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"arrancando" poems
De su corazón salvaje arrancando notas de violin el oleaje me beso las manos saboreando el otoño y los años. Saboreando tu ir y venir en aras de partir a tu territorio de dragones y miedos irrisorios. Entrelazo tus dedos en mi pelo en destierro de sentimiento, escalando por tus lunares te veo como mi Venecia con esos canales que son tus ojos de chocolate impetuoso y labios color rojo.
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May 19, 2014
May 19, 2014 at 6:11 PM UTC
Untitled
La pata gris del Malo pisó estas pardas tierras, hirió estos dulces surcos, movió estos curvos montes, rasguñó las llanuras guardadas por la hilera rural de las derechas alamedas bifrontes. El terraplén yacente removió su cansancio, se abrió como una mano desesperada el cerro, en cabalgatas ebrias galopaban las nubes arrancando de Dios, de la tierra y del cielo. El agua entró en la tierra mientras la tierra huía abiertas las entrañas y anegada la frente: hacia los cuatro vientos, en las tardes malditas, rodaban -ululando como tigres- los trenes. Yo soy una palabra de este paisaje muerto, yo soy el corazón de este cielo vacío: cuando voy por los campos, con el alma en el viento, mis venas continúan el rumor de los ríos. A dónde vas ahora? -Sobre el cielo la greda del crepúsculo, para los dedos de la noche. No alumbrarán estrellas... A mis ojos se enredan aromos rubios en los campos de Loncoche.
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Aromos rubios en los campos de loncoche
En el poniente el esplendor del sol se diluía, y mi caballero, en un vetusto puente, meditaba y decía: -«Judith, Ana y Arminda, y Lidia, de labios sensuales, Inés, la rubia linda, todas fueron iguales! »Soñadas alegrías ya sois cual secas rosas! Ay! Y en vano mis días, tristes días, quisieran ser doradas mariposas... »Cansáronme los besos, y el hastío a mi lado ya veo. Del desencanto invade mi corazón el frío, y no he saciado nunca la sed de mi deseo. »El alma traigo envuelta en una túnica que ha tejido el Cansancio en horas tristes ¿En dónde estás, si existes? ¿En dónde estás, oh única? »¡Responde al que te ama! ¡Debo olvidarte como bien perdido! Responde al que en las sombras a ti clama; ¿Vives, moriste acaso... o no has nacido? »Y no cruza ninguna mi camino, Princesa rubia o bella Zagala, sin que diga a mi destino: ¿será ella? »Una niña vi un día junto a una anciana de cabello cano, y me dije: ¿Cuál de ellas es la mía? ¿Llegué tarde tal ves?... ¿Llegué temprano? »Busco el jardín soñado de sus encantos a la luz se abrieron, y la llamo... ¡y tal vez pasó a mi lado, y llorosos mis ojos no la vieron! »Cuando creo que nunca he de encontrarte, cómo sufro al pensar, oh dulce amada, ¡que quizá vives, sola y desgraciada, y que no puedo ir a consolarte! »Murió la Primavera; también pasó el Estío y viene ya el Otoño las hojas arrancando, y mientras en tu busca voy llorando, me esperarás llorando, dueño mío. »Y prosigo buscándote rendido, aunque una voz en medio de las sombras irónica me diga: la que nombras ni vendrá... ni está muerta... ni ha nacido!» Al extremo del puente, airosa dama surge, suelta la rubia cabellera, y su voz en el viento, pálida rosa, clama: «Yo soy la que aguardabas. Ven, que mi amor te espera». El caballero parte...                               Traicionero Abismo era ese puente; y al instante rodaron al torrente caballo y caballero Hervía un mar de sangre en el poniente mientras de sangre el agua se teñía, y allá, al extremo del hundido puente, la dama reía... reía... reía.
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El peregrino
En el poniente el esplendor del sol se diluía, y mi caballero, en un vetusto puente, meditaba y decía: -«Judith, Ana y Arminda, y Lidia, de labios sensuales, Inés, la rubia linda, todas fueron iguales! »Soñadas alegrías ya sois cual secas rosas! Ay! Y en vano mis días, tristes días, quisieran ser doradas mariposas... »Cansáronme los besos, y el hastío a mi lado ya veo. Del desencanto invade mi corazón el frío, y no he saciado nunca la sed de mi deseo. »El alma traigo envuelta en una túnica que ha tejido el Cansancio en horas tristes ¿En dónde estás, si existes? ¿En dónde estás, oh única? »¡Responde al que te ama! ¡Debo olvidarte como bien perdido! Responde al que en las sombras a ti clama; ¿Vives, moriste acaso... o no has nacido? »Y no cruza ninguna mi camino, Princesa rubia o bella Zagala, sin que diga a mi destino: ¿será ella? »Una niña vi un día junto a una anciana de cabello cano, y me dije: ¿Cuál de ellas es la mía? ¿Llegué tarde tal ves?... ¿Llegué temprano? »Busco el jardín soñado de sus encantos a la luz se abrieron, y la llamo... ¡y tal vez pasó a mi lado, y llorosos mis ojos no la vieron! »Cuando creo que nunca he de encontrarte, cómo sufro al pensar, oh dulce amada, ¡que quizá vives, sola y desgraciada, y que no puedo ir a consolarte! »Murió la Primavera; también pasó el Estío y viene ya el Otoño las hojas arrancando, y mientras en tu busca voy llorando, me esperarás llorando, dueño mío. »Y prosigo buscándote rendido, aunque una voz en medio de las sombras irónica me diga: la que nombras ni vendrá... ni está muerta... ni ha nacido!» Al extremo del puente, airosa dama surge, suelta la rubia cabellera, y su voz en el viento, pálida rosa, clama: «Yo soy la que aguardabas. Ven, que mi amor te espera». El caballero parte...                               Traicionero Abismo era ese puente; y al instante rodaron al torrente caballo y caballero Hervía un mar de sangre en el poniente mientras de sangre el agua se teñía, y allá, al extremo del hundido puente, la dama reía... reía... reía.
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