Poema: Texto completo.] Autora :Azul Strauss M 15 De Junio del 2015 Buenos Aires - Argentina ©Copyright –Derecho de Autor Reservado Protegido por OMPI y el Tratado internacional de Suiza sobre derechos de autores
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Jun 15, 2015
Jun 15, 2015 at 9:34 PM UTC
El ÁNGELUS DE SUS ORGASMOS
Creyeron que era pálida, luego la encontraron más viva que el susurro colorido de un árbol de almendra, estaba ahí llena de figuras de luz paseándose como cisnes por su frente, entre la gente, la espesa llama clara de sus pasos fue inspirando a cada músico, a cada pintor a cada hombre de traje de lino que caminaba por el bulevar de los ángeles rotos, creyeron que su voz era débil, mas cuando la escucharon una trompeta de caballería anuncio su coro, tenía tanto esplendor que hubiera dado le vida a los hombres de piedra, y susurrar sus nombres era el sabor de un almendro en los labios llenos de ocasión para el disturbio de la inspiración, en sus manos se formaban espigas de trigo lleno de miel, de su espalda podían nacer tanto gladiolos como destellantes oxidianas suaves, creyeron que estaba dormida, pero ella ya andaba volando.
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Jun 18, 2014
Jun 18, 2014 at 6:24 PM UTC
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Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz. Sus manos enseñaban a amar los lirios y sus sienes a desear el oro de las estrellas. En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas. Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla, suave y fragante y musical. Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos, parecían temblar las alas de un ángel. Emiliano Atehortúa era muy sencillo y traía una infantilidad inagotable. Su adolescencia láctea, meliflua y floreal, fluía por las escarpas de mi madurez como fluye por el cielo la leche del alba. Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida me pareció que me envolvía el rumor de una selva y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas. Hay almas tan melódicas como si fueran ríos o bosques en las orillas de los ríos! Guillermo Valderrama era indolente y apasionado. Como un licor de bajo precio, la vida le produjo una embriaguez innoble. Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe. Había en su voz un glú-glú redentor y su amante le llamó una vez "el Príncipe de las hablas de agua". Leonel Robledo era muy tímido bajo una apariencia llena de majestad. En el recóndito espejo de su ternura se le reflejaba la imagen de una mujer. Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación. Le vi llorar una vez por males de ausencia y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío, y, sin embargo, no se conmueven los luceros... Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino, como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen. Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico. Se le veía como marchando de las playas de ensueño que rozaron las quillas de Simbad el Marino, hacia las vagas latitudes por donde erró Sir John de Mandeville. Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea, y por la noche soñé en el misterio de las espigas. ¡Evanaam! ¡Evanaam! Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía como los roncos ecos del monte a los pinos. Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario. Sus ilusiones fructificaban como una floresta oculta por los tules del "todavía-no". Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad, y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.
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Los desposados de la muerte
Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz. Sus manos enseñaban a amar los lirios y sus sienes a desear el oro de las estrellas. En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas. Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla, suave y fragante y musical. Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos, parecían temblar las alas de un ángel. Emiliano Atehortúa era muy sencillo y traía una infantilidad inagotable. Su adolescencia láctea, meliflua y floreal, fluía por las escarpas de mi madurez como fluye por el cielo la leche del alba. Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida me pareció que me envolvía el rumor de una selva y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas. Hay almas tan melódicas como si fueran ríos o bosques en las orillas de los ríos! Guillermo Valderrama era indolente y apasionado. Como un licor de bajo precio, la vida le produjo una embriaguez innoble. Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe. Había en su voz un glú-glú redentor y su amante le llamó una vez "el Príncipe de las hablas de agua". Leonel Robledo era muy tímido bajo una apariencia llena de majestad. En el recóndito espejo de su ternura se le reflejaba la imagen de una mujer. Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación. Le vi llorar una vez por males de ausencia y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío, y, sin embargo, no se conmueven los luceros... Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino, como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen. Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico. Se le veía como marchando de las playas de ensueño que rozaron las quillas de Simbad el Marino, hacia las vagas latitudes por donde erró Sir John de Mandeville. Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea, y por la noche soñé en el misterio de las espigas. ¡Evanaam! ¡Evanaam! Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía como los roncos ecos del monte a los pinos. Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario. Sus ilusiones fructificaban como una floresta oculta por los tules del "todavía-no". Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad, y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.
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De pasión sobrante y sueños de ceniza un pálido palio llevo, un cortejo evidente, un viento de metal que vive solo, un sirviente mortal vestido de hambre, y en lo fresco que baja del árbol, en la esencia del sol que su salud de astro implanta en las flores, cuando a mi piel parecida al oro llega el placer, tú, fantasma coral con pies de tigre, tú, ocasión funeral, reunión ígnea, acechando la patria en que sobrevivo con tus lanzas lunares que tiemblan un poco. Porque la ventana que el mediodía vacío atraviesa tiene un día cualquiera mayor aire en sus alas, el frenesí hincha el traje y el sueño al sombrero, una abeja extremada arde sin tregua. Ahora, qué imprevisto paso hace crujir los caminos? Qué vapor de estación lúgubre, qué rostro de cristal, y aún más, qué sonido de carro viejo con espigas? Ay, una a una, la ola que llora y la sal que se triza, y el tiempo del amor celestial que pasa volando, han tenido voz de huéspedes y espacio en la espera. De distancias llevadas a cabo, de resentimientos infieles, de hereditarias esperanzas mezcladas con sombra, de asistencias desgarradoramente dulces y días de transparente veta y estatua floral, qué subsiste en mi término escaso, en mi débil producto? De mi lecho amarillo y de mi substancia estrellada, quién no es vecino y ausente a la vez? Un esfuerzo que salta, una flecha de trigo tengo, y un arco en mi pecho manifiestamente espera, y un latido delgado, de agua y tenacidad, como algo que se quiebra perpetuamente, atraviesa hasta el fondo mis separaciones, apaga mi poder y propaga mi duelo.
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Diurno doliente
De pasión sobrante y sueños de ceniza un pálido palio llevo, un cortejo evidente, un viento de metal que vive solo, un sirviente mortal vestido de hambre, y en lo fresco que baja del árbol, en la esencia del sol que su salud de astro implanta en las flores, cuando a mi piel parecida al oro llega el placer, tú, fantasma coral con pies de tigre, tú, ocasión funeral, reunión ígnea, acechando la patria en que sobrevivo con tus lanzas lunares que tiemblan un poco. Porque la ventana que el mediodía vacío atraviesa tiene un día cualquiera mayor aire en sus alas, el frenesí hincha el traje y el sueño al sombrero, una abeja extremada arde sin tregua. Ahora, qué imprevisto paso hace crujir los caminos? Qué vapor de estación lúgubre, qué rostro de cristal, y aún más, qué sonido de carro viejo con espigas? Ay, una a una, la ola que llora y la sal que se triza, y el tiempo del amor celestial que pasa volando, han tenido voz de huéspedes y espacio en la espera. De distancias llevadas a cabo, de resentimientos infieles, de hereditarias esperanzas mezcladas con sombra, de asistencias desgarradoramente dulces y días de transparente veta y estatua floral, qué subsiste en mi término escaso, en mi débil producto? De mi lecho amarillo y de mi substancia estrellada, quién no es vecino y ausente a la vez? Un esfuerzo que salta, una flecha de trigo tengo, y un arco en mi pecho manifiestamente espera, y un latido delgado, de agua y tenacidad, como algo que se quiebra perpetuamente, atraviesa hasta el fondo mis separaciones, apaga mi poder y propaga mi duelo.
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La música de Bach mueve cortinas en la mañana triste, y un viento con amores se desliza en las calles y en los corazones. Nadie sabe por qué pero se alegran las sombras y los hombres como si Dios hubiese descendido a fecundarlos y en el asfalto espigas de oro florecieran. En el día de hoy el sol se ablanda y mansa luz como un aceite unta a los cansados y a los tristes. Un canto para sordos se desprende de las cosas y esa terrible dulzura que es Dios insoportable contagia la salud de un pecho a otro. Es la hora interminable, la inasible, la eternidad que dura un abrir y cerrar de ojos. (Mientras esto he dicho, el día se ha partido en dos como una granada madura.)
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La música de bach mueve cortinas
La mariposa volotea y arde -con el sol- a veces. Mancha volante y llamarada, ahora se queda parada sobre una hoja: que la mece. Me decían: -No tienes nada. No estás enfermo. Te parece. Yo tampoco decía nada. Y pasó el tiempo de las mieses. Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas. Me decían: -No tienes nada. No estás enfermo. Te parece. Era la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece. Todo se va en la vida, amigos. Se va o perece. Se va la mano que te induce. Se va o perece. Se va la rosa que desates. También la boca que te bese. El agua, la sombra y el vaso. Se va o perece. Pasó la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece. Su lengua tibia me rodea. También me dice: -Te parece. La mariposa volotea, revolotea, y desaparece.
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Mariposa de otoño
Me ha quedado clavada en los ojos la visión de ese carro de trigo que cruzó rechinante y pesado sembrando de espigas el recto camino. ¡No pretendas ahora que ría! ¡Tú no sabes en qué hondos recuerdos             estoy abstraída! Desde el fondo del alma me sube un sabor de pitanga a los labios. Tiene aún mi epidermis morena no sé que fragancias de trigo emparvado. ¡Ay, quisiera llevarte conmigo a dormir una noche en el campo y en tus brazos pasar hasta el día bajo el techo alocado de un árbol! Soy la misma muchacha salvaje que hace años trajiste a tu lado.
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Raíz salvaje
E no esplendor dum entardecer de verão, altas espigas de oiro ardente, reflectem a sensualidade da tua face, num dia ardente à beira-mar. No sonho do momento, imaginas amplos voos sobre a trágica realidade que nos foi destinada. E os teus olhos rasos de água, parecem lagos, onde cisnes brancos se banham, por entre a neblina de um amanhecer.
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Jul 8, 2014
Jul 8, 2014 at 2:55 PM UTC
sonho
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo. El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres. Los años de abundancia, la saciedad, la hartura eran sólo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos. Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento. Años del hambre han sido para el pobre sus años. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes. Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices y heridas, señales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos. Por haber engordado tan baja y brutalmente, más abajo de donde los cerdos se solazan, seréis atravesados por esta gran corriente de espigas que llamean, de puños que amenazan. No habéis querido oír con orejas abiertas el llanto de millones de niños jornaleros. Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas a pedir con la boca de los mismos luceros. En cada casa, un odio como una higuera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca, y os destruye a cornadas, perros agonizantes.
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El hambre
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo. El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres. Los años de abundancia, la saciedad, la hartura eran sólo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos. Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento. Años del hambre han sido para el pobre sus años. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes. Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices y heridas, señales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos. Por haber engordado tan baja y brutalmente, más abajo de donde los cerdos se solazan, seréis atravesados por esta gran corriente de espigas que llamean, de puños que amenazan. No habéis querido oír con orejas abiertas el llanto de millones de niños jornaleros. Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas a pedir con la boca de los mismos luceros. En cada casa, un odio como una higuera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca, y os destruye a cornadas, perros agonizantes.
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Hoy, como nunca, me enamoras y me entristeces; si queda en mí una lágrima, yo la excito a que lave nuestras dos lobregueces. Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida; pero ya tu garganta sólo es una sufrida blancura, que se asfixia bajo toses y toses, y toda tú una epístola de rasgos moribundos colmada de dramáticos adioses. Hoy, como nunca, es venerable tu esencia y quebradizo el vaso de tu cuerpo, y sólo puedes darme la exquisita dolencia de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca el minuto de hielo en que los pies que amamos han de pisar el hielo de la fúnebre barca. Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte: huyes por el río sordo, y en mi alma destilas el clima de esas tardes de ventisca y de polvo en las que doblan solas las esquilas. Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño de ánimas de iglesia siempre menesterosa; es un paño de ánimas goteando de cera, hollado y roto por la grey astrosa. No soy más que una nave de parroquia en penuria, nave en que se celebran eternos funerales, porque una lluvia terca no permite sacar el ataúd a las calles rurales. Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor cavernoso y creciente de un salmista; mi conciencia, mojada por el hisopo, es un ciprés que en una huerta conventual se contrista. Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo del sol sobre mi arca, porque ha de quedar roto mi corazón la noche cuadragésima; no guardaba mis pupilas ni un matiz remoto de la lumbre solar que tostó mis espigas; mi vida sólo es una prolongación de exequias bajo las cataratas enemigas.
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Hoy como nunca...
Hoy, como nunca, me enamoras y me entristeces; si queda en mí una lágrima, yo la excito a que lave nuestras dos lobregueces. Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida; pero ya tu garganta sólo es una sufrida blancura, que se asfixia bajo toses y toses, y toda tú una epístola de rasgos moribundos colmada de dramáticos adioses. Hoy, como nunca, es venerable tu esencia y quebradizo el vaso de tu cuerpo, y sólo puedes darme la exquisita dolencia de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca el minuto de hielo en que los pies que amamos han de pisar el hielo de la fúnebre barca. Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte: huyes por el río sordo, y en mi alma destilas el clima de esas tardes de ventisca y de polvo en las que doblan solas las esquilas. Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño de ánimas de iglesia siempre menesterosa; es un paño de ánimas goteando de cera, hollado y roto por la grey astrosa. No soy más que una nave de parroquia en penuria, nave en que se celebran eternos funerales, porque una lluvia terca no permite sacar el ataúd a las calles rurales. Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor cavernoso y creciente de un salmista; mi conciencia, mojada por el hisopo, es un ciprés que en una huerta conventual se contrista. Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo del sol sobre mi arca, porque ha de quedar roto mi corazón la noche cuadragésima; no guardaba mis pupilas ni un matiz remoto de la lumbre solar que tostó mis espigas; mi vida sólo es una prolongación de exequias bajo las cataratas enemigas.
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El acusado es pálido y lampiño. Arde en sus ojos una fosca lumbre, que repugna a su máscara de niño y ademán de piadosa mansedumbre.       Conserva del obscuro seminario el talante modesto y la costumbre de mirar a la tierra o al breviario.       Devoto de María, madre de pecadores, por Burgos bachiller en teología, presto a tomar las órdenes menores.       Fue su crimen atroz. Hartóse un día de los textos profanos y divinos, sintió pesar del tiempo que perdía enderezando hipérbatons latinos.       Enamoróse de una hermosa niña, subiósele el amor a la cabeza como el zumo dorado de la viña, y despertó su natural fiereza.       En sueños vio a sus padres -labradores de mediano caudal- iluminados  del hogar por los rojos resplandores, los campesinos rostros atezados.       Quiso heredar. ¡Oh guindos y nogales del huerto familiar, verde y sombrío, y doradas espigas candeales que colmarán las trojes del estío!.       Y se acordó del hacha que pendía en el muro, luciente y afilada, el hacha fuerte que la leña hacía de la rama de roble cercenada. ................................................................................................       Frente al reo, los jueces con sus viejos ropones enlutados; y una hilera de obscuros entrecejos y de plebeyos rostros: los jurados.       El abogado defensor perora, golpeando el pupitre con la mano; emborrona papel un escribano, mientras oye el fiscal, indiferente, el alegato enfático y sonoro, y repasa los autos judiciales o, entre sus dedos, de las gafas de oro acaricia los límpidos cristales.       Dice un ujier: «Va sin remedio al palo». El joven cuervo la clemencia espera. Un pueblo, carne de horca, la severa justicia aguarda que castiga al malo.
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Un criminal
El acusado es pálido y lampiño. Arde en sus ojos una fosca lumbre, que repugna a su máscara de niño y ademán de piadosa mansedumbre.       Conserva del obscuro seminario el talante modesto y la costumbre de mirar a la tierra o al breviario.       Devoto de María, madre de pecadores, por Burgos bachiller en teología, presto a tomar las órdenes menores.       Fue su crimen atroz. Hartóse un día de los textos profanos y divinos, sintió pesar del tiempo que perdía enderezando hipérbatons latinos.       Enamoróse de una hermosa niña, subiósele el amor a la cabeza como el zumo dorado de la viña, y despertó su natural fiereza.       En sueños vio a sus padres -labradores de mediano caudal- iluminados  del hogar por los rojos resplandores, los campesinos rostros atezados.       Quiso heredar. ¡Oh guindos y nogales del huerto familiar, verde y sombrío, y doradas espigas candeales que colmarán las trojes del estío!.       Y se acordó del hacha que pendía en el muro, luciente y afilada, el hacha fuerte que la leña hacía de la rama de roble cercenada. ................................................................................................       Frente al reo, los jueces con sus viejos ropones enlutados; y una hilera de obscuros entrecejos y de plebeyos rostros: los jurados.       El abogado defensor perora, golpeando el pupitre con la mano; emborrona papel un escribano, mientras oye el fiscal, indiferente, el alegato enfático y sonoro, y repasa los autos judiciales o, entre sus dedos, de las gafas de oro acaricia los límpidos cristales.       Dice un ujier: «Va sin remedio al palo». El joven cuervo la clemencia espera. Un pueblo, carne de horca, la severa justicia aguarda que castiga al malo.
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Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose, lento juego de luces, campana solitaria, crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca, caracola terrestre, en ti la tierra canta! En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye como tú lo desees y hacia donde tú quieras. Márcame mi camino en tu arco de esperanza y soltaré en delirio mi bandada de flechas. En torno a mí estoy viendo tu cintura de niebla y tu silencio acosa mis horas perseguidas, y eres tú con tus brazos de piedra transparente donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida. Ah tu voz misteriosa que el amor tiñe y dobla en el atardecer resonante y muriendo! Así en horas profundas sobre los campos he visto doblarse las espigas en la boca del viento.
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Poema 3
Cuando el arroz retira de la tierra los granos de su harina, cuando el trigo endurece sus pequeñas caderas y levanta su rostro de mil manos, a la enramada donde la mujer y el hombre se enlazan acudo, para tocar el mar innumerable de lo que continúa. Yo no soy hermano del utensilio llevado en la marea como en una cuna de nácar combatido: no tiemblo en la comarca de los agonizantes despojos, no despierto en el golpe de las tinieblas asustadas por el ronco pecíolo de la campana repentina, no puede ser, no soy el pasajero bajo cuyos zapatos los últimos reductos del viento palpitan y rígidas retornan las olas del tiempo a morir. Llevo en mi mano la paloma que duerme reclinada en la semilla y en su fermento espeso de cal y sangre vive agosto, vive el mes extraído de su copa profunda: con mi mano rodeo la nueva sombra del ala que crece: la raíz y la pluma que mañana formarán la espesura. Nunca declina, ni junto al balcón de manos de hierro ni en el invierno marítimo de los abandonados, ni en mi paso tardío, el crecimento inmenso de la gota, ni el párpado que quiere ser abierto: porque para nacer he nacido, para encerrar el paso de cuanto se aproxima, de cuanto a mi pecho golpea como un nuevo corazón tembloroso. Vidas recostadas junto a mi traje como palomas paralelas, o contenidas en mi propia existencia y en mi desordenado sonido para volver a ser, para incautar el aire desnudo de la hoja y el nacimiento húmedo de la tierra en la guirnalda: hasta cuándo debo volver y ser, hasta cuándo el olor de las más enterradas flores, de las olas más trituradas sobre las altas piedras, guardan en mí su patria para volver a ser furia y perfume? Hasta cuándo la mano del bosque en la lluvia me avecina con todas sus agujas para tejer los altos besos del follaje?                                                         Otra vez escucho aproximarse como el fuego en el humo, nacer de la ceniza terrestre, la luz llena de pétalos,                                   y apartando la tierra en un río de espigas llega el sol a mi boca como una vieja lágrima enterrada que vuelve a ser semilla.
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Naciendo en los bosques
Cuando el arroz retira de la tierra los granos de su harina, cuando el trigo endurece sus pequeñas caderas y levanta su rostro de mil manos, a la enramada donde la mujer y el hombre se enlazan acudo, para tocar el mar innumerable de lo que continúa. Yo no soy hermano del utensilio llevado en la marea como en una cuna de nácar combatido: no tiemblo en la comarca de los agonizantes despojos, no despierto en el golpe de las tinieblas asustadas por el ronco pecíolo de la campana repentina, no puede ser, no soy el pasajero bajo cuyos zapatos los últimos reductos del viento palpitan y rígidas retornan las olas del tiempo a morir. Llevo en mi mano la paloma que duerme reclinada en la semilla y en su fermento espeso de cal y sangre vive agosto, vive el mes extraído de su copa profunda: con mi mano rodeo la nueva sombra del ala que crece: la raíz y la pluma que mañana formarán la espesura. Nunca declina, ni junto al balcón de manos de hierro ni en el invierno marítimo de los abandonados, ni en mi paso tardío, el crecimento inmenso de la gota, ni el párpado que quiere ser abierto: porque para nacer he nacido, para encerrar el paso de cuanto se aproxima, de cuanto a mi pecho golpea como un nuevo corazón tembloroso. Vidas recostadas junto a mi traje como palomas paralelas, o contenidas en mi propia existencia y en mi desordenado sonido para volver a ser, para incautar el aire desnudo de la hoja y el nacimiento húmedo de la tierra en la guirnalda: hasta cuándo debo volver y ser, hasta cuándo el olor de las más enterradas flores, de las olas más trituradas sobre las altas piedras, guardan en mí su patria para volver a ser furia y perfume? Hasta cuándo la mano del bosque en la lluvia me avecina con todas sus agujas para tejer los altos besos del follaje?                                                         Otra vez escucho aproximarse como el fuego en el humo, nacer de la ceniza terrestre, la luz llena de pétalos,                                   y apartando la tierra en un río de espigas llega el sol a mi boca como una vieja lágrima enterrada que vuelve a ser semilla.
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De pobres techos pajizos Ya Santa Fe no es aldea. Ya las primeras mujeres Llegaron de hispana tierra, Con ellas el trigo.                                     Elvira Gutiérrez! Tus manos bellas Que en Sevilla antes bordaban Lienzos para las iglesias, Aquí el primer pan hicieron Que lució en humildes mesas De bravos cuyo descanso Era vigilar y guerra. Todo ha cambiado. Campiñas Cercanas ya son dehesas. El trigo en espigas blondas Al lado del Funza ondea. Toros, vacas y caballos Pastan con cabras y ovejas, Y en torno de los bohíos Los indios en vez de flechas La esteva de los arados Tras de tardos bueyes llevan. Vegas que el río inundaba Ya son verdes sementeras, Y conduciendo rediles El cuerno en las tardes suena, Mientras que toque de esquila, Lentamente entre la niebla, Se oye en «El Humilladero» Sobre inclinadas cabezas. En vez de chozas se alzan, Con piedras llenando grietas, Junto a espadañas humildes Casas de tapia y de teja; Y ojos negros y radiantes Asoman detrás de rejas -Con monogramas de hierro, Muy altas y sin vidrieras- Esperando la sonrisa Y la gentil reverencia De segundones hispanos Que a esta altiplanicie llegan Con blasón y con espada Y con sonantes espuelas, Y con la bolsa vacía Pero con el alma llena De esperanzas en los cofres De ricas encomenderas. Aquiminzaque ya ha muerto En carnicería horrenda De caciques.                             En la plaza Sus brazos la horca eleva; Por las calles, entre júbilo, El Sello Real la Audiencia Condujo en caballo blanco Sobre gualdrapa de seda, Los oidores yendo en torno En el brazo la rodela, Y acero en alto. En regiones Apartadas sangre riega La codicia. Tiende en brazos, Que sayal de tosca tela Encubren, el crucifijo Pidiendo amor y clemencia, Pero en vano: todo cae Cual muros ante piquetas.
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Santa fe
De pobres techos pajizos Ya Santa Fe no es aldea. Ya las primeras mujeres Llegaron de hispana tierra, Con ellas el trigo.                                     Elvira Gutiérrez! Tus manos bellas Que en Sevilla antes bordaban Lienzos para las iglesias, Aquí el primer pan hicieron Que lució en humildes mesas De bravos cuyo descanso Era vigilar y guerra. Todo ha cambiado. Campiñas Cercanas ya son dehesas. El trigo en espigas blondas Al lado del Funza ondea. Toros, vacas y caballos Pastan con cabras y ovejas, Y en torno de los bohíos Los indios en vez de flechas La esteva de los arados Tras de tardos bueyes llevan. Vegas que el río inundaba Ya son verdes sementeras, Y conduciendo rediles El cuerno en las tardes suena, Mientras que toque de esquila, Lentamente entre la niebla, Se oye en «El Humilladero» Sobre inclinadas cabezas. En vez de chozas se alzan, Con piedras llenando grietas, Junto a espadañas humildes Casas de tapia y de teja; Y ojos negros y radiantes Asoman detrás de rejas -Con monogramas de hierro, Muy altas y sin vidrieras- Esperando la sonrisa Y la gentil reverencia De segundones hispanos Que a esta altiplanicie llegan Con blasón y con espada Y con sonantes espuelas, Y con la bolsa vacía Pero con el alma llena De esperanzas en los cofres De ricas encomenderas. Aquiminzaque ya ha muerto En carnicería horrenda De caciques.                             En la plaza Sus brazos la horca eleva; Por las calles, entre júbilo, El Sello Real la Audiencia Condujo en caballo blanco Sobre gualdrapa de seda, Los oidores yendo en torno En el brazo la rodela, Y acero en alto. En regiones Apartadas sangre riega La codicia. Tiende en brazos, Que sayal de tosca tela Encubren, el crucifijo Pidiendo amor y clemencia, Pero en vano: todo cae Cual muros ante piquetas.
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Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos. Allí se estira y arde en la más alta hoguera mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago. Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes que olean como el mar a la orilla de un faro. Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía, de tu mirada emerge a veces la costa del espanto. Inclinado en las tardes echo mis tristes redes a ese mar que sacude tus ojos oceánicos. Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas que centellean como mi alma cuando te amo. Galopa la noche en su yegua sombría desparramando espigas azules sobre el campo.
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Poema 7
Todo es igual y siempre: Yo, la noche, el olvido -acá abajo las rosas y allá arriba los astros. Y el hombre y sus preguntas. Y nadie y su silencio. Y un gran montón de escombros floreciendo y girando. Todo es igual: el río, las espigas, la nieve, las lágrimas, las fechas. Todo es igual y en vano. A veces, en otoño, la música del bosque nace en las hojas secas del compás de mi paso, y hay nubes parecidas a las cosas que pienso, y me duele en los hombros lo que quisiera un árbol; pero después no importa: lo que pasa o se queda, lo que sueño y olvido, todo es igual y en vano. Libros de letras torpes, viejos pozos vacíos, turbio espejo en la sombra, negra espuma en el vaso; sello del rey asirio bajo costras de arena; mandolina del paje, talismán del templario; y nada más que el tiempo soplando su ceniza, y otra vez y cien veces, y todo igual y en vano. Y decimos: "ya es tarde". Y aún así pasa el viento. Y el viento nada dice, pero sigue pasando. Y decimos: "no importa". Y al mirar hacia arriba recorremos a tientas los caminos de abajo. Y decimos entonces: "está bien". Y no importa, y es tarde y, como siempre, todo es igual y en vano.
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Balada de las recapitulaciones
Soy trigueña y traviesa, jueguetona y coqueta, como el trigal soy un mundo, que te envuelve en sus granos, que te devuelve el ánimo, que sopla a tu oído sonetos y poesías, que te alivian la vida y te llenan de alegría. Soy trigueña y fruta divina, saben mis besos a melocotón, sé derretirme en la mirada de mi amado como se disuelve en la boca el algodón azucarado. Soy trigueña y agraciada, en el amor nunca he sido frugal siempre me he entregado de más, porque a la tumba no quiero llegar con el cuerpo carente de experiencia y el amor que mi amado debí entregar. Soy trigueña y risueña, mi pelo es reposo de las mariposas, y ha sido un inmenso placer moler todo lo que me causa pena. Si soy trigueña y cómo el trigo en mi juventud mi juicio fue verde, y al madurar se reflejan en mi sonrisa, los ambarinos rayos del sol. Si soy trigueña y cómo el trigo ya se está revelando en mi cuello la madurez, mas todo los que he aprendido, todo lo que he recolectado en el trigal de mis años, que se ha cultivado en mi tallo (que es mi mente y mi cuerpo), y han migrado las espigas (lecciones), haciendo el viaje hacia la razón, y hoy por hoy son todas esas espigas, cosechas de mi labor. Como trigo maduro aprendí, que no permito, ¡Que mis raíces la corten oblicuamente con la uña! Todavía soy trigueña!! LeydisProse 1/11/2018 https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Jan 15, 2018
Jan 15, 2018 at 2:06 PM UTC
Trigueña y como el trigo
En el campo de trigo, entre amapolas Y altas espigas el soldado yace. No lo han hallado aún sus compañeros, Y solo expira, pálido y exangüe. Dos días hace que cayó. Los cuervos Graznando rompen la quietud del aire, Y con ojos vidriosos ve el soldado De sus heridas destilar la sangre. Febril, en su combate con la muerte, Y devorado por la sed y el hambre, Trata de erguirse con supremo esfuerzo, Y otra vez dobla la cabeza exánime. Y mientras que sus ojos, que se extinguen, Ven del cielo los pálidos celajes, Sueña, y su último sueño se ilumina Con radiosas visiones inefables... En el áureo trigal brillan las hoces, Y a la luz del crepúsculo radiante, Mientras la voz del Ángelus parece Que se extiende en los ámbitos del valle, Vuelve su aldea a ver, la amada aldea, Con la infinita paz de sus hogares... ¡Adiós, oh Patria, adiós!... y el alma rinde Mientras se borra en el azul la tarde.
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Muerte en el trigal