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"campesino" poems
Llora palestina, llora Llora gaza Lloran las fronteras Supuran sus llagas llenas de cantos de injusticia Largos cantos de dolor que emanan de las entrañas Llora Honduras, llora El Salvador, Llora Nicaragua Tus hijos los más pequeños montados en bestias Huyendo de otras bestias, rodeados de bestias Hacia la bestia padre Padre de todas las bestias (solo basta recordar para entender) Llora México entre plomos y promesas Llora el indio en la sierra La mujer en costa chica El campesino en la huasteca México un plantío de drogas y de sangre Donde los ricos se hacen más ricos Y los pobres valen menos que las balas que los matan Llora la Tierra, Onile, la Pachamama Entre lenguajes hegemónicos y pueblos sublevados Hace mucho que nadie la escucha Solo los indios y los brujos con sus hechizos Pero pronto volveremos a poner la frente al piso Para oír de cerca lo que reclama.
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Jul 30, 2014
Jul 30, 2014 at 5:33 AM UTC
Llora Pachamama
si con tus manos escribieras la vida de un campesino de alma y risa en una de esas podrias decir todo lo que sentis en el corazon todo lo nuevo y lo viejo entendido de una a secas y tan verde que estalla en flores de nieve de perfumes de seda y miel serena verdadera pero esa nube blanca que te envuelve que te ciega y te aleja de la vida y muere en una oscura y vacia cueva de susurros, de lamentos de soledad y miedo miente nunca fue tan triste el universo del hombre ---------------------------------------------------------- if with your hands you would write live of a peasant of soul and laughter somewhere you could say everything you feel in the heart everything new and old understood at once just dry and so green that bursts in snow flowers of silk and serene honey perfume true but that white cloud that wraps yourself that makes you blind and away from life and dies in a dark and empty cave of whispers and laments of loneliness and fear lies never was so sad the universe of the man
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Feb 2, 2012
Feb 2, 2012 at 6:17 PM UTC
nunca fue tan triste el universo del hombre
i In stormy sea's, And in the breeze, Wherein caliginosity doth hide Behold mine morning glory, for thou art part of mine loin's; Whence death I hath came from, in the charnel house I laid I was shackled in all debacle, lost, seeking, lonesome, in mine age. ii Thou hath disenthralled me, and hath taken me to thine hip's Thine craft was shiny, seraphic blinding, I floated onto thy ship; Hovered I didst, as if a nasa takeoff to thy outter layered space Thou hath sweetened me, with Asian tea, and put honey to taste. iii Albeit I was just a campesino, with nothing to giveth mine dove She soared me. Explored me, ourn kisses brought tear's of love; Avouched me she hath done, she took mine side against the crowd, she hushes me with all compassion, her tiera Asiatic loud. ©Brandon nagley ©Lonesome poet's poetry ©あある じぇえん
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Aug 7, 2015
Aug 7, 2015 at 9:29 PM UTC
Asiatic loud
(Spanish tongue) Soy la campesino querubín esclavo En mía reina serpahim de amor-jaula. Y incluso si ella fue a diere yo la llave A descubrir mineself y ser gratis; No habrías wanteth de todos modos es , Me encanta ser su sirviente ...... Me ama ser su esclavo ....... (English version) I'm a peasant cherub slave In mine queen serpahim's love-cage. And even if she was to giveth me the key To unlock mineself and be free; I wouldst not wanteth it anyway's, I love being her servant...... I loveth being her slave....... ©Brandon nagley ©Lonesome poet's poetry
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Jul 10, 2015
Jul 10, 2015 at 6:51 PM UTC
Me tiro en su jaula , me encierro de distancia ( Throw me in her cage, lock me away) spanish tongue.......for mi amour
Phocás el campesino, hijo mío, que tienes en apenas escasos meses de vida, tantos dolores en tus ojos que esperan tantos llantos por el fatal pensar que revelan tus sienes...Tarda a venir a este dolor adonde vienes, a este mundo terrible en duelos y en espantos; duerme bajo los Ángeles, sueña bajo los Santos, que ya tendrás la Vida para que te envenenes...Sueña, hijo mío, todavía, y cuando crezcas, perdóname el fatal don de darte la vida que yo hubiera querido de azul y rosas frescas;pues tú eres la crisálida de mi alma entristecida, y te he de ver, en medio del triunfo que merezcas renovando el fulgor de mi psique abolida.
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A phocás, el campesino
Bajo un cámbulo en flor, en la llanura, cerca de clara fuente rumorosa que va regando a su rededor frescura, sin cruz la abandonada sepultura, el poeta suicida en paz reposa. Caprichoso juguete del destino, pálido, siempre triste, torvo y ceño, fue en extrañas regiones peregrino, siempre buscando su ideal divino, y siempre en pos de su imposible sueño. Una tarde, a los últimos fulgores de Sol, cuando en el viejo campanario del Ángelus vibraban los clamores, regresó, con su fardo de dolores, a su hogar el poeta solitario. «Mi corazón, nos dijo, paz desea; escribiré»... Para luchar cobarde Nada más escribió. Su sola idea era la de la muerte... Y otra tarde lo vimos que salía de la aldea. «Dónde vas?» Le dijimos                                 «Una cita; Voy de prisa... me esperan...» Infinita calma brillaba en su pupila inerte «¿Quien? No lo sé. Beatriz... o Margarita». ...Y su cita... ¡era cita con la muerte! Ya duerme... Y a las sombras, a lo ignoto, a la negra, infinita lontananza, lanzó el cansado y pálido piloto, su blanco ensueño, como mástil roto, como tabla deshecha, la Esperanza. Como es tierra maldita, no hay camino a do el triste cantor descansa inerme; huye su sepultura el campesino, solo... y en paz, con su laúd divino. Pero cuando la luna en los desiertos ámbitos se levantan, como aurora, como la blanca aurora de los muertos, desentume el canto los brazos yertos, y en su huesa callada se incorpora. ¿Qué dulce voz de misterioso encanto rompe el silencio de la noche? ¿Es una serenata de amor?... ¿Plegaria o llanto? ¿Notas de arpas celestes?... ¡Es el canto del poeta, a los rayos de la luna! Y surgen a su acento, cual visiones, las bellas heroínas inmortales de sus castos poemas y canciones... ¡De su vida, las blancas ilusiones; del poeta, las novias ideales! Van surgiendo al vibrar de la armonía, halo de luz sobre la frente, y llenas de albas rosas las manos... Se diría de canéforas blanca Teoría, bajo arcadas de mármol, en Atenas. En silencio lo escuchan... Ni un acento Se levanta inoportuno... Ni suspira Entre las ramas del guadual el viento. En torno todo es paz, recogimiento; todo es quietud al sollozar la ira. Callad al fin las notas armoniosas; y a la luz de la luna, que en la quieta llanura se difunde, las hermosas ponen sobre las sienes del poeta una corona de laurel y rosas Vuelve a cantar la brisa... Lentamente las visiones se extinguen una a una; como un áureo jardín es el Oriente, y el poeta en la fosa hunde la frente, mientras se borra en el azul la luna.
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La balada del poeta
Bajo un cámbulo en flor, en la llanura, cerca de clara fuente rumorosa que va regando a su rededor frescura, sin cruz la abandonada sepultura, el poeta suicida en paz reposa. Caprichoso juguete del destino, pálido, siempre triste, torvo y ceño, fue en extrañas regiones peregrino, siempre buscando su ideal divino, y siempre en pos de su imposible sueño. Una tarde, a los últimos fulgores de Sol, cuando en el viejo campanario del Ángelus vibraban los clamores, regresó, con su fardo de dolores, a su hogar el poeta solitario. «Mi corazón, nos dijo, paz desea; escribiré»... Para luchar cobarde Nada más escribió. Su sola idea era la de la muerte... Y otra tarde lo vimos que salía de la aldea. «Dónde vas?» Le dijimos                                 «Una cita; Voy de prisa... me esperan...» Infinita calma brillaba en su pupila inerte «¿Quien? No lo sé. Beatriz... o Margarita». ...Y su cita... ¡era cita con la muerte! Ya duerme... Y a las sombras, a lo ignoto, a la negra, infinita lontananza, lanzó el cansado y pálido piloto, su blanco ensueño, como mástil roto, como tabla deshecha, la Esperanza. Como es tierra maldita, no hay camino a do el triste cantor descansa inerme; huye su sepultura el campesino, solo... y en paz, con su laúd divino. Pero cuando la luna en los desiertos ámbitos se levantan, como aurora, como la blanca aurora de los muertos, desentume el canto los brazos yertos, y en su huesa callada se incorpora. ¿Qué dulce voz de misterioso encanto rompe el silencio de la noche? ¿Es una serenata de amor?... ¿Plegaria o llanto? ¿Notas de arpas celestes?... ¡Es el canto del poeta, a los rayos de la luna! Y surgen a su acento, cual visiones, las bellas heroínas inmortales de sus castos poemas y canciones... ¡De su vida, las blancas ilusiones; del poeta, las novias ideales! Van surgiendo al vibrar de la armonía, halo de luz sobre la frente, y llenas de albas rosas las manos... Se diría de canéforas blanca Teoría, bajo arcadas de mármol, en Atenas. En silencio lo escuchan... Ni un acento Se levanta inoportuno... Ni suspira Entre las ramas del guadual el viento. En torno todo es paz, recogimiento; todo es quietud al sollozar la ira. Callad al fin las notas armoniosas; y a la luz de la luna, que en la quieta llanura se difunde, las hermosas ponen sobre las sienes del poeta una corona de laurel y rosas Vuelve a cantar la brisa... Lentamente las visiones se extinguen una a una; como un áureo jardín es el Oriente, y el poeta en la fosa hunde la frente, mientras se borra en el azul la luna.
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Traspasada por junio, por España y la sangre, se levanta mi lengua con clamor a llamarte. Campesino que mueres, campesino que yaces en la tierra que siente no tragar alemanes, no morder italianos: español que te abates con la nuca marcada por un yugo infamante, que traicionas al pueblo defensor de los panes: campesino, despierta, español, que no es tarde. Calabozos y hierros, calabozos y cárceles, desventuras, presidios, atropellos y hambres, eso estás defendiendo, no otra cosa más grande. Perdición de tus hijos, maldición de tus padres, que doblegas tus huesos al verdugo sangrante, que deshonras tu trigo, que tu tierra deshaces, campesino, despierta, español, que no es tarde. Retroceden al hoyo que se cierra y se abre, por la fuerza del pueblo forjador de verdades, escuadrones del crimen, corazones brutales, dictadores del polvo, soberanos voraces. Con la prisa del fuego, en un mágico avance, un ejército férreo que cosecha gigantes los arrastra hasta el polvo, hasta el polvo los barre. No hay quien sitie la vida, no hay quien cerque la sangre cuando empuña sus alas y las clava en el aire. La alegría y la fuerza de estos músculos parte como un hondo y sonoro manantial de volcanes. Vencedores seremos, porque somos titanes sonriendo a las balas y gritando: ¡Adelante! La salud de los trigos sólo aquí huele y arde. De la muerte y la muerte sois: de nadie y de nadie. De la vida nosotros, del sabor de los árboles. Victoriosos saldremos de las fúnebres fauces, remontándonos libres sobre tantos plumajes, dominantes las frentes, el mirar dominante, y vosotros vencidos como aquellos cadáveres. Campesino, despierta, español, que no es tarde. A este lado de España esperamos que pases: que tu tierra y tu cuerpo la invasión no se trague.
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Campesino de españa
Traspasada por junio, por España y la sangre, se levanta mi lengua con clamor a llamarte. Campesino que mueres, campesino que yaces en la tierra que siente no tragar alemanes, no morder italianos: español que te abates con la nuca marcada por un yugo infamante, que traicionas al pueblo defensor de los panes: campesino, despierta, español, que no es tarde. Calabozos y hierros, calabozos y cárceles, desventuras, presidios, atropellos y hambres, eso estás defendiendo, no otra cosa más grande. Perdición de tus hijos, maldición de tus padres, que doblegas tus huesos al verdugo sangrante, que deshonras tu trigo, que tu tierra deshaces, campesino, despierta, español, que no es tarde. Retroceden al hoyo que se cierra y se abre, por la fuerza del pueblo forjador de verdades, escuadrones del crimen, corazones brutales, dictadores del polvo, soberanos voraces. Con la prisa del fuego, en un mágico avance, un ejército férreo que cosecha gigantes los arrastra hasta el polvo, hasta el polvo los barre. No hay quien sitie la vida, no hay quien cerque la sangre cuando empuña sus alas y las clava en el aire. La alegría y la fuerza de estos músculos parte como un hondo y sonoro manantial de volcanes. Vencedores seremos, porque somos titanes sonriendo a las balas y gritando: ¡Adelante! La salud de los trigos sólo aquí huele y arde. De la muerte y la muerte sois: de nadie y de nadie. De la vida nosotros, del sabor de los árboles. Victoriosos saldremos de las fúnebres fauces, remontándonos libres sobre tantos plumajes, dominantes las frentes, el mirar dominante, y vosotros vencidos como aquellos cadáveres. Campesino, despierta, español, que no es tarde. A este lado de España esperamos que pases: que tu tierra y tu cuerpo la invasión no se trague.
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Honda, inmóvil, letárgica laguna que semeja el sepulcro de la luna, se tiende hasta el ilímite horizonte, y a la tristeza vesperal se aduna un viento de ultramar y de ultramonte. Cantan en el crepúsculo y un leve son de esquila vuela en el éter trémulo. Que mi rumor se extinga blando, tenue, ola en onda, onda en pompa, pompa en iris, como vágulo aroma en la memoria; y me reintegre a la epopeya trunca en la ciudad de nieblas de mi gloria. Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía! Y que olvide la brega transitoria, y el no ser más -y el no ser menos nunca-, del hilo de oro del collar del día. ¡Armonía! ¡Armonía! Y el ancla suelte a místicas regiones, no humano ya mi desear: divino mi poseer, mientras en el desmayo del crepúsculo rueda sobre los ásperos terrones el carro del campesino, y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas, erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía -¡y mía, mía, mía!- mi nebúlea azulina Acuarimántima. ¡Armonía! ¡Armonía!
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Acuarimántima ix
Cordero tranquilo, cordero que paces tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía: hundiendo en el lodo las plantas fugaces huí de mis campos feraces un día... Ruiseñor de la selva encantada que preludias el orto abrileño: a pesar de la fúnebre muerte, y la sombra, y la nada, yo tuve el ensueño. Sendero que vas del alcor campesino a perderte en la azul lontananza: los dioses me han hecho un regalo divino: la ardiente esperanza. Espiga que mecen los vientos, espiga que conjuntas el trigo dorado: al influjo de soplos violentos, en las noches de amor, he temblado. Montaña que el sol transfigura. Tabor al febril mediodía, silente deidad en la noche estilífera y pura: ¡nadie supo en la tierra sombría mi dolor, mi temblor, mi pavura! Y vosotros, rosal florecido, lebreles sin amo, luceros, crepúsculos, escuchadme esta cosa tremenda: ¡He Vivido! He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y voy al olvido...
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Elegía de septiembre
Retorno de tal sueño hacia la playa, realizado mi afán. La tierra invoca su ley que mis empeños desvirtúa. Oigo el grito del mar que me penetra, y ansia de paz perenne me extenúa. ¡El mar!, ¡el mar!, ¡el mar!, ¡ambiguo y fuerte! Su espuma brinda a mi ruindad su imperio en astillas de mástiles fallidos. Ráfagas de misterio... Monstruos inconocidos... ¿No brilla, entre la niebla, Acuarimántima? ¿No se oye limpia, trémula canción que pueda, en el aliento desvaído, sonar, aletargar el corazón y pasar? No se oye nada. Silencio y bruma, soplos de lo arcano. La luz mentira, la canción mentira. Solo el rumor de un vago viento vano volando en los velámenes expira. La noche adviene, de mortuorio emblema. Retumba en mi recuerdo mi alarido, mi estéril tiempo en mi inquietud suprema. El trágico dolor ha concluido. Yo soy Maín, el héroe del poema. Florece el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Y no decir, y no tener palabras tan llenas de tu goce vespertino y tu sueño nupcial, ¡oh campesino que cruzas con tus carros rechinantes! En tu ilusión un hálito divino te ha poblado de niños los instantes. Y ver, desde esta cima de ternura y valeroso amor, en toda cosa el Enigma, el Enigma Invïolado. ¡Oh carne!, y tú destilas el pecado, y... y... ¡El enigma por siempre invïolado! Y por toda verdad, saber ahora que brilla el mar, que el monte se estremece, que fulge Sirio en el confín lejano; y que, al frustrarse el giro de mi vida, al giro de la suya grana el grano. La luz mentira. La canción mentira. Que fui por los instintos inmolado ante el ara de un dios; que un soplo frío de lóbrego misterio he suscitado: que un dolor nuevo está en el plectro mío y el plectro en el dolor purificado. Lúgubre viento sopla entre los juncos; los juncos gimen bajo el viento rudo. Cantan en el crepúsculo.
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Acuarimántima viii
Retorno de tal sueño hacia la playa, realizado mi afán. La tierra invoca su ley que mis empeños desvirtúa. Oigo el grito del mar que me penetra, y ansia de paz perenne me extenúa. ¡El mar!, ¡el mar!, ¡el mar!, ¡ambiguo y fuerte! Su espuma brinda a mi ruindad su imperio en astillas de mástiles fallidos. Ráfagas de misterio... Monstruos inconocidos... ¿No brilla, entre la niebla, Acuarimántima? ¿No se oye limpia, trémula canción que pueda, en el aliento desvaído, sonar, aletargar el corazón y pasar? No se oye nada. Silencio y bruma, soplos de lo arcano. La luz mentira, la canción mentira. Solo el rumor de un vago viento vano volando en los velámenes expira. La noche adviene, de mortuorio emblema. Retumba en mi recuerdo mi alarido, mi estéril tiempo en mi inquietud suprema. El trágico dolor ha concluido. Yo soy Maín, el héroe del poema. Florece el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Y no decir, y no tener palabras tan llenas de tu goce vespertino y tu sueño nupcial, ¡oh campesino que cruzas con tus carros rechinantes! En tu ilusión un hálito divino te ha poblado de niños los instantes. Y ver, desde esta cima de ternura y valeroso amor, en toda cosa el Enigma, el Enigma Invïolado. ¡Oh carne!, y tú destilas el pecado, y... y... ¡El enigma por siempre invïolado! Y por toda verdad, saber ahora que brilla el mar, que el monte se estremece, que fulge Sirio en el confín lejano; y que, al frustrarse el giro de mi vida, al giro de la suya grana el grano. La luz mentira. La canción mentira. Que fui por los instintos inmolado ante el ara de un dios; que un soplo frío de lóbrego misterio he suscitado: que un dolor nuevo está en el plectro mío y el plectro en el dolor purificado. Lúgubre viento sopla entre los juncos; los juncos gimen bajo el viento rudo. Cantan en el crepúsculo.
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"But the Lord called to Adam, where are you?" Adam turned his back, There is no one holier than me and the life I am. My Lord, you are a man with complex much too far indulged by the only people who have ever loved you. You were a peasant, a pauper, a campesino Left behind family for the God that left you. To answer you Lord, I am tending to my cows, my chickens, my pigs Waiting for the day you wake up and see, I was born from nature itself, not the fists of a man Too arrogant to both love and accept all the brothers and sisters, You left behind, trying to reinvent yourself.
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Jan 15, 2018
Jan 15, 2018 at 1:43 AM UTC
"god complex"
Ya ni la Luna me conocía, el Sol se encubría desde aquel día, donde todo murió. Sola en el balcón espiritaba todo el día, con un cigarrillo que emanaba la única luz en mis días. Con el trago del silencio, penetrando mi alma seca y vacía. reviviendo el momento, ese cruel momento donde ese amor fallecía. El humo del cigarrillo me transportaba, a ese momento donde, la Eternidad le daba a luz al Tiempo. Vi ese momento donde se escribía el instante, en el que la vida de mi amado y la mía se entrecruzarían. Vi imágenes donde éramos eternamente felices, amándonos como sea aman el fuego y el viento, como ama el campesino la tierra, como ama el rico el dinero, como ama la prostituta el control sobre su cliente, como ama la religión colonizar las almas de los no creyentes. Vi cuando el Destino le reclamaba al Infinito, que no debería extender nuestro tiempo! que tenía que interceptar nuestro amor, aunque se desequilibren los ritmos celestes! Que no podíamos vencer las batallas….. pues eso daría un mal ejemplo>>>>>>> todo mundo exigiría…..un amor que venza al mismo tiempo. Solo tinieblas en ese balcón, donde veía mis brazos desprendiéndose de mi cuerpo, como señal de que se estaban rindiendo ante tanto sosiego. Mi mirada se transformó, no había luz que devolviera su fulgor. La única voz que me quedaba era para reclamar; Porque llevarse a mi amado? Porque apartarme de su lado? Porque condenarme a las frías barras de la Soledad? Ahí estaba yo, en el balcón de los recuerdos. El balcón de los amores muertos. El balcón de la gente que vive en añoranza. En el balcón donde vi a mi amado, retirándose lentamente con su nuevos amigos; el tiempo, el destino, y mi felicidad. Mientras la sangre de mi corazón se derramaba, en cada paso donde él de mí se alejaba. Una fuerte lluvia comenzó a caer, vi todo el universo engullido en una furiosa tempestad, que me abollaba en un remolino de confusión. De pronto, un cálido aire rozo mi mejilla, ahí estaba él…. mi eterno amado, con su luz, con esa sonrisa. Solo tenía fuerzas para decirle, “te AMO, aunque el Destino se intercale en nuestro camino”! Fui hasta el balcón de rodillas, agradecerle a Dios…. que solo fue una terrible pesadilla!!!! LeydisProse 5/26/2017 https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Jun 3, 2017
Jun 3, 2017 at 9:14 AM UTC
El balcón de las Pesadillas
Ya ni la Luna me conocía, el Sol se encubría desde aquel día, donde todo murió. Sola en el balcón espiritaba todo el día, con un cigarrillo que emanaba la única luz en mis días. Con el trago del silencio, penetrando mi alma seca y vacía. reviviendo el momento, ese cruel momento donde ese amor fallecía. El humo del cigarrillo me transportaba, a ese momento donde, la Eternidad le daba a luz al Tiempo. Vi ese momento donde se escribía el instante, en el que la vida de mi amado y la mía se entrecruzarían. Vi imágenes donde éramos eternamente felices, amándonos como sea aman el fuego y el viento, como ama el campesino la tierra, como ama el rico el dinero, como ama la prostituta el control sobre su cliente, como ama la religión colonizar las almas de los no creyentes. Vi cuando el Destino le reclamaba al Infinito, que no debería extender nuestro tiempo! que tenía que interceptar nuestro amor, aunque se desequilibren los ritmos celestes! Que no podíamos vencer las batallas….. pues eso daría un mal ejemplo>>>>>>> todo mundo exigiría…..un amor que venza al mismo tiempo. Solo tinieblas en ese balcón, donde veía mis brazos desprendiéndose de mi cuerpo, como señal de que se estaban rindiendo ante tanto sosiego. Mi mirada se transformó, no había luz que devolviera su fulgor. La única voz que me quedaba era para reclamar; Porque llevarse a mi amado? Porque apartarme de su lado? Porque condenarme a las frías barras de la Soledad? Ahí estaba yo, en el balcón de los recuerdos. El balcón de los amores muertos. El balcón de la gente que vive en añoranza. En el balcón donde vi a mi amado, retirándose lentamente con su nuevos amigos; el tiempo, el destino, y mi felicidad. Mientras la sangre de mi corazón se derramaba, en cada paso donde él de mí se alejaba. Una fuerte lluvia comenzó a caer, vi todo el universo engullido en una furiosa tempestad, que me abollaba en un remolino de confusión. De pronto, un cálido aire rozo mi mejilla, ahí estaba él…. mi eterno amado, con su luz, con esa sonrisa. Solo tenía fuerzas para decirle, “te AMO, aunque el Destino se intercale en nuestro camino”! Fui hasta el balcón de rodillas, agradecerle a Dios…. que solo fue una terrible pesadilla!!!! LeydisProse 5/26/2017 https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Tú no eres en mi huerto la pagana rosa de los ardores juveniles; te quise como a una dulce hermanay gozoso dejé mis quince abriles cual un ramo de flores de pureza entre tus manos blancas y gentiles.Humilde te ha rezado mi tristeza como en los pobres templos parroquiales el campesino ante la Virgen reza.Antífona es tu voz, y en los corales de tu mística boca he descubierto el sabor de los besos maternales.Tus ojos tristes, de mirar incierto, recuérdanme dos lámparas prendidas en la penumbra de un altar desierto.Las palmas de tus manos son ungidas por mi, que provocando tus asombros las beso en las ingratas despedidas.Soy débil, y al marchar por entre escombros me dirige la fuerza de tu planta y reclino las sienes en tus hombros.Nardo es tu cuerpo y tu virtud es tanta que en tus brazos beatíficos me duermo como sobre los senos de una Santa.¡Quién me otorgara en mi retiro yermo tener, Fuensanta, la condescendencia de tus bondades a mi amor enfermo como plenaria y última indulgencia!
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Elogio a fuensanta
En el verdoso flanco de la montaña, Siendo altar y refugio del campesino, Y a cortesanas pompas viviendo extraña, Hallé la solitaria cruz del camino. Clavada en una roca, sin más rumores, Que aquellos de las ramas que agita el viento; Formada con dos troncos, llena de flores, Alza sus negros brazos al firmamento. Los arroyos que bajan de las colinas, Del pedestal agreste mojan la planta, Y revolando en torno las golondrinas Saludan al sol nuevo que se levanta. En las serenas tardes de abril y mayo, Allí reza el viajero triste y sumiso, Porque la cruz silvestre, de la fe al rayo, Le señala las puertas del paraíso. ¿Qué mano fue a plantarla? ¡Misterios graves! ¿Quién sembró tantas flores en toscas piedras? ¿Por qué nunca se apartan de allí las aves Ni mueren en su tronco mirtos y yedras? Es gala de una huerta sin hortelano; Joya de un jardín fértil, sin jardinero, Que fecunda y cultiva la misma mano Que dió flores y frutos al mundo entero. Cuando más nos combate la suerte impía; Cuando en todo se encuentra duelo y enojos, Y la verdad asoma desnuda y fría Lo mismo en nuestros sueños que en nuestros ojos; Cuando anidan, cual hienas sobre los montes, En el pecho las hidras de la venganza, O vemos enlutados los horizontes En el mar sin riberas de la esperanza; Cuando ya no pudiendo luchar rendido, El corazón se vuelve como de roca, Y la sonrisa junta con el gemido Miel y ponzoña vierten en nuestra boca; Entonces no en el templo de mármol y oro Ni en el dosel lujoso de armiño y grana, Buscamos impacientes aquel tesoro De paz que sólo vierte la fe cristiana. Lo buscamos en sitio solo y callado Donde no sufre el alma, ni el labio miente, Ni se esquiva la mano del hombre honrado, Ni la vergüenza asoma sobre la frente. ¡Que para el pecho triste que sólo sueña En el fulgor eterno de un sol divino, No hay altar tan hermoso como la peña Do está la solitaria cruz del camino!
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La cruz del camino
En el verdoso flanco de la montaña, Siendo altar y refugio del campesino, Y a cortesanas pompas viviendo extraña, Hallé la solitaria cruz del camino. Clavada en una roca, sin más rumores, Que aquellos de las ramas que agita el viento; Formada con dos troncos, llena de flores, Alza sus negros brazos al firmamento. Los arroyos que bajan de las colinas, Del pedestal agreste mojan la planta, Y revolando en torno las golondrinas Saludan al sol nuevo que se levanta. En las serenas tardes de abril y mayo, Allí reza el viajero triste y sumiso, Porque la cruz silvestre, de la fe al rayo, Le señala las puertas del paraíso. ¿Qué mano fue a plantarla? ¡Misterios graves! ¿Quién sembró tantas flores en toscas piedras? ¿Por qué nunca se apartan de allí las aves Ni mueren en su tronco mirtos y yedras? Es gala de una huerta sin hortelano; Joya de un jardín fértil, sin jardinero, Que fecunda y cultiva la misma mano Que dió flores y frutos al mundo entero. Cuando más nos combate la suerte impía; Cuando en todo se encuentra duelo y enojos, Y la verdad asoma desnuda y fría Lo mismo en nuestros sueños que en nuestros ojos; Cuando anidan, cual hienas sobre los montes, En el pecho las hidras de la venganza, O vemos enlutados los horizontes En el mar sin riberas de la esperanza; Cuando ya no pudiendo luchar rendido, El corazón se vuelve como de roca, Y la sonrisa junta con el gemido Miel y ponzoña vierten en nuestra boca; Entonces no en el templo de mármol y oro Ni en el dosel lujoso de armiño y grana, Buscamos impacientes aquel tesoro De paz que sólo vierte la fe cristiana. Lo buscamos en sitio solo y callado Donde no sufre el alma, ni el labio miente, Ni se esquiva la mano del hombre honrado, Ni la vergüenza asoma sobre la frente. ¡Que para el pecho triste que sólo sueña En el fulgor eterno de un sol divino, No hay altar tan hermoso como la peña Do está la solitaria cruz del camino!
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Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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El cid
Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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Como un enorme tajo corta el monte la zanja Que de la serranía lleva el agua al molino, Y entre las altas rocas y el cielo vespertino Destella de arreboles una encendida franja. Dora un fulgor intenso de color de naranja El trigal; hay aromas de huerto campesino; Y como roja mancha, lejos, junto al camino, Asoma entre eucaliptos el techo de una granja. El trabajo del día terminado en la siega, Van, lentos, y seguidos del gañán, por la vega, Ya sin yugo los bueyes al conocido pozo; Y a la luz de la tarde, repleto de gavillas De trigo, avanza un carro; y el carro es alborozo De cantares y música bajo rojas sombrillas.
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Tarde campestre
Entre la sombra el resplandor del alba Ya con la estrella matutina asoma, Y el horizonte lentamente toma Un vago tinte, sonrosado y malva. Helado viento de la cumbre calva Viene; en los huertos al pasar se aroma, Y el raudal que entre peñas se desploma Saluda al día con rumor de salva. Es todo el bosque música de trinos, Mientras que sube en el confín distante El humo de los techos campesinos; Y el gallo, firme y la actitud enhiesta, Finge que el cielo, con el sol radiante A su clarín en el azul contesta.
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Croquis campesino