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"benditos" poems
Amada, en esta noche tú te has crucificado sobre los dos maderos curvados de mi beso, y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, y que hay un viernesanto más dulce que ese beso. En esta noche rara en que tanto me has mirado, la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso. En esta noche de setiembre se ha oficiado mi segunda caída y el más humano beso. Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos; se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura; y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos. Y ya no habrán reproches en tus ojos benditos; ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.
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El poeta a su amada
Ventisqueros azules, duros cerros erguidos de mármol y pizarra; llanos donde furente el viento arranca el trigo y el centeno; ¡torrente, riscos, lagos, y bosques llenos de sombra y nidos! Antros y negros valles donde los perseguidos y desterrados, antes que doblegar la frente buscaron lobos y águilas en un clima inclemente, ¡sed benditos! ¡Y sedlo, barrancos escondidos! Huyendo de la ergástula y duros opresores, dedicó el siervo Gémino esta columna un día a los Montes de la áspera Libertad protectores. Y en estas cimas, donde la calma hace que vibre el silencio, en la atmósfera, pura, inviolable y fría, parece oírse el grito que lanza un hombre libre.
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A las montañas divinas
Ben Adhem (que su tribu florezca eternamente!) Dormía, cuando un hálido vino a rozar su frente, y despertó. Su alcoba brillaba con un rayo de la luna; brisa de la noche de Mayo traía de los valles el olor de las flores, y un ángel vio, las sienes ceñidas de fulgores, que en un libro escribía. Ben Adhem, con rudeza, dijo el ángel: «¿Qué escribes?». Levantó la cabeza la visión, y en acento de indecible dulzura que llegó a sus oídos como voz de la altura, «Los nombres de los que aman al Señor», le responde. Y con acento trémulo, que la ansiedad esconde, Velado por las lágrimas, al ángel preguntó: «¿Has escrito mi nombre?» Y el ángel dijo: «¡No!» Ben Adhem habló entonces con voces suplicantes: «Pon mi nombre como uno que ama a sus semejantes». Un nombre escribió el ángel.                                       A la noche siguiente volvió a la alcoba, en medio de luz resplandeciente, y le mostró las páginas en donde están escritos los escogidos nombres, por el Señor benditos. Ben Adhem, de rodillas, cayó ante el mensajero, porque vio que su nombre llenaba el libro entero.
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Ben adhem y el ángel
Bendita la herida que llaga mi planta, Bendita la angustia que borró mi risa. Mi boca es más pura desde que no canta Y mis pies llagados andan más de prisa. Bendita la saya de burda arpillera Que en mi piel dibuja pardas rozaduras. Hoy soy más dichosa que lo que antes era Entre mis tapices y mis colgaduras. Benditos los negros brazaletes largos De la cuerda ruda que hirió mis muñecas. Me saben a mieles los jugos amargos Y en éxtasis beso mis dos manos secas. Carroña yo he hecho del cuerpo menguado Que con siete inmundos chacales dormía. Los siete chacales rojos del pecado Que pasée triunfante por Alejandría. Estiércol yo he hecho de la carne loca Que en largas orgías fatigó su nardo. ¡Y hoy un lirio de oro floreció en mi boca Y a mis pies, sumiso, se ovilló un leopardo! A mi alma pura por la penitencia, Ha llegado el soplo claro de la gracia. ¡Y un rosal se eleva de mi pestilencia Y un halo corona mi cabeza lacia!
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Thaïs santificada