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"cantaban" poems
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Cuánto vive el hombre, por fin? Vive mil días o uno solo? Una semana o varios siglos? Por cuánto tiempo muere el hombre? Qué quiere decir «Para Siempre»? Preocupado por este asunto me dediqué a aclarar las cosas. Busqué a los sabios sacerdotes, los esperé después del rito, los aceché cuando salían a visitar a Dios y al diablo. Se aburrieron con mis preguntas. Ellos tampoco sabían mucho, eran sólo administradores. Los médicos me recibieron, entre una consulta y otra, con un bisturí en cada mano, saturados de aureomicina, más ocupados cada dia. Según supe por lo que hablaban el problema era como sigue: nunca murió tanto microbio, toneladas de ellos caían, pero los pocos que quedaron se manifestaban perversos. Me dejaron tan asustado que busqé a los enterradores. Me fui a los ríos donde queman grandes cadáveres pintados, pequeños muertos huesudos, emperadores recubiertos por escamas aterradoras, mujeres aplastadas de pronto por una ráfaga de cólera. Eran riberas de difuntos y especialistas cenicientos. Cuando llegó mi oportunidad les largué unas cuantas preguntas, ellos me ofrecieren quemarme: era todo lo que sabían. En mi país los enterradores me contestaron, entre copas: -«Búscate una moza robusta, y déjate de tonterías». Nunca vi gentes tan alegres. Cantaban levantando el vino por la salud y por la muerte. Eran grandes fornicadores. Regresé a mi casa más viejo después de recorrer el mundo. No le pregunto a nadie nada. Pero sé cada día menos. Déjenme solo con el día. Pido permiso para nacer.
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Y cuánto vive?
Cuánto vive el hombre, por fin? Vive mil días o uno solo? Una semana o varios siglos? Por cuánto tiempo muere el hombre? Qué quiere decir «Para Siempre»? Preocupado por este asunto me dediqué a aclarar las cosas. Busqué a los sabios sacerdotes, los esperé después del rito, los aceché cuando salían a visitar a Dios y al diablo. Se aburrieron con mis preguntas. Ellos tampoco sabían mucho, eran sólo administradores. Los médicos me recibieron, entre una consulta y otra, con un bisturí en cada mano, saturados de aureomicina, más ocupados cada dia. Según supe por lo que hablaban el problema era como sigue: nunca murió tanto microbio, toneladas de ellos caían, pero los pocos que quedaron se manifestaban perversos. Me dejaron tan asustado que busqé a los enterradores. Me fui a los ríos donde queman grandes cadáveres pintados, pequeños muertos huesudos, emperadores recubiertos por escamas aterradoras, mujeres aplastadas de pronto por una ráfaga de cólera. Eran riberas de difuntos y especialistas cenicientos. Cuando llegó mi oportunidad les largué unas cuantas preguntas, ellos me ofrecieren quemarme: era todo lo que sabían. En mi país los enterradores me contestaron, entre copas: -«Búscate una moza robusta, y déjate de tonterías». Nunca vi gentes tan alegres. Cantaban levantando el vino por la salud y por la muerte. Eran grandes fornicadores. Regresé a mi casa más viejo después de recorrer el mundo. No le pregunto a nadie nada. Pero sé cada día menos. Déjenme solo con el día. Pido permiso para nacer.
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Plaza de Armas, plaza de musicales nidos, frente a frente del rudo y enano soportal; plaza en que se confunden un obstinado aroma lírico y una cierta prosa municipal; plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido hogar en que nacieron y murieron los míos; he aquí que te interroga un discípulo, fiel a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos. ¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas que conmigo llegaban en la tarde de asueto del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto? ¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron para mí, desde un marco de verdor y de rosas? ¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes? ¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas? Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre pálida, cuyo rostro, como una indulgencia plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso; me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño como una obra maestra, y que hoy me habló con ceremonia forzada; he visto a Catalina, exangüe, al exhibir su maternal fortuna cuando en un cochecillo de blondas y de raso lleva el fruto cruel y suave de su idilio por los enarenados senderos...                                                           Más no sé de todas las demás que viven en exilio. Y por todas quiero. He de saber de todas las pequeñas torcaces que me dieron el gusto de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban para mí, en la mañana de un día claro y justo! Dime, plaza de nidos musicales, de las actrices que impacientes por salir a la escena del mundo, chuscamente fingían gozosos líos de noviazgos y negros episodios de pena. Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas y bobas, que vertieron con su mano inconsciente un perfume amistoso en el umbral del alma y una gota del filtro del amor en mi frente. Mas la plaza está muda, y su silencio trágico se va agravando en mí con el mismo dolor del bisoño escolar que sale a vacaciones pensando en la benévola acogida de Abel, y halla muerto, en la sala, al hermano menor.
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En la plaza de armas
Plaza de Armas, plaza de musicales nidos, frente a frente del rudo y enano soportal; plaza en que se confunden un obstinado aroma lírico y una cierta prosa municipal; plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido hogar en que nacieron y murieron los míos; he aquí que te interroga un discípulo, fiel a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos. ¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas que conmigo llegaban en la tarde de asueto del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto? ¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron para mí, desde un marco de verdor y de rosas? ¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes? ¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas? Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre pálida, cuyo rostro, como una indulgencia plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso; me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño como una obra maestra, y que hoy me habló con ceremonia forzada; he visto a Catalina, exangüe, al exhibir su maternal fortuna cuando en un cochecillo de blondas y de raso lleva el fruto cruel y suave de su idilio por los enarenados senderos...                                                           Más no sé de todas las demás que viven en exilio. Y por todas quiero. He de saber de todas las pequeñas torcaces que me dieron el gusto de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban para mí, en la mañana de un día claro y justo! Dime, plaza de nidos musicales, de las actrices que impacientes por salir a la escena del mundo, chuscamente fingían gozosos líos de noviazgos y negros episodios de pena. Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas y bobas, que vertieron con su mano inconsciente un perfume amistoso en el umbral del alma y una gota del filtro del amor en mi frente. Mas la plaza está muda, y su silencio trágico se va agravando en mí con el mismo dolor del bisoño escolar que sale a vacaciones pensando en la benévola acogida de Abel, y halla muerto, en la sala, al hermano menor.
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¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambre de mariposas? Quizá.               En sus grutas doradas, con sus diademas de oro, allí estaban, como un coro de reinas, todas las hadas.   Las que tienen prisioneros a los silfos de la luz, las que andan con un capuz salpicado de luceros.   Las que mantos de escarlata lucen con regio donaire, y las que hienden el aire con su varita de plata.   ¿Era día o noche?                                         El astro de la niebla sobre el tul, florecía en campo azul como un lirio de alabastro.   Su peplo de oro la incierta alba ya había tendido. Era la hora en que en su nido toda alondra se despierta.   Temblaba el limpio cristal del rocío de la noche, y estaba entreabierto el broche de la flor primaveral.   Y en aquella región que era de la luz y la fortuna, cantaban un himno, a una, ave, aurora y primavera.   Las hadas -aquella tropa brillante-, Delia, que he dicho, por un extraño capricho fabricaron una copa.   Rara, bella, sin igual, y tan pura como bella, pues aún no ha bebido en ella ninguna boca mortal.   De una azucena gentil hicieron el cáliz leve, que era de polvo de nieve y palidez de marfil.   Y la base fue formada con un trémulo suspiro, de reflejos de zafiro y de luz cristalizada.   La copa hecha se pensó en qué se pondría en ella (que es el todo, niña bella, de lo que te cuento yo).   Una dijo: -La ilusión; otra dijo: -La belleza; otra dijo: -La riqueza; y otra más: -El corazón.   La Reina Mab, que es discreta, dijo a la espléndida tropa: -Que se ponga en esa copa la felicidad completa.   Y cuando habló Reina tal, produjo aplausos y asombros. Llevaba sobre sus hombros su soberbio manto real.   Dejó caer la divina Reina de acento sonoro, algo como gotas de oro de una flauta cristalina.   Ya la Reina Mab habló; cesó su olímpico gesto, y las hadas tanto han puesto que la copa se llenó.   Amor, delicia, verdad, dicha, esplendor y riqueza, fe, poderío, belleza... ¡Toda la felicidad!...   Y esta copa se guardó pura, sola, inmaculada. ¿Dónde?                     En una isla ignorada. ¿De dónde?                             ¡Se me olvidó!...   ¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambres de mariposas?   Esto nada importa aquí, pues por decirte escribía que esta copa, niña mía, la deseo para ti.
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La copa de las hadas
¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambre de mariposas? Quizá.               En sus grutas doradas, con sus diademas de oro, allí estaban, como un coro de reinas, todas las hadas.   Las que tienen prisioneros a los silfos de la luz, las que andan con un capuz salpicado de luceros.   Las que mantos de escarlata lucen con regio donaire, y las que hienden el aire con su varita de plata.   ¿Era día o noche?                                         El astro de la niebla sobre el tul, florecía en campo azul como un lirio de alabastro.   Su peplo de oro la incierta alba ya había tendido. Era la hora en que en su nido toda alondra se despierta.   Temblaba el limpio cristal del rocío de la noche, y estaba entreabierto el broche de la flor primaveral.   Y en aquella región que era de la luz y la fortuna, cantaban un himno, a una, ave, aurora y primavera.   Las hadas -aquella tropa brillante-, Delia, que he dicho, por un extraño capricho fabricaron una copa.   Rara, bella, sin igual, y tan pura como bella, pues aún no ha bebido en ella ninguna boca mortal.   De una azucena gentil hicieron el cáliz leve, que era de polvo de nieve y palidez de marfil.   Y la base fue formada con un trémulo suspiro, de reflejos de zafiro y de luz cristalizada.   La copa hecha se pensó en qué se pondría en ella (que es el todo, niña bella, de lo que te cuento yo).   Una dijo: -La ilusión; otra dijo: -La belleza; otra dijo: -La riqueza; y otra más: -El corazón.   La Reina Mab, que es discreta, dijo a la espléndida tropa: -Que se ponga en esa copa la felicidad completa.   Y cuando habló Reina tal, produjo aplausos y asombros. Llevaba sobre sus hombros su soberbio manto real.   Dejó caer la divina Reina de acento sonoro, algo como gotas de oro de una flauta cristalina.   Ya la Reina Mab habló; cesó su olímpico gesto, y las hadas tanto han puesto que la copa se llenó.   Amor, delicia, verdad, dicha, esplendor y riqueza, fe, poderío, belleza... ¡Toda la felicidad!...   Y esta copa se guardó pura, sola, inmaculada. ¿Dónde?                     En una isla ignorada. ¿De dónde?                             ¡Se me olvidó!...   ¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en donde hay niños risueños y enjambres de mariposas?   Esto nada importa aquí, pues por decirte escribía que esta copa, niña mía, la deseo para ti.
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todas las niñas cantan en Melody Spring todos los niños bailan en Melody Spring y las ancianas tejen los ancianos fuman sus pipas de espuma de mar de Melody Spring menos chester carmichael muerto en el otoño de 1962 previamente se había deshojado como un árbol plumas vientos pedazos de memoria se le fueron cayendo lo último fue una mujer o lo que quedaba de una mujer semirroída masticada seca y aún fosforescente que iluminó a chester carmichael noches y noches y no se apagó todavía y brilla donde empieza el camino del sur él está oscuro: no tanto por eso de la tierra y la muerte el tiempo le trabajó la cara como un angelito y ahora está desnudo de alternativas decadencias furias entre suaves raíces y demás compañeros de estación se acabó chester carmichael se fue con nardo en la mano acompañado por cien mil monos que cantaban bailaban como las niñas y los niños de Melody Spring no hubo sollozos gritos flores sobre su corazón solo un pájaro bello que lo miraba fijo y ahora vigila su cabeza ¡ah pajarito! cada tanto se inclina sobre chester carmichael y oye lo que está devolviendo tranquilo como el sol
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Lamento por el pájaro de chester carmichael
la pajarera de pentecostés no te acostés no con la parajera viajaba por la nieve un abanico leve le daba en la mitad del pájaro había alcaldes discursos mi sombrero saludaba galantepenconstés tus manos sí que usaban guantes crueles y antes fieles cantaban mis mejillas las pajarillas aban cantapiés de pies señores ándales de pies carancanfúncales carancanfúncales perro amigo en el bazo y en el tres así será así fue así es tres claro tres pelotas así es claramente cortado de costado como mi pan sinmigo pero entrado y alguno cuándo no murmura ves te robaré en un cab tirado por camellos reales y la reina de Inglaterra los vecinos de envidia se arrancaban los cabellos y nos mandan precisamente a la mierda pero nosotros vamos directamente a un cielo donde te como el cuello muy delicadamente y tú eres un desierto abierto entre dos senos y yo como un camello te recorro caliente y después del amor volvemos al amor y amoramos amamos amemoramos mamos y las huríes danzan adentro de una flor y entonces te traiciono inevitablemente con una hurí que se parece a ti por que Alá no está institucionalizada y como yo no quiero serte infiel y vos tenés la culpa que lo sea es mejor que te cases con aquél y te conviertas en una gorda fea y entonces yo diré en el café del barrio cuando pases moviendo tu ser y tu no ser: "pude haber hecho una mujer de esa mujer si hubiese sido necesario"
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Casos
Yo, José Hierro, un hombre como hay muchos, tendido esta tarde en mi cama, volví a soñar.                 (Los niños, en la calle, corrían). Mi madre me dio el hilo y la aguja, diciéndome: «Enhébramela, hijo; veo poco».                 Tenía fiebre. Pensé: -Si un grito me ensordeciera, un rayo me cegara… (Los niños cantaban). Lentamente me fue invadiendo un frío sentimiento, una súbita desgana de estar vivo. Yo, José Hierro, un hombre que se da por vencido sin luchar. (A la espalda llevaba un cesto, henchido de los más prodigiosos secretos. Y cumplido, el futuro, aguardándome como a la hoz el trigo). Mudo, esta tarde, oyendo caer la lluvia, he visto desvanecerse todo, quedar todo vacío. Una desgana súbita de vivir. («Toma, hijo, enhébrame la aguja», dice mi madre).                     Amigos: yo estaba muerto. Estaba en mi cama, tendido. Se está muerto aunque lata el corazón, amigos. Y se abre la ventana y yo, sin cuerpo (vivo y sin cuerpo, o difunto y con vida), hundido en el azul. (O acaso sea el azul, hundido en mi carne, en mi muerte llena de vida, amigos: materia universal, carne y azul sonando con un mismo sonido). Y en todo hay oro, y nada duele ni pesa, amigos. A hombros me llevan. Quién: la primavera, el filo del agua, el tiemblo verde de un álamo, el suspiro de alguien a quien yo nunca había visto. Y yo voy arrojando ceniza, sombra, olvido. Palabras polvorientas que entristecen lo limpio:                 Funcionario,                 tintero,                 30 días vista,                 diferencial,                 racionamiento,                 factura,                 contribución,                 garantías… Subo más alto. Aquí todo es perfecto y rítmico. Las escalas de plata llevan de los sentidos al silencio. El silencio nos torna a los sentidos. Ahora son las palabras de diamante purísimo:                 Roca,                 águila,                 playa,                 palmera,                 manzana,                 caminante,                 verano,                 hoguera,                 cántico… …cántico. Yo, tendido en mi cama. Yo, un hombre como hay muchos, vencido esta tarde (¿esta tarde solamente?), he vivido mis sueños (esta tarde solamente), tendido en mi cama, despierto, con los ojos hundidos aún en las ascuas últimas, en las espumas últimas del sueño concluido.
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Una tarde cualquiera
Yo, José Hierro, un hombre como hay muchos, tendido esta tarde en mi cama, volví a soñar.                 (Los niños, en la calle, corrían). Mi madre me dio el hilo y la aguja, diciéndome: «Enhébramela, hijo; veo poco».                 Tenía fiebre. Pensé: -Si un grito me ensordeciera, un rayo me cegara… (Los niños cantaban). Lentamente me fue invadiendo un frío sentimiento, una súbita desgana de estar vivo. Yo, José Hierro, un hombre que se da por vencido sin luchar. (A la espalda llevaba un cesto, henchido de los más prodigiosos secretos. Y cumplido, el futuro, aguardándome como a la hoz el trigo). Mudo, esta tarde, oyendo caer la lluvia, he visto desvanecerse todo, quedar todo vacío. Una desgana súbita de vivir. («Toma, hijo, enhébrame la aguja», dice mi madre).                     Amigos: yo estaba muerto. Estaba en mi cama, tendido. Se está muerto aunque lata el corazón, amigos. Y se abre la ventana y yo, sin cuerpo (vivo y sin cuerpo, o difunto y con vida), hundido en el azul. (O acaso sea el azul, hundido en mi carne, en mi muerte llena de vida, amigos: materia universal, carne y azul sonando con un mismo sonido). Y en todo hay oro, y nada duele ni pesa, amigos. A hombros me llevan. Quién: la primavera, el filo del agua, el tiemblo verde de un álamo, el suspiro de alguien a quien yo nunca había visto. Y yo voy arrojando ceniza, sombra, olvido. Palabras polvorientas que entristecen lo limpio:                 Funcionario,                 tintero,                 30 días vista,                 diferencial,                 racionamiento,                 factura,                 contribución,                 garantías… Subo más alto. Aquí todo es perfecto y rítmico. Las escalas de plata llevan de los sentidos al silencio. El silencio nos torna a los sentidos. Ahora son las palabras de diamante purísimo:                 Roca,                 águila,                 playa,                 palmera,                 manzana,                 caminante,                 verano,                 hoguera,                 cántico… …cántico. Yo, tendido en mi cama. Yo, un hombre como hay muchos, vencido esta tarde (¿esta tarde solamente?), he vivido mis sueños (esta tarde solamente), tendido en mi cama, despierto, con los ojos hundidos aún en las ascuas últimas, en las espumas últimas del sueño concluido.
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Mi cama fue un roble Y en sus ramas cantaban los pájaros Mi cama fue un roble Y mordió la tormenta sus gajos.               Deslizo mis manos Por sus claros maderos pulidos, Y pienso que acaso toco el mismo tronco Donde estuvo aferrado algún nido.               Mi cama fue un roble. Yo duermo en un árbol. En un árbol amigo del agua, Del sol y la brisa del cielo y el musgo, De lagartos de ojuelos dorados Y de las orugas, de un verde esmeralda.               Yo duermo en un árbol. ¡Oh, amado!, en un árbol dormimos. Acaso por eso me parece el lecho Esta noche, blando y hondo cual nido.   Y en ti me acurruco como una avecilla Que busca el reparo de su compañero. ¡Que rezongue el viento, que gruña la lluvia! Contigo en el nido, no sé lo que es miedo.
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El nido
Llegaron mis amigos de colegio Y absortos vieron mi cadáver frío; «¡Pobre!» exclamaron, y salieron todos... Ninguno de ellos un adiós me dijo. Todos me abandonaron. En silencio Fui conducido al último recinto; Ninguno dio un suspiro al que partía, Ninguno al cementerio fue conmigo. ¡Cerró el sepulturero mi sepulcro... Me quejé, tuve miedo y sentí frío, Y gritar quise en mi cruel angustia, Pero en los labios espiró mi grito! El aire me faltaba, y luché en vano Por destrozar mi féretro sombrío. Y en tanto.., los gusanos devoraban, Cual suntuoso festín, mis miembros rígidos. ¡Oh mi amor! dije al fin, ¿y me abandonas? Pero al llegar su voz a mis oídos Sentí latir el corazón de nuevo, Y volví al triste mundo de los vivos. Me alcé y abrí los ojos. ¡Cómo hervían Las copas de licor sobre los libros! El cuarto daba vueltas, y dichosos Bebían y cantaban mis amigos.
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Delirium tremens
En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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Códice antiguo
En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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Íbamos todos al río En alegre caravana. Yo, a su lado...  La mañana Era mañana de estío. Cantando triste tonada Pasó entonces un boyero; «Por una mujer me muero, Pero ella no sabe nada». Caminando, caminando Ella cantaba y reía. Una flor aquí cogía, Otra allá, siempre cantando. En el sombrero, albos tules, Y de albo linón vestida, ¡Cómo brillaba la vida En sus pupilas azules!... Y lejos, en el sendero, Bajo el oscuro pinar, Se iba perdiendo el cantar: «Por una mujer me muero...» Mis ojos se iban tras ella Mientras vagaba sombrío. ¡Y ella, a la orilla del río, Entre todas, la más bella! Al regresar se encendían Las luces en el poblado. Yo, en mis ensueños callado, Y cantaban y reían. Y pensaba en la tonada Que oí cantar al boyero. «Por una mujer me muero, Pero ella no sabe nada».
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La tonada del boyero
Había una vez un poeta portugués tenía cuatro poetas adentro y vivía muy preocupado trabajaba en la administración pública y dónde se vio que un empleado público de portugal gane para alimentar cuatro bocas Cada noche pasaba lista a sus poetas incluyéndose a sí mismo uno estiraba la mano por la ventana y le caían astros allí otro escribía cartas al sur qué están haciendo del sur decía De mi uruguay decía el otro se convirtió en un barco que amó a los marineros esto es bello porque no todos los barcos hacen así hay barcos que prefieren mirar por el ojo de buey Hay barcos que se hunden Dios camina afligido por el fenómeno ése es que no todos los barcos se parecen a los poetas del portugués salían del mar y se secaban los huesitos al sol Cantando la canción de tus pechos amada cantaban que tus pechos llegaron una tarde con una escolta de horizontes eso cantaban los poetas del portugués para decir que te amo antes de separarse tender la mano al cielo escribir cartas al uruguay Que mañana van a llegar mañana van a llegar las cartas del portugués y barrerán la tristeza mañana va a llegar el barco del portugués al puerto de montevideo siempre supo que entraba en ese puerto y se volvía más hermoso Como los cuatro poetas del portugués cuando se preocupaban todos juntos por el hombre de la tabaquería de enfrente el animal de sueños del hombre de la tabaquería de enfrente galopando con como josé gervasio de artigas por el hambre mundial El portugués tenía cuatro poetas mirando al sur al norte al muro al cielo les daba a todos de comer con el sueldo del alma él se ganaba el sueldo en la administración del país público y también mirando el mar que va de lisboa al uruguay Yo siempre estoy olvidando cosas una vez me olvidé un ojo en la mitad de una mujer otra vez me olvidé una mujer en la mitad de portugués me olvidé el nombre del poeta portugués De lo que no me olvido es de su barco navegando hacia el sur de su manita llena de astros golpeando contra la furia del mundo con el hombre de enfrente en la mano
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Yo también escribo cuentos
Había una vez un poeta portugués tenía cuatro poetas adentro y vivía muy preocupado trabajaba en la administración pública y dónde se vio que un empleado público de portugal gane para alimentar cuatro bocas Cada noche pasaba lista a sus poetas incluyéndose a sí mismo uno estiraba la mano por la ventana y le caían astros allí otro escribía cartas al sur qué están haciendo del sur decía De mi uruguay decía el otro se convirtió en un barco que amó a los marineros esto es bello porque no todos los barcos hacen así hay barcos que prefieren mirar por el ojo de buey Hay barcos que se hunden Dios camina afligido por el fenómeno ése es que no todos los barcos se parecen a los poetas del portugués salían del mar y se secaban los huesitos al sol Cantando la canción de tus pechos amada cantaban que tus pechos llegaron una tarde con una escolta de horizontes eso cantaban los poetas del portugués para decir que te amo antes de separarse tender la mano al cielo escribir cartas al uruguay Que mañana van a llegar mañana van a llegar las cartas del portugués y barrerán la tristeza mañana va a llegar el barco del portugués al puerto de montevideo siempre supo que entraba en ese puerto y se volvía más hermoso Como los cuatro poetas del portugués cuando se preocupaban todos juntos por el hombre de la tabaquería de enfrente el animal de sueños del hombre de la tabaquería de enfrente galopando con como josé gervasio de artigas por el hambre mundial El portugués tenía cuatro poetas mirando al sur al norte al muro al cielo les daba a todos de comer con el sueldo del alma él se ganaba el sueldo en la administración del país público y también mirando el mar que va de lisboa al uruguay Yo siempre estoy olvidando cosas una vez me olvidé un ojo en la mitad de una mujer otra vez me olvidé una mujer en la mitad de portugués me olvidé el nombre del poeta portugués De lo que no me olvido es de su barco navegando hacia el sur de su manita llena de astros golpeando contra la furia del mundo con el hombre de enfrente en la mano
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¡Mi soledad sin descanso! Ojos chicos de mi cuerpo y grandes de mi caballo, no se cierran por la noche ni miran al otro lado, donde se aleja tranquilo un sueño de trece barcos. Sino que, limpios y duros escuderos desvelados, mis ojos miran un norte de metales y peñascos, donde mi cuerpo sin venas consulta naipes helados.Los densos bueyes del agua embisten a los muchachos que se bañan en las lunas de sus cuernos ondulados. Y los martillos cantaban sobre los yunques sonámbulos, el insomnio del jinete y el insomnio del caballo.El veinticinco de junio le dijeron a el Amargo: Ya puedes cortar si gustas las adelfas de tu patio. Pinta una cruz en la puerta y pon tu nombre debajo, porque cicutas y ortigas nacerán en tu costado, y agujas de cal mojada te morderán los zapatos.Será de noche, en lo oscuro, por los montes imantados, donde los bueyes del agua beben los juncos soñando. Pide luces y campanas. Aprende a cruzar las manos, y gusta los aires fríos de metales y peñascos. Porque dentro de dos meses yacerás amortajado.Espadón de nebulosa mueve en el aire Santiago. Grave silencio, de espalda, manaba el cielo combado.El veinticinco de junio abrió sus ojos Amargo, y el veinticinco de agosto se tendió para cerrarlos. Hombres bajaban la calle para ver al emplazado, que fijaba sobre el muro su soledad con descanso. Y la sábana impecable, de duro acento romano, daba equilibrio a la muerte con las rectas de sus paños.
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Romance del emplazado
johnny petsum lloraba por las tardes en el w.c. de la "Coronation Inc Corp" pero poco lloraba atento al gran señor de la cadena el gran señor no era el capataz o dueño o accionista montado en un burro de fuego el gran señor era un sonido hosco duro vivo patrón en la cadena que andaba y andaba mientras uno ponía el tornillo otro la tuerca y todos el alma el cuerpo la memoria el horror de olvidar el día -no la noche- en que los bellos muchachos servían sus amores y tres aves chiquitas cantaban por el amor por dolor por la ceguera ¡ah johnny petsum! habrá navío que te lleve a dormir alzó las velas para volver a la ciudad allí johnny petsum mató al carcelero del rosal al que envenena las pechugas de ave al que ensuciaba boca a boca los aires del río antes de irse a la muera escribió carta "¿de qué llorás niña blanca?" decía y es cierto nunca supo de qué con la ceguera de johnny petsum hicieron un asado con su amor y dolor hicieron un asado la niña blanca lloraba debajo de sus besos no dados justamente de los que un día nacieron altos brillos ya tarde johnny oh menos para las aves chiquitas menos para las aves menos mal que cantaban cantaban ya ciegas mucho ciegas
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Lamento por la niña blanca de johnny petsum
Con qué ternura escucha mi oído los adioses de aquel ayer fragante a niños y manzana. Era como de mundos naciente la mañana, en la noche cantaban las angélicas voces. Todavía me llegan los cereales roces ascendiendo del surco a la luz meridiana; copa de ardiente sangre la amapola temprana; relámpago curvado la luna de las hoces. Ni la ciudad ambigua ni el filo de los días harán de ese recuerdo veladas agonías. El maíz y los pólenes, los higos ya maduros, todos los años vienen a la sagrada cita. A la mujer despierta vuelve la Salamita y jóvenes chispean los minutos oscuros.
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Un día
te escribo en una hojita de papel caída del cuaderno del hijo con una baca un burro sumas restas esta carta que enviaré jamás tiene delicias y tristezas y cuando la leías te ponías muy dulce porque yo no escribía nada pero cantaban los pájaros azules de la izquierda volaban a tu sombra y callaban con los ojos abiertos como memorias en la noche
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Carta