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"ejecuta" poems
Sumida en la ironía esboza un apático gesto y en el nicho indulgente de la discordia se encuentran sus ojos ingratos. La Dama clorótica seca sus lágrimas, ejecuta con elegancia la centímana que acoge ramales de negros liros a sus cianóticos pabellones ¡Cuan grata la dicha pérfida del desencuentro! Profesa la peste con umbría renitencia, en la lúgubre sobre-voz que estremece el canoro fúnebre en Pico de Roma que delata en cada suspiro la cólera rancia del abandono Que perfuma con néctar de Belladona el fino sosiego de un paño de seda. Fruto pródigo que espeta la terca laconia de sus nefastas palabras Porque solo un ósculo que terse el crúor de sus labios bastará para convenir su silencio. Sauzal que atraviesa su boca añeja y estéril como la yerma Y quien fuera una bella rubescente hoy besa el miasma maldito que proclama a la urdimbre. su maligno efluvio letal Mañana serás el fantasma, el fantasma de ojos velados. Mañana serás la nada y negros serán tus huesos.
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Jul 17, 2015
Jul 17, 2015 at 11:58 PM UTC
La Dama Clorótica “Alegoría a la pintura homónima de Samuel van Hoogstraten”
El metal animado, a quien mano atrevida, industrïosa, secretamente ha dado vida aparente en máquina preciosa, organizando atento sonora voz a docto movimiento; en quien, desconocido espíritu secreto, brevemente en un orbe ceñido, muestra el camino de la luz ardiente, y con rueda importuna los trabajos del sol y de la luna, y entre ocasos y auroras las peregrinaciones de las horas; máquina en que el artífice, que pudo contar pasos al sol, horas al día, mostró más providencia que osadía, fabricando en metal disimuladas advertencias sonoras repetidas, pocas veces creídas, muchas veces contadas; tú, que estás muy preciado de tener el más cierto, el más limado, con diferente oído, atiende a su intención y a su sonido. La hora irrevocable que dio, llora; prevén la que ha de dar; y la que cuentas, lógrala bien, que en una misma hora te creces y te ausentas. Si le llevas curioso, atiéndele prudente, que los blasones de la edad desmiente; y en traje de reloj llevas contigo, del mayor enemigo, espía desvelada y elegante, a ti tan semejante, que, presumiendo de abreviar ligera la vida al sol, al cielo la carrera, fundas toda esta máquina admirada en una cuerda enferma y delicada, que, como la salud en el más sano, se gasta con sus ruedas y su mano. Estima sus recuerdos, teme sus desengaños, pues ejecuta plazos de los años, y en él te da secreto, a cada sol que pasa, a cada rayo, la muerte un contador, el tiempo un ayo.
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Reloj de campanilla
Un hombre está mirando a una mujer, está mirándola inmediatamente, con su mal de tierra suntuosa y la mira a dos manos y la tumba a dos pechos y la mueve a dos hombres. Pregúntome entonces, oprimiéndome la enorme, blanca, acérrima costilla: Y este hombre ¿no tuvo a un niño por creciente padre? ¿ Y esta mujer, a un niño por constructor de su evidente **** Puesto que un niño veo ahora, niño ciempiés, apasionado, enérgico; veo que no le ven sonarse entre los dos, colear, vestirse; puesto que los acepto, a ella en condición aumentativa, a él en la flexión del heno rubio. Y exclamo entonces, sin cesar ni uno de vivir, sin volver ni uno a temblar en la justa que venero: ¡Felicidad seguida tardíamente del Padre, del Hijo y de la Madre! ¡Instante redondo, familiar, que ya nadie siente ni ama! ¡De qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares! ¡De qué tronco, el florido carpintero! ¡De qué perfecta axila, el frágil remo! ¡De qué casco, ambos cascos delanteros!
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Un hombre está mirando a una mujer
El alba aún no aparece en su gloria de oro. Canta el mar con la música de sus ninfas en coro y el aliento del campo se va cuajando en bruma. Teje la náyade el encaje de su espuma y el bosque inicia el himno de sus flautas de pluma. Es el momento en que el salvaje caballero se ve pasar. La tribu aúlla y el ligero caballo es un relámpago, veloz como una idea. A su paso, asustada, se para la marea. La náyade interrumpe la labor que ejecuta y el director del bosque detiene la batuta. -¿Qué pasa?-desde el lecho pregunta Venus bella. Y Apolo: -Es Sagitario que ha robado una estrella.
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Epitalamio bárbaro