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"besara" poems
Apretó las esquirlas de sol entre los dedos como si modelase la mañana con ellos. En el puente de Brooklyn. La luz quita a las cosas su densidad, su peso. Alas les da: que sean criaturas del viento. Luces les da: que moje sus frentes el misterio. En el puente de Brooklyn. Una mujer le entrega un periódico: «Léalo, es importante. Mire las aguas: llevan muertos». ¿Muertos? Mira las aguas. Son sólo un curso ***** En el puente de Brooklyn. Un curso ***** y frío y silencioso, pero bajo la superficie laten playas y cielos, laderas con encinas, cales y cementerios. «Mire las aguas: llevan muertos». (Pero otros muertos). En el puente de Brooklyn. Se entreabre el río. Muestra las entrañas del tiempo. Revive lo vivido, rescata lo pretérito. «Mire los muertos. Lea lo que dice...» (Sus muertos..., su corazón, debajo del agua, en el silencio...) No ve: recuerda sólo. Se ve a sí mismo muerto. ¿Cómo decir que ha sido quien dio figura al fuego, quien lloró por Aquiles, el de los pies ligeros; quien besara en la boca a Julieta Capuleto? En el puente de Brooklyn. ¿Mendigo de qué mundo? ¿Errante por qué tiempo marchito? La mujer se va desvaneciendo. En el puente de Brooklyn.
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Canción del ensimismado en el puente de brooklyn
Tienes, como Luzbel, formas tan bellas, Que eí hombre olvida al verte, enamorado, Que son tus ojos negros dos estrellas Veladas por la sombra del pecado. Y no turbas, hipócrita, el reposo Del pobre hogar con que tu falta escudas, Porque a besar te atreves al esposo, Como besara a Jesucristo Judas. ¡Aun sus flores te dan las primaveras, Y ya tienes el alma envilecida! Ya llegarás a ver, aunque no quieras, El horizonte oscuro de tu vida. Desdeñas los sagrados embelesos Del casto hogar de la mujer honrada, Y audaz ostentas, al vender tus besos, Las llamas del infierno en tu mirada. Manchas el suelo que tu planta pisa, Y manchas lo que tocas con tu mano. Te dio Lucrecia Borgia su sonrisa, Y Mesalina su perfil romano. Brota el deleite de tus labios rojos; Se aparta la virtud a tu presencia, Porque negras, más negras que tus ojos, Tienes, mujer, el alma y la conciencia. Rosas de abril parecen tus mejillas, Mármol de Paros tu ondulante seno; Mas ¡ay! que tan excelsas maravillas Son de barro no más, no más de cieno. Reina del mal, tú tienes por diadema La infamia, que con nada se redime. ¿El pudor? ¡Es un ascua que te quema! ¿El deber? ¡Es un yugo que te oprime! Tienen las gracias con que al mundo halagas, Precio vil en mercados repugnantes; ¡Y te envaneces de cubrir tus llagas Con seda recamada de brillantes! En este siglo en que el honor campea, No te ha de perdonar ni el vulgo necio. Hieren más que las piedras de Judea Los dardos de la burla y del desprecio. Mañana, enferma, pobre, abandonada, De la mundana compasión proscrita; El Honor, cuando mueras humillada, Sobre tu losa escribirá: ¡Maldita!
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Adúltera
Tienes, como Luzbel, formas tan bellas, Que eí hombre olvida al verte, enamorado, Que son tus ojos negros dos estrellas Veladas por la sombra del pecado. Y no turbas, hipócrita, el reposo Del pobre hogar con que tu falta escudas, Porque a besar te atreves al esposo, Como besara a Jesucristo Judas. ¡Aun sus flores te dan las primaveras, Y ya tienes el alma envilecida! Ya llegarás a ver, aunque no quieras, El horizonte oscuro de tu vida. Desdeñas los sagrados embelesos Del casto hogar de la mujer honrada, Y audaz ostentas, al vender tus besos, Las llamas del infierno en tu mirada. Manchas el suelo que tu planta pisa, Y manchas lo que tocas con tu mano. Te dio Lucrecia Borgia su sonrisa, Y Mesalina su perfil romano. Brota el deleite de tus labios rojos; Se aparta la virtud a tu presencia, Porque negras, más negras que tus ojos, Tienes, mujer, el alma y la conciencia. Rosas de abril parecen tus mejillas, Mármol de Paros tu ondulante seno; Mas ¡ay! que tan excelsas maravillas Son de barro no más, no más de cieno. Reina del mal, tú tienes por diadema La infamia, que con nada se redime. ¿El pudor? ¡Es un ascua que te quema! ¿El deber? ¡Es un yugo que te oprime! Tienen las gracias con que al mundo halagas, Precio vil en mercados repugnantes; ¡Y te envaneces de cubrir tus llagas Con seda recamada de brillantes! En este siglo en que el honor campea, No te ha de perdonar ni el vulgo necio. Hieren más que las piedras de Judea Los dardos de la burla y del desprecio. Mañana, enferma, pobre, abandonada, De la mundana compasión proscrita; El Honor, cuando mueras humillada, Sobre tu losa escribirá: ¡Maldita!
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Estoy ahora impregnada toda yo, de dulzura. Desde que me besaste, toda yo, soy amor. Y en la vida y la muerte, en lecho y sepultura, Ya no seré otra cosa que amor, amor, amor... En la carne y el alma, en la sombra y los huesos, Yo no tendré más nunca otro olor ni sabor Que el sabor y el perfume que he absorbido a tus besos. (Me has dado una fragancia, tersa y viva, de flor). Hasta el último átomo de mi piel es aroma, ¡Oh mortal podredumbre, te he vencido tal vez! Eres mi hermano , ¡oh lirio! Eres mi hermana ¡oh, poma! Desde que él me besara, rosa mi cuerpo es.
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Supremo triunfo